Ley divina y humana

1.- “Yo soy Yahvé, tu Dios, que te ha sacado de la tierra de Egipto, de la casa de la servidumbre” (Ex, 20, 2) Israel sufría bajo el yugo del Faraón, que hacía trabajar a los hebreos en las grandes construcciones desde el amanecer hasta el ocaso. Días largos de fatigas y vejaciones. Un período que marcaría para siempre a los israelitas. El pueblo gemía y clamaba al Cielo. Entonces Dios escuchó su clamor y extendió su brazo poderoso, venciendo la terquedad y el poderío de los egipcios.

En este pasaje bíblico el Señor recuerda a su pueblo el pasado, para que lo tenga en cuenta al emprender el camino del futuro. Yo te he conquistado, les viene a decir, yo te he librado, yo tengo derecho a tu vasallaje. La Alianza pactada hacía que Israel fuera desde entonces total pertenencia de YahWéh que, a su vez, se constituía en Dios de su pueblo. Yo seré tu Dios, dice también, y tú serás mi pueblo. Tú me servirás y yo te protegeré. No olvides, añade, que yo soy un Dios celoso que castiga a los que rompen su Alianza y se compadece de los que la guardan. También a ti te ha sacado de la esclavitud del pecado, se ha compadecido de ti y te ha dado su ley de amor. Sin él estarías sometido al yugo insoportable de Satanás. Por eso sus palabras vuelven a resonar para ti: “No tendrás otros dios frente a mí…”. El Señor no admite particiones, no tolera las medias tintas. O se está con él, o contra él. No lo olvidemos nunca.

“Honra a tu padre y a tu madre, para que vivas largos años en la tierra que Yahvé, tu Dios, te da” (Ex 20, 12) En el Decálogo hay unos preceptos que se refieren a Dios y otros que se refieren a los hombres. Así, después de recordar que hay que amar de todo corazón al Señor, que hay que respetar su santo nombre y santificar las fiestas, Dios nos habla de la obligación que tenemos hacia nuestros padres. Y para que comprendamos la importancia de este mandamiento, nos promete que, si lo cumplimos, tendremos una larga vida sobre la tierra. El amor a los padres es, de ordinario, un sentimiento que está metido en nuestra misma naturaleza, algo que sale espontáneo del corazón del hombre. Pero Dios quiere reforzar ese sentimiento y ese lazo que nos ha de unir con nuestros padres. Por eso le da la primacía sobre los preceptos restantes y añade una promesa para quienes lo cumplen.

De ahí que el desamor hacia los padres es un pecado gravísimo. Es antinatural no preocuparse de ellos, no ayudarles, no comprenderles, olvidarles, abandonarles. A veces somos como tremendamente egoístas. Estamos pendientes de ellos cuando los necesitamos y cuando no, los olvidamos. Es triste ver en tanta soledad a muchos ancianos, cuyos hijos ni se acuerdan de ellos. Ojalá cumplamos la ley divina, y también humana, y no olvidemos nunca a nuestros padres.

2.- “La ley del Señor es perfecta y es descanso para el alma ” (Sal 18, 8) A veces las leyes de los hombres son imperfectas, incluso injustas. Acaban siendo derogadas por el mismo legislador, o incumplidas y escamoteadas por los legislados. Otras veces no abarcan toda la realidad que intentan regular, o favorecen a unos mientras que perjudican a otros.

En cambio la ley del Señor es completa, justa siempre, permanente en su vigencia. Ante su grandeza, el cantor de las maravillas de Dios se siente transportado y prorrumpe en himnos de alabanza: “la ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante. Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos”.

En el cumplimiento de esta ley está nuestro gozo y nuestra dicha, nuestra paz y nuestra felicidad. Sólo cuando somos fieles al Señor somos realmente felices, hondamente felices. Y es lógico que sea así: Dios es quien mejor nos conoce y quien más nos ama. Por eso sabe lo que más nos conviene y nos los propone como ley suprema.

“La voluntad del Señor es pura y eternamente estable” (Sal 18, 10) Sí, la voluntad de Dios está limpia de todo interés personal. Él lo es todo y todo lo tiene, nada necesita ni nada le podemos dar. Él sólo busca el bien de sus criaturas. Al promulgar su ley sólo desea que el hombre consiga llegar a la meta de su vida, así ocurre al señalarnos en cada momento el camino que hemos de seguir, al avisarnos de los peligros que nos acechan. Al poner pautas y normas a nuestro caminar nos va facilitando la marcha, hace que nuestra vida de aquí abajo sea un viaje maravilloso, con penas y lágrimas unas veces, con sonrisas y gozo otras, pero siempre con la persuasión de que, si seguimos esa ley divina, llegaremos sanos y salvos al fin de nuestro grandioso destino.

Digamos, pues, con el salmista que “los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos. Más preciosos que el oro, más que el oro fino; más dulces que la miel de un panal que destila…”. De todos modos, Jesús Señor nuestro, ayúdanos tú a cumplir tu ley de Amor y de Libertad. Somos tan inconscientes que vemos lo que es bueno, pero hacemos lo malo. Somos débiles, queremos pero no podemos, o no queremos poder. Por todo eso, sé tú, Señor, nuestra luz y nuestra fuerza.

3.- “Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría…” (1 Co 1, 22) Exigían que hubiera signos. No los pedían, los exigían. Necesitaban persuadirse que quien decía hablarles en nombre de Dios, era realmente un enviado suyo. Si no había tales señales no creían. Podríamos decir que sólo ante la evidencia se rendían. Jesucristo se enfrentó contra esa actitud. Les recriminó su incredulidad y se negó a darles aquellos signos que pedían. Les hace ver que lo importante no son realmente los milagros, sino cumplir con la voluntad divina, amar, querer, entregarse con generosidad al cumplimiento de la voluntad de Dios. Ese es el signo distintivo del que es de Dios.

Jesús concretó aún más cuando dijo que nos amáramos los unos a los otros y que en eso conocerían los demás que éramos sus discípulos. Vamos, por tanto, a esforzarnos por ser cada uno un signo vivo de Cristo. Un signo de amor, una señal que convenza y atraiga, una luz que dirija el caminar de los hombres, un reclamo rutilante que haga volver los ojos y el corazón, una especie de anuncio luminoso, una propaganda bien hecha que contribuya al mejoramiento de los hombres. Que nuestra conducta, durante las veinticuatro horas del día, sea un vibrante signo que haga conocer a Jesús, que mueva a quererle y a esperar en él.

“Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos…” (1 Co 1, 23) Pablo se niega a complacer los deseos de los judíos, aquellas exigencias absurdas que, por encima de todo, reclamaban el aparatoso espectáculo de un signo prodigioso, algo sorprendente y definitivo. El Apóstol predica a Cristo, y a Cristo crucificado. Sin importarle en absoluto el escándalo de los judíos que consideraban inadmisible que el Mesías muriera en una cruz. Podemos decir que ese escándalo persiste, y la repulsa también. Sí, todavía hoy existen quienes sueñan e intentan un cristianismo sin cruz, un cristianismo sin dificultades, sin exigencias ni renuncias. Y piensan que en la era del confort y el bienestar no se puede conceder valor alguno al sufrimiento, ni a lo que suponga un mínimo de sacrificio o renuncia.

Pero se engañan a sí mismos, y se autodestruyen, que es peor. Porque al pretender un camino diverso al indicado por Dios, terminan extraviados, perdidos en las más densas tinieblas. Desembocan en un callejón sin salida, el de la angustia y la náusea, el de la desesperación y la muerte… Por eso volvamos los ojos a la Cruz, carguemos con su dulce peso, decididos y animosos, llenos de esperanza y de ilusión.

4.- “Y encontró en el templo a los vendedores…” (Jn 2, 14) Como estaba cercana la Pascua, Jesús sube a Jerusalén. Era una de las fiestas de peregrinación, junto con la de Pentecostés y la de los Tabernáculos. Días en los que se enfervorizaba el pueblo y al compás de un paso regular, a través de largas andaduras, se avanzaba hacia Dios, recordando que la vida entera es para cada uno un éxodo continuo en el que, por los caminos de la tierra, nos dirigimos al cielo.

Cuando Jesús llegó a la explanada del Templo, la preparación de la fiesta se encontraba en plena efervescencia. Los cambistas de moneda atendían a los peregrinos que llegaban de la Diáspora con moneda extranjera y debían cambiar para tener moneda nacional, los vendedores de los animales para el sacrificio hacían su negocio entre la algarabía propia de un mercado. El Señor se llenó de indignación ante aquel cuadro deplorable, indigno de la casa de Dios. Haciendo un látigo con cuerdas arremetió, él solo, contra toda aquella chusma. Es un gesto que nos resulta sorprendente, dada la actitud serena que de ordinario vemos en Jesús. Sin embargo, quiso mostrarnos el furor de su ira para que entendamos lo grave que es hacer un negocio de las cosas de Dios, para que comprendamos cuánto abomina Jesús a quienes en lugar de servir a la Iglesia, se sirven de ella para medrar en lo temporal.

Nunca debemos hacer de la religión un negocio, nunca podemos mezclar los valores de la fe con otros valores materiales, ni servirnos de nuestra condición de católicos para escalar peldaños en la vida social. De lo contrario corremos el peligro de convertir la Iglesia en casa de contratación, en una especie de supermercado de las cosas del espíritu.

Todos debemos reflexionar en la presencia de Dios, pues todos podemos caer en la tentación de buscar intereses materiales a costa de la Iglesia o de quienes la representan, todos podemos convertir nuestras relaciones con Dios en trato de charranes. Ante la Iglesia, es decir ante Jesucristo, la única actitud válida es la de servicio desinteresado y generoso.

El único premio al que tenemos que aspirar por servir a Dios es la recompensa eterna, la paz del alma, la alegría de la renuncia a sí mismos en pro de una causa noble. Esa es nuestra esperanza y nuestro gozo, la de servir y amar como Cristo nos amó y se entregó en redención por muchos. Vivamos siempre con una honda visión de fe, con unas categorías diversas a las que se usan en el comercio o en la política. De lo contrario convertiremos, nosotros también, la casa de Dios en madriguera de truhanes.

Antonio García Moreno