Comentario – Lunes I de Cuaresma

(Mt 25, 31-46)

Nuestras acciones no quedan ocultas en la oscuridad, nuestras opciones no son intrascendentes; todo es importante ante la mirada de Dios, que rechaza nuestro egoísmo y quiere premiar toda obra de generosidad que podamos hacer. Esto aparece reflejado con suma claridad en el relato sobre el juicio final, donde las únicas preguntas que se mencionan son aquellas que tienen que ver con lo que hicimos o dejamos de hacer por los demás.

Y en estas acciones no se requiere que las hagamos pensando en el Señor, sino simplemente que las hagamos con el deseo sincero de hacer el bien. Los que son elogiados por sus obras de misericordia se asombran por ese elogio, porque ellos no las hicieron con una intención religiosa, sino que esas obras brotaron espontáneamente de su corazón generoso, y no las habían hecho descubriendo a Cristo en los demás. Advirtamos que cuando Jesús felicitó a los buenos porque le habían dado de comer, ellos preguntaron “¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer?” Esto significa que ellos no hacían las obras buenas pensando que lo hacían por el Señor. Tampoco las hacían por obligación. Simplemente las hacían porque su corazón bueno, viendo a un hermano necesitado, no podía dejar de ayudarlo.

Un corazón transformado por el Señor hace espontáneamente el bien, cumple sin que se lo pidan lo que sugería San Pablo: “Ayúdense unos a otros a llevar sus cargas” (Gál 6, 2). Por eso, si tenemos que motivarnos o esforzarnos demasiado para lograr hacer una obra buena, preguntémonos si no tenemos que rogar al Señor cada día que cambie, que transforme nuestro corazón egoísta y cómodo con su gracia divina; porque no hay verdadera fe sin misericordia.

Oración:

“Señor, que cuando llegue a ti me vas a preguntar por el amor, dame la gracia de reaccionar con amor y generosidad ante las necesidades ajenas; abre mi corazón a los demás y no permitas que sea insensible ante sus angustias”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día