Comentario – Viernes después de Ceniza

(Mt 9, 14-15)

Los discípulos de Juan todavía estaban centrados en costumbres y prácticas ascéticas que para Jesús no son lo verdaderamente importante, porque habiendo llegado el Mesías se trata de vivir una verdadera fiesta de amor, más que de buscar sacrificios.

En todo caso basta con llevar la cruz de cada día, que se nos presenta sin que la busquemos, se trata de aceptar lo que nos toque soportar, de tolerar con serenidad y amor las molestias que forman parte de nuestra misión en esta tierra. Si aceptamos todo eso con amor, renunciando a ciertos placeres y comodidades, el Señor nos devolverá el ciento por uno; es decir, nos dará una plenitud interior, una sensación de realización humana que no tendríamos si solamente buscáramos nuestra comodidad.

En este texto Jesús aparece como el novio que se casa con su pueblo, y que invita a sus amigos a vivir esa fiesta sublime. Jesús resucitado está realmente entre nosotros, porque él lo prometió: “Yo estaré siempre con ustedes, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Por eso la Iglesia Católica da poco espacio al ayuno en sus prácticas oficiales, reduciéndolo a dos días al año: el miércoles de ceniza y el viernes santo.

Sin embargo, este texto no le quita valor a la práctica del ayuno ni la anula, pero la relega a los momentos de especial dificultad, ya que según una tradición judía hay ciertas dificultades que se superan gracias a la oración y el ayuno; pero leyendo los versículos que siguen (16-17) queda claro que en la nueva vida que trae Jesús lo más importante no son los ayunos, sino vivir la presencia del Señor en nuestras vidas.

Oración:

“Jesús, ayúdame a descubrirte como el amigo siempre presente en mi existencia: y que mi vida espiritual, consista sobre todo en estar contigo y reconocerte en mi vida, más que en buscar sacrificios para sentir que me entrego a ti. Haz que mi corazón esté en ti más que en mi propia perfección”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día