Comentario – Domingo I de Cuaresma

El miércoles pasado iniciábamos nuestro camino cuaresmal. Y lo hacíamos con un rito –el de la ceniza- que nos invitaba a tomar conciencia de los que somos (polvo) sin el soplo divino que nos vivifica, y con una palabra que nos invitaba a la conversión y a la práctica de la oración, la limosna y el ayuno, pero al modo cristiano, con la mentalidad de Cristo. Las prácticas cuaresmales deben ser prácticas de convertidos a esta nueva mentalidad y deben favorecer la conversión a la que estamos llamados y que no es otra cosa que la perfecta asimilación de Cristo.

La conversión comienza con la fe o aceptación de la Buena Noticia aportada por Jesús. Pero no acaba ahí. Esa fe es el inicio de una amistad y de un proceso de asemejamiento a Cristo que consiste en imitación y en docilidad u obediencia. Para eso es preciso que nos dejemos llevar al desierto, lugar de ayuno y oración, pero también lugar de tentación.

La oración y el ayuno no eliminan la tentación de la vida del hombre. Podrán alejar algunas tentaciones, quizá las tentaciones del mundo, esto es, de lo que se nos ofrece para nuestro disfrute y dominio; tal vez algunas tentaciones de la carne, porque «ojos que no ven, corazón que no siente»; pero no todas las tentaciones. Ni siquiera Jesús pudo (o quiso) evitar la tentación, y ello estando en oración y ayuno (en el desierto). Y no la evitó porque era hombre, en todo semejante a nosotros, menos en el pecado, y porque la tentación es inherente a la vida humana.

Pero si la oración y el ayuno no pueden evitar la tentación, sí pueden proporcionarnos la fuerza necesaria para vencerla. A ambos recurre Jesús para resistir al demonio, para no doblegar su voluntad a su sugerencia; y aconseja recurrir a ellos para expulsar o alejar a ciertos demonios o para repeler sus ataques. Se trata de una oración que se alimenta de la palabra de Dios. De esta palabra, y no solo de pan, ha de vivir el creyente, y con esta palabra podrá resistir a la tentación.

En el fondo de toda tentación late la ignorancia. De no ser así, la tentación no ejercería ningún poder sobre nosotros. El poder de su sugestión va ligado a nuestra capacidad para dejarnos sugestionar, o lo que es lo mismo, para dejarnos engañar por el placer que nos anuncia o el poder que nos promete. La posesión de bienes tangibles (como el dinero) o intangibles (como el conocimiento) tiene más bien carácter de medio para obtener placer o poder –y asociados a ellos, fama, prestigio, etc.-. Es la erótica del placer o del poder que tanto atractivo tienen para nosotros y a la que ni siquiera frenan los temores que le son anejos.

Ya proceda del mundo, de la carne o del demonio –en cualquier caso, de lo opuesto al querer de Dios- la tentación es tal porque el tentado comienza a desconfiar de Dios para poner su confianza en lo que el mundo, la carne o el demonio prometen. La tentación viene, por tanto, propiciada por la desconfianza en el poder o en la bondad de Dios, o en ambas cosas a la vez.

La mejor manera de restablecer la confianza es tener la convicción de que lo que Dios quiere para nosotros, ya nos lo muestre en forma de mandato, de prohibición, de consejo o de ejemplo a seguir, es lo mejor para nosotros, de que su promesa de felicidad se cumplirá y de que el camino que Él nos indica como camino de salvación es realmente el que conduce a la vida. Porque cuando comenzamos a desconfiar de sus mandamientos y promesas de bienaventuranza, la tentación va ganando terreno y haciéndose cada vez más fuerte.

Pero la tentación es al mismo tiempo prueba. En ella se prueba nuestra capacidad para resistir, para hacer frente, para vencer al mal que se insinúa por su medio. Y por ser prueba, la tentación hace de nuestra vida lugar de lucha, arena de combate contra la soberbia, la pereza, la lujuria, la gula, la avaricia, en suma, contra el propio egoísmo. Y como la tentación se mantiene –como un parásito- tan ligada a la vida del hombre, podemos hablar de su historia, desde Adán y Eva hasta nuestros días, una historia que se puede narrar y tal vez describir.

Si hubiese que sintetizar en una palabra esta historia, habría que decir que es la historia del hombre que no deja de perseguir su autosuficiencia sin lograrlo nunca, pues no es autosuficiente, o la historia de la emancipación del hombre que aspira a prescindir de su Creador y Dios. Ésta es la tentación primigenia que le viene sugerida al hombre desde los albores de la humanidad: la de ser como Dios, la de alcanzar la autosuficiencia de Dios.

La tentación de Adán es también la tentación de Feuerbach y otros precursores del ateísmo moderno, a saber, la tentación de quienes aspiran a ser dueños absolutos de su propia vida. Para vencer esta tentación que hoy nos asedia con especial virulencia hay que aprender a pedir con humildad e insistencia: No nos dejes caer en la tentación, sobre todo en la tentación por excelencia que consiste en marginar a Dios de nuestras vidas, una pretensión realmente suicida, puesto que Dios es el fundamento de nuestras vidas. Sin Él no podemos subsistir. No somos autosuficientes. Necesitamos absolutamente de Dios y de su alianza, y del gran signo de este pacto que no es otro que Jesucristo, que con su muerte y resurrección nos conduce al Padre.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

I Vísperas – Domingo I de Cuaresma

I VÍSPERAS

DOMINGO I DE CUARESMA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

¿Para qué los timbres de sangre y nobleza?
Nunca los blasones
fueron lenitivo para la tristeza
de nuestras pasiones.
¡No me des coronas, Señor, de grandeza!

¿Altivez? ¿Honores? Torres ilusorias 
que el tiempo derrumba.
Es coronamiento de todas las glorias
un rincón de tumba.
¡No me des siquiera coronas mortuorias!

No pido el laurel que nimba el talento,
ni las voluptuosas
guirnaldas de lujo y alborozamiento.
¡Ni mirtos ni rosas!
¡No me des coronas que se lleva el viento!

Yo quiero la joya de penas divinas
que rasga las sienes.
Es para las almas que tú predestinas.
Sólo tú la tienes.
¡Si me das coronas, dámelas de espinas! Amén.

SALMO 140: ORACIÓN ANTE EL PELIGRO

Ant. Acepta, Señor, nuestro corazón contrito, y nuestro espíritu humilde; que éste sea hoy nuestro sacrificio, y que te sea agradable, Señor, Dios nuestro.

Señor, te estoy llamando, ve de prisa,
escucha mi voz cuando te llamo.
Suba mi oración como incienso en tu presencia,
el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde.

Coloca, Señor, una guardia en mi boca,
Un centinela a la puerta de mis labios;
no dejes inclinarse mi corazón a la maldad,
a cometer crímenes y delitos
ni que con los hombres malvados
participe en banquetes.

Que el justo me golpee, que el bueno me reprenda,
pero que el ungüento del impío no perfume mi cabeza;
yo seguiré rezando en sus desgracias.

Sus jefes cayeron despeñados,
aunque escucharon mis palabras amables;
como una piedra de molino, rota por tierra,
están esparcidos nuestros huesos a la boca de la tumba.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Acepta, Señor, nuestro corazón contrito, y nuestro espíritu humilde; que éste sea hoy nuestro sacrificio, y que te sea agradable, Señor, Dios nuestro.

SALMO 141: TÚ ERES MI REFUGIO

Ant. Entonces clamarás al Señor, y te responderá; gritarás, y te dirá: «Aquí estoy».

A voz en grito clamo al Señor,
a voz en grito suplico al Señor;
desahogo ante él mis afanes,
expongo ante él mi angustia,
mientras me va faltando el aliento.

Pero tú conoces mis senderos,
y que en el camino por donde avanzo
me han escondido una trampa.

Mira a la derecha, fíjate:
nadie me hace caso;
no tengo adónde huir,
nadie mira por mi vida.

A ti grito, Señor;
te digo: «Tú eres mi refugio

y mi lote en el país de la vida.»

Atiende a mis clamores,
que estoy agotado;
líbrame de mis perseguidores,
que son más fuertes que yo.

Sácame de la prisión,
y daré gracias a tu nombre:
me rodearán los justos
cuando me devuelvas tu favor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Entonces clamarás al Señor, y te responderá; gritarás, y te dirá: «Aquí estoy».

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Cristo murió por los pecados, el inocente por los culpables, para conducirnos a Dios. Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelvo a la vida.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cristo murió por los pecados, el inocente por los culpables, para conducirnos a Dios. Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelvo a la vida.

LECTURA: 2Co 6, 1-4a

Os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios, porque él dice: «En tiempo favorable te escuché, en día de salvación vine a tu ayuda»; pues mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación. Para no poner en ridículo nuestro ministerio, nunca damos a nadie motivo de escándalo; al contrario, continuamente damos prueba de que somos ministros de Dios.

RESPONSORIO BREVE

R/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.
V/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.

R/ Cristo, oye los ruegos de los que te suplican.
V/ Porque hemos pecado contra ti.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

PRECES
Glorifiquemos a Cristo, el Señor, que ha querido ser nuestro Maestro, nuestro ejemplo y nuestro hermano, y supliquémosle, diciendo:

Renueva, Señor, a tu pueblo

Cristo, hecho en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado, haz que nos alegremos con los que se alegran y sepamos llorar con los que están tristes,
— para que nuestro amor crezca y sea verdadero.

Concédenos saciar tu hambre en los hambrientos
— y tu sed en los sedientos.

Tú que resucitaste a Lázaro de la muerte,
— haz que, por la fe y la penitencia, los pecadores vuelvan a la vida cristiana.

Haz que todos, según el ejemplo de la Virgen María y de los santos,
— sigan con más diligencia y perfección tus enseñanzas.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Concédenos, Señor, que nuestros hermanos difuntos sean admitidos a la gloria de la resurrección,
— y gocen eternamente de tu amor.

Con la misma confianza que tienen los hijos con sus padres, acudamos nosotros a nuestro Dios, diciéndole:
Padre nuestro…

ORACION

Al celebrar un año más la santa Cuaresma, concédenos, Dios todopoderoso, avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado después de Ceniza

1.-Oración introductoria.

Hoy, Señor, quiero aprender de Leví a ser desprendido, humilde, generoso. Y, sobre todo, a vivir tu llamada con gozo. Leví debía renunciar al dinero, al puesto de trabajo muy rentable, a la familia y a la posición de sus colegas. Y todo lo hizo con garbo, con presteza, con gozo. Dame la gracia de “servirte a ti, Señor, con alegría.

2.- Palabra reposada del evangelio. Lucas 5, 27-32

En aquel tiempo salió Jesús y vio a un publicano llamado Leví, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: «Sígueme». El, dejándolo todo, se levantó y le siguió. Leví le ofreció en su casa un gran banquete. Había un gran número de publicanos, y de otros que estaban a la mesa con ellos. Los fariseos y sus escribas murmuraban diciendo a los discípulos: «¿Por qué coméis y bebéis con los publicanos y pecadores?» Les respondió Jesús: «No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores».

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

Llama poderosamente la atención la rapidez de la respuesta de Leví a una llamada de Jesús tan exigente y comprometida. Porque Leví tiene un trabajo que da mucho dinero, tiene una familia, tiene su vida asegurada… Y Leví renuncia a todo por seguir a Jesús. Y hay algo más asombroso todavía: invita a Jesús a un banquete porque esa llamada de Jesús “hay que celebrarla”. ¿Dónde está la clave de este comportamiento tan ejemplar? Yo creo que lo dice el evangelio al principio: “Jesús vio a un publicanollamado Leví…” Después le dice: “Sígueme”. Jesús se fijó, le miró, le llamó por su nombre… Aquel Leví tenía dinero, pero ese oficio era mal visto por la gente, nadie le saludaba, le despreciaban, le insultaban… Y Jesús le saluda, se fija en él, le mira con cariño, y le invita a ser su discípulo. Hacía mucho tiempo que no era querido por nadie de su pueblo. Tenía mucho dinero en los bolsillos, pero su dignidad (ahora se diría su estima) estaba por los suelos. Y su corazón estaba frío, muy frío. Con Jesús todo cambia. Se siente persona, se siente querido, no le reprocha nada de su vida, ni de su pecado, ni del escándalo de corrupción. Jesús le ama. Le ama de verdad. Le ama sin exigirle nada a cambio, excepto el dejarse amar. Y llegó el milagro del amor. Así se entiende perfectamente algo muy esencial en el evangelio: la importancia del seguimiento. “La cristología no es una simple “doctrina teológica”. Es el fundamento de una “forma de vida”. Y esto se asimila no leyendo libros o escuchando conferencias, sino “viviendo con Jesús y como vivió Jesús”. Mateo cambió la mentalidad conviviendo con Jesús y sintiéndose querido por Jesús.  Y me digo: Si las personas, en cualquier situación que vivamos, nos dejáramos amar por Dios, todo sería distinto.

Palabra del Papa

“El amor de Dios recrea todo, es decir, hace nuevas todas las cosas. Reconocer los propios límites, las propias debilidades, es la puerta que abre al perdón de Jesús, a su amor que puede renovarnos en lo profundo, que puede recrearnos. La salvación puede entrar en el corazón cuando nosotros nos abrimos a la verdad y reconocemos nuestras equivocaciones, nuestros pecados; entonces hacemos experiencia, esa bella experiencia de Aquel que ha venido, no para los sanos, sino para los enfermos, no para los justos, sino para los pecadores. Experimentamos su paciencia –¡tiene mucha!–, su ternura, su voluntad de salvar a todos. Y ¿cuál es la señal? La señal es que nos hemos vuelto ‘nuevos’ y hemos sido transformados por el amor de Dios. Es el saberse despojar de las vestiduras desgastadas y viejas de los rencores y de las enemistades, para vestir la túnica limpia de la mansedumbre, de la benevolencia, del servicio a los demás, de la paz del corazón, propia de los hijos de Dios. El espíritu del mundo está siempre buscando novedades, pero solo la fidelidad de Jesús es capaz de la verdadera novedad, de hacernos hombres nuevos, de recrearnos”. (Homilía de S.S. Francisco, 21 de junio de 2015).

4.- ¿Qué me dice hoy a mí este texto que acabo de meditar? (Silencio)

5.- Propósito: La vocación no sólo se acepta, sino que se celebra. Voy a celebrar hoy el hecho de haber sido llamado por Dios.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí. Y yo le respondo con mi oración.

Señor, en este rato de oración he leído tu palabra, la he meditado, me he dejado impresionar por ella. ¡Qué bueno eres para con nosotros! No te importa nuestro pasado, ni la situación que estemos viviendo en el presente.  Cada uno acudimos a ti tal y como somos: con nuestras limitaciones y pecados. Y Tú nos miras, nos llamas con nuestros nombres, nos rehabilitas, nos regalas tu amor y disfrutas cuando encontramos nuestro verdadero camino de felicidad. GRACIAS POR TODO.

ORACIÓN MIENTRAS DURA LA PANDEMIA

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Un mundo de tentaciones

1.- Sobrecoge la brevedad del texto evangélico de San Marcos que narra el episodio de las tentaciones de Jesús. Es posible que no hagan falta más datos. El Espíritu conduce al Señor al desierto y allí inicia un periodo de oración y de introspección espiritual. A todos nos hace falta, en algún momento, quedarnos completamente solos y reflexionar, con la ayuda de Dios, sobre lo que somos y lo que tenemos dentro. Marcos añade que “se dejó tentar por Satanás”. Con ello se igualaba con todo el género humano que recibe tentaciones a lo largo de su vida. Y ese tener tentaciones demuestra que nuestro hermano, Jesús de Nazaret, en todo es igual que nosotros salvo en el pecado. Queda claro, no obstante, es que al permitir –dejar— Él las tentaciones es porque tiene poder sobre Satanás y eso sólo lo tiene Dios. El resto de los humanos pueden ser capaces –con la ayuda de Dios—de librarse del efecto último de la tentación, el pecado, pero no pueden dejar de tener tentaciones, no les es posible suprimirlas porque tengan poder sobre el agente tentador.

2.- De todos modos, que Dios no es, para nada, ese agente tentador. Lo dice muy claramente el apóstol Santiago, en su Carta, que hemos ido oyéndola en las eucaristías de los días laborables de la semana pasada. “Nadie diga en la tentación que es tentado por Dios”. La realidad es que hay muchos cristianos, con bastante tiempo en la regularidad de la fe, que suelen culpar al Buen Dios de todo lo malo que les ocurre. Y eso si no fuera, como es, un planteamiento un tanto ingenuo, sería un pecado contra el Espíritu Santo. Tienta el Malo y, también, toda es otra la maldad que reside en nuestros corazones. “Cada uno es tentado por su propio deseo, que lo atrae y lo seduce. Después el propio deseo, una vez consentido, engendra el pecado”.

3.- Son tiempos difíciles para hablar de la tentación o de Satanás. Parece que no está de moda creer en estas cosas. Y a lo sumo se tiende a admitir la capacidad humana para hacer el mal y no mucho más. Pero si analizamos con objetividad el curso y transcurso de lo que nosotros llamamos tentaciones, veremos que hay un componente de engaño, de simulación maliciosa, que, sin duda, lleva el sello del rey de la mentira. En realidad, la mayor parte de las tentaciones son fantasías, más o menos adaptadas a los deseos del tentado y sin demasiada aproximación a la realidad. La transformación de esas fantasías en algún aspecto real, producirá insatisfacción porque no se acerca, ni un poco, a lo que se ha ido creando en nuestro interior. Sin embargo, el género humano comete muchas maldades y ellas son reales y plenas de daño. Por eso, tampoco puede uno transigir con esas virtualidades que marcan nuestras fantasías, alguna de ellas –según cita el apóstol Santiago—son las que luego “engendran el pecado y la muerte”. Y es que una forma de luchar contra la tentación y el pecado son –desde un punto puramente humano—el sentido común y el sentido de la realidad. Esto, en palabras de San Pedro, dentro de su primera carta es “una conciencia pura” que, en definitiva, Dios nos ayudará en fundamentar.

4.- Se nos abre ante nosotros un nueva Cuaresma, tiempo de amor, limosna, autocontrol y conversión. La meta de este tiempo es la mañana de Pascua, cuando el sepulcro de Cristo aparezca vacío, porque Él ya ha resucitado. Pero antes hemos de pasar por la experiencia dolorosa –siempre lo es—de la muerte de Cristo en la Cruz. Y aunque la urgencia de los días y el peso de lo cotidiano tienda a atenuar un tanto nuestros sentimientos y las vivencias que nos vienen de lejos en esto de la Cuaresma, Semana Santa y Pascua, desde luego lo enorme de lo que hizo Cristo por nosotros no se borra de nuestra mente y de nuestras conciencias. Y ello es, sin duda, el mejor antídoto para el mal obrar, para la caída en el pecado que nos produce muerte.

El Génesis nos ha hablado del pacto de Dios con Noe y con sus hijos. San Pablo nos narra con maestría el sacrificio de Cristo por pecados que no fueron suyos. San Marcos cuenta ese inicio de la vida pública de Jesús, cuya preparación previa no fue otra que la necesaria soledad en el desierto para librarse –aunque Él no lo necesitara—de todo que no aligera nuestras vidas. La virtud y la dedicación a los demás dan alas y eliminan la pesadez de pensamientos y obras. Y esos tres pasos de la Escritura nos enseñan que Dios Padre nos ha ofrecido un pacto; que Jesús, Hijo y Hermano, nos limpia con su muerte, y que el mismo Jesús, al vivir en el desierto muestra el camino de preparación. La meditación tranquila y honesta –sin engañarnos a nosotros mismos—de estas tres realidades que ofrece hoy, en el inicio de la Cuaresma, la Palabra de Dios nos marcará el camino a seguir en nuestro esfuerzo de amor y de conversión.

Ángel Gómez Escorial

Comentario – Sábado después de Ceniza

(Lc 5, 27-32)

Leví (Mateo) era recaudador de impuestos, y se trataba de un cargo verdaderamente despreciable porque el recaudador estaba al servicio de los romanos, y se enriquecía cobrando impuestos para los explotadores. Eran gente de mundo, sin escrúpulos, dada a todo tipo de placeres.

Sin embargo, Leví fue capaz de escuchar el llamado de Jesús y de abandonar ese mundo de intereses al que estaba apegado. La disponibilidad de su corazón pudo más que la atracción de las riquezas.

Pero los fariseos y maestros de la Ley son incapaces de valorar esa renuncia, son incrédulos frente a las posibilidades de cambio que hay en el corazón del hombre. Leví hace una fiesta para despedirse de sus viejos colegas y dar testimonio de su nueva opción, pero los fariseos critican que Jesús se reúna a comer con esas personas públicamente conocidas como corruptos y pecadores.

Jesús hace ver entonces que él no excluye a nadie de su preocupación de pastor, de su solicitud amorosa; muestra que él es capaz de inclinarse hacia la miseria para purificarla, para curarla y para elevarla.

La actitud de Jesús no implica consentir esas miserias, sobre todo porque implican una situación de injusticia social; él se acerca a estos pecadores públicos “para que se conviertan”. El que ama de verdad no puede renunciar al deseo de elevar más al ser amado, de llevarlo a un mejor nivel de vida, no sólo material, sino también moralmente. Buscarlo sólo para identificarse con él y recibir un reconocimiento cariñoso sería compartir su vida y así promoverlo es amarlo. Pero hay que tener en cuenta que nosotros no somos Jesús, y por lo tanto no estamos ocupando su lugar. No se trata entonces de elevar al otro creyéndonos y sintiéndonos superiores a él, o creyéndonos los santos salvadores. Se trata de crear un espacio para el encuentro con el Santo, con el verdadero Redentor.

Oración:

“Señor, enséñame a confiar en las posibilidades de cambio que hay en los corazones humanos, ayúdame a creer que con el poder de tu gracia puedes curar las miserias de los corazones más enfermos”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Sacrosanctum Concilium – Documentos Vaticano II

Penitencia individual y social

110. La penitencia del tiempo cuaresmal no debe ser sólo interna e individual, sino también externa y social. Foméntese la práctica penitencia de acuerdo con las posibilidades de nuestro tiempo y de los diversos paises y condiciones de los fieles y recomiéndese por parte de las autoridades de que se habla en el artículo 22.

Sin embargo, téngase como sagrado el ayuno pascual; ha de celebrarse en todas partes el Viernes de la Pasión y Muerte del Señor y aun extenderse, según las circunstancias, al Sábado Santo, para que de este modo se llegue al gozo del Domingo de Resurrección con ánimo elevado y entusiasta. 

Secundar al Espíritu

1.- «Dios dijo a Noé: Yo hago un pacto con vosotros y con vuestros descendientes…» (Gn 9, 8) El diluvio había desolado la tierra. Las aguas cayeron sin parar un momento. Poco a poco el nivel de los ríos y de los mares creció hasta borrar los perfiles geográficos de la tierra. Dios se había arrepentido de crear al hombre. La maldad humana había llegado a tal extremo, que el corazón del Creador se había llenado de tristeza.

Pero Noé era bueno y Dios se fijó en él, y a él le confía la tragedia que se avecinaba: «Veo llegado el fin de toda la carne, porque la tierra está toda llena de iniquidad por causa de los hombres. He aquí que voy a exterminarlos a todos ellos juntamente con la tierra». Y la palabra de Dios se cumple, y todo animal viviente, todo hombre y toda planta se ahogan bajo las aguas del diluvio.

Pero al final aquello pasó y nuevamente pacta Dios con el hombre. Ahora será Noé el que recibirá el perdón y la promesa. Una vez más, Dios se nos presenta incapaz de aniquilar para siempre al hombre sobre la tierra… Corazón de Dios, siempre dispuesto al perdón. Corazón de Dios, incapacitado para el rencor y para el odio. Haz que en medio de este mundo que se colma, también hoy, de pecados, haya muchos hombres como Noé, hombres justos y buenos que te ganen el corazón hasta conseguir tu perdón y tu paz.

«Esta es la señal del pacto que hago con vosotros y con todo lo que vive con vosotros, para todas las edades: Pondré mi arco en el cielo como señal de mi pacto con la tierra» (Gn 9, 14) Una señal que indicará la benevolencia entrañable de Yahvé, un signo que recordará a los hombres la infinita misericordia del Señor, un símbolo cósmico que encerrará en sí el profundo amor de Dios para con los hombres. Y sobre los cielos, atravesando las nubes, el arco iris se extiende luminoso, ornando con su suave policromía de sol irisado el aire húmedo de la atmósfera.

Dios promete a Noé no exterminar al hombre. Pacta con él una alianza de paz, comprometiéndose a no anegar nunca más la tierra con el torrente de sus aguas. Bajo palabra de Dios, el diluvio no volverá a inundar más a la tierra. Gracias, Señor, por tu misericordia, por tu promesa, por tu perdón. Y que, cuando el clamor de los pecados del hombre malo llegue a Ti, te fijes en los hombres que son justos y buenos en tu presencia, y no descargues la fuerza de tu brazo airado sobre este nuestro pobre y viejo, caduco mundo. Que nunca se repita una matanza a nivel cósmico, que esas amenazas de horrendas guerras bacteriológicas o atómicas se queden sólo en nubes grises de tormenta. Y que sobre ellas, finalmente, tu arco iris de paz y de perdón brille con su colorido suave de uno al otro confín de nuestro mar y en nuestra tierra.

2.- «Haz que camine con lealtad…» (Sal 24, 5) La lealtad es una de las cualidades más nobles que el hombre puede tener. El hombre leal es fiel a su palabra, es firme en sus sentimientos de amistad, no traiciona jamás, sigue siempre el camino que se marcó, aunque para ello tenga que sufrir grandes sacrificios. Y si esta virtud es importante y digna de gran estima en las relaciones con los demás hombres, mucho más lo es en las relaciones con Dios. Los hombres, al fin y al cabo, son susceptibles de cambios, somos volubles, indignos muchas veces de que se nos guarde fidelidad, ya que tampoco nosotros sabemos guardarla.

Pero Dios no. Dios es siempre fiel a sus promesas, es constante en el cumplimiento de sus compromisos, no falla jamás. De ahí que el ser leales, especialmente con Dios, sea algo que hemos de valorar mucho en nuestra vida. Recordemos que el mismo Jesucristo afirmó que quien pone la mano en el arado y vuelve la vista atrás, no es digno del Reino de los cielos.

«Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas» (Sal 24, 6) Todo lo bueno que tenemos, o que podamos tener, son dones que el Señor nos concede, movido por su inmensa misericordia. Y es que de nosotros mismos, nada merecemos, a nada tenemos derecho frente a Dios. Unos por una cosa y otros por otra, todos recordamos algo de qué arrepentirnos y de qué avergonzarnos. Y quien piense que él no, más todavía, porque además es un soberbio, lo peor que se puede ser ante Dios.

Y como no tenemos nada, y queremos tener el don de la lealtad, el don de la perseverancia, acudimos hoy al Señor para suplicarle humildemente que nos ayude, que nos dé su fortaleza, su gracia para permanecer leales y firmes en el camino emprendido… Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; apiádate de mí por compasión. Tú que eres infinitamente bueno Señor… Confía e insiste: El Señor es justo y recto, pero también es compasivo y misericordioso. Enseña el camino recto a los pecadores que se arrepienten, ayudándoles a caminar por él con decisión y seguridad.

3.- «Queridos hermanos: Cristo murió por los pecados una vez para siempre, el inocente por los culpables…» (1 P 3, 18) Todo un largo proceso ante el Sanedrín, ante Pilato, ante Herodes y de nuevo ante el procurador romano. Primero el bochorno de la captura, caminar maniatado, humillado por aquellos funcionarios habituados a maltratar a los delincuentes de verdad. Después los interrogatorios, las falsas acusaciones, el clamor de la chusma pidiendo su muerte, en un clima tenso que amenazaba un linchamiento.

El Sanedrín dictaminó su sentencia: Ha blasfemado; reo es de muerte. Y lo llevan ante Pilato. El pretor se resiste, quizás por llevarles la contraria, quizás impresionado, supersticiosamente, por el aviso de su mujer sobre un extraño sueño. Pero Pilato era un cobarde y cedió ante las presiones de los capitostes de Israel, que acosaban y acusaban con saña: «El que se hace rey va contra el César… Nosotros no tenemos otro rey que el César…” –dicen con cinismo-. La hipocresía y la astucia toman cuerpo en aquellos hombres, que odian a muerte a los romanos, pero que habían sido denunciados, y puestos en evidencia, por la vida y las palabras de Cristo. Jesús condenado por falso rey, condenado por blasfemo. Falso rey quien desde su nacimiento recibió pleitesía de reyes extranjeros. Blasfemo quien desde toda la eternidad era el Hijo de Dios, Dios mismo… Pena capital para quien ninguna culpa tenía. Pero la muerte del inocente, dio vida a los culpables.

«Como era hombre, lo mataron…» (1 P 3, 18) Jesús, el inocente, clavado en una cruz, desnudo y solo, agujereado por clavos y espinas, surcado mil veces por el látigo, sucio de escupitajos y de sudor sanguinolento… Todo aquello fue el combate más doloroso y más duro que soldado alguno haya librado en la guerra. No obstante, era el alto precio de la más grande victoria que jamás se haya podido soñar. Cristo venció a la muerte, la del cuerpo y la del alma.

Desde entonces los hombres podemos llamar a Dios con el nombre entrañable de Padre; desde entonces ha nacido la esperanza, ha surgido el amor. Y los pecadores, los mendigos de alma, los miserables del espíritu pueden levantar sus manos manchadas a implorar perdón, con la confianza y seguridad de ser perdonados.

Dios se ha dejado clavar en una cruz, para no negar jamás el abrazo de reconciliación a los que quieran volver hasta Él y pedir perdón de sus pecados… Volver arrepentidos hasta Cristo que, con los brazos abiertos en una postura permanente de acogida y perdón, nos espera deseoso de ayudarnos a comenzar de nuevo en la lucha de cada día… Con la Cuaresma se inicia un tiempo de penitencia, un tiempo de conversión, tiempo propicio al dolor de amor por haber ofendido a quien tanto nos ama. Ante el inocente condenado, llorar cada uno los propios pecados y pedir perdón por ellos, y prometer que, con la ayuda de Dios, no volveremos a cometerlos.

4.- «El Espíritu empujó a Jesús al desierto» (Mc 1, 12) Dice el Evangelio que el Espíritu Santo «empujó» a Jesús hacia el desierto. Otros traducen el original griego por «impulsó». De todas formas lo que hay que destacar es que el Espíritu Santo, la tercera Persona de la Santísima Trinidad, actúa en el principio de la vida pública de Cristo, lo mismo que actuó en la Encarnación del Hijo de Dios y actuará más tarde en Pentecostés, cuando la Iglesia empiece su decisiva singladura. Y lo mismo que María secundó con docilidad la acción del Espíritu con un «fiat», un hágase, sin condiciones, así se dejó llevar Jesús en el comienzo de su ministerio, y la Iglesia en los principios de su historia.

El Espíritu Santo habita en nuestro interior, haciendo de nuestro cuerpo un templo sagrado. Él difunde en nuestros corazones el amor y la fe que nos hace exclamar llenos de esperanza: Abbá, Padre. También nos impulsa a querer a todos los hombres como hermanos, nos empuja con mociones internas, con buenos propósitos, con nobles sugerencias… Ojalá seamos dóciles a sus entrañables llamadas y secundemos su acción con una entrega generosa y firme.

Jesús se retira al desierto, al monte llamado de la Cuarentena. Región de vegetación escasa y tierra pedregosa, terreno desértico propio para alimañas. Lugar de silencio y de austeridad donde el Señor se prepara con el ayuno y la oración, para la más grande empresa jamás soñada, la salvación definitiva, íntegra y eterna del hombre. Su conducta, lo mismo que sus palabras, son una enseñanza que nos interpela a quienes le tenemos como Maestro, una llamada clara y urgente para que también nosotros vivamos estos cuarenta días de la Cuaresma en un clima de penitencia y de oración. Busquemos un rato cada día para retirarnos a la soledad íntima de nuestra alma, y escuchemos en silencio las palabras de Dios. Mortifiquemos también nuestros sentidos, cumpliendo con buen espíritu las prácticas penitenciales que la Iglesia nos señala.

Dice el texto sagrado que después de aquellos días, los ángeles le servían. Aquí, lo mismo que en Getsemaní, los ángeles asisten al Señor. Son sus grandes colaboradores. Toda la vida de Jesús está caracterizada por la intervención angélica, sobre todo en los momentos difíciles, como son los de la infancia y los que precedieron y siguieron a la muerte de Jesús. Lo mismo ocurría en los primeros momentos de la Iglesia, según nos narran los Hechos de los Apóstoles. Hoy también los ángeles siguen presentes entre nosotros actuando en silencio y con eficacia. Contemos siempre con su asistencia, de modo particular en los momentos de dificultad, seguros de que no nos fallarán.

Antonio García Moreno

La Cuaresma despierta nuestra fe

1.- Uno cuando observa el panorama del mundo, llega a concluir que se nos está yendo de las manos. Que es tal, el monstruo que estamos construyendo que, ese mundo, puede llegar a revelarse en contra de nosotros mismos.

Jesús, en esta cuaresma, nos da otra oportunidad a los cristianos, para volver a El. Cada iglesia, la eucaristía dominical, son desiertos en los que valoramos las cosas que merecen la pena. Necesitamos de estos espacios, para ver el peso específico de nuestra fe. Para saber si Dios es el único (o algo) en una vida que la tenemos marcada por el compás del todo vale y a costa de lo que sea.

Hemos iniciado la cuaresma. Tenemos como meta final la Pascua. ¿No tendremos que interrogarnos un poco sobre el cómo vivimos nuestra vida cristiana? El mundo que nos rodea necesita de personas, de hombres y de mujeres que vivan coherentemente aquello que dicen creer.

El mensaje cristiano, Jesús muerto y resucitado, seguirá siendo válido en la medida en que nos tomemos en serio nuestra fe; siempre y cuando, esa fe, sea decisiva en la pantalla de nuestras palabras, sentimientos y obras.

Hoy, el escenario materialista y hedonista que nos invade, nos seduce. Nos invita a postrarnos ante un dios llamado don placer, don tener, don aparentar o don incrédulo.

2.- No hace falta marcharse muy lejos para sentir la sensación de desierto. Hay muchas almas desoladas que han sido desangradas precisamente por esa “gripe aviar” que vuela de cristiano en cristiano debilitando su fe, reduciendo su capacidad de asombro ante Dios, alejándolo de todo lo que comporte esfuerzo, sacrificio o compromiso activo.

La vida cristiana, en la cuaresma 2006, nos exige pasos decididos y valientes. No caben las medias tintas en una realidad social donde el mensaje de Jesús es arrinconado y, donde algunas debilidades de los cristianos, son echadas al circo de la burla o de la mofa. Ante la debilidad espiritual no cabe otra opción. Ni otra lección. Sino la clarificación en nuestra vida cristiana. El saber que estamos llamados, en el hoy que nos toca vivir, a ser testimonio de Jesús.

¿Qué es difícil? ¿Qué por qué? ¿Qué cómo? Seguir a Jesús no es un camino de rosas; dar razón de El es una exigencia y las formas y las maneras vienen sugeridas por el ser otros cristos allá donde nos encontremos.

A algunos hermanos nuestros no les resultará difícil, en la próxima Semana Santa, elevar sobre sus hombros las figuras del Nazareno o de la Virgen María. Y, ello, está bien. Pero no es suficiente.

No sería bueno rasgarnos las vestiduras, cuidar el patrimonio artístico o hacerlo presente en las calles y plazas, si eso no se corresponde con una vivencia interior de Jesucristo; si eso que se manifiesta exteriormente, no es fruto de un deseo de conversión o de vivir según el evangelio.

CONSEJOS PARA ESTE PRIMER DOMINGO DE CUARESMA.

El Señor nos coge de la mano, nos lleva al desierto, nos plantea muchos interrogantes. Que seamos capaces de ayunar (incluso como medida terapéutica); que no nos perdamos la eucaristía diaria (para no adelgazar espiritualmente) y que no olvidemos la limosna bien pensada y matizada. ¿Quién puede necesitar de verdad? ¿A través de que institución puedo hacer más efectiva mi solidaridad?

Javier Leoz

Peregrinación hacia la Pascua

1. – Dos referencias bíblicas de larga experiencia religiosa dominan el panorama de las lecturas de este primer domingo de Cuaresma. Peregrinación hacia la Pascua, la liturgia cuaresmal nos recuerda que en el arranque de la larga marcha se sitúa la alianza de Dios con el mundo. Todo arranca en el designio salvador de Dios, designio gracioso, desinteresado por parte de Dios, absoluta donación divina y total iniciativa de su amor a los hombres.

El Dios que crea y el Dios que salva sólo persigue el bien del mundo. La de Dios es una alianza peculiar que no mira a dar y cobrar, a entregar y recibir, a ofrecer y demandar. Es alianza porque empeña de manera permanente e irreversible la palabra de Dios, porque le compromete para siempre jamás en su propósito salvador, porque le caracteriza ante la veleidad humana como el absolutamente fiel a sus promesas, sea cual fuere el comportamiento del hombre.

La estabilidad del mundo, el orden de la creación, el ritmo de las estaciones aparece así, ante la fe, los hagiógrafos sagrados, como símbolo y expresión de la alianza de Dios con el hombre. La vida creada es, en definitiva, la gran demostración del Dios que en tanto aprecia la existencia de los hombres que ha empeñado su palabra de hacerla libre de las caducidades a que esta sometido el existir en el tiempo y en la muerte. “El diluvio no volverá a destruir la vida ni habrá otro diluvio que devaste la tierra”: “recordare mi pacto con vosotros… y el diluvio no volverá a destruir los vivientes”. Así se expresa el libro del Génesis en el texto de la primera lectura de hoy.

2.- La segunda lectura tomada de la primera carta de san Pedro, amplia el horizonte. La alianza noética es solo un comienzo que apunta hacia una plenitud . Tras la tormenta de la cólera ha salido el sol y se ha formado el arco iris y recuerda el pacto de Dios con “todos los animales, con todos los vivientes”. A la alianza primera de la creación, en la que Dios se muestra libertador y salvador de la vida de los hombres, sigue en último término la alianza definitiva de la gran liberación salvadora. “Cristo murió por los pecados una vez para siempre; el inocente por los culpables para conducirnos a Dios”.

La alianza con Noé fue, en expresión de san Pedro, “un símbolo”, un anticipo, un preámbulo, un comienzo. El Dios fiel a la vida en el tiempo será más fiel aún para liberar y salvar la vida en la plenitud de los tiempos.

Creer en Jesús y bautizarse en el nombre de Jesús es aceptar y comprometerse en relación a esta alianza terminal. Hay en esto una tremenda y rotunda paradoja: Se cree en el Espíritu que resucitó a Jesús, y esta fe es garantía de que, tras la muerte, la vida quedara liberada y salvada de toda caducidad. Porque creer en la fuerza del Espíritu que da vida es creer que el Dios de la alianza creadora es el mismo Dios de la alianza salvadora.

3.- Esta fe reclama mucho de audacia. Para profesarla y mantenerla, el creyente ha de permanecer en lucha continua, Mil argumentos concurren contra este esperar confiado en la alianza de Dios para con el mundo, y hay que superar el peso del desmoronamiento de la existencia terrena para abrirse a la esperanza de que “Dios es capaz de salvarnos”. La tercera lectura bíblica de hoy nos presenta el aguafuerte de las “tentaciones” de Jesús. Para decirnos ¿qué? Para decirnos que el sostenimiento en la fe es duro bregar, lucha continuada, sostenido esfuerzo. Dios liberador y salvador inicia su obra en el tiempo por la fuerza del Espíritu, no a través del milagrerismo fácil, de la resolución de las “papeletas” de la existencia, del poder del dinero y de la autoridad.

4.- Para detectar este Espíritu hay que volver al desierto, que es símbolo de la hora primera de la alianza y espacio adecuado para, en la oración, descubrir el rostro de Dios que salva. La Cuaresma, por ello, es invitación a una mayor obediencia a la Palabra de la alianza, a una mayor oración, a una superación de nuestras trivialidades y consumismos. Y no para personal complacencia, sino para más comprometida intervención en el mundo. Por eso el evangelio de Marcos de las “tentaciones”, desemboca en la proclamación de la llegada del Reino. “Se ha cumplido el plazo: Está cerca el Reino de Dios”.

Antonio Díaz Tortajada

La conversión nos hace bien

La llamada a la conversión evoca casi siempre en nosotros el recuerdo del esfuerzo exigente, propio de todo trabajo de renovación y purificación. Sin embargo, las palabras de Jesús: «Convertíos y creed en la Buena Noticia», nos invitan a descubrir la conversión como paso a una vida más plena y gratificante.

El evangelio de Jesús nos viene a decir algo que nunca hemos de olvidar: «Es bueno convertirse. Nos hace bien. Nos permite experimentar un modo nuevo de vivir, más sano y gozoso. Nos dispone a entrar en el proyecto de Dios para construir un mundo más humano». Alguno se preguntará: pero ¿cómo vivir esa experiencia?, ¿qué pasos dar?

Lo primero es detenerse. No tener miedo a quedarnos a solas con nosotros mismos para hacernos las preguntas importantes de la vida: ¿quién soy yo?, ¿qué estoy haciendo con mi vida?, ¿es esto lo único que quiero vivir?

Este encuentro consigo mismo exige sinceridad. Lo importante es no seguir engañándonos por más tiempo. Buscar la verdad de lo que estamos viviendo. No empeñarnos en ocultar lo que somos y en parecer lo que no somos. Es fácil que experimentemos entonces el vacío y la mediocridad. Aparecen ante nosotros actuaciones y posturas que están arruinando nuestra vida. No es esto lo que hubiéramos querido. En el fondo deseamos vivir algo mejor y más gozoso.

Descubrir cómo estamos dañando nuestra vida no tiene por qué hundirnos en el pesimismo o la desesperanza. Esta conciencia de pecado es saludable. Nos dignifica y nos ayuda a recuperar la autoestima. No todo es malo y ruin en nosotros. Dentro de cada uno está actuando siempre una fuerza que nos atrae y empuja hacia el bien, el amor y la bondad. Es Dios, que quiere una vida más digna para todos.

La conversión nos exigirá sin duda introducir cambios concretos en nuestra manera de actuar. Pero la conversión no consiste en esos cambios. Ella misma es el cambio. Convertirse es cambiar el corazón, adoptar una postura nueva en la vida, tomar una dirección más sana. Colaborar en el proyecto de Dios.

Todos, creyentes y menos creyentes, pueden dar los pasos evocados hasta aquí. La suerte del creyente es poder vivir esta experiencia abriéndose confiadamente a Dios. Un Dios que se interesa por mí más que yo mismo, para resolver no mis problemas, sino «el problema», esa vida mía mediocre y fallida que parece no tener solución. Un Dios que me entiende, me espera, me perdona y quiere verme vivir de manera más plena, gozosa y gratificante.

Por eso el creyente vive su conversión invocando a Dios con las palabras del salmista: «Ten misericordia de mí, oh Dios, según tu bondad. Lávame a fondo de mi culpa, limpia mi pecado. Crea en mí un corazón limpio. Renuévame por dentro. Devuélveme la alegría de tu salvación» (Sal 51 [50]).

José Antonio Pagola