Comentario al evangelio – Domingo II de Cuaresma

EL DIOS QUE NOS FORTALECE Y PURIFICA


     En este tiempo de Cuaresma recibimos una insistente llamada a «volver a Dios», a reencontrarnos vitalmente con  él. Pero es esencial que nos preguntemos a «qué Dios» debemos volver, cuál es el rostro de ese Dios al que queremos mirar cara a cara y vivir para él. Las lecturas de este día son una gran ayuda para purificar ideas, vivencias, sentimientos que podrían no coincidir con el auténtico rostro de Dios manifestado en Cristo Jesús.

     Cuando he tenido ocasión de leer y comentar la primera lectura con grupos de adultos y jóvenes, invitándoles a que expresaran libremente sus reacciones… se amontonaban las preguntas: Por ejemplo: ¿Dios pone a prueba? Resulta contradictorio que Dios «violente» a sus seguidores y se arriesgue a perderlos si tropiezan con sus «pruebas». Pero además: ¿No lo sabe todo Dios? ¿Para qué necesita hacer esas «comprobaciones»? Este Dios que pide el sacrificio de Isaac, ¿no parece un poco sádico, aunque al final interviniese para que Abraham no lo llevase a cabo? ¿Es aceptable un dios que pide semejantes cosas? Y con respecto a Abraham: ¿Se nos está proponiendo como modelo una «obediencia ciega»? No parece muy modélico que alguien pretenda poner en práctica semejante barbaridad. Y es cierto que «en el nombre de Dios» se han cometido y se cometen auténticas atrocidades, o exigencias absurdas… que ocurren cuando se conoce poco o mal el rostro de Dios (es el caso de Abraham, que apenas comenzaba a conocer a Dios) y cuando falta un «discernimiento»adecuado para valorar lo que creemos que nos pide. 

Digamos por tanto algunas claves para situar el texto y aplicarlo a nuestra vida:

     – Lo primero es que la revelación de Dios en la Biblia es progresiva, a lo largo de muchos siglos. Su rostro se va clarificando y purificando con el paso del tiempo. No encontramos en la Biblia un «único» rostro de Dios, ni es posible hacerlos compatibles entre sí, porque no lo son. Y, como ha dicho repetidamente la Iglesia, no se puede interpretar un texto, prescindiendo del resto de la Biblia. Y particularmente los cristianos tenemos que contar con Jesús de Nazareth y su definitiva revelación del rostro de Dios (Evangelio de hoy).

    – En segundo lugar: ¿De dónde sacó Abraham esa petición de Dios? Porque es claro que Dios «no da voces», ni conversa como lo hacemos nosotros. El hombre aprende a escuchar su voz en el fondo del corazón, es una intuición profunda, una inquietud… que se mezcla  a menudo con otras voces. El hombre de Dios tiene que aprender a discernir. Eran frecuentes en las religiones del entorno de Abraham los sacrificios humanos. Y Abraham «siente» que Dios le pide algo similar. No conocía suficientemente a Dios. Y aunque le cuesta, aunque no entiende, aunque se revuelve por dentro… decide hacer caso a aquella voz: es un hombre obediente, y se pondrá en camino con Isaac, pero… sin renunciar a seguir discerniendo. Dios mismo acudirá en su ayuda… para hacerle ver que él no es como los otros dioses que reclaman sacrificios humanos, y para agradecerle su capacidad de sacrificio y renuncia. Abraham, aunque fuera por error, ha mostrado que Dios está por encima de comprender, por encima de sus intereses, por encima de sus deseos de futuro, por encima de su idea de Dios. Y confía en la Promesa que Dios le había hecho. En esto sí que es «padre de los creyentes».

     – Y nos plantea un reto para nuestra Cuaresma: Isaac era un regalo de Dios, era como la recompensa recibida por haberle obedecido, dejando atrás su tierra y poniéndose en camino sin saber siquiera a dónde: «a la tierra que yo te mostraré». Era, por tanto, algo bueno, ese hijo era un don de Dios. Aprendemos, por tanto, que Dios nunca nos pedirá que renunciemos a lo bueno, a sus dones, y que siempre estará de parte de la vida, protegiéndola.  Pero siempre queda el peligro, la tentación, de «adueñarnos», sentirnos propietarios de sus dones, hacer de ellos nuestra seguridad, hasta el punto de olvidar de quién nos vienen, a quién pertenecen realmente, y qué sentido o significado tienen. Nuestro punto de apoyo no deben ser nunca los bienes recibido de Dios… sino Dios mismo, y por tanto, tendremos que estar siempre dispuestos a renunciar incluso a lo que nos parece imprescindible.. sin dudar de que «Dios proveerá», como le va explicando Abraham a su hijo por el camino hacia el monte Moriah. Es el Dios que provee y que bendice. Es el «Dios de los dones».

     – Por último hay que renunciar de una vez de hacer responsable a Dios de nuestras tentaciones, o de decir que «nos pone a prueba». Nos dice la Carta de Santiago:  «¡Feliz el hombre que soporta la tentación! Superada la tentación, recibirá la corona de la vida que ha prometido el Señor a los que le aman. Ninguno, cuando sea tentado, diga: ‘Es Dios quien me tienta’; porque Dios no es tentado por el mal ni tienta a nadie. Cada uno es tentado por el propio deseo que lo arrastra y seduce». (Santiago, 1,12-13)

Mirando ya hacia el Evangelio:

      Jesús ve llegar momentos difíciles, se «huele» el fracaso y la muerte a la vuelta de la esquina. Más pronto que tarde, su vida se verá envuelta en la oscuridad y será tronchada. Y necesite encontrarse con el Padre, buscando un poco de luz y de fortaleza. La cercanía, la confianza y el encuentro con el Padre son indispensables para superar los momentos difíciles, para no venirse abajo, ante la soledad de tomar decisiones difíciles… y ante el desconcertante silencio de Dios.  Nos advertirá más adelante: «Orad para no caer en tentación»

       Por otro lado, los tres discípulos que le acompañan andan también «confundidos», como Abraham, sobre los caminos de Dios. No aceptan un Mesías fracasado, sufriente, entregado, sacrificado, sin poder ni gloria. Y Jesús intentará ayudarles a discernir los caminos de Dios, su «voluntad». 

    En la escena que contemplan aparecen tres «personajes». En primer lugar Elías, que representa a los profetas: Ellos hablaban en nombre de Dios -«oráculo del Señor»- anunciadores de la novedad de Dios, del futuro que Dios siempre abre para su pueblo, anunciadores del Mesías. Por su parte, Moisés  fue el fundador del Pueblo, el redactor de la Ley, el guía hacia la Tierra Prometida, que mana leche y miel. Y en tercer lugar, el propio Dios, representado -como en el Éxodo-  por la nube y una voz que pide: «escuchadle». Los tres rodean a Jesús… y «desaparecen», quedando Jesús como único protagonista. Es decir: Jesús es el Nuevo Moisés, fundador de un nuevo pueblo, de una nueva alianza, de una nueva ley, un nuevo guía hacia la plenitud. Jesús es el nuevo «profeta» que anuncia y abre el futuro de Dios, ya no harán falta más portavoces de Dios: Jesús es el único, es la Palabra de Dios. Por eso también «desaparece» Dios de la escena porque ahora será Jesús, el Hijo Amado, la nueva presencia de Dios entre los hombres (Hebreos, 1, 1-2)

Algunas conclusiones para nuestro camino cuaresmal:

      – Invitación urgente al encuentro calmado con Dios, para que él nos ayude a discernir sus caminos, purificar su rostro, y para ser fortalecidos ante la tentación y las pruebas que llegarán en algún momento. En esa oración no puede faltar la Palabra que es Jesús, escuchándole. Y dejándonos acompañar por él cuando toque «bajar del monte» a la dura realidad de la vida. 

    – El dolor, el fracaso, la oscuridad, el sinsentido, el silencio de Dios… se abrirán a la luz de la Pascua, son camino para la gloria… si los vivimos confiando en Dios. No se esfumarán las dificultades que puedan presentarse, como no desapareció la Cruz del horizonte de Jesús, a pesar de ser su Hijo Amado. Pero la esperanza en el Dios de la vida y de la Luz… nos ayudarán a superarlas. Como hizo Jesús. Contemplarle, escucharle, seguirle… es el único camino para el triunfo.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

Imágenes de José María Morillo y Benma

Meditación – Domingo II de Cuaresma

Hoy es Domingo II de Cuaresma.

La lectura de hoy es del evangelio de Marcos (Mc 9, 2-10):

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo. Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús.

Toma la palabra Pedro y dice a Jesús: «Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías»; pues no sabía qué responder ya que estaban atemorizados. Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Este es mi Hijo amado, escuchadle». Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos.

Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.

Hoy contemplamos la escena «en la que los tres apóstoles Pedro, Santiago y Juan aparecen como extasiados por la belleza del Redentor» (San Juan Pablo II): «Se transfiguró delante de ellos y sus vestidos se volvieron resplandecientes» (Mc 9,2-3). Por lo que a nosotros respecta, podemos entresacar un mensaje: «Destruyó la muerte e irradió la vida incorruptible con el Evangelio» (2Tim 1, 10), asegura san Pablo a su discípulo Timoteo. Es lo que contemplamos llenos de estupor, como entonces los tres Apóstoles predilectos, en este episodio propio del segundo domingo de Cuaresma: la Transfiguración.

Es bueno que en nuestro ejercicio cuaresmal acojamos este estallido de sol y de luz en el rostro y en los vestidos de Jesús. Son un maravilloso icono de la humanidad redimida, que ya no se presenta en la fealdad del pecado, sino en toda la belleza que la divinidad comunica a nuestra carne. El bienestar de Pedro es expresión de lo que uno siente cuando se deja invadir por la gracia divina.

El Espíritu Santo transfigura también los sentidos de los Apóstoles, y gracias a esto pueden ver la gloria divina del Hombre Jesús. Ojos transfigurados para ver lo que resplandece más; oídos transfigurados para escuchar la voz más sublime y verdadera: la del Padre que se complace en el Hijo. Todo en conjunto resulta demasiado sorprendente para nosotros, avezados como estamos al grisáceo de la mediocridad. Sólo si nos dejamos tocar por el Señor, nuestros sentidos serán capaces de ver y de escuchar lo que hay de más bello y gozoso, en Dios, y en los hombres divinizados por Aquel que resucitó entre los muertos.

«La espiritualidad cristiana -escribió san Juan Pablo II- tiene como característica el deber del discípulo de configurarse cada vez más plenamente con su Maestro», de tal manera que -a través de una asiduidad que podríamos llamar «amistosa»- lleguemos hasta el punto de «respirar sus sentimientos». Pongamos en manos de Santa María la meta de nuestra verdadera «trans-figuración» en su Hijo Jesucristo.

Rev. D. Jaume GONZÁLEZ i Padrós

Liturgia – Domingo II de Cuaresma

II DOMINGO DE CUARESMA

Misa del domingo (morado)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Sin Gloria, Credo, Prefacio propio. No se puede decir la Plegaria Eucarística IV.

Leccionario: Vol. I (A)

  • Gen 12, 1-4a. Vocación de Abrahán, padre del pueblo de Dios.
  • Sal 32.Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
  • 2Tim 1, 8b-10. Dios nos llama y nos ilumina.
  • Mt 17, 1-9.Su rostro resplandecía como el sol.

Antífona de entrada          Sal 26, 8-9
Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro». Tu rostro buscaré, Señor. No me escondas tu rostro.

     O bien:           Sal 24, 6. 2. 22
Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas. Que no triunfen de nosotros nuestros enemigos; sálvanos, Dios de Israel, de todos nuestros peligros.

Monición de entrada
Como quienes emprenden una marcha se sienten animados cuando ven desde lejos la meta que quieren alcanzar, así también hoy, domingo, nosotros, los discípulos de Jesús, contemplamos su gloria en la celebración de la Eucaristía, y así, viendo el rostro glorioso de Cristo, somos llamados a comprender que la pasión es necesaria para llegar a la gloria de la resurrección.

Acto penitencial
Dispongámonos, pues, a participar en esta Eucaristía con espíritu humilde y corazón contrito, y puestos en la presencia del Señor, que nos quiere guiar por sus caminos, pidámosle humildemente perdón por nuestros pecados.

  • Señor, ten misericordia de nosotros.
    — Porque hemos pecado contra Ti.
  • Muéstranos, Señor, tu misericordia.
    — Y danos tu salvación.

No se dice Gloria.

Oración colecta
OH, Dios,
que nos has mandado escuchar a tu Hijo amado,
alimenta nuestro espíritu con tu palabra;
para que, con mirada limpia,
contemplemos gozosos la gloria de tu rostro.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Se dice Credo.
Proclamemos ahora nuestra fe en el único Dios, el Dios que nos libera del pecado y nos salva.

Oración de los fieles
Presentemos ahora nuestras oraciones con la confianza puesta en la bondad de Dios Padre, que nos ha enviado a su Hijo como nuevo Moisés.

1.- Para que la gracia de Dios brille sobre la Iglesia y la transfigure. Roguemos al Señor.

2.- Para que los que han sido ungidos por el Espíritu y sirven a su pueblo escuchen la Palabra de Dios y la hagan vida. Roguemos al Señor.

3.- Para que la gracia de Dios brille sobre los pueblos marginados y la esperanza los transfigure. Roguemos al Señor.

4.- Para que la gracia de Dios brille sobre los hombres que viven sometidos al pecado y los transfigure. Roguemos al Señor.

5.- Para que la gracia de Dios brille sobre nosotros y la promesa de la Pascua nos transfigure. Roguemos al Señor.

Señor, Padre Santo, que no perdonaste a tu Hijo, sino que lo entregaste por nosotros, pecadores, escucha nuestras súplicas y fortalécenos en la obediencia a la fe, para que, siguiendo en todo las huellas de Jesucristo, seamos transfigurados con Él a la luz de tu gloria. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
TE pedimos, Señor,
que esta oblación borre nuestros pecados
y santifique los cuerpos y las almas de tus fieles,
para que celebren dignamente las fiestas pascuales.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

V/.   El Señor esté con vosotros. R/.

V/.   Levantemos el corazón. R/.

V/.   Demos gracias al Señor, nuestro Dios. R/.

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.

Que, después de anunciar
su muerte a los discípulos,
les mostró en el monte santo
el resplandor de su luz,
para testimoniar,
de acuerdo con la ley y los profetas,
que, por la pasión,
se llega a la gloria de la resurrección.

Por eso,
con las virtudes del cielo,
te aclamamos continuamente en la tierra
alabando tu gloria sin cesar:

Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.

Antífona de comunión          Mt 17, 5
Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo.

Oración después de la comunión
TE damos gracias, Señor,
porque, al participar en estos gloriosos misterios,
nos haces recibir, ya en este mundo,
los bienes eternos del cielo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre el pueblo
D
IRIGE continuamente, Señor, los corazones de tus fieles

y concede esta gracia a tus siervos,
de modo que, permaneciendo en tu amor y cercanía,
cumplan plenamente tus mandamientos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Santoral 28 de febrero

MÁTIRES DE LA PESTE DE ALEJANDRÍA (261 d.C.)

La peste había hecho estragos en la mayor parte del Imperio Romano, durante los años 249 a 263. Se dice que en Roma habían muerto cinco mil personas en un sólo día. La ciudad de Alejandría fue una de las más severamente castigadas por la epidemia; San Dionisio de Alejandría nos dice que ahí se declaró el hambre, y que esto había provocado tumultos y violencias tan graves, que era más fácil ir de un extremo al otro del mundo conocido, que atravesar de una calle a otra en el interior de la ciudad. A estas desgracias vino a añadirse la peste, que causó tales estragos, que no había casa en la que no se llorara por lo menos a un muerto. Los cadáveres yacían insepultos: el aire estaba cargado de microbios y de los vapores pestilenciales del Nilo. Los sobrevivientes vagaban aterrorizados y el miedo volvía a paganos crueles, aun con sus parientes cercanos. En cuanto alguien caía enfermo, sus amigos huían de él; los enfermos eran arrojados de su propia casa, antes de morir.

En tan angustiosas circunstancias, los cristianos de Alejandría dieron gran ejemplo de caridad. Durante las persecuciones de Decio, Galo y Valeriano habían tenido que ocultarse; sólo podían reunirse en secreto, o en los barcos que partían de Alejandría, o en las prisiones. La peste les permitió salir de sus escondrijos. Sin temor al peligro, acudieron a asistir a los enfermos y a reconfortar a los moribundos; cerraban los ojos a los muertos y transportaban los cadáveres. Aunque sabían perfectamente que se exponían a contra el mal, lavaban y enterraban decentemente a las víctimas de la enfermedad. El obispo de la ciudad escribió: «Muchos que habían curado a otros murieron apestados. La muerte nos ha arrebatado así a los mejores de nuestros hermanos: sacerdotes diáconos y laicos excepcionales. Su heroica muerte, motivada por la fe, apenas es inferior a la de los mártires.» Reconociendo el valor de estas palabras de San Dionisio, el Martirologio Romano honra a esos distinguidos cristianos como mártires. La caridad que mostraron asistiendo a sus perseguidores en las enfermedades, es un ejemplo de lo que debe ser nuestra actitud con los pobres, que generalmente no son nuestros enemigos, sino nuestros correligionarios.

 

Lo que sabemos sobre los actos de caridad de los cristianos en Alejandría, figura en los escritos de Eusebio. Historia Eclesiástica, vol. VII, c. XXII, donde se reproduce la carta de San Dionisio. El texto griego se encuentra en la edición de Feltoe de The letters and other remains of Dionysius of Alexandria, pp. 79-84.

Alan Butler

Laudes – Domingo II de Cuaresma

LAUDES

DOMINGO II CUARESMA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Señor, ábreme los labios.
R/. Y mi boca proclamará tu alabanza

INVITATORIO

Se reza el invitatorio cuando laudes es la primera oración del día.

Ant. Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.

SALMO 94: INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Entrad, postrémonos por tierra,
bendición al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
«Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso».»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Éste es el día del Señor.
Éste es el tiempo de la misericordia.

Delante de tus ojos
ya no enrojeceremos
a causa del antiguo
pecado de tu pueblo.
Arrancarás de cuajo
el corazón soberbio
y harás un pueblo humilde
de corazón sincero.

En medio de las gentes,
nos guardas como un resto
para cantar tus obras
y adelantar tu reino.
Seremos raza nueva
para los cielos nuevos;
sacerdotal estirpe,
según tu Primogénito.

Caerán los opresores
y exultarán los siervos;
los hijos del oprobio
serán tus herederos.
Señalarás entonces
el día del regreso
para los que comían
su pan en el desierto.

¡Exulten mis entrañas!
¡Alégrese mi pueblo!
Porque el Señor que es justo
revoca sus decretos:
La salvación se anuncia
donde acechó el infierno,
porque el Señor habita
en medio de su pueblo.

SALMO 117: HIMNO DE ACCIÓN DE GRACIAS DESPUÉS DE LA VICTORIA

Ant. La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa.

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.

Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.

Diga la casa de Aarón:
eterna es su misericordia.

Digan los fieles del Señor:
eterna es su misericordia.

En el peligro grité al Señor,
y me escuchó, poniéndome a salvo.

El Señor está conmigo: no temo;
¿qué podrá hacerme el hombre?
El Señor está conmigo y me auxilia,
veré la derrota de mis adversarios.

Mejor es refugiarse en el Señor
que fiarse de los hombres,
mejor es refugiarse en el Señor
que fiarse de los jefes.

Todos los pueblos me rodeaban,
en el nombre del Señor los rechacé;
me rodeaban cerrando el cerco,
en el nombre del Señor los rechacé;
me rodeaban como avispas,
ardiendo como fuego en las zarzas,
en el nombre del Señor los rechacé.

Empujaban y empujaban para derribarme,
pero el Señor me ayudó;
el Señor es mi fuerza y mi energía,
él es mi salvación.

Escuchad: hay cantos de victoria
en las tiendas de los justos:
«la diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa,
la diestra del Señor es poderosa.»

No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor.
Me castigó, me castigó el Señor,
pero no me entregó a la muerte.

Abridme las puertas del triunfo,
y entraré para dar gracias al Señor.

— Ésta es la puerta del Señor:
los vencedores entrarán por ella.

— Te doy gracias porque me escuchaste
y fuiste mi salvación.

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.

Éste es el día en que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo.
Señor, danos la salvación;
Señor, danos prosperidad.

— Bendito el que viene en nombre del Señor,
os bendecimos desde la casa del Señor;
el Señor es Dios, él nos ilumina.

— Ordenad una procesión con ramos
hasta los ángulos del altar.

Tú eres mi Dios, te doy gracias;
Dios mío, yo te ensalzo.

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa.

CÁNTICO de DANIEL: QUE LA CREACIÓN ENTERA ALABE AL SEÑOR

Ant. Cantemos el himno de los tres jóvenes, que cantaban en el horno bendiciendo al Señor.

Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres:
a ti gloria y alabanza por los siglos.

Bendito tu nombre, santo y glorioso:
a él gloria y alabanza por los siglos.

Bendito eres en el templo de tu santa gloria:
a ti gloria y alabanza por los siglos.

Bendito eres sobre el trono de tu reino:
a ti gloria y alabanza por los siglos.

Bendito eres tú, que sentado sobre querubines sondeas los abismos:
a ti gloria y alabanza por los siglos.

Bendito eres en la bóveda del cielo:
a ti honor y alabanza por los siglos.

Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cantemos el himno de los tres jóvenes, que cantaban en el horno bendiciendo al Señor.

SALMO 150: ALABAD AL SEÑOR

Ant. Alabad al Señor en su fuerte firmamento.

Alabad al Señor en su templo,
alabadlo en su fuerte firmamento.

Alabadlo por sus obras magníficas,
alabadlo por su inmensa grandeza.

Alabadlo tocando trompetas,
alabadlo con arpas y cítaras,

alabadlo con tambores y danzas,
alabadlo con trompas y flautas,

alabadlo con platillos sonoros,
alabadlo con platillos vibrantes.

Todo ser que alienta alabe al Señor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Alabad al Señor en su fuerte firmamento.

LECTURA: Ne 8, 9a.10

Hoy es un día consagrado a nuestro Dios: No hagáis duelo ni lloréis; pues es un día consagrado a nuestro Dios. No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cristo, Hijo de Dios vivo, Ten piedad de nosotros.
V/ Cristo, Hijo de Dios vivo, Ten piedad de nosotros.

R/ Tú que estás sentado a la derecha del Padre.
V/ Ten piedad de nosotros.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cristo, Hijo de Dios vivo, Ten piedad de nosotros.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Por medio del Evangelio, nuestro Salvador Jesucristo destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal.

Benedictus. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR. Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por la boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Por medio del Evangelio, nuestro Salvador Jesucristo destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal.

PRECES

Glorifiquemos a Dios, cuya bondad es infinita, y elevemos a él nuestra oración por medio de Jesucristo, que está siempre vivo para interceder a favor nuestro; digámosle:

Enciende, Señor, en nosotros la llama de tu amor

Dios de misericordia, haz que hoy nos entreguemos generosamente a las obras de amor al prójimo,
— para que tu misericordia, a través de nosotros, llegue a todos los hombres.

Tú que en el arca salvaste a Noé de las aguas del diluvio,
— salva por el agua del bautismo a los catecúmenos.

Concédenos vivir no sólo de pan,
— sino de toda palabra que sale de tu boca.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Haz que, con tu ayuda, venzamos toda disensión,
— y podamos gozarnos en el don de tu paz y de tu amor.

Por Jesús hemos sido hechos hijos de Dios; por eso, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, Padre santo, tú que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el predilecto, alimenta nuestro espíritu con tu palabra; así, con mirada limpia, contemplaremos gozosos la gloria de tu rostro. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Comentario – Domingo II de Cuaresma

Seguimos haciendo nuestra particular travesía cuaresmal en dirección a la Pascua de Resurrección. Hoy, la liturgia de la palabra nos propone dos sucesos acaecidos en la cima de dos montañas: 1º un sacrificio humano que no llegó a consumarse, puesto que era sólo una prueba de obediencia y 2º una transfiguración: el sacrificio de Isaac (intencional), figura del sacrificio de Cristo (real), y la Transfiguración de Jesús, figura y anticipo de su Resurrección.

En ambos sacrificios –el no consumado y el consumado- hay obediencia a la voluntad del Padre y prontitud para su ejecución. Si Abrahán no se reservó a su hijo, a su único hijo, porque estaba dispuesto a degollarlo en el altar del sacrificio -tan dispuesto que todo estaba preparado para su ejecución-, como le había mandado el Señor, tampoco Dios, como nos recuerda san Pablo, se reservó al suyo, al Unigénito, sino que lo entregó a la muerte por nosotros.

Tanto en el caso de Abrahán como en el de Jesús, hay sacrificio, es decir, ofrenda de una vida, aunque en el caso de Abrahán la víctima (su hijo Isaac) no llega a inmolarse, porque lo exigido era sólo una prueba que servía únicamente para medir el grado de confianza, de obediencia y de desprendimiento de su siervo. A Dios le bastaba con evaluar la capacidad o el grado de implicación del oferente. No exigía sangre, sino obediencia.

Abrahán había dado muestras suficientes de estar dispuesto a renunciar a todo, incluida la vida de su hijo, su tesoro más preciado, si Dios se lo pedía. Cuando el patriarca se dispone a descargar el cuchillo sobre la víctima del sacrificio, ya había renunciado a su hijo querido, ya lo había entregado intencionalmente a la muerte; lo había hecho antes incluso, lo había hecho cuando se pone en camino para consumar en la cumbre del monte sacrificial el mandato de su Señor.

En semejante trance, Abrahán no puede sentirse asesino, puesto que se siente oferente: no alguien que mata, sino alguien que ofrece lo más querido, el fruto de sus entrañas. En este acto cultual no hacía otra cosa que devolverle a su Dueño y Señor lo que había recibido de él haciéndolo suyo, su ofrenda más preciosa, lo que más quería.

Pero la prueba por la que tiene que pasar este padre es realmente dura: una exigencia inhumana y cruel; más aún, arbitraria e irracional. ¿Qué sentido tenía que se le pidiese la inmolación de un hijo, un hijo que le había sido dado como fruto de una promesa cuando ya había dejado de esperarlo, puesto que su mujer era estéril y él de edad avanzada, un hijo tan único que sólo él podía sostener la promesa de una descendencia numerosa?

A lo inhumano de la exigencia se unía lo incomprensible de la misma, su falta de racionalidad. Pues a pesar de todas estas dificultades que a cualquiera le llevarían a desestimar la propuesta, a pesar del dolor de la pérdida, de la repugnancia del acto a ejecutar y de lo absurdo del mandato, Abrahán se dispone a obedecer y a cumplir lo mandado, porque la voluntad de Dios, el dueño de la vida, estaba por encima de cualquier otra consideración.

El patriarca superó la prueba con nota, esto es, con una serenidad y docilidad admirables, heroicas, propias de santos y de mártires. Pero, aunque no se reservó a su propio hijo, no tuvo que desprenderse de él, porque Dios no quería quitarle al hijo que le había dado, sino únicamente hacerle experimentar que no era de su propiedad, porque tenía dueño; que ese hijo le había sido donado como un regalo, y puesto que era don de Dios, éste podía exigir su devolución.

Pero si aquel sacrificio no se consumó, hubo otro que sí se saldó con derramamiento de sangre: el sacrificio de Cristo en el monte Calvario; también un acto de entrega (una ofrenda) de un padre, Dios, que se desprende de su propio Hijo para donarlo en bien de la humanidad, por nosotros. Este hijo, también único, tiene tal valor para el Padre que san Pablo se atreve a decir: ¿Cómo no nos dará todo con él? Porque con su Hijo, su único Hijo –no hay otro igual-, nos lo da todo. No puede darnos más de lo que nos da con él, a saber, su vida más íntima, su propia vida, la vida eterna o resucitada, y con ella la salvación. Luego si admirable e inaudito por su generosidad es el gesto de Abrahán, más admirable aún es el gesto de Dios Padre.

Se trata de su Hijo amado, el predilecto, ése a quien Dios muestra transfigurado en la montaña ante esos tres discípulos testigos desbordados por la luz y el intenso resplandor del momento, ése que permaneció obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Él es precisamente el que mejor puede enseñarnos obediencia. Por eso se nos invita a escucharle, no simplemente a estar con él dentro de una tienda o en la cima de una montaña o a contemplarle extasiados en la nube radiante que lo envuelve e ilumina. Y escuchándole con la atención que merece el que es la Palabra de Dios, aprenderemos a ser como él, aprenderemos a ser hijos obedientes a la voluntad de Dios en medio de las dificultades de este mundo. Porque la transfiguración no es todavía resurrección, aunque en la resurrección haya transfiguración.

El acontecimiento de la transfiguración de Jesús es transitorio y pasajero; no hace de nuestra tierra –y de la suya- cielo, lugar de dicha permanente. La tierra en la que se produce el fenómeno de la transfiguración seguirá siendo lugar de sufrimiento y de muerte, incluso para los que hayan sido interiormente transfigurados porque han pasado de la muerte a la vida transitando por las aguas bautismales o por la reconciliación penitencial. El mismo Cristo transfigurado hubo de pasar aún por el sufrimiento y por la muerte para alcanzar el estado glorioso obtenido en la resurrección.

Por tanto, la transfiguración tiene carácter de signo anticipado de una realidad superior y más estable que es la resurrección. Ella es la que dará paso al estado definitivo de bienaventuranza que se nos promete. Pero, en cuanto signo, la transfiguración no deja de ser para sus testigos una experiencia de gozo y de luz que pone en contacto directo con la divinidad manifestada en la carne, y un asidero para afrontar con serenidad y esperanza el sufrimiento y la muerte del que ese fenómeno no nos exime.

La voz que se reproduce en la transfiguración nos invita a escuchar al Hijo amado, a escuchar para obedecer. Pero la obediencia no tiene otro fin que el sacrificio o sometimiento efectivo de la propia voluntad a la voluntad de Dios. Luego si en la transfiguración resuena la llamada a la obediencia, ésta no tiene otro lugar de consumación que el sacrificio. Es ahí donde alcanzará su madurez y perfección. Y el sacrificio, es decir, la entrega de la propia vida, será el que nos dé acceso a la vida plena o vida de resucitados. La escucha consecuente de la Palabra que se deja oír y ver en la Transfiguración será, por tanto, la que nos abra al don pleno de la vida por el arduo camino de la obediencia.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Hombres y mujeres olvidadizos

1.- Si intentamos nosotros imaginar la escena de la Transfiguración pues, como poco, nos comportaríamos como Pedro o, lo más probable, es que saliéramos corriendo muertos de estupor y de miedo. Pedro, obnubilado, tuvo el valor de querer perpetuar la escena y convertir la conversación entre Jesús, Moisés y Elías en algo permanente, eterno. Y es que este Dios nuestro –este que nos ha mostrado Jesús y a quien llamaba Abba: papaíto—respeta mucho nuestra condición humana y muy pocas veces y con muy poca gente produce esas maravillas y milagros que, tal vez, a nosotros nos gustaría ver. La vida, junto a Dios, discurre con normalidad. Es decir, sabemos de su presencia y su cercanía pero no hay maravillas a nuestro alrededor. ¡Y menos mal!

José Luis Martín Descalzo, un sacerdote y periodista español, ya fallecido hace años, escribió una monumental biografía de Jesús de Nazaret y con gran perspicacia, cuando narra los primeros momentos de la vida terrena del Niño Jesús pues dice, poco más o menos, que las maravillas escaseaban. Allá en Belén, en la Nochebuena, si hubo un gran jaleo de ángeles y pastores. Pero, luego nada. Después Maria y José y el Niño irían a la Presentación en el Templo. Y Simeón, profeta, justo y santo, reconoció al Niño y dijo cosas grandiosas. Ana también. Pero luego nada. Las horas y los días pasaban como los de cualquier familia. E, incluso, Jesús pasó 30 años de normalidad absoluta, según parece.

Pero eso no significa que Dios no esté presente y que no tenga que decir lo que quiera decir. Cuando Jesús se bautiza en el Jordán el Padre se manifiesta para hablar de su Hijo. En la Transfiguración, también. La llegada de los Magos también debió de ser extraordinaria. Produjeron una gran alarma en el Jerusalén oficial y oficioso de entonces. Pero las cosas se olvidan. A Pedro se le olvidó ese trozo de gloria que contempló y quería perpetuar y abandonó al Maestro. Juan, el Bautista, olvidó también la presencia Trinitaria a la orilla del Jordán y, un día, mando a preguntar a Jesús si era Él el Mesías. Del paso de los Magos poco quedó. Pero Dios estuvo presente en esas tres manifestaciones. Y fueron magníficas pero se olvidaron. Solo María, dotada de una gracia muy especial, guardaba estas cosas en su corazón.

2.- La Transfiguración quiso ser un “refuerzo” para que los Apóstoles aguantaran los momentos difíciles que les vendrían con la Pasión. Pero olvidaron, sufrieron de miedo y de desconcierto. Y tuvo que ser la Resurrección del Señor la que trajo, luego, esa maravilla de convertir a unos tontos olvidadizos en auténticos gigantes de la predicación y del apostolado. El Espíritu Santo los emborrachó de felicidad y sacudiría y llevaron la Palabra de Dios a los confines del mundo. Y la cosa sigue hoy con nosotros. ¿Sirvió, entonces, la Transfiguración para algo? Claro que si. Los apóstoles fueron reconstruyendo en clave divina muchas de las actuaciones del Señor Jesús. De hecho, nosotros, aquí y ahora, en este Siglo XXI, somos los grandes beneficiarios de la Transfiguración. Sabemos de la gloria de Jesús porque nos la han contando personas frágiles y olvidadizas como nosotros.

Y hemos de estar atentos porque a nuestro alrededor ocurren cosas muy singulares que muestran la presencia cercana del Señor. A veces, un amanecer se llena de brillos muy especiales. Otras la frese de un buen amigo nos llega a lo más hondo de nuestro ser. Y otras, claro está, nuestra angustia y nuestro dolor cambian de un día para otro, como si algo muy grande hubiera pasado cerca de nosotros. Claro que puede ocurrir lo contrario y que el mundo se entenebrezca hasta lo terrible. Jesús mostraba en la Transfiguración lo que iba a pasar poco tiempo después. Elías y Moisés hablaban de ello. El Mal, con mayúsculas, existe y trabaja. La Pasión y Muerte de Jesús es una muestra de ello. Hoy, todavía, aún habiendo escuchado esos sucedidos muchas veces, nos conmueven y nos llenan de profunda pena. Nos suenan a terrible injusticia, aunque también como a Pedro se nos olvida. Los hombres y mujeres somos olvidadizos. Dios, no. Resucitó a Jesús y toda la fuerza y la energía de Dios se concentró en el sepulcro. Y lo soldados que vigilaban saltaron por los aires. Aunque lo importante no fue –claro está—los concretos aspectos telúricos de la Resurrección. Sería la fuerza interior alojada en unos pocos hombres y mujeres que fueron capaces de cambiar el mundo. Y vaya si lo hicieron. El cristianismo acabó con el imperio romano.

Ángel Gómez Escorial

I Vísperas – Domingo II de Cuaresma

I VÍSPERAS

DOMINGO II DE CUARESMA

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¿Para qué los timbres de sangre y nobleza?
Nunca los blasones
fueron lenitivo para la tristeza
de nuestras pasiones.
¡No me des coronas, Señor, de grandeza!

¿Altivez? ¿Honores? Torres ilusorias 
que el tiempo derrumba.
Es coronamiento de todas las glorias
un rincón de tumba.
¡No me des siquiera coronas mortuorias!

No pido el laurel que nimba el talento,
ni las voluptuosas
guirnaldas de lujo y alborozamiento.
¡Ni mirtos ni rosas!
¡No me des coronas que se lleva el viento!

Yo quiero la joya de penas divinas
que rasga las sienes.
Es para las almas que tú predestinas.
Sólo tú la tienes.
¡Si me das coronas, dámelas de espinas! Amén.

SALMO 118: HIMNO A LA LEY DIVINA

Ant. Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una morada alta y se transfiguró delante de ellos.

Lámpara es tu palabra para mis pasos,
luz en mi sendero;
lo juro y lo cumpliré:
guardaré tus justos mandamientos;
¡estoy tan afligido!
Señor, dame vida según tu promesa.

Acepta, Señor, los votos que pronuncio,
enséñame tus mandatos;
mi vida está siempre en peligro,
pero no olvido tu voluntad;
los malvados me tendieron un lazo,
pero no me desvié de tus decretos.

Tus preceptos son mi herencia perpetua,
la alegría de mi corazón;
inclino mi corazón a cumplir tus leyes,
siempre y cabalmente.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una morada alta y se transfiguró delante de ellos.

SALMO 15: EL SEÑOR ES EL LOTE DE MI HEREDAD

Ant. Su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti;
yo digo al Señor: «Tú eres mi bien».
Los dioses y señores de la tierra
no me satisfacen.

Multiplican las estatuas
de dioses extraños;
no derramaré sus libaciones con mis manos,
ni tomaré sus nombres en mis labios.

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano;
me ha tocado un lote hermoso,
me encanta mi heredad.

Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena.
Porque no me entregarás a la muerte,
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Moisés y Elías hablaban de su muerte, que iban a consumar en Jerusalén.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Moisés y Elías hablaban de su muerte, que iban a consumar en Jerusalén.

LECTURA: 2Co 6, 1-4a

Os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios, porque él dice: «En tiempo favorable te escuché, en día de salvación vino en tu ayuda»; pues mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es tiempo de salvación. Para no poner en ridículo nuestro ministerio, nunca damos a nadie motivo de escándalo; al contrario, continuamente damos prueba de que somos ministros de Dios.

RESPONSORIO BREVE

R/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.
V/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.

R/ Cristo, oye los ruegos de los que te suplican.
V/ Porque hemos pecado contra ti.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto; escuchadlo.»

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto; escuchadlo.»

PRECES
Bendigamos a Dios, solícito y providente para con todos los hombres, e invoquémosle, diciendo:

Salva, Señor, a los que has redimido.

Oh Dios, fuente de todo bien y origen de toda verdad, llena con tus dones al Colegio de los obispos,
— y haz que aquellos que les han sido confiados se mantengan fieles a la doctrina de los apóstoles.

Infunde tu amor en aquellos que se nutren con el mismo pan de vida,
— para que todos sean uno en el cuerpo de tu Hijo.

Que nos despejemos de nuestra vieja condición humana y de sus obras,
— y nos renovemos a imagen de Cristo, tu Hijo.

Concede a tu pueblo que, por la penitencia, obtenga el Perdón de sus pecados
— y tenga parte en los méritos de Jesucristo.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Haz que nuestros hermanos difuntos puedan alabarte eternamente en el cielo,
— y que nosotros esperemos confiadamente unidos a ellos en tu reino.

Con la misma confianza que nos da nuestra fe, acudamos ahora al Padre, diciendo, como nos enseñó Cristo:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, Padre santo, tú que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el predilecto, alimenta nuestro espíritu con tu palabra; así, con mirada limpia, contemplaremos gozosos la gloria de tu rostro. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado I de Cuaresma

1.- Oración introductoria.

Señor, hoy te necesito más que nunca. Lo que me dices en el evangelio de hoy es para mí “un duro hueso de roer”.  Me pides no sólo que perdone a mis enemigos, sino que los ame y rece por ellos. ¿No es esto algo antinatural? Yo sé que, por mis propias fuerzas, no puedo cumplirlo. Te pido que me ayudes, que me des tu gracia, que me eches no una mano sino las dos. Sé que sin Ti no puedo hacer nada.

2.- Lectura reposada del Evangelio. Mateo 5, 43-48

Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

Dentro del Sermón de la Montaña donde Jesús nos habla de unas exigencias terribles, humanamente imposibles de cumplir, el evangelio de hoy nos propone algo  “más difícil todavía” Se nos pide el amor a los enemigos. No hay entre las religiones del mundo ninguna que exija esto. ¿Por qué lo hace Jesús? En el evangelio de Mateo el discípulo siempre está delante de un Padre maravilloso que está al tanto de todo.  Este Padre bueno envía el sol “para buenos y malos”. No hace distinciones. El Padre ama a todos y no puede dejar de amarlos. El sol ilumina, calienta, embellece lo mismo las casas de los buenos como las de los malos.   Y manda la lluvia lo mismo sobre el campo del labrador que mientras siembra entona una jota a la Virgen del Pilar que sobre ese labrador que esparce su semilla entre blasfemias. A ese Padre hay que imitar. ¿Cuál es la recompensa? Ser hijos de tal Padre. Llevar marcadas las huellas del Padre en nuestros rostros, más aún, participar en lo íntimo de nuestro ser del mismo A.D.N que el Padre. Cuando yo llego a perdonar al enemigo, en lo profundo del corazón se ha obrado un verdadero milagro. Yo, por mí mismo, no puedo. Hay dentro de mí un Dios maravilloso que me ama y hace en mí verdaderos prodigios.  ¿Aún quiero mayor recompensa?

Palabra del Papa

“Jesús nos dice dos cosas: primero, mirar al Padre. Nuestro Padre es Dios: hace salir el sol sobre malos y buenos; hace llover sobre justos e injustos. Su amor es para todos. Y Jesús concluye con este consejo: “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial”. Por lo tanto, la indicación de Jesús consiste en imitar al Padre en la perfección del amor. Él perdona a sus enemigos. Hace todo por perdonarles. Pensemos en la ternura con la que Jesús recibe a Judas en el huerto de los Olivos, cuando entre los discípulos se pensaba en la venganza. Jesús nos pide amar a los enemigos. ¿Cómo se puede hacer? Jesús nos dice: rezad, rezad por vuestros enemigos. La oración hace milagros; y esto vale no sólo cuando tenemos enemigos; sino también cuando percibimos alguna antipatía, alguna pequeña enemistad. Es cierto: el amor a los enemigos nos empobrece, nos hace pobres, como Jesús, quien, cuando vino, se abajó hasta hacerse pobre. Tal vez no es un «buen negocio, o al menos no lo es según la lógica del mundo. Sin embargo es el camino que recorrió Dios, el camino que recorrió Jesús hasta conquistarnos la gracia que nos ha hecho ricos. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 21 de junio de 2013, en Santa Marta).

4.- Qué me dice este texto hoy a mí. (Guardo silencio)

5.- Propósito. Hoy llevaré a mi oración a aquellas personas con quienes me siento más distante.

6.- Dios me ha hablado hoy a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Yo hoy quiero darte gracias por tus exigencias. Ellas me llevan a descubrir mejor la anchura y profundidad de tu corazón. Ellas me llevan a descubrir en la oración una fuerza especial. Las exigencias cumplidas me hablan del “milagro del corazón”. Ese milagro consiste en poder amar a mis propios enemigos. Ese milagro me lleva a hacer visible al Invisible. Ese milagro me lleva a descubrir la profunda alegría de los santos. “Existe una sola tristeza en la vida: la de no ser santos” (León Bloy).

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA.

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

El Dios revelado y revelador

1. Quizás el supremo don de la infancia sea la casi infinita capacidad de sorpresa. El niño cada día descubre nuevas cosas y se asombra por lo que ve, conoce y siente. Y aun cuando la novedad le traiga, a veces, porcentajes de incertidumbre, la satisfacción es superior. Nunca después gozamos tan intensamente como el ir experimentando esa sensación única de la primera vez, el estrenismo. Los años nos van arrancando el factor de lo nuevo y así envejecemos paulatinamente. es inevitable y triste.

Sin embargo, a pesar de todo, todavía quedan cosas que nos sorprenden e incluso nos desconciertan. Sobre todo cuando se sabe mantener en pleno vigor la curiosidad y el interés por lo nuevo, surgen en nuestro horizonte vital una serie de “ovnis” que nos hacen recordar esa vivencia infantil ante lo desconocido. Y no es necesario inventarse “novedades”, porque la vida es tan rica y plural, si la aceptamos sin prejuicios, que desborda nuestra capacidad de encajar toda oculta cara.

2. Pienso que tienen que existir en la fe cristiana esos elementos como sorpresivos y desconcertantes. Y sin necesidad de acudir a pirotecnias ni visiones celestiales. Si Dios no nos sorprendiera y no produjera en nosotros un enorme desconcierto, le habríamos despojado de un elemento esencial en toda la historia de la salvación. No estoy hablando del Dios “todo otro”, astral y enigmático, de religiones o filosofías extrañas a la clave cristiana; me refiero ––claro está–– al Dios revelado y revelador de la Sagrada Escritura, y más en concreto del Evangelio.

¿Como no imaginar el fenomenal embrollo de Abrahán al plantearse, por petición de Dios, la destrucción de su hijo, y precisamente del hijo que ha sido objeto de la promesa? ¿Cómo encajar esa contradicción tal clara y no aceptar la idea de un Dios caprichoso, versátil y enredador? Pero la fe incluye precisamente esa aceptación del primer desconcierto porque intuye las “razones” más hondas del ser y actuar de Dios. No le pidamos a la religión una lógica de andar por casa, ni nos empeñemos en racionalizar a Dios porque entonces nos quedaremos para siempre encerrados entre barrotes matemáticos, adoradores de los sucesivos idolillos que nos fabriquemos o nos vayan fabricando otros.

3.- Del mismo modo la pedagogía de Dios incluye también una sobriedad de manifestaciones y un ritmo lento. Si de los discípulos hubiera dependido, Cristo se hubiera pasado la vida envuelto en la nube de la transfiguración, ajeno al quehacer evangelizador. Y si nosotros tuviéramos que programar la presencia de Dios entre los hombres, se nos iría sin duda la mano en milagros, revelaciones, fenómenos extraordinarios e invasión de nuestra propia esfera de libertad que Dios respeta escrupulosamente.

Aceptemos ––seamos niños–– el desconcierto que Dios, a veces, nos produce. Sin entenderlo todo ––como ellos al fin y al cabo–– descubriremos el continente de la confianza.

Antonio Díaz Tortajada