El desierto

1.- En la antigüedad nada se sabía de la refracción de la luz cuando atraviesa una barrera de lluvia, que es lo que nos enseñan ahora, el Arco Iris, pues, les resultaba misterioso y acudían a la imaginación para interpretarlo. Decían, pensaban, imaginaban, que era el arco que tensaban los dioses guerreros con furor, para enviar sus flechas mortíferas. Eso es lo que ellos, los más antiguos, idearon y Dios no podía interferir en la historia de los hombres que Él mismo había creado y había sometido a su ritmo. Así que el Creador reinterpretó el fenómeno, para darle un valor positivo. El Arco Iris sería un símbolo, una imagen, una parábola, de una realidad profunda: el Señor está, y estará siempre, a favor de la vida humana, nunca colaborará en su destrucción. Es el mensaje de la primera lectura.

Siempre nos lo han contado y en las fotografías lo hemos visto: un desierto es una gran extensión ondulada y monótona, de arena. Sí, así deben de ser las grandes extensiones del continente africano. Pero el desierto de Judea es un territorio de unos 35 kilómetros, que va del Mar Muerto, a 400 metros bajo el nivel del mar, a Jerusalén, a 700 metros por encima del Mediterráneo. Es pues inclinado y además montañoso. El fondo de los valles, allí les llaman wadis, está lleno de guijarros y no faltan plantas carnosas y espinosas, semejantes algunas a nuestras aliagas. El desierto, aun tratándose de este que tiene poca extensión, está dotado siempre de grandiosidad. El hombre resulta como un granito de arena, minúsculo, a punto de ser devorado por la feroz y arisca naturaleza. En un lugar así es fácil meditar, reflexionar, rezar. Lo es más fácil si además el hombre ayuna. ¿Por qué se fue Jesús a un lugar así?

2.- Todos sabéis que los deportistas, además de ser fornidos, necesitan entrenarse. Seguramente habréis visto como los futbolistas se preparan para una gran competición. El mister les obliga a saltar, doblarse, correr, de una manera que no harán en el momento del partido, pero que les proporciona la agilidad que necesitarán en la competición. Los esquiadores profesionales, cuando carecen de nieve, para no perder facultades, se entrenan caminando y corriendo descalzos sobre la arena de la playa. En fin: no hay buen deportista sin un buen entrenamiento previo.

Jesús iba a iniciar la etapa culminante de su vida. Correrías, ajetreo, sermones, prodigios, eran actividades que hasta entonces no había practicado. Debía someterse a un intenso y enérgico entreno. El desierto es el lugar del combate interior que fortalece la voluntad y dota de facultades para enfrentarse a los más grandes combates. Acudió allí para dirigirse después a sus tierras de origen, a la Galilea. Se enfrentó a las multitudes que habían perdido a su gran líder. Juan el bautista había sido hecho prisionero. Jesús toma el relevo y como el Precursor grita: convertíos para ser capaces de recibir la gran noticia y vivir de acuerdo con ella: el reino de Dios está cerca.

Hoy la gente se entrena para los campeonatos y sacrifica su apetito para lucir buena figura. ¿Qué hacemos nosotros para estar preparados, para vivir con Él y colaborar en sus planes, los que tiene pensados para este año, para esta Semana Santa, para la próxima Pascua? ¿No sabéis que prepara para esos días? Si os encuentra entrenados, preparados, ansiosos, con seguridad será una gran sorpresa y un gran momento cuando os lo manifieste. No os olvidéis de entrenar vuestra voluntad, para ser hombres dignos, para ser cristianos consecuentes con su Fe. Es preciso tener fuerza de voluntad. Tal vez no os hablen de ello en la escuela, ni en los lugares donde tenéis actividades juveniles. La fuerza de voluntad no facilita el consumo, tal vez lo restringe, no sirve para fardar, pero es imprescindible para ser un buen cristiano amigo de Jesucristo. El evangelio de hoy nos lo recuerda.

Pedrojosé Ynaraja