La montaña

Parece que el máximo atractivo de la superficie terrestre lo tengan hoy las playas, lo parece en la actualidad y está condicionado a la temperatura del lugar y a la pericia de los agentes de turismo. Pero la montaña ha tenido, y tiene, atractivo siempre. También para los personajes bíblicos.

En la primera lectura se nos relata un acontecimiento impresionante. A un hombre anciano, padre en su senectud de un único hijo, le pide Dios que se lo sacrifique. Este buen hombre, que se llamaba Abraham, sabía poca teología. Sabía muy poco de Dios, es más, creía que había muchos otros dioses, pero él se había decidido por adorar a uno sólo. Esto ya era un gran paso, los de su tiempo adoraban a muchos y muy diferentes dioses. Sus contemporáneos pensaban que existían de diversa categoría y poder y a los que uno se podía dirigir según sus inclinaciones y necesidades. Abraham era un monólatra. Y este Dios que había escogido, o que le había escogido a él, se había convertido en su amigo. Ya sabemos que tener un amigo supone, entre otras cosas, estar dispuesto a ayudarle, a atenderle, a satisfacer sus caprichos, si conviene. Pero es que en esta caso, lo que le pedía el amigo a Abraham, superaba cualquier cálculo. Recordemos, le había dicho que tendría un hijo, y al final, cuando era viejo lo tuvo, que multiplicaría su descendencia, llegando a ser tan numerosa como las estrellas que uno puede ver de noche en el desierto, y, cuando este hijo no había llegado a hacerse mayor, pedirle que se lo sacrifique, es el colmo de lo absurdo. Eso es lo que pensaríamos nosotros, él no, él pensaba únicamente en la fidelidad a su amigo. Y se fue hacia donde le indicaba. Se trataba de una montaña. Llevaba leña, seguramente una cazuelita con unas brasas que alimentaría con palitos de cuando en cuando, y a su lado, inocente, desconociendo su destino trágico, un chiquillo, su chiquillo. Y subió a la montaña. Y ató al muchacho y preparó el fuego y sacó el cuchillo y lo levantó para clavarlo en su hijo único. Dios, su amigo, tuvo suficiente con este gesto. Le dijo que bastaba ya, le felicitó y Abraham, repuesto del susto, sacrificó un carnero agradecido.

¿Dónde ocurrió el hecho? La Biblia no lo señala y la tradición se inclina por creer que fue en el lugar que mas tarde Salomón escogió para edificar el Templo, en el mismo lugar que ahora está la explanada de las mezquitas, donde antiguamente estuvo el Templo de Herodes, el que visitó Jesús. Claro que esta es la tradición judía, pues cerca de la actual Nablus, en una montañita que se levanta a su lado, el Garicín, la tradición samaritana dice que fue allí y el lugar lo tienen señalado y cercado con una alambrada. Tal vez no fue en ninguno de estos sitios, lo que importa es aprender la lección y decidirse a ser amigos de Dios, como lo fue Abraham, al que llamamos nuestro padre en la Fe.

En el evangelio se nos habla de otra montaña. No se sabe con total seguridad de cual se trata pero de siempre se ha creído que fue el Tabor. Es una montaña que se alza en medio de Galilea. No es muy alta, se levanta 455 metros desde el llano, pero es muy bonita, se la ve desde muy lejos y su forma alargada la hace inconfundible. Desde la antigüedad fue una montaña predilecta de los de la región. Allí, seguramente en tiempos de las vacaciones de Sukkot, se fue Jesús con sus tres íntimos amigos. No se preocuparon por construir una cabaña, el clima permite perfectamente pasar la noche haciendo vivac, lo que pasa es que el que así duerme, acostado sin ninguna protección, con facilidad se despierta. Eso es lo que les pasó a los amigos del Maestro. Resulta que le vieron acompañado por dos personajes y, por la pinta que tenían, se veía a la legua que eran dos grandes personajes, nada menos que el profeta Elías y el liberador Moisés. Medio dormidos y atolondrados como estaban, no se les ocurrió otra cosa que ofrecerse a protegerlos haciendo unas chozas. El Padre Eterno en el Cielo sonreiría y les habló complacido, les habló confidencialmente y les dijo que su Maestro, su Señor, su Amigo, al que ellos tanto admiraban, era su Hijo mimado y único, y que le hicieran caso.

Aunque era de noche el lugar no estaba a obscuras, los vestidos, y el mismo Jesús resplandecían, cosa esta que les descubría la grandeza que ellos ya iban viendo tenía el Señor. Había sido un momento resplandeciente, glorioso, enternecedor, por haberles hecho sus confidentes el mismo Dios.

Acabada la noche, descendieron de la montaña, iban hablando quedamente, Jesús les dijo que no explicaran lo que había pasado hasta que Él hubiera resucitado. Si tenía que resucitar es que iba a morir. Jesús era desconcertante a veces.

En el Tabor se levanta una gran basílica en honor de este prodigio y también, a un lado del camino, hay una sencillita ermita, que recuerda la conversación íntima sobre la muerte y resurrección, es pequeñita como son siempre las palabras dichas al oído.

Pedrojosé Ynaraja