Levántame y transfigúrame

Tú, que subiste a lo más alto.
Tú, Señor, que te elevas y transfiguras.
Tú, que elevas y transfiguras a la carne humana
y la vistes de dignidad y belleza,
elévame, transfigúrame;

haz que reverbere en mi rostro
la luz de tu cuerpo y tus vestidos.

Tú, Señor, que has venido a levantar al hombre,
a decir a la niña: «Levántate»,

y a la mujer encorvada: «Derecha».
Tú, que tendiste la mano a Pedro, que se hundía,
levántame a mí también por encima de mí mismo.

Y Tú, que te dejaste elevar bien alto
para atraer hacia Ti a todos los hombres,
atráeme a mí, atráeme hacia Ti;

y que ya no me despegue.

Tú, que bajaste primero
a lo más profundo de nuestras simas.
Tú que me cogías en los brazos
como a niño pequeño

y me cargaste sobre los hombros
como a la oveja perdida.

Tú, que te inclinaste hacia el herido del camino
y cargaste con él, como un burrito,
después de curarlo.

Tú, que has venido a levantarme del suelo,
elévame, cúrame con tu vino y aceite,

con agua y sangre,
y dime lo que estoy llamado a ser.
Tú, que subiste a lo más alto.

Tú, que subiste los Himalayas de la tierra
y aun lo más alto del cielo, donde habita el Padre,
no te olvides de nosotros que caemos;
sigue tendiendo tu mano fuerte y cariñosa,
curativa y liberadora;
levántanos a Ti.
Tú, que subes a lo más alto.