Todo por Dios y para Dios

1.- Nos llenan de espanto, hoy por hoy, las normas que se incluían en el Levítico sobre la prevención de la lepra. Considerado impuro –no simplemente enfermo—el leproso tenía que abandonar la sociedad e irse a lugares apartados. No le era posible, ni siquiera, dejarse ver. Tampoco podía vestirse con un cierto decoro. El enfermo de lepra tenia que ir lleno de harapos y no tanto porque su problema –su extrema pobreza o por su alejamiento– le llevará a portar andrajos. La ley marcaba que fuera así Y todas esas prescripciones –religiosas y legales—llegaron con toda su crudeza a los tiempos de Jesús. La combinación de un sentido religioso de la enfermedad llevaba a condenar al leproso a un auténtico infierno en este mundo. De todas formas esas prescripciones no eran exclusivas de los judíos. Otras religiones orientales mantenían la misma dureza. Sin duda el problema social era la lepra, pero su sistema de prevención superaba cualquier principio de humanidad.

2.- Si hemos escuchado atentamente el relato de Marcos en el Evangelio de hoy vemos muchas cosas dignas de ser tomadas en cuenta. Precisamente, en línea a esas prescripciones en torno a los leprosos. Es el enfermo quien se acerca a Jesús. Eso significa que el mismo Jesús le autorizó a romper la distancia de seguridad que marcaba la Ley. Y le permite asimismo que hable. Expresa el leproso su deseo de ser curado por Jesús. El Maestro lo acepta pero además toca al leproso, lo cual estaba completamente prohibido. Es cierto que podría haberle curado sin rozarle, con solo una palabra. Pero le toca y eso en presencia de todos, de las multitudes que le seguían cotidianamente. Para que no quepan dudas de que su gesto es humano y humanitario. Rompe así el aislamiento del leproso.

Jesús cumple la Ley de Moisés y por ese le pide al leproso que haga lo que manda la religión y que se presente al sacerdote. A lo que se opone Jesús es a lo inhumano de una parte de esa ley, al aislamiento, a la soledad y a la pobreza obligadas del enfermo de lepra. Todo el enfrentamiento de Jesús de Nazaret con la religión oficial reside en la exageración de unas normas que se habían convertido en auténtica esclavitud. Esas normas habían creado una imagen falsa de Dios, convirtiéndole en un ser lejano y justiciero. Y es lo que el Maestro quiere evitar. Y comunica algo completamente revolucionario para esos tiempos… y para los de ahora: que Dios es amor y que el prójimo merece nuestro cariño y ayuda, nuestro roce, nuestras caricias y las necesarias palabras de aliento.

3.- En estos primeros momentos de la predicación de Jesús de Nazaret no quiere revelar, todavía, su poder y la naturaleza exacta de su misión. Prohíbe al leproso que divulgue su curación, sólo que cumpla con su deber religioso. También impide a los demonios que una vez expulsados de los cuerpos enfermos le reconozcan como el Hijo de Dios. ¿Por qué sería esto? Pues tal vez Jesús quisiera convencer a todos de su “pasar el tiempo haciendo el bien” por amor y no por poder. Es más que obvio que si Nuestro Señor Jesucristo hubiese llenado la Palestina de entonces de prodigios y milagros –como los de la multiplicación de alimentos—hubiera sido proclamado Rey y habría, igualmente, fomentado la idea que sus contemporáneos tenían del Mesías como triunfador político, como libertador de la ocupación romana y como agente directo de la vuelta a la hegemonía del Estado de Israel sobre las naciones cercanas y las no tan próximas. Pero Jesús traía un reino de paz y de amor y los enfermos eran curados para mitigar el sufrimiento humano, no para demostrar su poder sobrehumano. Nunca hizo un milagro en su beneficio, ni nunca emprendió cosa alguna que se alejara de la obediencia a su Padre y del amor a sus hermanos.

4.- San Pablo se está refiriendo, en el fragmento que hemos escuchado hoy de su primera carta a los fieles de Corinto, al problema de comer o no comer las carnes sacrificadas a los ídolos. El apóstol no da importancia a ese hecho, pues en realidad dicha carne es sólo carne. Pero algunos cristianos, sobre todo los más cercanos a las creencias judías, repudiaban totalmente tal práctica. Pablo consigue con su exhortación dar una normal general importantísima para la conducta del cristiano: “Hacedlo todo para gloria de Dios”. Y la clave está en que todas nuestras acciones, posturas ante la vida, prácticas generales y hasta pensamientos todos sean para mayor gloria de Dios. Pero no es fácil. Hay una tendencia a encerrar en el templo algunas cosas y cuestiones, haciendo en la calle lo que hace la mayoría o está más de moda. Es decir solo queremos al prójimo en la Iglesia, entregando unas monedas en las colectas, pero al salir fuera seremos capaces de explotar o humillar a nuestros hermanos. Y si no lo hacemos directamente colaboraremos con empresas o situaciones que lo hacen.

Esa especie de esquizofrenia de vida y comportamiento es una constante de los cristianos ahora y en todas las épocas. Y contra eso ya Pablo hace casi dos mil años llamaba la atención sobre el problema. Y además es que dicha posición de hacer todo por la gloria de Dios, plantea que todo lo creado es bueno, pero no hay maldad en la gran mayoría de nuestras acciones y de nuestras necesidades y deseos. Que no hay oposición entre lo material y lo espiritual, ni en lo llamado bueno, ni en lo llamado malo. Y es que Jesús nos enseñó que todo lo que hacía era para Gloria de su Padre.

Somos los hombres y mujeres de todos los tiempos quienes marcamos fronteras y divisiones innecesarias. Los que decretamos la bondad o la maldad de algunos de nuestros semejantes. Pero eso Dios no lo hace ni lo dice. Y es que el fondo de lo que dice Pablo hay una invitación a la unidad de todos, dentro del amor y en comunión con Dios. Y Pablo de Tarso no hace otra cosa que imitar a Jesús. Así es el Señor Jesús quien nos lo enseña mediante la palabra inspirada de Pablo.

Dediquemos esta semana que empieza a meditar sobre esos caminos de amor a Dios y a los hermanos. Y que nos concienciemos profundamente sobre que hemos de romper las barreras que nos separan del prójimo y no inventar –o favorecer– leyes que nos separan de él o que traigan desigualdad y odio entre nosotros. El leproso tuvo un acto de valentía y se acercó, contra todos y todo, a Jesús. Y Él le dio la felicidad.

Ángel Gómez Escorial