Vísperas – Viernes I de Cuaresma

VÍSPERAS

VIERNES I DE CUARESMA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Libra mis ojos de la muerte;
dales la luz que es su destino.
Yo, como el ciego del camino,
pido un milagro para verte.

Haz de esta piedra de mis manos
una herramienta constructiva;
cura su fiebre posesiva
y ábrela al bien de mis hermanos.

Que yo comprenda, Señor mío,
al que se queja y retrocede;
que el corazón no se me quede
desentendidamente frío.

Guarda mi fe del enemigo
(¡tantos me dicen que estás muerto!…).
Tú que conoces el desierto,
dame tu mano y ven conmigo. Amén.

SALMO 40: ORACIÓN DE UN ENFERMO

Ant. Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.

Dichoso el que cuida del pobre y desvalido;
en el día aciago lo pondrá a salvo el Señor.

El Señor lo guarda y lo conserva en vida,
para que sea dichoso en la tierra,
y no lo entrega a la saña de sus enemigos.

El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor,
calmará los dolores de su enfermedad.

Yo dije: «Señor, ten misericordia,
sáname, porque he pecado contra ti.»

Mis enemigos me desean lo peor:
«A ver si se muere, y se acaba su apellido.»

El que viene a verme habla con fingimiento,
disimula su mala intención,
y, cuando sale afuera, la dice.

Mis adversarios se reúnen a murmurar contra mí,
hacen cálculos siniestros:
«Padece un mal sin remedio,
se acostó para no levantarse.»

Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba,
que compartía mi pan,
es el primero en traicionarme.

Pero tú, Señor, apiádate de mí,
haz que pueda levantarme,
para que yo les dé su merecido.

En esto conozco que me amas:
en que mi enemigo no triunfa de mí.

A mí, en cambio, me conservas la salud,
me mantienes siempre en tu presencia.

Bendito el Señor, Dios de Israel,
ahora y por siempre. Amén, amén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.

SALMO 45: DIOS, REFUGIO Y FORTALEZA DE SU PUEBLO

Ant. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,
poderoso defensor en el peligro.

Por eso no tememos aunque tiemble la tierra,
y los montes se desplomen en el mar.

Que hiervan y bramen sus olas,
que sacudan a los montes con su furia:

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios,
el Altísimo consagra su morada.

Teniendo a Dios en medio, no vacila;
Dios la socorre al despuntar la aurora.

Los pueblos se amotinan, los reyes se rebelan;
pero él lanza su trueno, y se tambalea la tierra.

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Venid a ver las obras del Señor,
las maravillas que hace en la tierra:

Pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe,
rompe los arcos, quiebra las lanzas,
prende fuego a los escudos.

«Rendíos, reconoced que yo soy Dios:
más alto que los pueblos, más alto que la tierra.»

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

LECTURA: St 5, 16. 19-20

Confesaos los pecados unos a otros, y rezad unos por otros, para que os curéis. Mucho puede hacer la oración intensa del justo. Hermanos míos, si alguno de vosotros se desvía de la verdad y otro lo encamina, sabed que uno que convierte al pecador de su extravío se salvará de la muerte y sepultará un sinfín de pecados.

RESPONSORIO BREVE

R/ Yo dije: Señor, ten misericordia.
V/ Yo dije: Señor, ten misericordia.

R/ Sáname, porque he pecado contra ti.
V/ Señor, ten misericordia.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Yo dije: Señor, ten misericordia.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Si, cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Si, cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.

PRECES

Oremos a Jesús, el Señor, que santificó por su propia sangre al pueblo, y digámosle:

Compadécete, Señor, de tu pueblo

Redentor nuestro, por tu pasión, concede a tus fieles la fuerza necesaria para mortificar sus cuerpos, ayúdalos en su lucha contra el mal y fortalece su esperanza,
— para que se dispongan a celebrar santamente tu resurrección.

Haz que los cristianos cumplan con su misión profética anunciando al mundo tu Evangelio;
— y dando testimonio de el por su fe, esperanza y caridad.

Conforta, Señor, a los que están tristes,
— y danos a nosotros el deseo de consolar a nuestros hermanos.

Haz que tus fieles aprendan a participar en tu pasión con sus propios sufrimientos,
— para que sus vidas manifiesten tu salvación a los hombres.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que eres autor de la vida, acuérdate de los difuntos
— y dales parte en tu gloriosa resurrección.

Fieles a la recomendación del Salvador, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Que tu pueblo, Señor, como preparación a las fiestas de Pascua, se entregue a las penitencias cuaresmales, y que nuestra austeridad comunitaria sirva para la renovación espiritual de tus fieles. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Viernes I de Cuaresma

1.- Oración introductoria.

Señor, quiero escuchar bien tu Palabra. Y la quiero escuchar no sólo con el oído externo sino con el oído interior, con el oído del corazón. Y quiero que esas tus palabras se ahonden dentro de mí, me penetren y se hagan norma de mi vida. Son palabras recias, exigentes. Sé que yo solo no las puedo cumplir; por eso te pido que me envíes al Espíritu Santo con sus dones. Con Él todo será fácil, sencillo, incluso placentero.

2.- Lectura reposada de Palabra del Señor. Mateo 5, 20-26

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos. Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: «No matarás y el que mate será llevado ante el tribunal.» Pero yo les digo: Todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal; el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del lugar de castigo. Por lo tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda. Arréglate pronto con tu adversario, mientras vas con él por el camino; no sea que te entregue al juez, el juez al policía y te metan a la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.

3.- Qué dice el texto bíblico.

Meditación-reflexión

El Señor nos dice en este evangelio que debemos ser seguidores de Jesús, discípulos de Jesús. Y el discípulo auténtico tiene siempre a Jesús como norma y modelo. Por eso nos invita “a ser mejores que los demás”. Y los demás tal vez crean que es suficiente evitar las obras externas. Es común decir entre la gente: “Yo ni robo ni mato”. Y no caen en la cuenta de que no sólo es pecado robar la cartera, es pecado robar la fama, robar la inocencia, robar la esperanza, robar la alegría de nuestros hermanos. Se puede robar de muchas maneras. Lo mismo se puede decir del matar. No sólo se mata con una pistola o un cuchillo. Se puede matar “con la lengua” que es como una espada de doble filo. Hay palabras que son puñales. Podemos despellejar a las personas aunque no clavemos ni un alfiler en su piel. Lo que nos pide el evangelio es que descubramos la raíz del mal y lo evitemos desde el principio. Si yo tengo un pensamiento de ira o venganza contra una persona y después fomento el deseo y lo avivo siempre que me encuentro con esa persona, al final aquello que al principio era una pequeña llama fácil de apagar, poco a poco ha crecido y ha provocado un incendio en mi corazón de modo que ya no lo puedo sofocar.  Respecto al cuidado que debemos tener a la hora de presentarnos a celebrar la Eucaristía, el Evangelio no dice: “Si tú tienes algo contra tu hermano” sino “si tu hermano tiene algo contra ti”. Aunque la culpa esté en tu hermano, debes acortar el camino y adelantarte. ¿Por qué? Porque Dios siempre nos toma a nosotros la delantera. En definitiva, Jesús nos dice que seamos santos, que lleguemos hasta el final y no nos quedemos a mitad del camino, como los fariseos. Y el Papa Francisco nos advierte a cada uno: “No tengas miedo a la santidad. No te quitará fuerzas, vida o alegría. Todo lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó y serás fiel a tu propio ser”. (Gaudete et Exultate 32).

Palabra del Papa

“En las tablas de la ley está la ley hacia Dios y la ley hacia el prójimo y las dos van juntas. Yo no puedo decir: ‘Pero, no, yo cumplo los tres primeros mandamientos… y los otros más o menos’. No, si tú no haces estos, esos no puedes hacerlos y si tú haces eso, debes hacer esto. Están unidos: el amor a Dios y el amor al prójimo son una unidad y si tú quieres hacer penitencia, real no formal, debes hacerla delante de Dios y también con tu hermano, con el prójimo.Y como dice el apóstol Santiago, puedes tener mucha fe pero si no haces obras, no sirve de nada. Uno puede ir a misa todos los domingos y comulgar, y se puede preguntar: ¿cómo es tu relación con tus trabajadores? ¿Les pagas en negro? ¿Les pagas el salario justo? ¿También pagas la contribución para la pensión? ¿Para asegurar la salud?Esos hombres y mujeres de fe que dividen las tablas de la ley: ‘sí, sí, yo hago esto’ – ‘¿pero tú das limosna?’ – ‘sí, sí, siempre envío el cheque a la Iglesia’ – ‘Ah, muy bien. Pero a tu Iglesia, en tu casa, con los que dependen de ti -ya sean hijos, abuelos, trabajadores- ¿eres generoso, eres justo?’ Tú no puedes hacer ofrendas a la Iglesia sobre los hombros de la injusticia que haces con tus trabajadores. Esto es un pecado gravísimo: es usar a Dios para cubrir la injusticia. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 20 de febrero de 2015, en Santa Marta).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto. (Guardo silencio)

5.-Propósito Si estoy distanciado de alguna persona, daré yo el primer paso para la reconciliación.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de sus palabras. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, veo que hilas demasiado fino. No sólo miras las obras externas sino lo interior, aquello que se esconde dentro del corazón. Reconozco que soy tosco, burdo, pintor de brocha gorda. Dame finura, delicadeza, elegancia, en el trato con mis hermanos. Que no me limite a pasar por la vida “sin hacer mal a nadie” sino “haciendo siempre el bien a todos”.  

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Comentario – Viernes I de Cuaresma

(Mt 5, 20-26)

Aunque Jesús anula muchas exigencias del Antiguo Testamento, no elimina las exigencias esenciales; y esta simplificación tampoco implica que el seguimiento de Jesús sea menos exigente, ya que invita a poner todo nuestro ser, a empeñar todas nuestras fuerzas para vivir como a él le agrada. Cuando Jesús critica el legalismo de los fariseos, no está diciendo que sus discípulos se despreocupen de las exigencias del evangelio. Y particularmente en las exigencias con respecto al prójimo, Jesús espera que sus discípulos se destaquen más que los fariseos, y no se contenten con no matar. Tratar a otro con ira, llamarlo inútil o loco, bastaría para dejar sin sentido la propia existencia (para ser quemados).

Y siguiendo la línea de los grandes profetas del Antiguo Testamento, Jesús indica que el culto a Dios pierde todo valor cuando el creyente está enemistado con un hermano, especialmente cuando él ha hecho daño a alguien (“si tu hermano tiene algo contra ti”). Ya en Isaías 1, 15 Dios nos decía: “Cuando ustedes levantan sus manos, me tapo los ojos para no verlos. Aunque multipliquen sus plegarias, yo no los oigo, porque sus manos están llenas de sangre”. Y a esas oraciones de las personas que han hecho daño a un hermano Dios las considera “una pateadura en mis atrios” (1, 12). El amor al hermano está antes que el culto, y el culto está al servicio de ese amo al hermano.

Esto vale también para cualquier acto de culto, incluso para la celebración de la Eucaristía. De hecho, a los corintios ricos, que despreciaban a sus hermanos pobres y se reunían para celebrar la Eucaristía, San Pablo les decía: “Eso ya no es comer la cena del Señor” (1Cor 11, 20). La Eucaristía es culmen y fuente de toda una vida cristiana; deber ser la culminación de una vida de amor, y al mismo tiempo la fuente done vamos a buscar fuerzas para amar mejor a los hermanos.

Oración:

“Te entrego mi vida Señor, tú puedes renovarla con tu gracia para que te agrade más. Impúlsame con tu poder Señor, y no dejes que caiga en la mediocridad, que me conforme sólo con no matar y no sea capaz de vivir como hermano de todos”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Sacrosanctum Concilium – Documentos Vaticano II

Canto gregoriano y canto polifónico

116. La Iglesia reconoce el canto gregoriano como el propio de la liturgia romana; en igualdad de circunstancias, por tanto, hay que darle el primer lugar en las acciones litúrgicas.

Los demás géneros de música sacra, y en particular la polifonía, de ninguna manera han de excluirse en la celebración de los oficios divinos, con tal que respondan al espíritu de la acción litúrgica a tenor del artículo 30.

Misa del domingo: misa con niños

Domingo II de Cuaresma

 

SALUDO

Dios Padre, que manifiesta su Amor en Jesucristo, cl Señor, y la fuer­za del Espíritu, nos den ánimo para seguirle en la vida y estén con todos nosotros.

ENTRADA

Celebramos la Eucaristía queriendo llenarnos de ánimo y de esperan­za para seguir a Jesús por cl camino de su pasión y muerte, hasta la Resu­rrección. Y a todos nos ofrece llenarnos de confianza y de fe, pues aun­que en ocasiones no entendamos lo que Dios quiere de nosotros, al final siempre está la Luz. Ejemplos de esto tencmos muchos en la Escritura; hoy veremos la fe de Abraham puesta a prueba hasta el límite, que reci­bió la bendición de Dios y vio multiplicada su descendencia.

Sin prepotencias, sin falso orgullo, pero llenos de gratitud, hemos de hacer nuestra la intuición de Pablo: «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?». Esto ha de llevarnos a vivir sin ningún miedo, porque nada puede apartarnos del amor de Dios.

Que esta celebración, hermanos, nos haga crecer en la aventura de la fe y en el testimonio en favor de una vida y de un mundo mejor. Bienve­nidos.

ACTO PENITENCIAL

La falta de fe, los pequeños intereses, el desánimo, nos apartan con frecuencia de Dios. Pidamos perdón al Señor:

– Cuando reducimos la fe a cumplir unos preceptos que no transforman nada. SEÑOR, TEN PIEDAD.

– Cuando la práctica de la fe nos separa de los problemas y de la vida diaria. CRISTO, TEN PIEDAD.

– Cuando nos creemos superiores, mejores y más cumplidores que los demás. SEÑOR, TEN PIEDAD.

Danos, Señor, el perdón que necesitamos para caminar en tu luz. Por Jesucristo nuestro Señor.

ORACION COLECTA

Dios y Padre nuestro, que en Jesús nos llenas de ánimo y fortale­za para trabajar por el Reino; ayúdanos a caminar con Jesús y a esforzarnos en la tarea de mostrar tu rostro a las personas, de modo que, conociéndote a Ti, su vida se llene de esperanza y de alegría. Por nuestro Señor Jesucristo.

LECTURA APOSTOLICA

Los cristianos estamos llamados a vivir como personas de esperanza, en medio de un mundo gris y violento. Estamos llamados a ser luz y sal de la tierra. Y la razón de buscar en todo lo positivo nace de la certeza de que Dios está con nosotros

LECTURA NARRATIVA

Dios le pide a Abraham un sacrificio para nosotros incomprensible: sacrificar a su hijo, a quien amaba. Abraham es el hombre de la fe y la confianza ciega en un Dios extraño, incomprensible e imprevisible. La fe en su Dios hace posible la promesa anunciada: “te bendeciré, multiplica­ré tu descendencia”.

LECTURA EVANGELICA

Marcos nos narra la transfiguración de Jesús en presencia de sus ami­gos, que contemplaron a Jesús en su grandeza, presentado como el Hijo amado del Padre, a quien es preciso escuchar. Pero contemplar esta gran­deza no supone quedarse anclados, en lo alto del monte, en la seguridad  que pretendía Pcdro, sino que hay que bajar al llano, a la vida diaria.

ORACION DE LOS FIELES

 En Jesús, en su cruz, está nuestra vida y la de la humanidad entera. Con nuestra mirada puesta en él, oremos cantando: KYRIE, ELEISON.

1.- Por la Iglesia, por todos los que la formamos. Que vivamos con fe y sinceridad este tiempo de conversión. OREMOS:

2.- Por todos aquellos que en el próximo tiempo de Pascua recibirán el bautismo, la confirmación o la primera comunión. Que vivan cada día con mayor profundidad su adhesión a Jesucristo. OREMOS:

3.- Por los inmigrantes y los refugiados que viven entre nosotros. Para que puedan encontrar la vida digna que todo ser humano merece. OREMOS:

4.- Por todas las personas que se abren a una conversión ecológica integral. Que recuperen la armonia con la creación y que su cambio de estilo de vida les acerque al Creador. OREMOS:

5.- Por… OREMOS:

6.- Por nosotros. Que nos preparemos de verdad para poder celebrar con mucha alegría la Pascua del Señor. OREMOS:

Escucha, Señor, nuestras oraciones, y derrama sobre el mundo entero tu amor y tu perdón. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

 

 ORACION SOBRE LAS OFRENDAS

Acoge en tu bondad, Padre nuestro, estos dones que ahora trae­mos al altar; son dones sencillos pero necesarios para la vida que de Ti hemos recibido. Haz que, transformados en Cuerpo y Sangre de Jesús, sean alimento de nuestra vida cristiana. Por Jesucristo.

PREFACIO

Necesario es en verdad, Señor, reconocerte como el Dios Padre del amor y la misericordia, que no dudas en entregarnos en cada momento aquello que nos es más necesario. Eres un Padre que no quieres que ande­mos cabizbajos o dormidos, sino que asumamos el riesgo de la fe y la entrega. Una entrega salvadora, como la de Jesús, en favor de las perso­nas más humildes; una entrega que nos hace salir de la seguridad, del con­formismo, y que nos hace bajar de ‘la montaña al llano, allí donde se jue­gan los destinos de las personas y donde, desde el cariño y el respeto, hemos de poner a prueba la fe que decimos profesar.

Permítenos ahora unirnos a todas las personas que viven su fe como algo comprometido; con ellos te glorificamos diciendo: Santo, Santo, Santo…

ORACION DESPUES DE LA COMUNION

La celebración nos ha unido, Señor, en la fe y en la esperanza; que la Eucaristía sea la fuerza de nuestra vida cristiana, el ánimo renova­do y el compromiso para vivir entregados a los hermanos que se encuentran solos y abandonados. Por Jesucristo.

La misa del domingo

En el marco de la Cuaresma, el relato de la ofrenda de Isaac por su padre Abraham (1ª. lectura) pone de relieve que más que sacrificios y ofrendas lo que Dios pide a sus siervos es la obediencia de la fe. Un corazón realmente convertido a Dios, que le cree a Él y confía en Él, hace lo que Él le pide y enseña aún cuando ello implique afrontar los sacrificios más costosos.

El Señor Jesús vive al máximo esa cordial adhesión y obediencia al Padre, quien ha querido entregarlo «por todos nosotros» (2ª. lectura) para nuestro rescate. Mas esa entrega del Padre no se produce sin el pleno y libre asentimiento del Hijo: «Heme aquí, que vengo, para hacer tu voluntad» (ver Sal 40, 8-9). Para la reconciliación de toda la humanidad con Dios Él ofrecerá el sacrificio de su propia vida en el Altar de la Cruz.

Esa entrega del Hijo está como trasfondo del relato del episodio de la transfiguración. En efecto, no podemos perder de vista que San Marcos, al introducir el relato del episodio de la transfiguración, establece un vínculo con otro episodio ocurrido seis días antes (ver Mc 9, 2; Nota: Al introducirse la lectura del Evangelio de este Domingo con las palabras “en aquel tiempo” se omite la referencia temporal hecha por el evangelista): el diálogo que el Señor sostuvo con sus discípulos, referido a su identidad y misión.

En ese diálogo que tuvo lugar seis días antes el Señor Jesús había preguntado a sus discípulos: «¿Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» (Mc 8, 29). Pedro, tomando la palabra, había respondido: «Tú eres el Cristo», es decir, el Mesías anunciado por Dios a Israel, el Mesías largamente esperado. Luego de mandarles enérgicamente que a nadie le dijeran que Él era el Mesías, «comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días» (Mc 8, 31). Pedro se negó a aceptar tal perspectiva y posibilidad: El Mesías de Dios —así pensaban todos los judíos— debía ser un caudillo glorioso y victorioso que con la fuerza de Dios libraría a Israel de toda dominación e instauraría el Reino de Dios de un modo inmediato, sometiendo a todas las naciones paganas bajo su dominio. En la mente de Pedro y de los hombres el Mesías no podía ser reprobado y matado por los suyos. Pero tal Mesías-liberador político no estaba en la mente ni en los planes de Dios (ver Mc 8, 33), por lo que Pedro recibió una durísima reprimenda del Señor, que además calificó de “Satanás” a quien poco antes había proclamado como “la roca” sobre la cual edificaría su Iglesia (ver Mt 16, 18).

Luego de llamar la atención a Pedro, el Señor advertía a todos, discípulos y gentes en general: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mc 8, 34). Quedaba claro que Él no prometía la gloria humana a quienes querían seguirlo. Quien quisiera ser su discípulo debía renunciar a buscar su propia gloria y seguir al Señor como aquellos reos condenados a la crucifixión: cargando con su propio instrumento de escarnio y ejecución. Mas para quien sigue al Señor, la cruz es el camino que conduce a la gloriosa transfiguración de su propia existencia (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 556).

“Seis días después”, con su transfiguración, el Señor Jesús manifestará a Pedro, Santiago y a Juan su identidad más profunda, oculta tras el velo de su humanidad. La luminosidad de sus vestidos manifiesta su divinidad. ¿No está Dios «vestido de esplendor y majestad, revestido de luz como de un manto» (Sal 104, 1-2)? El Mesías no es tan sólo un hombre, sino Dios mismo que se ha hecho hombre.

En ese momento «se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús»: Moisés representa “la Ley” y Elías “los Profetas”, el conjunto de las enseñanzas divinas ofrecidas por Dios a su Pueblo hasta entonces. En cuanto al contenido del diálogo San Lucas es el único que especifica que hablaban de su muerte en Jerusalén (ver Lc 9, 31).

Aquel momento que viven los tres apóstoles elegidos es muy intenso, por ello Pedro ofrece al Señor construir «tres tiendas»: una para Jesús, otra para Moisés, otra para Elías. Se consideraba que una de las características de los tiempos mesiánicos era que los justos morarían en tiendas. La manifestación de la gloria de Jesucristo en su transfiguración sería interpretada por Pedro como el signo palpable de que ha llegado el tiempo mesiánico, su manifestación. Mas en el momento en que Pedro se halla aún hablando «se formó una nube que los cubrió». La nube «es el signo de la presencia de Dios mismo, la shekiná. La nube sobre la tienda del encuentro indicaba la presencia de Dios. Jesús es la tienda sagrada sobre la que está la nube de la presencia de Dios y desde la cual cubre ahora “con su sombra” también a los demás» (S.S. Benedicto XVI).

De esta nube salió una voz que decía: «Éste es mi Hijo amado; escúchenlo». Es la voz de Dios, la voz del Padre que proclama a Jesucristo como Hijo suyo y manda escucharlo. El Señor Jesús es más que Moisés y Elías, está por encima de quienes hasta entonces habían hablado al Pueblo en nombre de Dios, Él ha venido a dar cumplimiento a la Ley y los Profetas (ver Mt 5, 17), Él es la plenitud de la revelación: «Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos. El cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas» (Heb 1, 1-3). Así, pues, al Hijo es a quien en adelante hay que escuchar: hay que prestar oídos a sus enseñanzas y hacer lo que Él diga (ver Jn 2, 5).

 

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Pedro, Santiago y Juan experimentan algo fascinante, maravilloso: ven al Señor transfigurarse ante sus ojos, lo ven en todo su esplendor, perciben la intensa luz que irradia todo su ser, su Gloria, y aunque esta intensísima y tremenda experiencia los asusta, más es el gozo extraordinario que inunda el corazón de los apóstoles: «Señor, ¡qué bien se está aquí! ¡Hagamos tres tiendas!», es como decir: “¡Quedémonos aquí para siempre! ¡No queremos que este gozo intenso pase nunca!”

A veces sucede algo parecido en nuestro propio peregrinar de fe: Dios nos concede en un momento oportuno una experiencia espiritual intensa que quisiéramos que se prolongue para siempre, que nunca se acabe. Sin embargo, experiencias como esas no duran para siempre, y acaso duran sólo un instante. Y así, luego de “ver brillar la gloria del Señor”, como los Apóstoles debemos “bajar del monte”, volver a la vida cotidiana, a la lucha a veces tediosa, a la rutina absorbente de cada día, a soportar fatigas, tentaciones, dificultades, pruebas, adversidades, etc.

¡Cuántos, luego de experimentar momentos tan intensos se desalientan en la batalla, piensan en abandonar la lucha y arrojar lejos de sí la cruz que implica la vida cristiana porque “ya no sienten nada”, porque el camino se hace cuesta arriba y “no pensé que me costaría tanto”, porque “ya no puedo más”. Y en medio de estas cavilaciones y tentaciones, perdiendo el aguante, no dispuestos a asumir el esfuerzo y pagar así el precio necesario para conquistar la eternidad, desconfiando del Señor y del poder de su gracia, abandonaron cobardemente la lucha diciéndose a sí mismos: “¡Esto no es para mí! ¡Yo no puedo!” Pero no sólo abandonaron el camino del bien: engañados y fascinados por el vano brillo que el mundo les ofrecía, regresaron a Egipto, allí donde “todo era mejor”, allí donde todo es más fácil y más cómodo, allí donde “sí hay con qué saciar inmediatamente el hambre y la sed” de infinito que quema sus entrañas. ¡Qué ilusión y engaño!

¿Y dónde quedaron aquellas experiencias intensas que el Señor les regaló? ¿Fueron acaso tan sólo una ilusión y fantasía de momento, una autosugestión, es decir, una mentira? Así suelen autojustificarse y engañarse aquellos que abandonando la lucha y apartando sus ojos de la eternidad deciden “vivir del momento”. Quieren sustituir con fugaces “experiencias extremas”, repetidas una y otra vez hasta el cansancio y la saciedad, la profunda y duradera felicidad que sólo el Señor les puede dar. A quienes de este modo huyen de su interior y del Señor ciertamente no les queda más que lanzarse frenéticamente a buscar saciar su hambre y sed de infinito con borracheras de todo tipo, con sensaciones fuertes, intensas, a través del placer sensual, del poder, del tener, o a través de la adicción al trabajo, a la acción superficial e ininterrumpida. Así, en el día a día, son como pobres mendigos que buscan saciarse con migajas, o peor aún, con alimento para cerdos, queriendo acallar el grito incontenible de sus corazones que clama por un Pan Vivo que sacie su hambre de felicidad, de paz, de auténtica comunión en el amor.

¡Qué importante es valorar y atesorar aquellas experiencias que Dios nos regala en algún momento de la vida, experiencias a veces muy intensas, otras muy suaves y sencillas, para no sucumbir ante las pruebas y cruces que encontraremos en el camino, para no dejarnos seducir por los espejismos que en momentos de desierto espiritual nos invitan a abandonar el camino del Señor, el camino que por la cruz conduce a la gloria, sugiriéndonos “volver a Egipto”, es decir, optar por una vida más fácil, más cómoda y placentera, más “light”, más ajustada a nuestra mediocridad!

Como la transfiguración para los Apóstoles, las experiencias intensas que en un momento de nuestra vida inundan nuestro espíritu de una paz y un gozo profundo son un regalo de Dios para nuestro peregrinar, un tenue anticipo de lo que Dios nos promete si perseveramos en el camino que Jesús nos enseña, un firme aliciente para luchar día a día por lo que hemos gustado brevemente pero que aún nos falta conquistar, aquello que «ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman» (1Cor 2, 9). Esos momentos de luz han de permanecer siempre en nuestra cordial memoria para alentarnos en todas nuestras luchas, para alimentar nuestra esperanza y sostenernos día a día en la fiel perseverancia hasta el fin.

Así, pues, en los momentos de prueba, en los momentos en que el cielo se nos nuble, cuando la oscuridad parezca cubrirlo todo y la espesa tiniebla del dolor inunde tu mente y corazón, haz memoria de los momentos de luz, momentos en que el Señor se ha mostrado en tu vida con suma claridad. Estas experiencias son como el sol: no podemos dudar de su existencia aunque por momentos las nubes densas lo oculten, y así no lo veamos en días, semanas, meses, sabemos que está siempre allí, que está detrás de las nubes o tormentas que se interponen de momento. Cuando te toquen esos momentos duros y difíciles, no desesperes: abrázate a la Cruz del Señor, reza intensamente y espera con paciencia el nuevo nacimiento del Sol, el triunfo del Señor en tu vida.

¡Quiero verte, Señor!

Quiero cerrar los ojos
y mirar hacia dentro
para verte, Señor.

Quiero también abrirlos
y contemplar lo creado
para verte, Señor.

Quiero subir a l monte
siguiendo tus huellas y camino
para verte, Señor

Quiero permanecer acá
y salir de mí mismo
para verte, Señor.

Quiero silencio y paz
y entrar en el misterio
para verte; Señor.

Quiero oír esa voz
que hoy rasga el cielo
y me habla de ti, Señor.

Quiero vivir este momento
con los ojos fijos en ti
para verte, Señor.

Quiero bajar del monte
y hacer tu querer
para verte, Señor.

Quiero recorrer los caminos
y detenerme junto al que sufre
para verte, Señor.

Quiero escuchar y ver,
gozar de este instante,
y decirte quién eres para mí, Señor.

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes I de Cuaresma

Jesús nos propone una justicia superior a la de los escribas y de los fariseos. La primera se basaba sobre el conocimiento profundo de la ley, la segunda se basaba en la observancia escrupulosa de sus preceptos. Jesús no quiere que nos conformemos con esa actitud externa, que no nace del corazón y no es expresión de amor, porque busca su propia auto-justificación. Con la que después se acusa y condena a los que, siendo débiles, o estando en situación de necesidad no logran cumplir con tantos preceptos. Superior a esta justicia que se funda solo en el saber o el hacer, es la del amor, que sabe hacerse cargo de la realidad y perdonar, que no excluye, sino que ofrece misericordia.

Y la raíz de ese amor está en el corazón humano. Es ahí donde brota lo bueno y lo malo. «Todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano …» (Mt 5,22). Notamos la insistencia en la palabra: ¡hermano! Se mata al hermano en el corazón, con los pensamientos y los sentimientos, con la indiferencia. Se mata al hermano con las palabras injuriosas y despectivas. Como tanto insiste el papa Francisco: «la murmuración es una actitud asesina, porque mata, acaba con la gente, acaba con la “fama” de la gente». Además, «cuando hablamos mal de los demás, les quitamos el rostro de la Belleza de Dios y les ponemos la máscara de la fealdad del mal. Nos volvemos “feos” también, mirándonos en el espejo manchado con la sangre del hermano al que matamos con la lengua».

El sentido de la justicia que nos propone Jesús es exigente ya que implica vivir con amor. El amor siempre tiene algo de «desmesura», tiene siempre un «algo más». El camino de conversión cuaresmal nos lleva a reubicar nuestra vida en ese amor evangélico de gratuidad. Esa «reforma del corazón», quizás la más urgente y necesaria en nuestras comunidades cristianas, es la gracia a pedir con insistencia en este tiempo de preparación a la Pascua. Donde se manifiesta un acto de justicia verdadera que Jesús ha inaugurado sobre la cruz con un acto de amor y perdón sin medida. Podemos hacer nuestra esta oración, para vivir la verdadera caridad:

Oh, Jesús,
que has acogido a cada hombre
en su condición para elevarlo
a la dignidad de hijo de Dios,
haznos capaces de vivir la atención
al prójimo para dar testimonio creíble
de ti, Verdad que libera.
Oh, Espíritu de amor,
que nos revelas el rostro de Dios,
haz resplandecer en nosotros la imagen
que Dios nos ha donado
viviendo en la verdadera caridad
y acogiendo a cada persona como
hermano. Amén.

Edgardo Guzmán, cmf.