El amor pide correspondencia (Amor)

Esto es lo primero en la intención del amante: que sea correspondido por el amado. A esto tienden, en efecto, todos los esfuerzos del amante, a atraer hacia sí el amor del amado, y si esto no ocurre, es preciso que el amor se disuelva (SANTO TOMÁS, Suma contra los Gentiles, 3, 151).

Dice Aristóteles que «amar es querer el bien para alguien», y siendo esto así, el movimiento del amor tiene dos términos: el bien que se quiere para alguien […] y ese alguien para quien se quiere aquel bien. (SANTO TOMÁS, Suma Teológica, 12, q, 26, a. 4).

Nada hay que mueva tanto a amar como el pensamiento, por parte de la persona amada, de que aquel que la ama desea en gran manera verse correspondido (SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilía sobre la 2ª Epístola a los Corintios, 14).

El verdadero amor crece con las dificultades; el falso, se apaga. Por experiencia sabemos que, cuando soportamos pruebas difíciles por alguien a quien queremos, no se derrumba el amor, sino que crece. Aguas torrenciales (esto es, abundantes tribulaciones) no pudieron apagar el amor (Ct 8, 7). Y así los santos, que soportan por Dios contrariedades, se afianzan en su amor con ello; es como un artista, que se encariña más con la obra que más sudores le cuesta (SANTO TOMÁS, Sobre la caridad, 1. c., p. 212).

Todo lo duro que puede haber en los mandamientos lo hace llevadero el amor… ¿Qué no hace el amor…? Ved cómo trabajan los que aman: no sienten lo que padecen, redoblan sus esfuerzos a tenor de las dificultades (SAN AGUSTÍN, Sermón 96).

No es posible separar el amor del dolor ni el dolor del amor; por esto, el alma enamorada se alegra en sus dolores y se regocija en su amor doliente (SAN PABLO DE LA CRUZ, Carta 1).

[…] el amor se adquiere en la fatiga espiritual. El amor crece en nosotros y se desarrolla también entre las contradicciones, entre las resistencias que se le oponen desde el interior de cada uno de nosotros, y a la vez «desde fuera», esto es, entre las múltiples fuerzas que le son extrañas e incluso hostiles (JUAN PABLO II, 3 II 1980).