Ser y hacer

Con imágenes que resultaban familiares al judaísmo, se relata aquí la condición “transfigurada” de Jesús. Sin embargo, la lectura habitual del texto ha estado condicionada por dos claves que no parecen muy acertadas: la separabilidad y la desconfianza hacia nuestra realidad profunda.

Por un lado, la condición de ser “transfigurado” parece que se restringía a Jesús, de acuerdo con la creencia en su divinidad separada y exclusiva. Por otro, se insistía en la “necesidad” de bajar rápidamente en el monte, como si la comprensión de aquella realidad vislumbrada pudiera adormecernos y nos hiciera obviar nuestra acción y compromiso en el mundo.

Ambas claves definen bien el modo de funcionar de la mente y del ego. Aquella es, por su propia naturaleza, separadora; este se autoafirma en la acción tanto como teme al silencio, en el que se diluye.

Desnudando el engaño oculto en esa lectura, en la comprensión se hace manifiesto que la realidad “contemplada” en Jesús es una realidad compartida: todos somos seres “transfigurados”; más allá de la apariencia de las formas diferentes, somos Aquello que las transciende, luminosidad y gozo. Y de esta misma comprensión brota la acción y el compromiso, como su expresión natural, ahora caracterizados por la desapropiación. Si el ego exige “hacer” para poder sentirse vivo, en la comprensión la acción fluye sin que haya alguien que se la apropie: el compromiso sabio no viene firmado.

Todo encaja de manera admirable: lo que somos y lo que hacemos son las dos caras de la misma realidad. Sin comprensión no salimos del engaño de una “identidad pensada” (el yo), aunque nos empeñemos en un activismo desbordante, siempre sospechoso porque aparece marcado por la resistencia –como si la vida debiera responder a nuestra expectativa– y la apropiación.

La comprensión nos conduce a la aceptación lúcida –superando las trampas de la resistencia y de la resignación– y a la desapropiación en todo lo que emprendemos.

¿Cómo vivo la aceptación y la desapropiación?

Enrique Martínez Lozano

II Vísperas – Domingo II de Cuaresma

II VÍSPERAS

DOMINGO II DE CUARESMA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Te damos gracias, Señor,
porque has depuesto la ira
y has detenido ante el pueblo
la mano que lo castiga.

Tú eres el Dios que nos salva,
la luz que nos ilumina,
la mano que nos sostiene
y el techo que nos cobija.

Y sacaremos con gozo
del manantial de la Vida
las aguas que dan al hombre
la fuerza que resucita.

Entonces proclamaremos:
«¡Cantadle con alegría!
¡El nombre de Dios es grande;
su caridad, infinita!

¡Que alabe al Señor la tierra!
Contadle sus maravillas.
¡Qué grande, en medio del pueblo,
el Dios que nos justifica!» Amén.

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.

SALMO 145

Ant. El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.

Alaba, alma mía, al Señor:
alabaré al Señor mientras viva,
tañeré para mi Dios mientras exista.

No confiéis en los príncipes,
seres de polvo que no pueden salvar;
exhalan el espíritu y vuelven al polvo,
ese día perecen sus planes.

Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob,
el que espera en el Señor, su Dios,
que hizo el cielo y la tierra,
el mar y cuando hay en él;

que mantiene su fidelidad perpetuamente,
que hace justicia a los oprimidos,
que da pan a los hambrientos.

El Señor liberta a los cautivos,
el Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos.

El Señor guarda a los peregrinos,
sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.

El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sión, de edad en edad.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

LECTURA: 1Co 9, 24-25

En el estadio todos los corredores cubren la carrera, aunque uno solo se lleva el premio. Corred así: para ganar. Pero un atleta se impone toda clase de privaciones. Ellos para ganar una corona que se marchita; nosotros, en cambio, una que no se marchita.

RESPONSORIO BREVE

R/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.
V/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.

R/ Cristo, oye los ruegos de los que te suplican.
V/ Porque hemos pecado contra ti.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.

PRECES

Demos siempre gracias a Cristo, nuestra cabeza y nuestro maestro, que vino a servir y a hacer el bien a todos, y digámosle humilde y confiadamente:

Atiende, Señor, a tu Iglesia.

Asiste, Señor, a los obispos y presbíteros de la Iglesia y haz que cumplan bien su misión de ser instrumentos tuyos, cabeza y pastor de la Iglesia,
— para que por medio de ti conduzcan a todos los hombres al Padre.

Que tus ángeles sean compañeros de camino de los que están de viaje,
— para que se vean libres de todo peligro de cuerpo y de alma.

Enséñanos, Señor, a servir a todos los hombres,
— imitándote a ti, que viniste a servir y no a ser servido.

Haz que en toda comunidad humana reine un espíritu fraternal,
— para que, estando tú en medio de ella, sea como una plaza fuerte.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Sé misericordioso, Señor, con todos los difuntos
— y admítelos a contemplar la luz de tu rostro.

Concluyamos nuestra súplica con la oración que le mismo Señor nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, Padre santo, tú que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el predilecto, alimenta nuestro espíritu con tu palabra; así, con mirada limpia, contemplaremos gozosos la gloria de tu rostro. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Una subida desconcertante en la que tú estás implicado/a

Una de las características del mundo moderno es la transformación, la evolución, el cambio. El evangelio de este segundo domingo nos sugiere que es posible transfigurarse si somos capaces de descubrir la Presencia transformadora de Jesús en nosotros/as en el camino que nos toca vivir, en la subida al monte (Sinaí, Hermón o Tabor), símbolo de lo Divino. Es el ascenso de la conciencia, del conocimiento interior, a un nivel más hondo y profundo, más allá de los signos externos con que se nos narra este desconcertante relato.

Todos estos símbolos, el monte, los vestidos blancos, el miedo, la nube, la voz, aparecen en las teofanías del Antiguo Testamento que, por otra parte, a los jóvenes de hoy ya no les dice nada. Pero es quizá, el evangelio de Marcos el más idóneo para mostrar a alguien que está alejado de lo religioso o indiferente. La lectura de este pasaje suscita la pregunta: ¿Quién es este hombre para mí?, y nos lleva a responder desde la propia experiencia de vida. Es un evangelio muy vivo, concreto y puede ayudar a un cristiano encerrado en sus ideas, a preguntarse: ¿soy capaz de reconocer a Jesús en esta situación tan desconcertante de pandemia en que vivimos?

Ya sabemos que no es un relato histórico. Es probable que se trate de un relato pos-pascual con el fin de hacer ver a la comunidad de Marcos, y a nosotros, que Aquel que recorrió Galilea y “se abajó haciéndose uno de tantos”, es el mismo Cristo glorificado, transfigurado. Recurso que utilizan con frecuencia los autores bíblicos para dar autoridad o reforzar su mensaje.

Dice el texto que acompañan a Jesús, Pedro, Santiago y Juan, uno, duro de mollera, los otros dos le siguen con buena voluntad para sacar alguna ventajilla. Como todo hijo de vecino.

¿Qué fue lo que vieron? Algo tan natural como darse cuenta, en un momento concreto de la existencia, de un chispazo, una sensación que va más allá de los signos superficiales: la percepción de la presencia de lo divino en uno/a mismo/a y a raíz de la cual se experimenta un antes y un después. Podríamos llamarlo una experiencia fundante, gozosa o dolorosa, casi nunca espectacular e incluso, ni siquiera asumida en ese mismo momento sino poco después. En esa situación, puede surgir una expresión tan humana como la de Pedro: ¡qué bien se está aquí!, o por el contrario, si ha sido dolorosa: ¿por qué a mí?

Marcos sitúa este relato entre el primer anuncio de la pasión y el segundo. Se vislumbra, pues, la muerte biológica, inevitable, pero el horizonte es la Vida. En cualquier caso, Jesús, hoy, sube contigo para que seas testigo del encuentro con Dios. En su bautismo, y ahora, aquí, acontece el hecho esencial de su vida: se experimenta como Hijo amado. ¿Te has parado a pensar lo que realmente significa para ti ser Hijo/a Amado/a? ¿Cómo vivir hoy de ese modo?

Jesús conoce nuestras necesidades, nuestros anhelos, nos ofrece la oportunidad de re-nacer, de transfigurarnos. En todo momento nos comunica su misma Vida, la Única. Llevamos dentro lo divino. En lo más íntimo de nuestro ser, oímos su voz: ¡Escuchadlo a Él!

No a las voces que aturden, confunden o violentan, a las palabras falsas, vacías, cargadas de promesas y mentiras que, lamentablemente, son pronunciadas sin pudor.

La escena de la transfiguración representa la experiencia anticipada del reino que ha de llegar si sabemos acoger la simiente de Verdad inserta en el ADN de nuestro ser. Con frecuencia, lo establecido, las viejas fórmulas ahogan la posibilidad de transformación. Moisés y Elías representan el Antiguo Testamento, la Ley y los profetas. Eran la clave para descubrir la voluntad de Dios.

Con Jesús todo se transforma, se renueva. Nos invita a acompañar y dar testimonio entre los hombres y mujeres de hoy, poner en el centro la Palabra de Dios, escucharla, vivirla, practicar la autenticidad y la verdad. No es una mercancía que se compra o se vende. La veracidad está ligada a la conciencia, a la persona. Somos veraces en la medida que nos revelamos, nos entregamos. Jesús nos insta a bajar a la realidad de nuestro entorno, de lo cotidiano y traducirlo en hechos. ¡Esta es la clave!

Decía más arriba, que es natural darse cuenta de lo que acontece en el corazón de cada ser humano, lo cual no significa que sea fácil. Me fijo en las familias, jóvenes y adultos en estos momentos de gran dificultad. Algunos han dejado de escuchar la Palabra de Dios que aprendieron, ¿y vivieron?, si no es de forma casual. La vivencia de la Comunidad es cada vez más escasa, e incluso dentro de ésta, la “fuerza liberadora del Evangelio queda a veces bloqueada por lenguajes y comentarios ajenos a su espíritu” (J. A. Pagola).

Sin embargo, jóvenes, adultos, mayores, aun estando alejados, como hijos/as amados/as, seguimos sosteniendo y realizando cambios con creatividad y pasión. Enseñamos, oramos, predicamos, celebramos, asumiendo nuestro compromiso profético en la sociedad y en la iglesia para quienes buscan verdad y vida en los caminos que surcan la vida transfigurada de quienes se dejan encontrar por Él.

El papa Francisco dice con valentía en su encíclica Laudato si: “Vivimos en una cultura de la mentira y de la ocultación que dificulta la toma de conciencia de la gravedad de la situación actual (LS 25, 30, 49). Los poderes económicos, junto a la débil reacción política internacional, nos distraen para no tomar conciencia de nuestras acciones inmorales y vicios autodestructivos (LS 56) intentando no verlos, luchando para no reconocerlos, postergando las decisiones importantes, actuando como si nada ocurriera” (LS 59). La Iglesia en salida de Francisco es una “Iglesia-pueblo de Dios que hace de todos hermanos y hermanas: una inmensa comunidad fraternal”, “que toma partido a favor de las víctimas y que llama por su nombre a los causantes de las injusticias”.

Somos vida transfigurada en la que todos/as estamos implicados.

¡Shalom!

Mª Luisa Paret

Lo que hay de divino en Jesús está en su humanidad, no viene de fuera

En los tres ciclos litúrgicos leemos, el segundo domingo de cuaresma, el relato de la transfiguración. Hoy leemos el de Marcos que es el más breve, aunque hay muy pocas diferencias con los demás sinópticos. Lo difícil para nosotros es dar sentido a este relato. Marcos coloca este episodio entre el primer anuncio de la pasión y el segundo. Parece que hay una intención clara de contrarrestar ese lenguaje duro y difícil de la cruz.

Es descabellado que Jesús se dedicara hacer una puesta en escena particular. Mucho menos que tratara de dar un caramelo a los más íntimos para ayudarles a soportar el trago de la cruz (cosa que no consiguió). Con ello estaría fomentando lo que tanto critica Marcos en todo su evangelio: El poner como objetivo último la gloria; aceptar que lo verdaderamente importante es el triunfo personal, aunque sea a través de la cruz.

La estructura del relato a base de datos del AT nos advierte de que no se trata de un hecho histórico, sino de teología. No quiere decir que Dios en un momento determinado realice un espectáculo de luz y sonido. Son solo experiencias subjetivas que, en un momento determinado, atestiguan la presencia de lo divino en un individuo concreto. La presencia de lo divino es constante en toda la realidad creada, pero el hombre puede descubrir esa cercanía y vivirla de una manera experimental en un momento determinado de su vida.

A Dios nunca podemos acceder por los sentidos. Si en esa experiencia se dan percepciones aparentemente sensoriales, se trata de fenómenos paranormales o psicológicos. Dios está en cada ser acomodándose a lo que es como criatura, no cambiando o violentando nada de ese ser. Es más, la llegada a la existencia de todo ser es la consecuencia de la presencia divina en él. Esto no quiere decir que la experiencia de Dios no sea real. Quiere decir que Dios no está nunca en el fenómeno, sino en la esencia. “Si te encuentras al Buda, mátalo”.

Jesús, plenamente humano, tuvo que luchar en la vida por descubrir su ser. El relato de hoy quiere decir que, aun siendo hombre, habitaba en él lo divino. Seguramente se trate de un relato pascual que, en un momento determinado, se consideró oportuno retrotraer a la vida de Jesús. En los relatos pascuales se insiste en que ese Jesús Vivo es el mismo que anduvo con ellos por las tierras de Galilea. En la trasfiguración se dice lo mismo, pero desde el punto de vista contrario. El Jesús que vive con ellos es ya el Cristo glorificado.

La manera de construir el relato quiere demostrar que lo que descubrieron de Jesús después de su muerte, ya estaba en él durante su vida, solo que no fueron capaces de apreciarlo. Jesús fue siempre lo que se quiere contar en este relato, antes de la muerte y después de ella. Lo que hay de divino en Jesús está en su humanidad, no está añadido a ella en un momento determinado. Este mensaje es muy importante a la hora de superar visiones demasiado maniqueas de Jesús con el fin de manifestar de manera apodíctica su divinidad.

Pedro, Santiago y Juan, los únicos a los que Jesús cambió el nombre. Era buena gente, pero un poco duros de mollera. Necesitaron clases de apoyo para poder llegar al nivel de comprensión de los demás. Los tres acompañan a Jesús en el huerto. Los tres son testigos de la resurrección de la hija de Jairo. Pedro acaba de decir a Jesús que, de pasión y muerte, ni hablar. Santiago y Juan van a pedir a Jesús, en el capítulo siguiente, que quieren ser los primeros en su reino. Los tres demuestran que no entendieron el mensaje de su Maestro.

La montaña alta, la nube, la luz, la voz, el miedo, son todos elementos que aparecen en las teofanías del AT. El monte es una clara referencia al Sinaí. La nube fue signo de que Dios los acompañaba, sobre todo en el desierto. La nube trae agua, sombra, vida. Los vestidos blancos son signo de la divinidad. El hecho de que todos sean símbolos no disminuye en nada la profundidad del mensaje que nos quieren transmitir, al contrario, el lenguaje bíblico asegura la comprensión de los destinatarios que eran todos judíos.

Moisés y Elías, además de ser los testigos de grandes teofanías, representan todo el AT, la Ley y los profetas. Significa que Jesús no se sacó su mensaje de la manga, sino que está en total acuerdo con el AT. Está claro que lo que se intenta es manifestar el traspaso del testigo a Jesús. Hasta ahora, La Ley y los profetas eran la clave para descubrir la voluntad de Dios. Desde ahora, la clave de acceso a Dios será Jesús.

¡Qué bien se está aquí! Para Pedro era mucho mejor lo que estaba viendo y disfrutando que la pasión y muerte, que les había anunciado unos versículos antes Jesús para dentro de muy poco. Cuando les anuncia por primera vez la pasión, Pedro había dicho a Jesús: ¡Ni hablar! Ahora se encuentra a sus anchas. El mismo afán de gloria que a todos nos acecha.

Vamos a hacer tres chozas. Pedro está en la “gloria”, y pretende retener el momento. Pedro, diciendo lo que piensa, manifiesta su falta total de comprensión del mensaje de Jesús. Le ha costado subir, pero ahora no quieren bajar, porque se habían acercado a Jesús con buena voluntad, pero sin descartar la posibilidad de medrar. Al poner al mismo nivel a los tres personajes, Pedro niega la originalidad de Jesús. No acepta que la Ley y los profetas han cumplido su papel y están ya superados. La voz corrige esta visión de Pedro.

¡Escuchadlo! En griego, “akouete autou” significa escuchadle a él solo. A Moisés y Elías los habéis escuchado hasta ahora. Llega el momento de escucharle a él. El AT es el mayor obstáculo para escuchar a Jesús. Hoy lo son los prejuicios que nos han inculcado sobre Jesús. Escuchar es la actitud del discípulo. En el Éxodo, escuchar a Dios no es aprender de Él, sino obedecerle. La Palabra que escuchamos nos compromete y nos arranca de nosotros mismos.

No contéis a nadie… Es la referencia más clara a la experiencia pascual. No tiene sentido hablar de lo que ellos ni estaban buscando ni habían descubierto. No solo no contaron nada, sino que a ellos mismos se les olvidó. En el capítulo siguiente nos narra la petición de los primeros puestos por parte de Santiago y Juan. Pedro termina negándolo ante una criada. Hechos que hubieran sido impensables después de una experiencia como la transfiguración.

Lo importante no es que Jesús sea el Hijo amado. Lo determinante es que, cada uno de nosotros somos el hijo amado como si fuéramos únicos. Dios nos está comunicando en cada instante su misma Vida y habla en lo hondo de nuestro ser en todo momento. Esa voz es la que tenemos que escuchar. No tenemos que aceptar la cruz como camino para la gloria. No llegamos a la vida a través de la muerte. En la “muerte” está ya la Vida.

Con relación al AT, tenemos un mensaje muy claro en el relato de hoy: Hay que escuchar a Jesús para poder comprender La Ley y Los Profetas, no al revés. Seguimos demasiado apegados al Dios del AT. El mensaje de Jesús nos viene demasiado grande. Como Pedro, lo más que nos hemos atrevido a hacer es ponerlo al mismo nivel que la Ley y Los Profetas. El afán de interpretar a Jesús desde el AT nos ha jugado una mala pasada.

Meditación

En Marcos, Jesús nos habla con sus hechos.
El mayor atractivo de Jesús es su coherencia.
En él, lo que pensaba, lo que decía y lo que hacía era todo uno.
Esa autenticidad es la clave de un verdadero ser humano.
Jesús era verdad, modelo de humanidad y divinidad.
Ahí tenemos la divinidad, manifestada.

Fray Marcos

Comentario – Domingo II de Cuaresma

(Mc 9, 2-10)

En este episodio de la Transfiguración de Jesús, el Padre confirma su misión presentándolo como su Hijo querido e invitando a escucharlo. Por un instante los tres apóstoles alcanzan a vislumbrar el misterio trascendente de Jesús, por un instante se abre el cielo, y se nos recuerda la gloria de la primera alianza en el Sinaí (Éx 24, 9-18). Pero aquí Moisés, junto con el profeta Elías, está simplemente acompañando a Jesús, el Hijo querido. Ellos sólo están representando al Antiguo Testamento que da paso al misterio del Mesías, la gloria del que viene a cumplir las expectativas del pueblo de la primera Alianza.

Los apóstoles quieren prolongar esa maravillosa experiencia, pero deben bajar de la montaña y caminar con Jesús hacia la pasión, porque lo más importante todavía ano ha sucedido. Seguramente, a partir de esa experiencia mirarían a Jesús con otros ojos, percibiendo que detrás de la sencillez de su humanidad terrena, se escondía la majestuosidad de la gloria, la hermosura radiante que ellos por un instante alcanzaron a vislumbrar.

Cuando tenemos una experiencia maravillosa en la cima del monte nos cuesta bajar a la fiebre de la ciudad; pero allí, en medio de las preocupaciones y tensiones de la vida cotidiana, nos basta recordar que existe la paz de la cima de los montes; esa paz existe, aunque ahora nosotros estemos inmersos en las preocupaciones y angustias de la vida cotidiana.

Nosotros muchas veces tenemos experiencias maravillosas de encuentro con el Señor, y quisiéramos prolongarlas, pero él no llama a bajar de esa montaña para hacer un camino de servicio y de entrega generosa. También es cierto que muchas veces, en medio de las pruebas, el solo recuerdo de esas hermosas experiencias de belleza y de amor nos da fuerzas para seguir adelante.

Es importante tener en cuenta que el Padre Dios nos pide en este texto que escuchemos a Jesús. Jesús, que nos ha revelado la verdad, necesita un oído atento, un corazón abierto para escucharlo.

Oración:

“Te doy gracias Señor por los signos de tu gloria que me regalas en medio de las asperezas de esta vida. Pero no dejes que me evada en las experiencias bellas y dame la fortaleza y la luz para bajar de la montaña con el deseo de entregar mi vida”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Lectio Divina – Domingo II de Cuaresma

INTRODUCCIÓN

“Está claro que este relato, en el segundo domingo de Cuaresma, apunta claramente a la Resurrección de Jesús. Es un Jesús transfigurado, deslumbrante. Estamos ante un evangelio de vida que trasciende la muerte y pretende mantener viva la esperanza. Pero el relato termina diciendo que los apóstoles no se enteraron de lo que Él les anunció. Se atascaban ante el anuncio de la Resurrección. Y es algo que a muchos no nos acaba de entrar en la cabeza. Jesús es el Viviente, que trasciende el espacio y el tiempo”.  (P. Castillo).

TEXTOS BÍBLICOS

1ª Lectura: Gn. 221-2. 9ª-10-13.15-18.        2ª Lectura: Ro. 8,31b-34

EVANGELIO

Marcos 9,2-10.

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.” Estaban asustados, y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube: “Éste es mi Hijo amado; escuchadlo.” De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: “No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.” Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de “resucitar de entre los muertos”.

REFLEXIÓN

Este relato de la Transfiguración no se puede entender si se desconoce su sentido simbólico.

«A los seis días» El sexto día del Génesis, tiene lugar la creación del hombre.  También Moisés sube al monte Sinaí y está seis días cubierto por la nube, y al séptimo le habla Dios

El monte alto” sin nombre, es una clara referencia al Sinaí lugar de la más grande teofanía.

La nube”. La nube trae agua, trae sombra, trae vida. Sobre todo en el tiempo del desierto está siempre presente como signo de que Dios les acompaña.

Los vestidos blancos son signo de la divinidad.

Moisés y Elías condensan todo el A.T. Moisés (La ley) Elías (los profetas).

1.– Llevó a Pedro a Santiago y Juan. ¿Por qué a estos tres? ¿Para darles un premio? ¡No! Porque necesitan una conversión, una transformación. Pedro, después de confesar a Jesús como Mesías, al aclararle   Jesús que el Mesías tenía que padecer, apartó a Jesús para quitarle esa idea de la cabeza. Jesús reacciona y le llama Satanás. Él es el Maestro y marca el camino; los discípulos deben ir detrás.  Santiago y Juan, mientras Jesús va camino de Jerusalén están hablando de los primeros puestos. Y al no querer recibir los samaritanos a Jesús le han pedido que enviara sobre ellos azufre del cielo. Jesús les ha reprendido. (Lc. 9,55).  Los tres necesitan alguna lección particular. Y esas lecciones se dan mejor en el Monte, más cerca de Dios y separados de las motivaciones terrenas.  

2.– La voz de Pedro.  ¡Qué bien se está aquí! Para Pedro era mucho mejor lo que estaba viendo y disfrutando que la pasión y muerte, que les había anunciado unos versículos antes.   “Vamos a hacer tres chozas”. Pedro está en la «gloria», y pretende retener el momento. Pedro, tan espontáneo, dice lo que piensa, y manifiesta su falta total de comprensión del mensaje de Jesús. Le ha costado subir, pero ahora no quiere bajar. Es verdad que se había acercado a Jesús con buena voluntad, pero sin descartar la posibilidad de medrar. Pedro se equivoca al querer hacer tres tiendas iguales. Compara a Jesús con un personaje famoso del A.T.  No ha caído en la cuenta de quién es Jesús. Por eso dice el texto que Pedro “no sabía lo que decía”.

3.– La Voz del Padre.  ¡Escuchadle! Es la palabra clave.  Llega el momento en que sólo hay que escuchar a Jesús. A Moisés y Elías les habéis escuchado hasta ahora. Con relación al AT, tenemos un mensaje muy claro en el relato de hoy: hay que escuchar a Jesús para poder comprender La Ley y los profetas, no al revés. Seguimos demasiado apegados al Dios del AT, como si el mensaje de Jesús nos viniera demasiado grande. Como Pedro, a lo más que nos hemos atrevido es a poner al mismo nivel la Ley, los profetas y a Jesús. Todavía no nos hemos creído del todo que Dios sea Padre, Amor, Misericordia, Compasión. Todavía seguimos escuchando mensajes sobre un Dios lejano y castigador.

4.– “Al mirar alrededor no vieron más que a Jesús”. Este es el fruto de un encuentro auténtico con Jesús.Sólo vemos bien lo que tenemos que hacer, cuando hemos escuchado bien al Padre. Después de un encuentro al vivo con Jesús debe quedar muy claro que ya sólo nos interesa Jesús. Él es el absoluto. No debemos tener ya otros dioses. Ni debemos equiparar a Jesús con otras personas u otros intereses. Desde Jesús vamos a ser verdaderamente libres y vamos a llevar una vida en plenitud. Sólo Él nos puede hacer plenamente felices.

PREGUNTAS

1.- ¿Estoy convencido de la necesidad de la oración para transformar mi vida?  ¿Puedo bajar a la vida sin haber subido antes a la montaña?

2.- En mi vida práctica, ¿considero a Jesús como lo más importante de mi vida?  Y esto, ¿en qué se nota?

3.– Antes de escuchar a los hombres, antes de hablar con los hombres, ¿me gusta hablar con Jesús, escuchar a Jesús?

Este evangelio, en verso, suena así:

Los discípulos tenían

su fe y su esperanza heridas.

Con su “Transfiguración”

Jesús anima sus vidas.

Les anuncia una “victoria”

gloriosa, definitiva,

pero antes, han de doblar,

ante la cruz, su rodilla.

No se recogen los frutos

si no mueren las semillas.

Si el grano de trigo muere,

después florece la espiga.

El Padre, desde la nube,

habla con su voz divina:

“Escuchad a mi Hijo amado”.

Él es vuestra garantía.

Los creyentes en Jesús

vamos en su compañía.

Su palabra y su amistad

confortan nuestra fatiga.

Comprendemos que su amor

duele, poda, sacrifica,

pero de ese amor rebrota

una fuente de alegría.

Tú que dijiste: “Haced esto

en conmemoración mía”,

haz, Señor, de nuestra vida

una hermosa Eucaristía

(Compuso estos versos Javier Pérez Benedí)

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA.

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

La anticipación del triunfo de Jesús

El domingo 1º de Cuaresma se dedica siempre a las tentaciones de Jesús, y el 2º a la transfiguración. El motivo es fácil de entender: la Cuaresma es etapa de preparación a la Pascua; no sólo a la Semana Santa, entendida como recuerdo de la pasión y muerte de Jesús, sino también a su resurrección. Este episodio, que anticipa su triunfo final, nos ayuda a enfocar adecuadamente estas semanas.

La primera lectura recuerda otro episodio clave de la historia de la salvación: el sacrificio de Abrahán, en el que siempre se vio prefigurada la muerte de Jesús. La segunda lectura saca las consecuencias de esta entrega: si Dios no se reservó a su propio Hijo, ¿cómo no nos dará todo con él?

Dos padres, dos hijos, dos escándalos

Las dos primeras lecturas de este domingo se relacionan por oposición. En la primera, Abrahán está dispuesto a sacrificar a su único hijo si Dios se lo pide, cosa que no ocurre. En la segunda, Dios entrega a su hijo para demostrarnos que está dispuesto a concedernos todo. Los dos textos extrañan, incluso escandalizan, a muchos cristianos.

Primer escándalo: El sacrificio de Abrahán (Génesis 22,1-2. 9-13.15-18)

La práctica de los sacrificios humanos estaba muy extendida en los más diversos pueblos y culturas, desde Escandinavia al Japón. Pero el Antiguo Testamento nos informa también de algo más terrible: el sacrificio del primogénito. En casos de extrema necesidad, el rey, o el jefe militar, ofrecía en sacrificio a los dioses lo más valioso que poseía: el hijo o la hija primogénito. No sabemos si esta práctica estaba difundida también a nivel privado. Si lo que dice el profeta Jeremías no es exageración, cabe pensar que sí.

En esa práctica, desde la óptica de aquellos siglos, hay algo muy valioso: se reconoce el derecho de Dios a lo más querido para cualquier persona. Pero en Israel intuyeron pronto que Dios no quiere esa forma de piedad. Había que compaginar dos cosas aparentemente contradictorias: Dios tiene derecho a la vida del primogénito, pero no quiere ejercer ese derecho.

El relato del sacrificio de Abrahán cumple perfectamente este objetivo: el patriarca reconoce el derecho de Dios, pero Dios no quiere que lo ponga en práctica. Cuando se conocen las circunstancias históricas y culturales, el relato no escandaliza, sino que alegra.

Segundo escándalo: El sacrificio de Jesús (Romanos 8, 31b-34)

Más difícil de explicar es este segundo escándalo. Porque nadie comprende que Dios sacrifique a su hijo para salvar a gente como nosotros. Lo curioso es que los primeros autores cristianos (los evangelistas y los apóstoles en sus cartas) nunca se escandalizaban de este hecho. Se admiraban, pero no se escandalizaban. Por un motivo muy sencillo: no se quedaban en la muerte de Jesús, todo lo pensaban a partir de la resurrección. La historia había terminado maravillosamente bien. Y eso les capacitaba para ver de forma positiva incluso los aspectos más escandalosos. Las palabras de Pablo en esta lectura no pueden ser más duras: Dios «no perdonó a su propio Hijo». Sin embargo, Pablo no deduce de ahí que Dios es cruel, sino que está dispuesto a darnos todo con él.

Ya que la idea del juicio final se ha utilizado a menudo para angustiar a la gente, conviene advertir cómo lo enfoca Pablo. El fiscal es Dios; pero no el Dios justiciero, sino un fiscal que se pone de parte de los culpables. Y el juez es Jesús, que ha muerto y sigue intercediendo por nosotros. Es el caso más escandaloso de corrupción de la justicia. Afortunadamente para nosotros.

La mejor forma de ser agradecidos con este fiscal y este juez es vivir de acuerdo con sus palabras en el evangelio: «Este es mi Hijo amado, escuchadlo».

La anticipación del triunfo de Jesús: La Transfiguración (Marcos 9,2-10)

Jesús ha anunciado que debe padecer mucho, ser rechazado, morir y resucitar. Pedro, que no quiere oír hablar de sufrimiento y muerte, lo lleva aparte y lo reprende, provocando la respuesta airada de Jesús: «Retírate, Satanás». Luego llama a toda la gente junto con los discípulos, y les dice algo más duro todavía: no solo él sufrirá y morirá; los que quieran seguirle también tendrán que negarse a sí mismos y cargar con la cruz. Pero tendrán su recompensa cuando él vuelva triunfante. Y añade: «Algunos de los aquí presentes no morirán antes de ver llegar el reinado de Dios con poder». ¿Se cumplirá esa extraña promesa? ¿Hay que hacerle caso a uno que pone condiciones tan duras para seguirle? Seis días después tiene lugar este extraño episodio.

El relato podemos dividirlo en tres partes: la subida a la montaña, la visión, la bajada. Desde el punto de vista litera­rio es una teofanía, una manifestación de Dios, y Marcos utiliza los mismos elementos que empleaban los autores del Antiguo Testamento para describirla. Por eso, antes de analizar cada una de las partes, recordaré brevemente algunos datos de la famosa teofanía del Sinaí, cuando Dios se revela a Moisés.

En primer lugar, Dios no se manifiesta en un espacio cualquiera, sino en un sitio especial, la montaña, que por su altura se concibe como la morada de Dios. A esa montaña no tiene acceso todo el pueblo, sino solo Moisés, al que a veces puede acompañar su hermano Aarón (Ex 19,24), o Aarón, Nadab y Abihú junto con los setenta dirigentes de Israel (Ex 24,1). La presen­cia de Dios se expresa mediante la imagen de una nube espesa, desde la que Dios habla (Ex 19,9). Es también frecuente que se mencione en este contexto el fuego, el humo y el temblor de la montaña, como símbolos de la gloria y el poder de Dios que se acerca a la tierra. Estos elementos, sobre los que volveremos al comentar el relato, demuestran que los evangelistas no pretenden ofrecer un informe objetivo, «histórico», de lo ocurrido, sino crear un clima semejante al de las teofanías del Antiguo Testa­mento.

La subida a la montaña

Es significativo el hecho de que Jesús solo elige a tres discípu­los, Pedro, Santiago y Juan. La exclusión de los otros nueve no debemos interpretarla solo como un privilegio; la idea principal es que va a ocurrir algo tan importante que no puede ser presen­ciado por todos. Por otra parte, se dice que subieron «a un monte alto». Mc usa el frecuente simbolismo de la montaña como morada o lugar de revelación de Dios. Entre los antiguos cananeos, el monte Safón era la morada del panteón divino. Para los griegos se trataba del Olimpo. Para los israelitas, el monte sagrado era el Sinaí. También el Carmelo tuvo un prestigio especial entre ellos, igual que el monte Sión en Jerusalén.

La visión

En la visión hay cuatro elementos que la hacen avanzar hasta su plenitud:

1) La transformación de las vestiduras de Jesús, que se vuelven «de un blanco deslumbrador, como no es capaz de blanquearlos ningún batanero del mundo». Mc parece sugerir que del interior de Jesús brota una luz deslumbradora que transforma sus vestidos. Esa luz simboliza la gloria de Jesús, que los discípulos no habían percibido hasta ahora de forma tan sorprendente.

2) Elías y Moisés. Curiosamente, el primer plano lo ocupa Elías, considerado en el judaísmo el precursor del Mesías (Eclesiástico 48,10); el puesto secundario que ocupa Moisés resulta difícil de explicar. Moisés es el gran mediador entre Dios y su pueblo, el profeta con el que Dios hablaba cara a cara. Sin Moisés, humana­mente hablando, no habría existido el pueblo de Israel ni su religión. Elías es el profeta que salva a esa religión en su mayor momento de crisis, hacia el siglo IX a.C., cuando está a punto de sucumbir por el influjo de la religión cananea. Sin él, habría caído por tierra toda la obra de Moisés. Por eso los judíos concedían especial importancia a estos dos personajes. El hecho de que se aparezcan ahora a los discípu­los (no a Jesús), es una manera de confirmarles la importancia del personaje al que están siguiendo. No es un hereje ni un loco, no está destruyendo la labor religiosa de los siglos pasados, se encuentra en la línea de los antiguos profetas, llevando su obra a plenitud.

3) En este contexto, las palabras de Pedro proponiendo hacer tres tiendas suenan a simple despropósito. Mc lo justifica aduciendo que estaban espantados y no sabía lo que decía. Generalmente nos fijamos en las tres tiendas. Pero esto es simple conse­cuencia de lo anterior: «qué bien se está aquí». Pedro no quiere que Jesús sufra. Mejor quedarse en lo alto del monte con Jesús, Moisés y Elías que tener que seguirle con la cruz.

4) La nube y la voz. Como en el Sinaí, Dios se manifiesta en la nube y habla desde ella. Sus primeras palabras repiten exactamente las que se escucharon en el momento del bautismo de Jesús, cuando Dios lo presentaba como su siervo. Pero aquí se añade un imperativo: «¡Escuchadlo!». La orden se relaciona con las anteriores palabras de Jesús, que han provocado tanto escán­dalo en Pedro, y con la dura alternativa entre vida y muerte que ha planteado a sus discípulos. Ese mensaje no puede ser eludido ni trivializado. «¡Escuchadlo!»

Este episodio está contado como experiencia positiva para los apóstoles y para todos nosotros. Después de haber escuchado a Jesús hablar de su pasión y muerte, de las duras condiciones que impone a sus seguidores, tienen tres experiencias complementarias:

1) Ven a Jesús transfigurado de forma gloriosa.

2) Se les aparecen Moisés y Elías.

3) Escuchan la voz del cielo.

Lo cual supone una enseñanza creciente:

1) Al ver transformados sus vesti­dos tienen la expe­riencia de que su destino final no es el fracaso, sino la gloria.

2) Al aparecérseles Moisés y Elías, se confirman en que Jesús es el culmen de la historia religiosa de Israel y de la revela­ción de Dios.

3) Al escuchar la voz del cielo saben que seguir a Jesús no es una locura, sino lo más conforme al plan de Dios.

El descenso de la montaña: Necesidad del sufrimiento (vv.9-13).

Dos hechos se cuentan en este momento. La orden de Jesús de que no hablen de la visión hasta que él resucite (v.9-10) y la pregunta de los discípulos sobre la vuelta de Elías (vv.11-13).

Lo primero se inserta en la línea de la prohibición de decir que él es el Mesías (16,20). No es momento ahora de hablar del poder y la gloria, suscitando falsas ideas y esperanzas. Después de la resurrección, cuando para creer en Cristo sea preciso aceptar el escándalo de su pasión y cruz, se podrá hablar con toda libertad también de su gloria. Es interesante la indicación de que los discípulos ignoran qué significa resucitar de los muertos.

El segundo dato, la pregunta sobre Elías, no es simple anécdota. Según la teología tradicional, basada en un texto de Malaquías (3,23) y otro del Eclesiás­tico (48,10), antes de que llegue el Mesías debe volver el profeta Elías para renovarlo todo. Lo que dicen los escribas constituye una objeción muy seria para aceptar que Jesús es el Mesías. Si Elías no ha vuelto, Jesús no puede ser el Mesías. Y si ha vuelto, y ha arreglado todo, el Mesías no puede sufrir.

Jesús resuelve el problema de un plumazo. Elías ya ha vuelto, era Juan Bautista, y lo trataron a su antojo. La respuesta de Jesús demuestra una autoridad asombrosa, porque es totalmente desmiti­ficadora. Frente a una interpretación mítica de la revelación, Jesús propone una interpretación realista y simbólica al mismo tiempo.

 

José Luis Sicre

La montaña

Parece que el máximo atractivo de la superficie terrestre lo tengan hoy las playas, lo parece en la actualidad y está condicionado a la temperatura del lugar y a la pericia de los agentes de turismo. Pero la montaña ha tenido, y tiene, atractivo siempre. También para los personajes bíblicos.

En la primera lectura se nos relata un acontecimiento impresionante. A un hombre anciano, padre en su senectud de un único hijo, le pide Dios que se lo sacrifique. Este buen hombre, que se llamaba Abraham, sabía poca teología. Sabía muy poco de Dios, es más, creía que había muchos otros dioses, pero él se había decidido por adorar a uno sólo. Esto ya era un gran paso, los de su tiempo adoraban a muchos y muy diferentes dioses. Sus contemporáneos pensaban que existían de diversa categoría y poder y a los que uno se podía dirigir según sus inclinaciones y necesidades. Abraham era un monólatra. Y este Dios que había escogido, o que le había escogido a él, se había convertido en su amigo. Ya sabemos que tener un amigo supone, entre otras cosas, estar dispuesto a ayudarle, a atenderle, a satisfacer sus caprichos, si conviene. Pero es que en esta caso, lo que le pedía el amigo a Abraham, superaba cualquier cálculo. Recordemos, le había dicho que tendría un hijo, y al final, cuando era viejo lo tuvo, que multiplicaría su descendencia, llegando a ser tan numerosa como las estrellas que uno puede ver de noche en el desierto, y, cuando este hijo no había llegado a hacerse mayor, pedirle que se lo sacrifique, es el colmo de lo absurdo. Eso es lo que pensaríamos nosotros, él no, él pensaba únicamente en la fidelidad a su amigo. Y se fue hacia donde le indicaba. Se trataba de una montaña. Llevaba leña, seguramente una cazuelita con unas brasas que alimentaría con palitos de cuando en cuando, y a su lado, inocente, desconociendo su destino trágico, un chiquillo, su chiquillo. Y subió a la montaña. Y ató al muchacho y preparó el fuego y sacó el cuchillo y lo levantó para clavarlo en su hijo único. Dios, su amigo, tuvo suficiente con este gesto. Le dijo que bastaba ya, le felicitó y Abraham, repuesto del susto, sacrificó un carnero agradecido.

¿Dónde ocurrió el hecho? La Biblia no lo señala y la tradición se inclina por creer que fue en el lugar que mas tarde Salomón escogió para edificar el Templo, en el mismo lugar que ahora está la explanada de las mezquitas, donde antiguamente estuvo el Templo de Herodes, el que visitó Jesús. Claro que esta es la tradición judía, pues cerca de la actual Nablus, en una montañita que se levanta a su lado, el Garicín, la tradición samaritana dice que fue allí y el lugar lo tienen señalado y cercado con una alambrada. Tal vez no fue en ninguno de estos sitios, lo que importa es aprender la lección y decidirse a ser amigos de Dios, como lo fue Abraham, al que llamamos nuestro padre en la Fe.

En el evangelio se nos habla de otra montaña. No se sabe con total seguridad de cual se trata pero de siempre se ha creído que fue el Tabor. Es una montaña que se alza en medio de Galilea. No es muy alta, se levanta 455 metros desde el llano, pero es muy bonita, se la ve desde muy lejos y su forma alargada la hace inconfundible. Desde la antigüedad fue una montaña predilecta de los de la región. Allí, seguramente en tiempos de las vacaciones de Sukkot, se fue Jesús con sus tres íntimos amigos. No se preocuparon por construir una cabaña, el clima permite perfectamente pasar la noche haciendo vivac, lo que pasa es que el que así duerme, acostado sin ninguna protección, con facilidad se despierta. Eso es lo que les pasó a los amigos del Maestro. Resulta que le vieron acompañado por dos personajes y, por la pinta que tenían, se veía a la legua que eran dos grandes personajes, nada menos que el profeta Elías y el liberador Moisés. Medio dormidos y atolondrados como estaban, no se les ocurrió otra cosa que ofrecerse a protegerlos haciendo unas chozas. El Padre Eterno en el Cielo sonreiría y les habló complacido, les habló confidencialmente y les dijo que su Maestro, su Señor, su Amigo, al que ellos tanto admiraban, era su Hijo mimado y único, y que le hicieran caso.

Aunque era de noche el lugar no estaba a obscuras, los vestidos, y el mismo Jesús resplandecían, cosa esta que les descubría la grandeza que ellos ya iban viendo tenía el Señor. Había sido un momento resplandeciente, glorioso, enternecedor, por haberles hecho sus confidentes el mismo Dios.

Acabada la noche, descendieron de la montaña, iban hablando quedamente, Jesús les dijo que no explicaran lo que había pasado hasta que Él hubiera resucitado. Si tenía que resucitar es que iba a morir. Jesús era desconcertante a veces.

En el Tabor se levanta una gran basílica en honor de este prodigio y también, a un lado del camino, hay una sencillita ermita, que recuerda la conversación íntima sobre la muerte y resurrección, es pequeñita como son siempre las palabras dichas al oído.

Pedrojosé Ynaraja

Crear el ambiente adecuado

En una reunión del Consejo Pastoral Parroquial se propuso reformar los locales parroquiales para crear el ambiente adecuado para impartir la formación cristiana, sobre todo de infancia, ya que los actuales resultaban “fríos y desangelados”. También en otros ámbitos (hogar, trabajo, centros culturales, deportivos, médicos…) se ve la necesidad de crear un ambiente adecuado puesto que el entorno favorece que quienes se encuentran allí disfruten más o reciban mejor lo que se les ofrece.

Este segundo domingo de Cuaresma nos presenta la Transfiguración del Señor. Como diremos en el Prefacio, Jesús, “después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró el esplendor de su gloria”. Jesús sabe que se acercan los duros momentos de su Pasión y quiere que tengan esta experiencia para fortalecerlos, mostrándoles como un anticipo de la gloria que tendrá después de su muerte en la cruz y su resurrección. Y por eso también quiere que escuchen la voz del Padre, que repite las palabras pronunciadas en su Bautismo: Este es mi Hijo amado; escuchadlo.

Esta experiencia de la Transfiguración podría haber tenido lugar en cualquier sitio, pero Jesús crea el ambiente adecuado para la misma: subió con ellos solos a una montaña alta. En primer lugar, no lleva a todo el grupo de los Doce, sólo a Pedro, Santiago y Juan. Y en segundo lugar, los lleva a una montaña alta, que en la Biblia es lugar de encuentro con Dios, de proximidad de Dios, el lugar de la revelación de Dios: a Abrahán, como hemos escuchado en la 1ª lectura, a Moisés, a Elías…

Nosotros, como cristianos, también necesitamos “experiencias de Tabor”, más aún en este tiempo de pandemia, con los duros momentos que muchas personas están pasando. También necesitamos recordar y tener presente ese “anticipo” de la gloria de Cristo Resucitado, y también necesitamos escucharle. Por eso, en esta Cuaresma, el segundo domingo nos hace una llamada a crear un ambiente adecuado para encontrarnos con el Señor.

Jesús subió con ellos solos: son muchas las tareas y preocupaciones que llenan nuestro día, y nos falta un tiempo de calidad para estar a solas con el Señor. Un tiempo que a lo mejor no puede ser muy largo, pero que debe ser “sólo para Él”, para estar a solas con Él, porque lo necesitamos.

Y para eso “nos vamos a una montaña alta”. Debemos crear el ambiente adecuado para estar a solas con el Señor, y eso requiere dejar de lado durante un tiempo otras cosas (radio, televisión, redes sociales…), pero dejarlas de verdad. Hacer lo que nos dijo el Señor el Miércoles de Ceniza: Tú, cuando vayas a rezar, entra en tu aposento, cierra la puerta y reza a tu Padre… Acostumbrarnos a “cerrar la puerta” durante unos momentos: pedir que no nos molesten, poner el móvil en silencio…

Y una vez hayamos “subido a solas con el Señor a esa montaña alta”, escuchadlo, como ha dicho el Padre. Crear el ambiente adecuado incluye hacer silencio, no sólo exterior sino interior. Nuestra oración no debe consistir simplemente en repetir rezos, ni tampoco debe ser sólo oración de petición. Necesitamos aprender a silenciar nuestra mente para escucharle a Él, aprender a leer su Palabra para meditarla, dejando que el Espíritu nos vaya mostrando qué nos dice el Señor.

No es complicado hacerlo, aunque nos resulta muy difícil “subir solos con el Señor a una montaña alta”: nos cuesta desconectar y posponer otras cosas para cuidar el tiempo de encuentro con el Señor, nos cuesta hacer silencio interior y ponernos a la escucha, leer e interiorizar su Palabra…

Son muchos los creyentes y no creyentes que, sobre todo en esta época, se preguntan dónde está Dios. La Cuaresma es tiempo favorable, como dijimos el Miércoles de Ceniza, para descubrir los signos de su presencia, pero para ello necesitamos crear el ambiente adecuado. Podemos empezar por lo que se nos propone en el material de Cuaresma de Acción Católica General: “preparar en nuestra casa un espacio significativo, un lugar donde puedes poner un paño morado, en este lugar pon la Palabra de Dios abierta por el Evangelio de cada domingo (o si es la Biblia que utilizas para tu oración diaria, puedes tenerla abierta por el Evangelio correspondiente a cada día). Si es posible, pon junto a la Palabra un crucifijo”.

Es algo muy simple pero nos ayudará a crear el ambiente adecuado para “subir a solas con el Señor” y escucharle, para poder recibir mejor todo lo que Él nos ofrece en Cuaresma y así, cuando “bajemos” de nuevo a nuestra vida cotidiana, descubramos y señalemos los signos de su presencia.