Vísperas – Lunes VI de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

LUNES VI TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Ahora que la noche es tan pura,
y que no hay nadie más que tú,
dime quién eres.

Dime quién eres y por qué me visitas,
por qué bajas a mí que estoy tan necesitado
y por qué te separas sin decirme tu nombre.

Dime quién eres tú que andas sobre la nieve;
tú que, al tocar las estrellas, las haces palidecer de hermosura;
tú que mueves el mundo tan suavemente,
que parece que se me va a derramar el corazón.

Dime quién eres; ilumina quién eres;
dime quién soy también, y por qué la tristeza de ser hombre;
dímelo ahora que alzo hacia ti mi corazón,
tú que andas sobre la nieve.

Dímelo ahora que tiembla todo mi ser en libertad,
ahora que brota mi vida y te llamo como nunca.
Sostenme entre tus manos, sostenme en mi tristeza,
tú que andas sobre la nieve. Amén.

SALMO 44: LAS NUPCIAS DEL REY

Ant. Eres el más bello de los hombres; en tus labios se derrama la gracia.

Me brota del corazón un poema bello,
recito mis versos a un rey;
mi lengua es ágil pluma de escribano.

Eres el más bello de los hombres,
en tus labios se derrama la gracia,
el Señor te bendice eternamente.

Cíñete al flanco la espada, valiente:
es tu gala y tu orgullo;
cabalga victorioso por la verdad y la justicia,
tu diestra te enseñe a realizar proezas.
Tus flechas son agudas, los pueblos se te rinden,
se acobardan los enemigos del rey.

Tu trono, oh Dios, permanece para siempre,
cetro de rectitud es tu centro real;
has amado la justicia y odiado la impiedad:
por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido
con aceite de júbilo
entre todos tus compañeros.

A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos,
desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas.
Hijas de reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina,
enjoyada con oro de Ofir.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Eres el más bello de los hombres; en tus labios se derrama la gracia.

SALMO 44:

Ant. ¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!

Escucha, hija, mira: inclina tu oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna;
prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor.
La ciudad de Tiro viene con regalos,
los pueblos más ricos buscan tu favor.

Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras:
la traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.

«A cambio de tus padres, tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra.»

Quiero hacer memorable tu nombre
por generaciones y generaciones,
y los pueblos te alabarán
por los siglos de los siglos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. ¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

LECTURA: 1Ts 2, 13

No cesamos de dar gracias a Dios, porque al recibir la palabra de Dios, que os predicamos, la acogisteis no como palabra de hombre, sino, cual es en verdad, como palabra de Dios, que permanece operante en vosotros los creyentes.

RESPONSORIO BREVE

R/ Suba mi oración hasta ti, Señor.
V/ Suba mi oración hasta ti, Señor.

R/ Como incienso en tu presencia.
V/ Hasta ti, Señor

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Suba mi oración hasta ti, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclame siempre mi alma tu grandeza, oh Dios mío.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclame siempre mi alma tu grandeza, oh Dios mío.

PRECES

Glorifiquemos a Cristo, que ama a la Iglesia y le da alimento y calor, y digámosle suplicantes:

Atiende, Señor, los deseos de tu pueblo.

Señor Jesús, haz que todos los hombres se salven
— y lleguen al conocimiento de la verdad.

Guarda con tu protección al papa y a nuestro obispo,
— ayúdalos con el poder de tu brazo.

Ten compasión de los que buscan trabajo,
— y haz que consigan un empleo digno y estable.

Sé, Señor, refugio del oprimido
— y su ayuda en los momentos de peligro.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Te pedimos por el eterno descanso de los que durante su vida ejercieron el ministerio para bien de tu Iglesia:
— que también te celebren eternamente en tu reino.

Fieles a la recomendación del Salvador, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que has querido asistirnos en el trabajo que nosotros, tus pobres siervos, hemos realizado hoy, al llegar al término de este día, acoge nuestra ofrenda de la tarde, en la que te damos gracias por todos los beneficios que de ti hemos recibido. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Lunes VI de Tiempo Ordinario

1.- Oración introductoria.

En este momento de oración, te pido Señor, que no me cierre nunca a lo que Tú me dices, a lo que Tú me pides, a lo que Tú me quieres dar. No quiero tener la mirada corta de los fariseos, encerrados en sí mismos y en el modo único y exclusivo de interpretar la ley. Yo quiero tener mi alma siempre abierta a la verdad, no a las verdades de los fariseos: ni los de entonces ni los de ahora, sino a Ti, Señor, que eres la misma Verdad.

2.- Lectura reposada de la palabra del Señor. Marcos 8, 11-13

En aquel tiempo se acercaron a Jesús los fariseos y comenzaron a discutir con él, pidiéndole una señal del cielo, con el fin de ponerle a prueba. Jesús suspiró profundamente y dijo: «¿Por qué esta generación pide una señal? Yo os aseguro: no se dará, a esta generación ninguna señal». Y, dejándolos, se embarcó de nuevo, y se fue a la orilla opuesta. 

3.- Qué dice el texto bíblico.

Meditación-reflexión.

Me impresiona ese suspiro profundo de Jesús. No viene motivado por la gente que está fuera, que no han oído hablar de Dios. Viene motivado por los de casa, los fariseos, los que se pasan el día con el Códice de las Sagradas Escrituras en las manos. Sus mentes están cerradas y su corazón endurecido.   Están anclados en el pasado y creen que ya todo está atado y bien atado. ¿Qué nos puede decir a nosotros, maestros de la Ley, ese humilde pescador de Galilea? Los fariseos se creían que Dios ya lo ha dicho todo. A estos conservadores del pasado, incapacitados para lo nuevo, habría que recordarles lo que ya decía el profeta Isaías: “No recordéis lo de antaño” “Algo nuevo está brotando, ¿no lo notáis?” (Is. 43,18,19). Para el pueblo judío quedaba lo mejor: la venida del Mesías. A Dios no hay que buscarlo sólo en el pasado. Dios siempre va abriendo caminos nuevos. Los fariseos piden signos del cielo y no se dan cuenta que el cielo ya está en la tierra con la venida de Jesús. Normalmente pedimos signos para creer y es lo contrario: necesitamos fe para creer en el gran signo que es Jesús. La mirada de Jesús nos capacita para descubrir a Dios en las cosas pequeñas. Como muy bien decía Amado Nervo: “Nunca se cansan de mirar mis ojos el milagro de la vida”.

Palabra del Papa.

“¿Por qué estos doctores de la ley no entendían los signos de los tiempos y pedían un signo extraordinario, por qué no entendían? Antes que nada, porque estaban cerrados. Estaban cerrados en sus sistemas, habían organizado muy bien la ley, una obra maestra. Todos los hebreos sabían lo que se podía hacer y lo que no, hasta donde se podía llegar. Estaba todo organizado, todos se sentían seguros allí. Para ellos eran cosas extrañas las que hacía Jesús: Ir con los pecadores, comer con los publicanos. A ellos no les gustaba, era peligroso; estaba en peligro la doctrina, esa doctrina de la ley, que ellos, los teólogos, habían creado a lo largo de los siglos.

Ellos no entendían que Dios es el Dios de las sorpresas, que Dios es siempre nuevo; que nunca reniega de sí mismo, que nunca dice que se ha equivocado, nunca, pero nos sorprende siempre. Y ellos no entendían y se encerraban en ese sistema hecho con tanta buena voluntad y le pedían a Jesús: “Pero, ¡Haz un signo!” Y no entendían los muchos signos que hacía Jesús y que indicaban que el tiempo estaba maduro. ¡Cerrazón! Segundo, habían olvidado que ellos eran un pueblo en camino. ¡En camino! Y cuando nos encaminamos, cuando uno está en camino, siempre encuentra cosas nuevas, cosas que no conocía. Y un camino no es absoluto en sí mismo. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 13 de octubre de 2014, en Santa Marta).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto. (Guardo silencio)

5.-Propósito: Poner a Cristo en mi vida y vivir todo el día como una novedad.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, gracias por tu palabra, la que me has enseñado hoy. No te pido señales ni milagros como los fariseos. Me basta el milagro de tu amor manifestado en la Cruz. Haz que yo sepa vivirlo, actualizarlo cada día, en mi oración, especialmente en la Eucaristía. Y, al contemplarte clavado en la Cruz, sepa decirte con tu apóstol Pablo: “Me amó y se entregó por mí.” (Gal. 2,29).  Y, como él, sacaré las consecuencias: “Con sumo gusto me gastaré y desgastaré por vosotros” (2 Cor,12,15).

ORACIÓN MIENTRAS DURA LA PANDEMIA.

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Comentario – Lunes VI de Tiempo Ordinario

(Mc 8, 11-13)

Jesús se niega a dar una señal a los fariseos, porque en realidad él no hacía prodigios donde no había confianza en su persona.

Además, a los incrédulos ninguna señal les basta para llegar a depositar su confianza en el Señor. En el evangelio de Lucas dice que si no escuchaban la Palabra de Dios no creerían “aunque resucite un muerto” (Lc 16, 31). Por eso quiere “tirar perlas a los cerdos” y se niega a darles señales.

El suspiro de Jesús muestra la profunda indignación que no podía ocultar ante la hipocresía de los fariseos, que en realidad estaban pidiendo algo que no deseaban. Porque la fama de Jesús los irritaba, despertaba en ellos envidias y celos, ya que la gente dejaba de tenerlos en cuenta a ellos por la admiración que despertaba Jesús.

Estos fariseos nos llevan a preguntarnos cómo es posible que existan personas con una fe firme en Dios, pero incapaces de amar en serio a los demás. Y eso mismo nos invita a unir un poco más nuestra fe y nuestro amor a Dios con el amor al prójimo, a no separar ambas cosas, porque “el que dice que ama a Dios y no ama a su hermano es un mentiroso” (1Jn 4, 20). Si así lo dice la Palabra de Dios, entonces todo el que desee ser fiel a Dios debería poner especial cuidado en amar sincera y efectivamente a los hermanos.

Oración:

“Señor, dame la gracia de confiar en ti, de creer en tu Palabra. No quisiera pedirte signos, exigirte cosas y reprocharte lo que no me das. Pero mi corazón es débil. Por eso te digo que creo en ti, pero te pido que aumentes mi poca fe”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Sacrosanctum Concilium – Documentos Vaticano II

105. Por último, en diversos tiempos del año, de acuerdo a las instituciones tradicionales, la Iglesia completa la formación de los fieles por medio de ejercicios de piedad espirituales y corporales, de la instrucción, de la plegaria y las obras de penitencia y misericordia. En consecuencia, el sacrosanto Concilio decidió establecer lo siguiente:

Homilía – Domingo I de Cuaresma

1

Iniciamos el camino cuaresmal hacia la Pascua

Para muchos cristianos empieza hoy prácticamente la Cuaresma, mientras que otros han vivido ya los días de introducción desde el miércoles de ceniza, con el gesto simbólico de la ceniza y los ricos programas de vida cuaresmal-pascual que nos proponen las misas de estas ferias. Estos últimos celebran la Eucaristía de hoy resonándoles todavía el eco de lo que les dijo el que les impuso la ceniza: «acuérdate de que eres polvo y en polvo te convertirás», o bien, «conviértete y cree en el Evangelio».

Ayudados por los recursos pedagógicos de la Cuaresma —ambientación más austera, cantos propios de este tiempo, silencio del Aleluya y del Gloria— y sobre todo por los textos de oración y las lecturas bíblicas, queremos emprender, en compañía de Jesús, su «subida a la cruz», para pasar juntamente con él, este año con mayor decisión que en los anteriores, a la vida nueva de la Pascua. Es lo que el Ceremonial de los Obispos llama «el tiempo de preparación por el que se asciende al monte santo de la Pascua» (CE 249).

Pascua es un acontecimiento nuevo cada año: no nos disponemos a celebrar el «aniversario de la muerte y resurrección de Cristo en una primavera como esta». Él, que ahora está en su existencia de Resucitado, quiere comunicarnos en la Pascua de este año su gracia, su vida nueva, su energía.

Las lecturas de hoy nos hablan de la Alianza que Dios sella con la familia de Noé, después del diluvio; también del Bautismo —figurado por ese mismo diluvio—, que es el sacramento que nos introduce en la Nueva Alianza de Cristo; y —lo más característico de este domingo primero de Cuaresma cada año— de las tentaciones que Jesús vence en el desierto, antes de emprender su misión mesiánica.

 

Génesis 9, 8-15. El pacto de Dios con Noé salvado del diluvio

De las etapas de la Historia de Salvación que van presentando las primeras lecturas de los domingos de Cuaresma —y de las que hablamos en la introducción a este tiempo— hoy escuchamos el pacto que Dios hizo con Noé, después del diluvio.

El autor del libro sagrado interpreta el que se ve que fue gran cataclismo del diluvio como un castigo por la perversión de la humanidad, y el arco iris como un signo puesto por Dios para mostrar su perdón y la paz. No es un elemento de magia: el arco iris, interpretado aquí con un lenguaje poético, popular y religioso, les recordará que Dios ha querido que después de la tormenta vuelva la calma y la paz. En la Biblia, «arco iris» y «arco de guerra» son sinónimos: sería, por tanto, sinónimo de paz.

El salmo, consecuentemente, canta la bondad de Dios: «tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad, para los que guardan tu alianza», y le pide que siga conduciéndonos en la vida: «enséñame tus caminos… el Señor es bueno y es recto y enseña el camino a los humildes».

 

1 Pedro 3, 18-22. Actualmente os salva el Bautismo

Esta carta, atribuida a Pedro, es interpretada por los estudiosos como una «homilía bautismal». Por eso no nos extraña que su autor, en medio de un solemne himno de profesión de fe en la Pascua del Señor, conecte el Bautismo, por el que nos incorporamos a la Pascua de Cristo, con el diluvio del que habla la primera lectura y la bajada de Cristo al lugar de la muerte para anunciarles la salvación.

«En el arca (de Noé) unos pocos, ocho personas, se salvaron cruzando las aguas: aquello fue un símbolo del Bautismo que actualmente os salva». O sea, es el mismo NT el que interpreta el diluvio como figura y «antitipo» (es la palabra que emplea en griego) del sacramento bautismal. Entonces las aguas del diluvio purificaron a la humanidad y a la vez dieron origen, por la Alianza de Dios, a una nueva generación. Ahora, el Bautismo nos introduce a todos, por el baño de inmersión en agua, a la esfera de la vida de Cristo. No se trata de una pureza corporal, sino de una conciencia interior pura.

 

Marcos 1, 12-15. Se dejaba tentar por Satanás, y los ángeles le servían

Marcos, en este breve pasaje, no nos cuenta las tentaciones una por una, como hacen los otros dos sinópticos. Sólo dice que Jesús fue «empujado» por el Espíritu al desierto y allí «se dejó tentar por Satanás». A continuación, después de vencer esas tentaciones, «le servían los ángeles».

Marcos nos dice, también brevemente, que en seguida empezó la misión de Jesús, proclamando en Galilea: «está cerca el reino de Dios, convertíos y creed en el Evangelio».

 

2

Reiteraste tu Alianza con los hombres

Como decíamos en la introducción a este tiempo de Cuaresma, en los domingos del ciclo B se nos recordará cómo Dios ha querido renovar repetidas veces su Alianza con la humanidad. Hoy, con Noé y su familia: «yo hago un pacto con vosotros». Es una Alianza universalista, estable (Dios promete no volverse atrás) e incluso cósmica.

Esta Alianza se puede considerar una renovación de la primitiva que ya había hecho Dios con Adán. Es como una refundación de la humanidad, después de la catástrofe purificadora del diluvio. Más tarde volverá a sellar su Alianza con Abrahán y con Moisés. Hasta llegar a la definitiva y nueva Alianza de Cristo. Dios empieza con ilusión una nueva etapa de la humanidad. La creación entera parece resurgir de las aguas del diluvio y Dios pronuncia su bendición sobre Noé y su familia casi con las mismas palabras que sobre Adán y Eva, al principio de la historia (cf. Gn 1, 28-30).

En verdad, como nos ha invitado a cantar el salmo, «el Señor es bueno y recto», es nuestro «Dios y Salvador», «su ternura y misericordia son eternas» y «sus sendas son misericordia y lealtad para los que guardan su alianza».

En la Plegaria Eucarística IV le decimos agradecidos a Dios: «cuando el hombre, por desobediencia, perdió tu amistad, tú no lo abandonaste al poder de la muerte, sino que, compadecido, tendiste la mano a todos, para que te encuentre el que te busca, y reiteraste tu Alianza a los hombres…»

Nosotros participamos de esa Alianza ya desde nuestro Bautismo, y la renovamos en cada Eucaristía, donde celebramos el memorial de la Pascua de Cristo participando de la «Sangre de la Alianza nueva y eterna». También cada año, en la Vigilia Pascual, «renovando nuestras promesas bautismales», respondemos con un convencido «sí» a la pregunta de si renunciamos al mal y si creemos en Cristo Jesús.

Se trata de que también nosotros seamos fieles a esa Alianza, como Dios lo es de su parte. Cuaresma es el mejor tiempo para repensar esta vuelta a las raíces fundamentales de nuestra vida cristiana.

 

Cristo, en la cruz, el verdadero arco iris

Ya desde el primer domingo miramos hacia la Pascua: en este sacrificio de la Eucaristía «inauguramos la celebración de la Pascua» (oración sobre las ofrendas).

A los contemporáneos de Noé Dios les indicó —o ellos así lo interpretaron— un signo muy sencillo y fácil de aplicar: cuando vieran el arco iris, que sale después de una tormenta, les invitó a que recordaran su bondad y su fidelidad. A nosotros, que sabemos bien cuál es el origen científico del arco iris, no nos iría mal que sacáramos una lección de este fenómeno natural: acordarnos de que Dios tiene paciencia, que sabe perdonar y que después de la tormenta quiere que haya paz. Que nos perdona nuestros fallos y que quiere que también nosotros seamos más tolerantes con los demás, y sepamos perdonar y hacer salir el signo de la paz después de momentos más o menos tormentosos en nuestra vida.

A nosotros es Cristo Jesús, desde la cruz, quien mejor nos recuerda este amor de Dios. Él «murió por los pecados una vez para siempre, el inocente por los culpables, para conducirnos a Dios» (lectura de Pedro). La Alianza, ahora, es la Nueva Alianza en la sangre de Cristo. Ha habido algo más que un diluvio o una época de esclavitud: Cristo, nuestro Salvador, se ha entregado hasta la muerte, por solidaridad, y ha restablecido de una vez por todas la Alianza entre Dios y la humanidad. Es lo que vamos a celebrar en todo este tiempo de Cuaresma y Pascua.

La carta de Pedro interpreta la Pascua de Cristo y nuestro Bautismo como cumplimiento de lo que había anunciado el diluvio. Lo que decía el diluvio proféticamente (situación de deterioro, juicio condenatorio, salvación por el agua purificadora, nacimiento de una nueva humanidad), se ha realizado eminentemente en Cristo, que asume el pecado, aunque es inocente, que es llevado a la muerte, pero luego resucita y es constituido Cabeza de la nueva humanidad.

Ese mismo proceso lo experimentamos nosotros sacramentalmente el día de nuestro Bautismo: a nuestra situación de pecado responde la gracia que nos ha conquistado Jesús en su Pascua y somos integrados en su nueva comunidad.

 

Lucha en el desierto para vencer las tentaciones

La Cuaresma nos invita a renovar nuestro compromiso con Dios. Alianza es fidelidad y compromiso por las dos partes. De la fidelidad de Dios no podemos dudar. Él es siempre fiel. Pero nosotros estamos continuamente tentados de infidelidad. Por desgracia, tenemos experiencia de ello.

Por eso se nos pone delante, en este primer domingo de Cuaresma, la figura de un Cristo que en el desierto es «tentado por Satanás» y sale victorioso. Es el mejor ejemplo que se nos puede proponer para estimularnos a ser también nosotros fuertes ante la tentación. Como el pueblo de Israel pasó cuarenta años en el desierto, con abundancias tentaciones (y caídas), Jesús quiso pasar cuarenta días en el desierto antes de dar comienzo a su predicación. Nosotros somos invitados a vivir cuarenta días de purificación y preparación a la Pascua.

Casi es mejor que Marcos no nos narre las tentaciones concretas. Así queda abierto el sentido de que fue en toda su vida cuando Jesús las experimentó, por ejemplo, con la invitación al poder o al prestigio o al aplauso fácil.

Todos tenemos experiencia de que vivir en cristiano es difícil y supone lucha ante las tentaciones de este mundo. A pesar de que hoy se va perdiendo la «conciencia de pecado», sin embargo, si somos sinceros con nosotros mismos, cada uno sabe que van también para él las palabras de Cristo: «convertíos». El mal contra el que tenemos que luchar no sólo existe en esa sociedad que estamos tentados de comparar con la humanidad que mereció el castigo del diluvio, sino dentro de cada uno de nosotros. Todos somos débiles y somos tentados por tendencias que no son precisamente evangélicas. Tal vez también de nosotros, como dice Marcos de Jesús en el desierto, se pueda afirmar que estamos «rodeados de alimañas», que acechan contra nuestra fidelidad. Cada uno sabrá en qué dirección.

La Cuaresma es un buen tiempo —por ejemplo, con el sacramento de la Reconciliación— para reencontrarse con Dios y consigo mismo, para renovar las opciones básicas de nuestra vida cristiana. Van a ser tres meses (cuarenta días de Cuaresma y cincuenta de Pascua) de auténtica «primavera espiritual» en la que Dios nos quiere purificar, renovar su Alianza con nosotros y comunicarnos la vida nueva, la energía y la libertad interior del Resucitado.

La convocatoria de Cuaresma es un pregón positivo y a la vez comprometedor. Es camino de Pascua, hacia la renovación total, como Noé y sobre todo como Cristo. Camino de lucha y de opción, de reiniciación de vida nueva: «se ha cumplido el plazo, convertíos y creed en el Evangelio». Es más convocatoria a Pascua que a Cuaresma.

En la Eucaristía celebramos esa Pascua de Cristo, su paso a la nueva existencia, y, participando en «el Cuerpo entregado» y en la «Sangre de la Nueva Alianza», recibimos la fuerza para que también para nosotros la Pascua de este año sea una gracia renovada de Alianza y de victoria contra el mal.

José Aldazábal
Domingos Ciclo B

Mc 1, 12-15 (Evangelio Domingo I de Cuaresma)

Del desierto al evangelio

El evangelio, en todos los ciclos, el primer domingo de cuaresma, es el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. Este de Marcos es el relato más sobrio de los sinópticos, sobre el que Mateo y Lucas construyeron un episodio cargado de insinuaciones teológicas. Que Jesús estuviera el desierto, como lo estuvo Juan el Bautista, no es un hecho del que debamos dudar. Pero, no obstante, el desierto está cargado de simbolismo en la teología de Israel: de la misma manera que es un tiempo de tentación, es también un tiempo de purificación. El número cuarenta, los cuarenta días, señalan, evidentemente, a los cuarenta días del diluvio (por eso se ha escogido en la liturgia de hoy el texto de Génesis sobre el diluvio), o a los cuarenta años del pueblo caminando por el desierto hacia la libertad.

Por lo mismo, debemos ponernos en esa clave simbólica para entender este momento previo a la vida pública de Jesús que se prepara a conciencia para abordar la gran batalla de su existencia, es decir, la proclamación de la llegada del Reino de Dios. Y es el Espíritu el que le impulsa al desierto (por consiguiente, no puede ser malo el desierto); pero allí se le presentan los animales adversos (alimañas) e incluso ese misterioso personaje, sin rostro y sin identidad, Satanás; aunque también los ángeles que son, por el contrario, la fuerza de Dios. Este es un relato tipo que quiere describir la actividad de Jesús en su pueblo, que vivía como en el desierto. Y es allí donde él debe aprender la necesidad que tienen los hombres del evangelio.

Señalemos también que el mismo Espíritu, después, le impulsa a Galilea para proclamar el gran mensaje liberador, como se puso de manifiesto en el tercer domingo de este ciclo B. Para vencer en el desierto, es necesaria la fidelidad a Dios por encima de todas las sugerencias de poder y de gloria. El simbolismo en el que debemos leer hoy nuestro relato nos permite ver que el desierto y los cuarenta días es el mundo de Jesús, el tiempo de Jesús con las fuerzas adversas (las de Satanás) y la de Dios (los ángeles). Eso es lo que está presente en la vida, en toda sociedad. )Qué hacer? Pues, como Jesús, proclamar que el tiempo de Dios, el de la salvación y la misericordia no puede ser vencido por el de la maldad, la injusticia o la guerra. Si Jesús estaba guiado por el Espíritu, eso quiere decir que es el Espíritu mismo la voz resonante del evangelio como buena noticia que llama a salir de lo peor que tiene el desierto: las fuerzas del mal.

1Pe 3, 18-22 (2ª lectura Domingo I de Cuaresma)

La victoria de Jesucristo

La segunda lectura presenta la acción redentora de Cristo en lo que se presiente una teología de la confesión primitiva del «murió por nuestros pecados» (cf 1Cor 15,3; Rom 6,10; Heb 9,26-28 o Ef 2,18). Esta muerte, sin embargo, no se debe interpretar en la lógica de una necesidad divina, como se hizo en la Edad Media, sino de «pro-existencia», de entrega a la humanidad sin condiciones. Por eso, «murió por nuestros pecados», debemos entenderlo en el sentido de que murió «a causa de nuestros pecados», es decir, el pecado del mundo que nos aleja de la misericordia y salvación de Dios.

También se hace mención de los días de Noé y se explica como una cierta continuidad con la primera lectura de hoy. Esta carta de Pedro, sea quien sea su autor, pone de manifiesto el ámbito de la existencia cristiana en un mundo adverso, o en un mundo sin fe y sin esperanza. El cristiano, pues, debe saber responder con valentía y vigor al reto de un mundo sin horizontes éticos, incluso debe estar dispuesto a dar su vida por causa de la justicia. Es verdad que en el escrito se percibe un voluntarismo fuerte, un «deber» insustituible; pero deberíamos subrayar también la dimensión «vocacional» cristiana. El hecho del bautismo, y de ahí quizá la conexión con Noé, no puede quedar en un rito sin compromiso, sino que ser bautizados en Cristo significa llevar una vida como la suya: la opción de estar entregado a los demás.

Gén 9, 8-15 (1ª lectura Domingo I de Cuaresma)

Un diseño de liberación y de alianza

La primera lectura es el final del relato del diluvio (más amplio, porque abarca Gn 6,5-9,17), que es un texto lleno de sugerencias sobre la necesidad de ver que Dios, a pesar del alejamiento de la humanidad de su proyecto salvador, siempre ofrece oportunidades de gracia, como a Noé y su familia, que en este caso representan una nueva humanidad. Es un relato que actualmente está tejido sobre las teologías de las redacciones «yahvista» y «sacerdotal» (dos de las fuentes o tradiciones con las que se ha elaborado el Pentateuco) y que tiene paralelos con relatos del Oriente. Los autores bíblicos se han podido inspirar en ellos, pero dándole su tono teológico y catequético de acuerdo con la fe de Israel. Se busca poner de manifiesto que del «pecado y castigo» por una parte, se ha de pasar a la misericordia liberadora por otra, lo cual se representa extraordinariamente en la alianza con Noé y la humanidad.

El «arca» (tebah) es como una cesta, como la cesta en la que un día Moisés será salvado de las aguas. Siempre en la Biblia hay una teología positiva frente al pecado de la humanidad: la fidelidad de Dios. Sabemos que el relato del diluvio es mítico en el sentido que no ha existido un diluvio «universal», sino que siempre ha habido catástrofes que le han enseñando a la humanidad lo frágil de su existencia. Todas las culturas se remiten a un tipo de relato como éste, porque en todos los pueblos se tiene conciencia del pecado de la humanidad, de la necesidad de un castigo, y del anhelo de la justicia y la misericordia de los dioses. En el caso de nuestro relato, la teología de la misericordia de Dios es manifiesta.

Comentario al evangelio – Lunes VI de Tiempo Ordinario

“¿Dónde está tu hermano?”, le pregunta el Señor a Caín en la primera lectura que hoy meditamos.

En pocos días comenzamos la Cuaresma, tiempo intenso, de kairós, de gracia; una oportunidad para crecer preparándonos para el acontecimiento de la Pascua. Pero esta oportunidad tiene un obstáculo, y es que, en nuestro proceso personal, nos cuesta asimilar que el crecimiento interior no puede acontecer sin la preocupación y ocupación de los demás, pues no somos sin los otros.

Volviendo a la pregunta inicial, en el relato del Génesis Caín le responde a Dios: “No sé; ¿soy yo el guardián de mi hermano?”. Si, eres el guardián de tu hermano. Debemos preocuparnos más por ellos, precisamente porque son nuestros hermanos. El salmo 49 que hoy meditamos, en su última estrofa tiene palabras duras ante esta falta de fraternidad: “Te sientas a hablar contra tu hermano, deshonras al hijo de tu madre; esto haces, ¿y me voy a callar? ¿Crees que soy como tú? Te acusaré, te lo echaré en cara”.

El Papa Francisco en la encíclica Fratelli Tutti, del pasado mes de octubre, nos hace un recordatorio y llamamiento a cuidar los unos de los otros. Nos dice en el nº 8: “Entre todos. Anhelo que en esta época que nos toca vivir, reconociendo la dignidad de cada persona humana, podamos hacer renacer entre todos un deseo mundial de hermandad. Entre todos: He ahí un hermoso secreto para soñar y hacer de nuestra vida una hermosa aventura. Nadie puede pelear la vida aisladamente. Se necesita una comunidad que nos sostenga, que nos ayude y en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia delante.”

Tiempo para mejorar, para crecer, para desatar, pero pasando por los otros, nunca solos. Es el hilo conductor de nuestra preparación: estar-con. Bastantes soledades está generando esta situación de pandemia para que nosotros le sumemos nuestras indiferencias, individualidades o egoísmos. Más que nunca necesitamos generar fraternidad.

En el evangelio de hoy, le piden un signo a Jesús. Quieren ver su poder, pero no entienden que su poder no es el de la “dynamis”, fuerza o violencia, sino el de la “exousía”, el de la liberación y sanación, que utiliza no para dominar, sino para curar. Por eso el texto del evangelio nos explica muy bien la reacción de Jesús ante esta petición de fuerza: “dio un profundo suspiro y se marchó”. No hay signo, no habéis entendido nada.

El signo que Jesús quiere es el que hace con nosotros: entregarse hasta el final. Por eso, estante atento para ver dónde está tu hermano, qué necesita de ti, cómo lo puedes ayudar. Será un buen tiempo de crecimiento personal, una buena cuaresma, que te llevará más cerca de Dios.

Juan Lozano, cmf.