La misa del domingo

En el marco de la Cuaresma, el relato de la ofrenda de Isaac por su padre Abraham (1ª. lectura) pone de relieve que más que sacrificios y ofrendas lo que Dios pide a sus siervos es la obediencia de la fe. Un corazón realmente convertido a Dios, que le cree a Él y confía en Él, hace lo que Él le pide y enseña aún cuando ello implique afrontar los sacrificios más costosos.

El Señor Jesús vive al máximo esa cordial adhesión y obediencia al Padre, quien ha querido entregarlo «por todos nosotros» (2ª. lectura) para nuestro rescate. Mas esa entrega del Padre no se produce sin el pleno y libre asentimiento del Hijo: «Heme aquí, que vengo, para hacer tu voluntad» (ver Sal 40, 8-9). Para la reconciliación de toda la humanidad con Dios Él ofrecerá el sacrificio de su propia vida en el Altar de la Cruz.

Esa entrega del Hijo está como trasfondo del relato del episodio de la transfiguración. En efecto, no podemos perder de vista que San Marcos, al introducir el relato del episodio de la transfiguración, establece un vínculo con otro episodio ocurrido seis días antes (ver Mc 9, 2; Nota: Al introducirse la lectura del Evangelio de este Domingo con las palabras “en aquel tiempo” se omite la referencia temporal hecha por el evangelista): el diálogo que el Señor sostuvo con sus discípulos, referido a su identidad y misión.

En ese diálogo que tuvo lugar seis días antes el Señor Jesús había preguntado a sus discípulos: «¿Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» (Mc 8, 29). Pedro, tomando la palabra, había respondido: «Tú eres el Cristo», es decir, el Mesías anunciado por Dios a Israel, el Mesías largamente esperado. Luego de mandarles enérgicamente que a nadie le dijeran que Él era el Mesías, «comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días» (Mc 8, 31). Pedro se negó a aceptar tal perspectiva y posibilidad: El Mesías de Dios —así pensaban todos los judíos— debía ser un caudillo glorioso y victorioso que con la fuerza de Dios libraría a Israel de toda dominación e instauraría el Reino de Dios de un modo inmediato, sometiendo a todas las naciones paganas bajo su dominio. En la mente de Pedro y de los hombres el Mesías no podía ser reprobado y matado por los suyos. Pero tal Mesías-liberador político no estaba en la mente ni en los planes de Dios (ver Mc 8, 33), por lo que Pedro recibió una durísima reprimenda del Señor, que además calificó de “Satanás” a quien poco antes había proclamado como “la roca” sobre la cual edificaría su Iglesia (ver Mt 16, 18).

Luego de llamar la atención a Pedro, el Señor advertía a todos, discípulos y gentes en general: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mc 8, 34). Quedaba claro que Él no prometía la gloria humana a quienes querían seguirlo. Quien quisiera ser su discípulo debía renunciar a buscar su propia gloria y seguir al Señor como aquellos reos condenados a la crucifixión: cargando con su propio instrumento de escarnio y ejecución. Mas para quien sigue al Señor, la cruz es el camino que conduce a la gloriosa transfiguración de su propia existencia (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 556).

“Seis días después”, con su transfiguración, el Señor Jesús manifestará a Pedro, Santiago y a Juan su identidad más profunda, oculta tras el velo de su humanidad. La luminosidad de sus vestidos manifiesta su divinidad. ¿No está Dios «vestido de esplendor y majestad, revestido de luz como de un manto» (Sal 104, 1-2)? El Mesías no es tan sólo un hombre, sino Dios mismo que se ha hecho hombre.

En ese momento «se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús»: Moisés representa “la Ley” y Elías “los Profetas”, el conjunto de las enseñanzas divinas ofrecidas por Dios a su Pueblo hasta entonces. En cuanto al contenido del diálogo San Lucas es el único que especifica que hablaban de su muerte en Jerusalén (ver Lc 9, 31).

Aquel momento que viven los tres apóstoles elegidos es muy intenso, por ello Pedro ofrece al Señor construir «tres tiendas»: una para Jesús, otra para Moisés, otra para Elías. Se consideraba que una de las características de los tiempos mesiánicos era que los justos morarían en tiendas. La manifestación de la gloria de Jesucristo en su transfiguración sería interpretada por Pedro como el signo palpable de que ha llegado el tiempo mesiánico, su manifestación. Mas en el momento en que Pedro se halla aún hablando «se formó una nube que los cubrió». La nube «es el signo de la presencia de Dios mismo, la shekiná. La nube sobre la tienda del encuentro indicaba la presencia de Dios. Jesús es la tienda sagrada sobre la que está la nube de la presencia de Dios y desde la cual cubre ahora “con su sombra” también a los demás» (S.S. Benedicto XVI).

De esta nube salió una voz que decía: «Éste es mi Hijo amado; escúchenlo». Es la voz de Dios, la voz del Padre que proclama a Jesucristo como Hijo suyo y manda escucharlo. El Señor Jesús es más que Moisés y Elías, está por encima de quienes hasta entonces habían hablado al Pueblo en nombre de Dios, Él ha venido a dar cumplimiento a la Ley y los Profetas (ver Mt 5, 17), Él es la plenitud de la revelación: «Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos. El cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas» (Heb 1, 1-3). Así, pues, al Hijo es a quien en adelante hay que escuchar: hay que prestar oídos a sus enseñanzas y hacer lo que Él diga (ver Jn 2, 5).

 

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Pedro, Santiago y Juan experimentan algo fascinante, maravilloso: ven al Señor transfigurarse ante sus ojos, lo ven en todo su esplendor, perciben la intensa luz que irradia todo su ser, su Gloria, y aunque esta intensísima y tremenda experiencia los asusta, más es el gozo extraordinario que inunda el corazón de los apóstoles: «Señor, ¡qué bien se está aquí! ¡Hagamos tres tiendas!», es como decir: “¡Quedémonos aquí para siempre! ¡No queremos que este gozo intenso pase nunca!”

A veces sucede algo parecido en nuestro propio peregrinar de fe: Dios nos concede en un momento oportuno una experiencia espiritual intensa que quisiéramos que se prolongue para siempre, que nunca se acabe. Sin embargo, experiencias como esas no duran para siempre, y acaso duran sólo un instante. Y así, luego de “ver brillar la gloria del Señor”, como los Apóstoles debemos “bajar del monte”, volver a la vida cotidiana, a la lucha a veces tediosa, a la rutina absorbente de cada día, a soportar fatigas, tentaciones, dificultades, pruebas, adversidades, etc.

¡Cuántos, luego de experimentar momentos tan intensos se desalientan en la batalla, piensan en abandonar la lucha y arrojar lejos de sí la cruz que implica la vida cristiana porque “ya no sienten nada”, porque el camino se hace cuesta arriba y “no pensé que me costaría tanto”, porque “ya no puedo más”. Y en medio de estas cavilaciones y tentaciones, perdiendo el aguante, no dispuestos a asumir el esfuerzo y pagar así el precio necesario para conquistar la eternidad, desconfiando del Señor y del poder de su gracia, abandonaron cobardemente la lucha diciéndose a sí mismos: “¡Esto no es para mí! ¡Yo no puedo!” Pero no sólo abandonaron el camino del bien: engañados y fascinados por el vano brillo que el mundo les ofrecía, regresaron a Egipto, allí donde “todo era mejor”, allí donde todo es más fácil y más cómodo, allí donde “sí hay con qué saciar inmediatamente el hambre y la sed” de infinito que quema sus entrañas. ¡Qué ilusión y engaño!

¿Y dónde quedaron aquellas experiencias intensas que el Señor les regaló? ¿Fueron acaso tan sólo una ilusión y fantasía de momento, una autosugestión, es decir, una mentira? Así suelen autojustificarse y engañarse aquellos que abandonando la lucha y apartando sus ojos de la eternidad deciden “vivir del momento”. Quieren sustituir con fugaces “experiencias extremas”, repetidas una y otra vez hasta el cansancio y la saciedad, la profunda y duradera felicidad que sólo el Señor les puede dar. A quienes de este modo huyen de su interior y del Señor ciertamente no les queda más que lanzarse frenéticamente a buscar saciar su hambre y sed de infinito con borracheras de todo tipo, con sensaciones fuertes, intensas, a través del placer sensual, del poder, del tener, o a través de la adicción al trabajo, a la acción superficial e ininterrumpida. Así, en el día a día, son como pobres mendigos que buscan saciarse con migajas, o peor aún, con alimento para cerdos, queriendo acallar el grito incontenible de sus corazones que clama por un Pan Vivo que sacie su hambre de felicidad, de paz, de auténtica comunión en el amor.

¡Qué importante es valorar y atesorar aquellas experiencias que Dios nos regala en algún momento de la vida, experiencias a veces muy intensas, otras muy suaves y sencillas, para no sucumbir ante las pruebas y cruces que encontraremos en el camino, para no dejarnos seducir por los espejismos que en momentos de desierto espiritual nos invitan a abandonar el camino del Señor, el camino que por la cruz conduce a la gloria, sugiriéndonos “volver a Egipto”, es decir, optar por una vida más fácil, más cómoda y placentera, más “light”, más ajustada a nuestra mediocridad!

Como la transfiguración para los Apóstoles, las experiencias intensas que en un momento de nuestra vida inundan nuestro espíritu de una paz y un gozo profundo son un regalo de Dios para nuestro peregrinar, un tenue anticipo de lo que Dios nos promete si perseveramos en el camino que Jesús nos enseña, un firme aliciente para luchar día a día por lo que hemos gustado brevemente pero que aún nos falta conquistar, aquello que «ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman» (1Cor 2, 9). Esos momentos de luz han de permanecer siempre en nuestra cordial memoria para alentarnos en todas nuestras luchas, para alimentar nuestra esperanza y sostenernos día a día en la fiel perseverancia hasta el fin.

Así, pues, en los momentos de prueba, en los momentos en que el cielo se nos nuble, cuando la oscuridad parezca cubrirlo todo y la espesa tiniebla del dolor inunde tu mente y corazón, haz memoria de los momentos de luz, momentos en que el Señor se ha mostrado en tu vida con suma claridad. Estas experiencias son como el sol: no podemos dudar de su existencia aunque por momentos las nubes densas lo oculten, y así no lo veamos en días, semanas, meses, sabemos que está siempre allí, que está detrás de las nubes o tormentas que se interponen de momento. Cuando te toquen esos momentos duros y difíciles, no desesperes: abrázate a la Cruz del Señor, reza intensamente y espera con paciencia el nuevo nacimiento del Sol, el triunfo del Señor en tu vida.