Secundar al Espíritu

1.- “Dios dijo a Noé: Yo hago un pacto con vosotros y con vuestros descendientes…” (Gn 9, 8) El diluvio había desolado la tierra. Las aguas cayeron sin parar un momento. Poco a poco el nivel de los ríos y de los mares creció hasta borrar los perfiles geográficos de la tierra. Dios se había arrepentido de crear al hombre. La maldad humana había llegado a tal extremo, que el corazón del Creador se había llenado de tristeza.

Pero Noé era bueno y Dios se fijó en él, y a él le confía la tragedia que se avecinaba: “Veo llegado el fin de toda la carne, porque la tierra está toda llena de iniquidad por causa de los hombres. He aquí que voy a exterminarlos a todos ellos juntamente con la tierra”. Y la palabra de Dios se cumple, y todo animal viviente, todo hombre y toda planta se ahogan bajo las aguas del diluvio.

Pero al final aquello pasó y nuevamente pacta Dios con el hombre. Ahora será Noé el que recibirá el perdón y la promesa. Una vez más, Dios se nos presenta incapaz de aniquilar para siempre al hombre sobre la tierra… Corazón de Dios, siempre dispuesto al perdón. Corazón de Dios, incapacitado para el rencor y para el odio. Haz que en medio de este mundo que se colma, también hoy, de pecados, haya muchos hombres como Noé, hombres justos y buenos que te ganen el corazón hasta conseguir tu perdón y tu paz.

“Esta es la señal del pacto que hago con vosotros y con todo lo que vive con vosotros, para todas las edades: Pondré mi arco en el cielo como señal de mi pacto con la tierra” (Gn 9, 14) Una señal que indicará la benevolencia entrañable de Yahvé, un signo que recordará a los hombres la infinita misericordia del Señor, un símbolo cósmico que encerrará en sí el profundo amor de Dios para con los hombres. Y sobre los cielos, atravesando las nubes, el arco iris se extiende luminoso, ornando con su suave policromía de sol irisado el aire húmedo de la atmósfera.

Dios promete a Noé no exterminar al hombre. Pacta con él una alianza de paz, comprometiéndose a no anegar nunca más la tierra con el torrente de sus aguas. Bajo palabra de Dios, el diluvio no volverá a inundar más a la tierra. Gracias, Señor, por tu misericordia, por tu promesa, por tu perdón. Y que, cuando el clamor de los pecados del hombre malo llegue a Ti, te fijes en los hombres que son justos y buenos en tu presencia, y no descargues la fuerza de tu brazo airado sobre este nuestro pobre y viejo, caduco mundo. Que nunca se repita una matanza a nivel cósmico, que esas amenazas de horrendas guerras bacteriológicas o atómicas se queden sólo en nubes grises de tormenta. Y que sobre ellas, finalmente, tu arco iris de paz y de perdón brille con su colorido suave de uno al otro confín de nuestro mar y en nuestra tierra.

2.- “Haz que camine con lealtad…” (Sal 24, 5) La lealtad es una de las cualidades más nobles que el hombre puede tener. El hombre leal es fiel a su palabra, es firme en sus sentimientos de amistad, no traiciona jamás, sigue siempre el camino que se marcó, aunque para ello tenga que sufrir grandes sacrificios. Y si esta virtud es importante y digna de gran estima en las relaciones con los demás hombres, mucho más lo es en las relaciones con Dios. Los hombres, al fin y al cabo, son susceptibles de cambios, somos volubles, indignos muchas veces de que se nos guarde fidelidad, ya que tampoco nosotros sabemos guardarla.

Pero Dios no. Dios es siempre fiel a sus promesas, es constante en el cumplimiento de sus compromisos, no falla jamás. De ahí que el ser leales, especialmente con Dios, sea algo que hemos de valorar mucho en nuestra vida. Recordemos que el mismo Jesucristo afirmó que quien pone la mano en el arado y vuelve la vista atrás, no es digno del Reino de los cielos.

“Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas” (Sal 24, 6) Todo lo bueno que tenemos, o que podamos tener, son dones que el Señor nos concede, movido por su inmensa misericordia. Y es que de nosotros mismos, nada merecemos, a nada tenemos derecho frente a Dios. Unos por una cosa y otros por otra, todos recordamos algo de qué arrepentirnos y de qué avergonzarnos. Y quien piense que él no, más todavía, porque además es un soberbio, lo peor que se puede ser ante Dios.

Y como no tenemos nada, y queremos tener el don de la lealtad, el don de la perseverancia, acudimos hoy al Señor para suplicarle humildemente que nos ayude, que nos dé su fortaleza, su gracia para permanecer leales y firmes en el camino emprendido… Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; apiádate de mí por compasión. Tú que eres infinitamente bueno Señor… Confía e insiste: El Señor es justo y recto, pero también es compasivo y misericordioso. Enseña el camino recto a los pecadores que se arrepienten, ayudándoles a caminar por él con decisión y seguridad.

3.- “Queridos hermanos: Cristo murió por los pecados una vez para siempre, el inocente por los culpables…” (1 P 3, 18) Todo un largo proceso ante el Sanedrín, ante Pilato, ante Herodes y de nuevo ante el procurador romano. Primero el bochorno de la captura, caminar maniatado, humillado por aquellos funcionarios habituados a maltratar a los delincuentes de verdad. Después los interrogatorios, las falsas acusaciones, el clamor de la chusma pidiendo su muerte, en un clima tenso que amenazaba un linchamiento.

El Sanedrín dictaminó su sentencia: Ha blasfemado; reo es de muerte. Y lo llevan ante Pilato. El pretor se resiste, quizás por llevarles la contraria, quizás impresionado, supersticiosamente, por el aviso de su mujer sobre un extraño sueño. Pero Pilato era un cobarde y cedió ante las presiones de los capitostes de Israel, que acosaban y acusaban con saña: “El que se hace rey va contra el César… Nosotros no tenemos otro rey que el César…” –dicen con cinismo-. La hipocresía y la astucia toman cuerpo en aquellos hombres, que odian a muerte a los romanos, pero que habían sido denunciados, y puestos en evidencia, por la vida y las palabras de Cristo. Jesús condenado por falso rey, condenado por blasfemo. Falso rey quien desde su nacimiento recibió pleitesía de reyes extranjeros. Blasfemo quien desde toda la eternidad era el Hijo de Dios, Dios mismo… Pena capital para quien ninguna culpa tenía. Pero la muerte del inocente, dio vida a los culpables.

“Como era hombre, lo mataron…” (1 P 3, 18) Jesús, el inocente, clavado en una cruz, desnudo y solo, agujereado por clavos y espinas, surcado mil veces por el látigo, sucio de escupitajos y de sudor sanguinolento… Todo aquello fue el combate más doloroso y más duro que soldado alguno haya librado en la guerra. No obstante, era el alto precio de la más grande victoria que jamás se haya podido soñar. Cristo venció a la muerte, la del cuerpo y la del alma.

Desde entonces los hombres podemos llamar a Dios con el nombre entrañable de Padre; desde entonces ha nacido la esperanza, ha surgido el amor. Y los pecadores, los mendigos de alma, los miserables del espíritu pueden levantar sus manos manchadas a implorar perdón, con la confianza y seguridad de ser perdonados.

Dios se ha dejado clavar en una cruz, para no negar jamás el abrazo de reconciliación a los que quieran volver hasta Él y pedir perdón de sus pecados… Volver arrepentidos hasta Cristo que, con los brazos abiertos en una postura permanente de acogida y perdón, nos espera deseoso de ayudarnos a comenzar de nuevo en la lucha de cada día… Con la Cuaresma se inicia un tiempo de penitencia, un tiempo de conversión, tiempo propicio al dolor de amor por haber ofendido a quien tanto nos ama. Ante el inocente condenado, llorar cada uno los propios pecados y pedir perdón por ellos, y prometer que, con la ayuda de Dios, no volveremos a cometerlos.

4.- “El Espíritu empujó a Jesús al desierto” (Mc 1, 12) Dice el Evangelio que el Espíritu Santo “empujó” a Jesús hacia el desierto. Otros traducen el original griego por “impulsó”. De todas formas lo que hay que destacar es que el Espíritu Santo, la tercera Persona de la Santísima Trinidad, actúa en el principio de la vida pública de Cristo, lo mismo que actuó en la Encarnación del Hijo de Dios y actuará más tarde en Pentecostés, cuando la Iglesia empiece su decisiva singladura. Y lo mismo que María secundó con docilidad la acción del Espíritu con un “fiat”, un hágase, sin condiciones, así se dejó llevar Jesús en el comienzo de su ministerio, y la Iglesia en los principios de su historia.

El Espíritu Santo habita en nuestro interior, haciendo de nuestro cuerpo un templo sagrado. Él difunde en nuestros corazones el amor y la fe que nos hace exclamar llenos de esperanza: Abbá, Padre. También nos impulsa a querer a todos los hombres como hermanos, nos empuja con mociones internas, con buenos propósitos, con nobles sugerencias… Ojalá seamos dóciles a sus entrañables llamadas y secundemos su acción con una entrega generosa y firme.

Jesús se retira al desierto, al monte llamado de la Cuarentena. Región de vegetación escasa y tierra pedregosa, terreno desértico propio para alimañas. Lugar de silencio y de austeridad donde el Señor se prepara con el ayuno y la oración, para la más grande empresa jamás soñada, la salvación definitiva, íntegra y eterna del hombre. Su conducta, lo mismo que sus palabras, son una enseñanza que nos interpela a quienes le tenemos como Maestro, una llamada clara y urgente para que también nosotros vivamos estos cuarenta días de la Cuaresma en un clima de penitencia y de oración. Busquemos un rato cada día para retirarnos a la soledad íntima de nuestra alma, y escuchemos en silencio las palabras de Dios. Mortifiquemos también nuestros sentidos, cumpliendo con buen espíritu las prácticas penitenciales que la Iglesia nos señala.

Dice el texto sagrado que después de aquellos días, los ángeles le servían. Aquí, lo mismo que en Getsemaní, los ángeles asisten al Señor. Son sus grandes colaboradores. Toda la vida de Jesús está caracterizada por la intervención angélica, sobre todo en los momentos difíciles, como son los de la infancia y los que precedieron y siguieron a la muerte de Jesús. Lo mismo ocurría en los primeros momentos de la Iglesia, según nos narran los Hechos de los Apóstoles. Hoy también los ángeles siguen presentes entre nosotros actuando en silencio y con eficacia. Contemos siempre con su asistencia, de modo particular en los momentos de dificultad, seguros de que no nos fallarán.

Antonio García Moreno