Comentario – Sábado I de Cuaresma

(Mt 5, 43-48)

Jesús completa su profundización de la Ley de Dios con el precepto del amor a los enemigos. Si Dios hace salir su sol sobre todos, sin excepción, el cristiano no debería negar su amor a nadie. Amar sólo a un grupo selecto de amigos y de personas cercanas, y no amar a los que nos desagradan o nos hacen daño es reducir el estilo de vida cristiano a la “normalidad”, y quitarle lo que más debe distinguirlo: la capacidad de amar por encima de todo y más allá de todo, superando las normas de la conveniencia personal y mirando a todos con los ojos del Padre Dios.

El texto concluye con la invitación a ser perfectos como el Padre celestial, mostrando así que la perfección está sobre todo en el amor al otro. San Lucas lo expresa modificando la expresión y diciendo sencillamente “sean compasivos como el Padre celestial es compasivo” (Lc 6, 36).

No sería extraño encontrar personas capaces de ofrecer a Dios grandes sacrificios, soportando hambre, frío y todo tipo de renuncias y privaciones, pero al mismo tiempo llenas de rencor. Por algo decía san Pablo: “Si yo entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor no me sirve de nada” (1Cor 13, 3). Y luego explica que ese amor es paciente, no tiene en cuenta el mal recibido, todo lo disculpa (v. 4). Los sacrificios corporales quedan sólo a un nivel superficial, y sólo pueden ser la demostración de una gran fuerza de voluntad, que a Dios no le interesa demasiado. Pero el perdón es algo mucho más grande, mucho más profundo, que no se logra con el esfuerzo de la voluntad, sino con la gracia de Dios, con mucha oración, y con profundas y repetidas motivaciones que apuntan al corazón. Llegar a amar a un enemigo, superando los deseos de venganza, y aceptando que también él tiene derecho a ser feliz, es una obra que supera todo esfuerzo y toda capacidad humana. Ser perfectos como el Padre Dios también es imposible para una criatura, pero se trata del llamado del Señor a participar de su vida divina, a entrar en la profundidad de su misterio, a dejarse llevar siempre más allá de los pequeños límites del propio corazón.

Oración:

“Jesús, tú que eres modelo perfecto de amor que se entrega a todos y que perdona, dame la gracia de desear la perfección del amor para ser capaz de superar los rencores y los conflictos poniendo el amor sobre todo, respondiendo al mal con el bien”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día