Comentario – Lunes VI de Tiempo Ordinario

(Mc 8, 11-13)

Jesús se niega a dar una señal a los fariseos, porque en realidad él no hacía prodigios donde no había confianza en su persona.

Además, a los incrédulos ninguna señal les basta para llegar a depositar su confianza en el Señor. En el evangelio de Lucas dice que si no escuchaban la Palabra de Dios no creerían “aunque resucite un muerto” (Lc 16, 31). Por eso quiere “tirar perlas a los cerdos” y se niega a darles señales.

El suspiro de Jesús muestra la profunda indignación que no podía ocultar ante la hipocresía de los fariseos, que en realidad estaban pidiendo algo que no deseaban. Porque la fama de Jesús los irritaba, despertaba en ellos envidias y celos, ya que la gente dejaba de tenerlos en cuenta a ellos por la admiración que despertaba Jesús.

Estos fariseos nos llevan a preguntarnos cómo es posible que existan personas con una fe firme en Dios, pero incapaces de amar en serio a los demás. Y eso mismo nos invita a unir un poco más nuestra fe y nuestro amor a Dios con el amor al prójimo, a no separar ambas cosas, porque “el que dice que ama a Dios y no ama a su hermano es un mentiroso” (1Jn 4, 20). Si así lo dice la Palabra de Dios, entonces todo el que desee ser fiel a Dios debería poner especial cuidado en amar sincera y efectivamente a los hermanos.

Oración:

“Señor, dame la gracia de confiar en ti, de creer en tu Palabra. No quisiera pedirte signos, exigirte cosas y reprocharte lo que no me das. Pero mi corazón es débil. Por eso te digo que creo en ti, pero te pido que aumentes mi poca fe”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día