Un mundo de tentaciones

1.- Sobrecoge la brevedad del texto evangélico de San Marcos que narra el episodio de las tentaciones de Jesús. Es posible que no hagan falta más datos. El Espíritu conduce al Señor al desierto y allí inicia un periodo de oración y de introspección espiritual. A todos nos hace falta, en algún momento, quedarnos completamente solos y reflexionar, con la ayuda de Dios, sobre lo que somos y lo que tenemos dentro. Marcos añade que “se dejó tentar por Satanás”. Con ello se igualaba con todo el género humano que recibe tentaciones a lo largo de su vida. Y ese tener tentaciones demuestra que nuestro hermano, Jesús de Nazaret, en todo es igual que nosotros salvo en el pecado. Queda claro, no obstante, es que al permitir –dejar— Él las tentaciones es porque tiene poder sobre Satanás y eso sólo lo tiene Dios. El resto de los humanos pueden ser capaces –con la ayuda de Dios—de librarse del efecto último de la tentación, el pecado, pero no pueden dejar de tener tentaciones, no les es posible suprimirlas porque tengan poder sobre el agente tentador.

2.- De todos modos, que Dios no es, para nada, ese agente tentador. Lo dice muy claramente el apóstol Santiago, en su Carta, que hemos ido oyéndola en las eucaristías de los días laborables de la semana pasada. “Nadie diga en la tentación que es tentado por Dios”. La realidad es que hay muchos cristianos, con bastante tiempo en la regularidad de la fe, que suelen culpar al Buen Dios de todo lo malo que les ocurre. Y eso si no fuera, como es, un planteamiento un tanto ingenuo, sería un pecado contra el Espíritu Santo. Tienta el Malo y, también, toda es otra la maldad que reside en nuestros corazones. “Cada uno es tentado por su propio deseo, que lo atrae y lo seduce. Después el propio deseo, una vez consentido, engendra el pecado”.

3.- Son tiempos difíciles para hablar de la tentación o de Satanás. Parece que no está de moda creer en estas cosas. Y a lo sumo se tiende a admitir la capacidad humana para hacer el mal y no mucho más. Pero si analizamos con objetividad el curso y transcurso de lo que nosotros llamamos tentaciones, veremos que hay un componente de engaño, de simulación maliciosa, que, sin duda, lleva el sello del rey de la mentira. En realidad, la mayor parte de las tentaciones son fantasías, más o menos adaptadas a los deseos del tentado y sin demasiada aproximación a la realidad. La transformación de esas fantasías en algún aspecto real, producirá insatisfacción porque no se acerca, ni un poco, a lo que se ha ido creando en nuestro interior. Sin embargo, el género humano comete muchas maldades y ellas son reales y plenas de daño. Por eso, tampoco puede uno transigir con esas virtualidades que marcan nuestras fantasías, alguna de ellas –según cita el apóstol Santiago—son las que luego “engendran el pecado y la muerte”. Y es que una forma de luchar contra la tentación y el pecado son –desde un punto puramente humano—el sentido común y el sentido de la realidad. Esto, en palabras de San Pedro, dentro de su primera carta es “una conciencia pura” que, en definitiva, Dios nos ayudará en fundamentar.

4.- Se nos abre ante nosotros un nueva Cuaresma, tiempo de amor, limosna, autocontrol y conversión. La meta de este tiempo es la mañana de Pascua, cuando el sepulcro de Cristo aparezca vacío, porque Él ya ha resucitado. Pero antes hemos de pasar por la experiencia dolorosa –siempre lo es—de la muerte de Cristo en la Cruz. Y aunque la urgencia de los días y el peso de lo cotidiano tienda a atenuar un tanto nuestros sentimientos y las vivencias que nos vienen de lejos en esto de la Cuaresma, Semana Santa y Pascua, desde luego lo enorme de lo que hizo Cristo por nosotros no se borra de nuestra mente y de nuestras conciencias. Y ello es, sin duda, el mejor antídoto para el mal obrar, para la caída en el pecado que nos produce muerte.

El Génesis nos ha hablado del pacto de Dios con Noe y con sus hijos. San Pablo nos narra con maestría el sacrificio de Cristo por pecados que no fueron suyos. San Marcos cuenta ese inicio de la vida pública de Jesús, cuya preparación previa no fue otra que la necesaria soledad en el desierto para librarse –aunque Él no lo necesitara—de todo que no aligera nuestras vidas. La virtud y la dedicación a los demás dan alas y eliminan la pesadez de pensamientos y obras. Y esos tres pasos de la Escritura nos enseñan que Dios Padre nos ha ofrecido un pacto; que Jesús, Hijo y Hermano, nos limpia con su muerte, y que el mismo Jesús, al vivir en el desierto muestra el camino de preparación. La meditación tranquila y honesta –sin engañarnos a nosotros mismos—de estas tres realidades que ofrece hoy, en el inicio de la Cuaresma, la Palabra de Dios nos marcará el camino a seguir en nuestro esfuerzo de amor y de conversión.

Ángel Gómez Escorial