El Dios revelado y revelador

1. Quizás el supremo don de la infancia sea la casi infinita capacidad de sorpresa. El niño cada día descubre nuevas cosas y se asombra por lo que ve, conoce y siente. Y aun cuando la novedad le traiga, a veces, porcentajes de incertidumbre, la satisfacción es superior. Nunca después gozamos tan intensamente como el ir experimentando esa sensación única de la primera vez, el estrenismo. Los años nos van arrancando el factor de lo nuevo y así envejecemos paulatinamente. es inevitable y triste.

Sin embargo, a pesar de todo, todavía quedan cosas que nos sorprenden e incluso nos desconciertan. Sobre todo cuando se sabe mantener en pleno vigor la curiosidad y el interés por lo nuevo, surgen en nuestro horizonte vital una serie de “ovnis” que nos hacen recordar esa vivencia infantil ante lo desconocido. Y no es necesario inventarse “novedades”, porque la vida es tan rica y plural, si la aceptamos sin prejuicios, que desborda nuestra capacidad de encajar toda oculta cara.

2. Pienso que tienen que existir en la fe cristiana esos elementos como sorpresivos y desconcertantes. Y sin necesidad de acudir a pirotecnias ni visiones celestiales. Si Dios no nos sorprendiera y no produjera en nosotros un enorme desconcierto, le habríamos despojado de un elemento esencial en toda la historia de la salvación. No estoy hablando del Dios “todo otro”, astral y enigmático, de religiones o filosofías extrañas a la clave cristiana; me refiero ––claro está–– al Dios revelado y revelador de la Sagrada Escritura, y más en concreto del Evangelio.

¿Como no imaginar el fenomenal embrollo de Abrahán al plantearse, por petición de Dios, la destrucción de su hijo, y precisamente del hijo que ha sido objeto de la promesa? ¿Cómo encajar esa contradicción tal clara y no aceptar la idea de un Dios caprichoso, versátil y enredador? Pero la fe incluye precisamente esa aceptación del primer desconcierto porque intuye las “razones” más hondas del ser y actuar de Dios. No le pidamos a la religión una lógica de andar por casa, ni nos empeñemos en racionalizar a Dios porque entonces nos quedaremos para siempre encerrados entre barrotes matemáticos, adoradores de los sucesivos idolillos que nos fabriquemos o nos vayan fabricando otros.

3.- Del mismo modo la pedagogía de Dios incluye también una sobriedad de manifestaciones y un ritmo lento. Si de los discípulos hubiera dependido, Cristo se hubiera pasado la vida envuelto en la nube de la transfiguración, ajeno al quehacer evangelizador. Y si nosotros tuviéramos que programar la presencia de Dios entre los hombres, se nos iría sin duda la mano en milagros, revelaciones, fenómenos extraordinarios e invasión de nuestra propia esfera de libertad que Dios respeta escrupulosamente.

Aceptemos ––seamos niños–– el desconcierto que Dios, a veces, nos produce. Sin entenderlo todo ––como ellos al fin y al cabo–– descubriremos el continente de la confianza.

Antonio Díaz Tortajada