La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

4.- LA SEÑAL DE JONÁS

Mt 12, 38-45; Lc 11, 29-32

Algunos escribas y fariseos, que no habían tenido parte en la discusión sobre el origen del poder de Jesús para lanzar demonios, se le acercaron y, con una mezcla de respeto y de osadía, le dijeron: Maestro (Rabbi), queremos ver de Ti una señal. Para aquellos hombres, que representaban un partido numeroso, los milagros de Jesús, y en especial el que había dado lugar a la blasfemia de sus colegas, no eran, pues, suficientes para demostrar su origen divino y su mesianidad. Para convencerse, pedían que el Mesías condescendiera en obrar una señal, un milagro extraordinario, decisivo, que acaeciese, no en la tierra, sino en el cielo, en las regiones de la atmósfera; por ejemplo, un eclipse, una tempestad en el cielo sereno… En el fondo, mostraban la misma exigencia que aquellos otros fariseos. Si el Señor hubiera realizado un prodigio, tampoco habrían creído. La fe exige buenas disposiciones. Sin ellas, todo puede ser mal interpretado. Por eso, san Lucas nos advierte que hicieron esta demanda a Jesús para tentarle, no porque desearan tener luz para dar un paso adelante y convertirse en discípulos del Maestro. El Señor respondió:

Esta generación malvada y adúltera pretende una señal, pero no se le dará otra señal que la del profeta Jonás. Pues, así como estuvo Jonás en el vientre de la ballena tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches.

El Salvador responde a todos los que participaban de las mismas disposiciones. No se les dará este tipo de señal. Y, con todo eso, Jesús, movido por su infinita bondad, además de sus frecuentes milagros, que no terminarán sino con su vida, les otorgó un extraordinario prodigio, el que Él llama la señal de Jonás[1].

La alusión a los tres días y tres noches que el Señor debía pasar en el corazón de la tierra fue entendida por los fariseos. Después de su muerte fueron a Pilato para exigirle medidas, ya que ellos habían oído lo que Jesús dijo estando vivo aún: Después de tres días resucitaré. También el «signo de Jonás», que respondía en buena parte a sus peticiones, será rechazado, pues acudirán al procurador romano con el temor de que resucitase[2].

Obligado a rechazar a aquella generación malvada, a la que no había logrado mover para que creyese en Él, Jesús tomó de la historia de Israel otros dos hechos célebres que iluminaban bien la culpabilidad de muchos de sus compatriotas: los hombres de Nínive, que se convirtieron ante la predicación de Jonás, y la reina del Mediodía, porque vino de los confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón.

El primero de estos dos ejemplos se lee también en el Libro de Jonás. Describe la conversión de los ninivitas, de aquellos orgullosos paganos que, sin embargo, hicieron penitencia al oír la predicación de un desconocido, de un extranjero. La reina del Mediodía es la reina de Saba, cuyo reino estaba situado al sureste de Palestina. Vino de muy lejos –desde los confines del mundo– para ver y consultar a Salomón, y se tornó a su tierra, asombrada de lo que había visto y oído[3]. Estas contraposiciones, humillantes para los judíos, recuerdan el discurso del Señor en la sinagoga de Nazaret y las duras palabras que dirigirá más adelante contra tres ciudades incrédulas de las orillas del lago. Con singular energía, y en alusión a Sí mismo, dijo: Aquí hay algo más que Jonás. Debieron de ser pronunciadas con toda autoridad y convicción.


[1] Este pasaje, como todo el evangelio, atañe a aquel que quiera ser discípulo de Cristo. Si tenemos buenas disposiciones, veremos a Dios en lo que nos rodea: en la naturaleza misma, en el dolor, en el trabajo… La historia personal de cada hombre, de cada mujer, está llena de señales. Pero, si no existieran buenas disposiciones, de nada valdrían los signos más extraordinarios, como ocurrió con aquellos fariseos. Incluso después de la resurrección de Lázaro, veremos cómo irán con ánimo torcido a los dirigentes de la nación para perderle (cfr. Jn 11, 46). El buen ladrón, sin embargo, confesará la realeza de Cristo cuando menos signos externos se presentaban a la razón (cfr. Lc 23, 42).

[2] El Señor ha de encontrarnos con una disposición humilde y llena de autenticidad, que excluye los prejuicios. Y, junto a esta actitud de base, es necesario también saber escuchar, porque el lenguaje de Dios, aunque acomodado a nuestro modo de ser, puede hacerse en ocasiones difícil de aceptar, porque contraríe nuestros proyectos o nuestros caprichos, o bien sus palabras no sean precisamente las que nosotros esperábamos o deseábamos. A veces, el ambiente materialista que nos rodea puede también presentar falsas humanas razones, contrarias al lenguaje con que Dios se manifiesta.

Es necesario purificar el corazón de amores desordenados para ver con claridad y para poder interpretar acertadamente los acontecimientos de nuestra vida, descubriendo a Dios en ellos.

[3] 1 R 10, 1 ss.