¿Quién nos empuja?

De vez en cuando nos sorprenden algunas noticias: unas veces son atrocidades cometidas por alguien; otras veces, personas que “lo tienen todo” se dejan arrastrar por actividades fraudulentas; otras veces, alguien lleva una vida “normal” pero da un giro inesperado y, abandonándolo todo, inicia una vida de servicio y entrega en la Iglesia o en organizaciones humanitarias. Cuando vemos que alguien hace algo que se sale de lo común, para bien o para mal, nos sorprende y nos preguntamos qué le ha empujado a hacerlo, porque nosotros no lo haríamos.

Empujar es mover algo o a alguien con fuerza, pero también es motivar o influir para que alguien lleve a cabo una decisión, una iniciativa, una acción. Y este primer domingo de Cuaresma hemos visto que el Espíritu empujó a Jesús. El Espíritu Santo siempre está presente en la vida de Jesús, desde su concepción (El ángel dijo a María: El Espíritu Santo vendrá sobre ti…), pasando por su Bautismo (el Espíritu bajó sobre Él) hasta su resurrección, como hemos escuchado en la 2ª lectura: Como era hombre lo mataron, pero como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida. Y como también hemos escuchado, con este Espíritu fue a proclamar su mensaje…

Jesús, ya adulto, comienza su “vida pública”. Lo lógico, lo esperable, hubiera sido que Jesús empezase cuanto antes a proclamar el Evangelio a la gente, convocando a multitudes. Pero sorprendentemente el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días.

¿Por qué el Espíritu empujó a Jesús al desierto? El desierto es una zona inhóspita y muy poco habitada, pero en la Biblia también es lugar de prueba, de corrección, de reflexión y de encuentro con Dios. Todavía podríamos admitir que Jesús se había tomado un tiempo de retiro y tranquilidad antes de iniciar su vida pública, pero de nuevo nos sorprende: se quedó en el desierto dejándose tentar por Satanás. Y de nuevo nos preguntamos: ¿Por qué, qué le empujó a eso?

La tentación es una prueba para comprobar la calidad de nuestra fe, y Satanás es lo opuesto a Dios. Precisamente en los “desiertos” de la vida, en las dificultades, en las circunstancias y ambientes opuestos a Dios, es donde se pone a prueba nuestra fe. Y ante la tentación, ante la prueba, podemos salir fortalecidos, o sucumbir a la tentación.

Jesús se quedó en el desierto dejándose tentar porque así, como diremos después en el Prefacio, “al rechazar las tentaciones del enemigo nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado”. Jesús se dejó empujar por el Espíritu a la tentación para que, como Él, con la fuerza del Espíritu, sepamos cómo vencerla y salir fortalecidos.

Entonces estaremos en condiciones de proclamar el Evangelio de Dios de forma creíble: porque sabemos lo que es la tentación, lo opuesto a Dios, pero cuando quien nos empuja es el Espíritu, podemos superar las pruebas.

Este primer domingo de Cuaresma, para iniciar la conversión a la que Jesús nos llama, nos invita a preguntarnos: ¿Qué o quién nos empuja en nuestra vida, qué o quién nos mueve, nos motiva? ¿Es conforme al Evangelio, o contrario a él? ¿Me dejo empujar por el Espíritu a la hora de tomar decisiones? ¿Qué tentaciones, qué pruebas he tenido? ¿Supe rechazarlas desde la fe?

La Cuaresma es una oportunidad para dar un giro a nuestra vida, no porque cambien nuestras circunstancias externas, sino porque estamos convirtiéndonos mejor al Evangelio y eso se nos nota en el día a día. Y, como dijo el Papa San Pablo VI en Evangelii nuntiandi 21: “A través de este testimonio sin palabras, estos cristianos hacen plantearse, a quienes contemplan su vida, interrogantes irresistibles: ¿Por qué son así? ¿Por qué viven de esa manera? ¿Qué es o quién es el que los inspira?”. Así tendremos ocasión de mostrar que Quien nos empuja es el Espíritu Santo que hemos recibido en el Bautismo y la Confirmación.

Esta Cuaresma el Señor nos llama de nuevo a convertirnos mejor al Evangelio y a proclamarlo. Dejémonos empujar por el Espíritu con confianza, como Jesús, aunque sea en medio de desiertos y tentaciones, porque “el Espíritu Santo obra como quiere, cuando quiere y donde quiere; nosotros nos entregamos pero sin pretender ver resultados llamativos. Sólo sabemos que nuestra entrega es necesaria. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca”. (EG 280)