Comentario – Domingo VI de Tiempo Ordinario

(Mc 1, 40-45)

Los leprosos en la época de Jesús estaban completamente relegados, excluidos de la vida social, no sólo por temor al contagio, sino porque se los consideraba impuros, de manera que quien tomaba contacto con un leproso no podía participar del cuto. Por eso se les colocaba una campanita de manera que los demás advirtieran su cercanía.

Pero Jesús supera todo prejuicio, se compadece del leproso, y hasta se atreve a tocarlo. Así el leproso no solamente se cura, sino que vuelve a experimentar la dignidad que Dios le da, una dignidad que Jesús le devuelve con su mano, diciéndole con ese toque que él sigue siendo digno de un contacto humano, de un amor generoso.

Ante la interpelación del leproso “si quieres”, Jesús responde “lo quiero”. Las palabras del leproso expresan su gran confianza, porque cree que a Jesús le basta quererlo para poder curarlo.

Sería precioso que nuestra oración cotidiana fuera también la expresión de una confianza sincera, de un convencimiento firme y humilde que nos haga capaces de estar en su presencia sabiendo que con él todo puede ser resuelto.

Las palabras de Jesús expresan la atención de su amor a la persona del leproso, su acercamiento íntimo y delicado.

Frente a este texto no podemos olvidar aquel relato sobre San Francisco de Asís, cuando él, imitando al Maestro superó su asco y regresó a besar al leproso que había encontrado en el camino.

¿No podríamos pensar que Jesús nos está invitado a reflejar su amor a través de alguna actitud semejante, acercándonos a alguna persona que nos repugna, que nos produce rechazo, a alguien que sea despreciado o ignorado por los demás?

Oración:

“Señor, te doy gracias por tu amor, que es verdadero, cercano, que no se espanta de mis miserias, que no me mira con los ojos del mundo. Te doy gracias porque para ti soy realmente importante, y ante ti puedo expresar todo lo que me inquieta. Yo también te digo, Señor, que si quieres puedes curarme”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día