Comentario – Domingo III Cuaresma

El libro del Éxodo nos refiere el Decálogo, los diez mandamientos, la ley de Dios, una ley en perfecta sintonía con las exigencias de nuestra propia naturaleza (Ley natural), que son también exigencias de Dios y compromisos del pueblo de Israel ante su Dios y aliado, el Dios de la Alianza. Es la ley del Señor a la que el salmista, admirado, declara perfecta y fiel, porque fiel es el Señor.

Es la ley que brota de una voluntad pura, recta y eternamente estable. Por eso no hay que modificarla con el paso del tiempo; por eso mantiene su validez perpetuamente: una ley que se ajusta enteramente a la verdad y a la justicia. Por eso es descanso para el alma que la acoge y vive conforme a ella. Por eso instruye al ignorante e ilumina los pasos del hombre. Tal es la ley de Diosmás preciosa que el oro fino, más dulce que la miel. Ella nos traslada la sabiduría de Dios que se concentrará en Cristo crucificado: para los llamados a la fe, fuerza de Dios y sabiduría de Dios (san Pablo).

Se trata de la ley de Dios para el pueblo: ley no sólo de su Creador y Propietario, sino también de su Libertador, esto es, de Aquel que les libró de la esclavitud en que vivían, en Egipto. Los títulos de este Dios le dan derecho a reclamar de su pueblo fidelidad y amor exclusivo, como si de un marido se tratara: No tendrás otros dioses frente a mí (pues yo soy tu único Dios, tu único esposo); porque yo soy un Dios celoso.

Aquí los celos son la cara de ese amor que reclama fidelidad, amor excluyente, no porque impida el recto amor humano hacia lo que no es Dios, pero es su criatura, sino porque excluye el amor a los ídolos (esos dioses de los que habla el Éxodo): cosas mundanas (o humanas) a las que se eleva a rango divino, dándoles categoría de Dios, porque sus adoradores se la dan en la medida en que se postran ante ellos, convirtiéndose en sus súbditos.

Tal es la categoría que adquiere muchas veces el dinero, el poder encarnado en una persona o un Estado, la ciencia (al fin y al cabo un producto de esfuerzo humano). Los celos son también la cara de ese amor que corrige y castiga –si es necesario- cuando conviene, porque nos quiere fieles; más aún, porque nos quiere, y porque sobre la fidelidad exigida descansa nuestra felicidad. Y es que el camino marcado por los mandamientos de Dios es realmente el camino que hace felices, que conduce al logro de nuestra bienaventuranza.

No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso, pues estarías involucrando a Dios en la falsedad. Santifica el Sábado, un día bendecido y santificado que nos es entregado para nuestra santificación. No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás falto testimonio contra tu prójimo. No codiciarás los bienes del prójimo. Tal es la ley de Dios. Y dañar al prójimo, dañando sus bienes, es obrar contra le ley de Dios, hacer lo que Él reprueba, ofender al mismo Dios. Su amor celoso no excluye, pues, el amor al prójimo, sino que lo ampara; lo que excluye es el amor a los ídolos, sin olvidar que el hombre mismo puede convertirse en un ídolo para sus adoradores.

De este celo da muestras Jesús cuando se encuentra con el bochornoso espectáculo del Templo de Jerusalén: vendedores de bueyes, ovejas y palomas; cambistas de moneda: un verdadero mercado instalado en el atrio del templo y autorizado –si no promovido- por las mismas autoridades religiosas con ocasión de la fiesta de la Pascua que tan gran muchedumbre congregaba. La reacción de Jesús ante semejante espectáculo es airada. No acepta que hayan convertido la casa de su Padre –casa de oración y de culto sacrificial- en un mercado.

El evangelista justifica la reacción y la hace depender del celo de Jesús por la casa de su Padre: el mismo celo del Dios celoso (y amante). Hace un azote de cordeles y los expulsa a todos, esparciendo mesas y monedas. Los judíos concernidos piden una explicación: ¿Qué signos (=credenciales) nos muestras para obrar así? ¿Con qué autoridad –o con permiso de quién- haces esto?

La respuesta de Jesús es desconcertante: Destruid este templo y en tres días lo levantaré. Aludía al templo de su cuerpo, levantado al tercer día del sepulcro; aludía a su resurrección, o cuerpo resucitado como ofrenda del sacrificio y nuevo lugar de la presencia de Dios. El cuerpo de Cristo pasará a ser lugar del sacrificio (sacrificio mismo), por ser lugar de la presencia del Dios-con-nosotros. Donde resida este Cuerpo (ya sea un templo o una persona) allí estará Dios morando. La presencia de este cuerpo conferirá a ese lugar categoría de Templo o Casa de Dios: lugar sagrado. E introducir cualquier tipo de comercio en ese lugar será mancillarlo, desacralizarlo, provocar la ira del Dios celoso.

Prestemos atención a este aspecto. No siempre somos capaces de evitar la tentación de introducir algún tipo de comercio o mercadeo en nuestras iglesias, santuarios o lugares de peregrinación; más aún, muchas veces llegamos a introducir incluso una suerte de mentalidad mercantil en el santuario más íntimo de nuestras relaciones con Dios, tratando con las cosas sagradas como si fuesen mercancías susceptibles de transacción o intercambio comercial.

Es lo que hacemos probablemente cuando pretendemos “comprar” el cielo (o nuestro lugar en el mismo) a base de misas u oraciones o con el dinero invertido en tales actos de culto. Transformar las relaciones personales en relaciones mercantiles (“de doy esto a cambio de lo otro”) es siempre una manera de deformar las cosas más sagradas. Y, por desgracia, este tipo de deformación también cabe en las relaciones con Dios. Seamos, pues, delicados y no olvidemos que el Donante originario es siempre Él. Nosotros no podemos dar nada si antes no lo hemos recibido. Sólo podemos devolver. Situémonos en esta postura delante de Dios para no incurrir en sutiles deformaciones o en groseras aberraciones.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística