Comentario al evangelio – Sábado II de Cuaresma

Comenzábamos la semana con la invitación de Jesús. “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”. Y la terminamos con la parábola del padre y los dos hijos. El padre fue misericordioso con los dos.  Toda una semana en que hemos orado y reflexionado sobre la misericordia, el perdón, el servicio, la solidaridad, el dar frutos de buenas obras…

En la parábola de hoy vemos que no es solo el hijo menor el que se pierde porque se marcha de casa, sino también el mayor que se queda pero que se encuentra lejos del padre. La parábola es una invitación a confiar en la inmensa misericordia del padre para quien siempre seremos sus hijos queridos. Él respeta siempre nuestras decisiones, pero sufre por sus consecuencias y siempre espera para acogernos de nuevo en casa. Siempre nos tenemos que dejar transformar por este amor inmerecido para reencontrar el camino hacia el Padre y hacia los hermanos y convertirnos en misericordiosos como Él.

En la parábola el padre espera, sale al encuentro, abraza, acoge, celebra porque su bondad no tiene fronteras. Al hijo pequeño le ofrece un perdón sin reservas cuando vuelve al hogar, y al hijo mayor una conversión al amor fraterno. ¡Qué difícil es apreciar la misericordia de Dios desde criterios humanos! Cabe que el relato sea una denuncia si nos sentimos personalizados en el hermano mayor, y cabe que sea una gran esperanza si nos sabemos abrazados por el padre en el hermano menor.

El Papa Francisco comentando esta parábola dice: “Nuestra condición de hijos de Dios es fruto del amor del corazón del Padre, no depende de nuestros méritos o de nuestras acciones, y por ello nadie puede quitárnosla… ¡ni siquiera el diablo! Nadie puede quitarnos esta dignidad. Incluso en las situaciones más feas de la vida Dios me espera, Dios quiere abrazarme, Dios me espera…

El sufrimiento del padre es como el sufrimiento de Jesús cuando nosotros nos alejamos o porque vamos lejos o porque estamos cerca pero sin ser cercanos.

Este evangelio nos enseña que todos tenemos necesidad de entrar en la casa del Padre y participar de su alegría, en la fiesta de la misericordia y de la fraternidad. Hermanos y hermanas, abramos nuestro corazón para ser “misericordiosos como el Padre”.

Os dejo estos pensamientos:

-“Jesús contó la parábola del hijo pródigo para decirnos algo importante: no importa lo que hayas hecho, regresa a casa” (Evan Headrisk).

“Un poco de misericordia hace al mundo menos frío y más justo” (Papa Francisco)

“No es solo olvidar. Perdonar es amar”.

José Luis Latorre, cmf

Meditación – Sábado II de Cuaresma

Hoy es sábado II de Cuaresma.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 15, 1-3.11-32):

En aquel tiempo, viendo que todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle, los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos». Entonces les dijo esta parábola. «Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: ‘Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde’. Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: ‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros’. Y, levantándose, partió hacia su padre.

»Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: ‘Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo’. Pero el padre dijo a sus siervos: ‘Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado’. Y comenzaron la fiesta.

»Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. El le dijo: ‘Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano’. Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: ‘Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!’ Pero él le dijo: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado’».

Hoy leemos, quizás, la más bella de las parábolas de Jesús. Tiene tres protagonistas: los dos hermanos (el hijo «pródigo» y el que se quedó en casa) y el padre bueno. Jesucristo, realmente, en aquel momento se encontraba ante dos «hermanos»: publicanos y pecadores, por un lado; fariseos y letrados, por otro. Con sus palabras, Jesús justificaba su bondad y su acogida para con los pecadores.

Más aún: Jesucristo identifica su bondad hacia los pecadores con la bondad del padre de la parábola. Con su actitud, Jesús se convierte en revelación viviente de quien Él llamaba su «Padre». ¿Cómo ha mostrado Dios su amor misericordioso por los pecadores? Haciendo morir a Cristo por nosotros «cuando todavía éramos pecadores» (Rom 5,8). Jesús no aparece explícitamente en el marco narrativo de su parábola porque vive identificándose con el Padre celestial, recalcando la actitud del Padre en la suya propia. 

—Jesús, a través de la figura del Padre, te veo en el centro de esta parábola como la realización concreta del obrar paterno.

REDACCIÓN evangeli.net

Liturgia – Sábado II de Cuaresma

SÁBADO DE LA II SEMANA DE CUARESMA

Misa de la feria (morado)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Prefacio Cuaresma.

Leccionario: Vol. II

  • Miq 7, 14-15. 18-20. Arrojará nuestros pecados a lo hondo del mar.
  • Sal 102. El Señor es compasivo y misericordioso.
  • Lc 15, 1-3. 11-32. Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido.

Antífona de entrada          Sal 144, 8-9
El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas.

Monición de entrada y acto penitencial
Hermanos, sabiendo que el Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad, y que viene a nosotros para acogernos y alegrarnos, porque es bueno con todos y es cariñoso con todas sus criaturas, iniciemos la celebración de los sagrados misterios pidiéndole perdón por todo aquello que nos aparta de Él.

  • Señor, ten misericordia de nosotros.
    — Porque hemos pecado contra Ti.
  • Muéstranos, Señor, tu misericordia.
    — Y danos tu salvación.

Oración colecta
SEÑOR, Dios nuestro,
que, por medio de los sacramentos,
nos permites, ya en la tierra,
participar de los bienes del cielo,
dirígenos tú mismo en esta la vida,
para que nos lleves
hacia esa luz en la que habitas.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Oremos, hermanos, a Dios Padre, que es compasivo y bueno para con todos y cariñoso con todas sus criaturas.

1.- Para que el Señor, pastor y guía de su pueblo, conduzca a su Iglesia por los caminos de la paz y la reúna en la unidad. Roguemos al Señor.

2.- Para que en la Iglesia no falten nunca celosos evangelizadores que entreguen su vida y su tiempo al anuncio de la Buena Noticia. Roguemos al Señor.

3.- Para que en todos los pueblos, gracias al testimonio de vida evangélica de los cristianos, sean conocidas la bondad y la misericordia de Dios. Roguemos al Señor.

4.- Para que los que viven alejados de Dios a causa del pecado se sientan movidos a volver a él, confiados en su perdón. Roguemos al Señor.

5.- Para que todos nosotros sepamos reconocer nuestras culpas y seamos sinceros en nuestro arrepentimiento y nuestra petición de perdón. Roguemos al Señor.

Dios todopoderoso y eterno, refugio en toda clase de peligro, a quien nos dirigimos en nuestra angustia; te pedimos con fe que mires compasivamente nuestra aflicción, líbranos de la pandemia que nos asola, concede descanso eterno a los que han muerto, consuela a los que lloran, sana a los enfermos, da paz a los moribundos, fuerza a los trabajadores sanitarios, sabiduría a nuestros gobernantes y valentía para llegar a todos con amor glorificando juntos tu santo nombre. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
LLEGUEN hasta nosotros, Señor,
por medio de este sacramento,
los frutos de la redención,
para que nos aparten de los excesos humanos
y nos conduzcan hacia los bienes del cielo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio de Cuaresma

Antífona de comunión          Cf. Lc 15, 32
Deberías alegrarte, hijo, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado.

Oración después de la comunión
SEÑOR, que la gracia recibida de tu sacramento
llegue a lo más hondo de nuestro corazón
y nos comunique su fuerza divina.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre el pueblo
ESTÉN abiertos, Señor, los oídos de tu misericordia
a los ruegos de los que te suplican,
y, para que les concedas lo que desean,
haz que pidan lo que a ti te agrada.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Santoral 6 de marzo

SANTAS PERPETUA, FELICITAS y Compañeros, Mártires (203 d.C)

Las actas del martirio de Santa Perpetua, Santa Felicitas y sus compañeros, constituye uno de los más grandes tesoros hagiológicos que han llegado hasta nosotros. En el siglo IV , se acostumbraba leer públicamente estas cartas en las iglesias de África. El pueblo les profesaba una estima tan grande que San Agustín se vio obligado a publicar una protesta para evitar que se las considerara en plano de igualdad con la Sagrada Escritura. Se trata de un documento puramente humano, como es natural, pero que conserva en forma singularmente vivida las palabras de las dos mártires.

Durante la persecución emprendida por el emperador Severo, fueron arrestados en Cartago cinco catecúmenos, el año 205. Eran éstos Revocato, Felicitas (su compañera de esclavitud, que estaba embarazada desde hacía varios meses), Saturnino, Secúndulo y Vibia Perpetua. Esta última tenía veintidós años de edad, era esposa de un hombre de buena posición y madre de un pequeñín. Sus padres y dos de sus hermanos vivían aún, en tanto que el tercero de sus hermanos, llamado Dinócrates, había muerto a los siete años de edad. A estos cinco prisioneros se unió Saturo, quien les había instruido en la fe y se negó a abandonarles. El padre de Perpetua, de quien ella era la hija predilecta, era un pagano ya bastante entrado en edad; su madre era probablemente cristiana, lo mismo que uno de sus hermanos y el otro era todavía catecúmeno. Los prisioneros fueron puestos bajo vigilancia en una casa particular. Perpetua narra así sus sufrimientos: «Yo estaba todavía con mis compañeros. Mi padre, que me quería mucho, trataba de darme razones para debilitar mi fe y apartarme de mi propósito. Yo le respondí: «Padre, ¿no ves ese cántaro o jarro, o como quieras llamarlo?… ¿Acaso puede llamarlo con un nombre que no lo designe por lo que es?» «No», replicó él. «Pues tampoco yo puedo llamarme por un nombre que no signifique lo que soy: cristiana». Al oír la palabra «cristiana», mi padre se lanzó sobre mí y trató de arrancarme los ojos, pero sólo me golpeó un poco, pues mis compañeros le detuvieron… Yo di gracias a Dios por el descanso de no ver a mi padre durante algún tiempo… En esos días recibí el bautismo y el Espíritu me movió a no pedir más que la gracia de soportar el martirio. Al poco tiempo, nos trasladaron a una prisión, donde yo tuve mucho miedo, pues nunca había vivido en tal oscuridad. ¡Qué horrible día! El calor era insoportable, pues la prisión estaba llena. Los soldados nos trataban brutalmente. Para colmo de males, yo tenía ya dolores de vientre. Entonces Tercio y Pomponio, los dos santos diáconos que nos llevaban los sacramentos, pagaron a los soldados para que nos trasladasen, durante algunas horas, a un rincón menos malo de la prisión y nos diesen algún alivio. Todos los hombres se alejaron un poco y yo amamanté a mi hijito, que estaba muy débil por falta de alimento. Manifesté a mi madre la pena que esto me causaba, alenté a mi hermano y encargué a los dos que cuidaran a mi hijito. Me daba mucha pena verlos sufrir por mí. Durante varios días estuve muy abatida; por fin conseguí que me permitiesen que mi niño se quedase conmigo en la prisión; esto me quitó la principal de mis preocupaciones, con lo cual recobré inmediatamente la salud, de suerte que la cárcel empezó a parecerme un palacio, en el que estaba yo más feliz que en cualquier otra parte.

«Mi hermano me dijo un día: ‘Hermana, ahora gozas de gran favor en el cielo; pide a Dios que te dé a conocer si te espera el martirio o la libertad.’ Yo sabía que Dios no podía dejar de escucharme porque yo sufría por Su causa y le dije, llena de confianza: ‘Mañana te daré la respuesta de Dios, hermano’. Oré, pues, a Dios, y su respuesta fue la siguiente: Vi una escalera de oro, extraordinariamente larga, que ascendía hasta el cielo, pero tan estrecha, que sólo una persona podía subir. A ambos lados había toda clase de armas colgadas: espadas, lanzas, garfios, puñales. Se hallaban dispuestas de tal modo, que quien subía descuidadamente, sin mirar hacia arriba, recibía inmediatamente una multitud de heridas. Al pie de la escalera había un inmenso dragón, que acechaba a los que querían subir y trataba de impedirles que lo hicieran. El primero en subir fue Saturo, quien se había entregado espontáneamente por nosotros, pues él nos había instruido en la fe y se hallaba ausente en el momento que nos hicieron prisioneros. Al llegar a lo alto de la escalera, Saturo se volvió y me dijo: ‘Perpetua, aquí te espero; pero cuídate de que no te muerda el dragón’. Yo le respondí: ‘En el nombre de Jesucristo, no me morderá’. Al punto, el dragón apartó su cabeza, como si me tuviese miedo, y la colocó sobre el primer escalón, de suerte que para dar el primer paso tuve que pisarle la frente. Seguí subiendo y vi un gran jardín, en cuyo centro se hallaba un hombre alto y de cabello blanco, vestido de pastor, ordeñando sus ovejas; alrededor había millares de personas vestidas de blanco. El hombre levantó la cabeza, fijó en mí sus ojos y me dijo: ‘Bienvenida, hija mía.’ Y me llamó y me dio unos quesos; yo los lomé en mis manos y me los comí; y todos los que nos rodeaban decían Amén. Desperté al oír esa palabra y mi boca tenía todavía un aroma muy agradable. Inmediatamente conté lo sucedido a mi hermano y ambos comprendimos que nos esperaba el martirio y renunciamos a toda esperanza de este mundo.

«Poco después, corrió el rumor de que nos iban a juzgar. Mi padre vino desde la ciudad, muy angustiado, con el intento de apartarme de mi resolución. Me dijo: ‘¡Hija mía; apiádate de mis canas! Ten piedad de tu padre, si es que soy digno de que me llames padre; apiádate de mí que te he educado y te he preferido siempre a tus hermanos. No tienes nada que reprocharme. Piensa en tu madre y en la hermana de tu madre; piensa sobre todo en tu hijo, que no podrá sobrevivirte. Depón tu orgullo y no nos arruines, pues jamás podremos volver a hablar como hombres libres, si te sucede algo.’ Así habló mi padre, lleno de amor por mí, besando mis manos y arrodillado delante de mí; estaba tan conmovido, que ya no me decía ‘hija’ sino ‘señora’. Esto me hizo sufrir, pues comprendía que mi padre sería el único de los míos que no se regocijaría de mi martirio. Le consolé como pude, diciéndole: ‘Las cosas sucederán como Dios lo disponga, pues estamos en Sus manos y no en las nuestras.’ Y mi padre partió muy angustiado. Otro día, cuando estábamos comiendo, nos llamaron súbitamente a juicio y nos condujeron a la plaza del mercado. La noticia se había extendido rápidamente y había acudido una enorme multitud. Nos colocaron en una plataforma frente al juez, que era Hilariano, el procurador de la provincia, pues el precónsul acababa de morir. Todos los que fueron juzgados antes de mí confesaron la fe. Cuando me llegó el turno, mi padre se aproximó con mi hijo en brazos y, haciéndome bajar de la plataforma, me suplicó: ‘Apiádate de tu hijo’. El presidente Hilariano se unió a los ruegos de mi padre, diciéndome: ‘Apiádate de las canas de tu padre y de la tierna infancia de tu hijo. Ofrece sacrificios por la prosperidad de los emperadores.’ Yo respondí: ¡No! ‘¿Eres cristiana?’, me preguntó Hilariano. Yo contesté: ‘Sí, soy cristiana.’ Como mi padre persistiese en tratar de apartarme de mi resolución, Hilariano mandó que le echasen fuera y los soldados le golpearon con un bastón. Eso me dolió como si me hubiesen golpeado a mí, pues era horrible ver que maltrataran a mi padre iniciarlo. Entonces el juez nos condenó a todos a las fieras y volvimos llenos gozo a la prisión. Como mi hijo estaba acostumbrado al pecho, rogué a Pomponio que le trajese a la prisión, pero mi padre se negó a dejarle venir. Pero Dios dispuso las cosas de suerte que mi hijo no extrañó el pecho y a mí no me hizo sufrir la leche de mis pechos.»

Según parece, Secúndulo había muerto en la prisión antes del juicio. Antes de dictar la sentencia, Hilariano había mandado azotar a Revocato y Saturnino y abofetear a Perpetua y Felicitas. Se reservó a los mártires para los espectáculos que se iban a ofrecer a los soldados durante las fiestas de Geta, a quien su padre, Severo, había nombrado César cuatro años antes, en tanto que había nombrado Augusto a su hijo Caracala.

Santa Perpetua relata así otra de sus visiones: «Pocos días después, mientras estaba yo orando, se me escapó el nombre de Dinócrates. La cosa me sorprendió mucho, pues yo no estaba pensando en él. Al punto comprendí que debía orar por él y así lo hice con gran fervor e insistencia. Esa misma noche tuve una visión. Vi a Dinócrates salir, sudoroso y sediento, de un sitio muy oscuro en el que había muchas personas; en su pálido rostro se veía la herida que tenía al morir. Dinócrates era mi hermano según la carne y había muerto a los siete años, consumido por una terrible gangrena facial. Por él estaba yo orando; pero entre los dos había un gran abismo, de modo que no podíamos aproximarnos. Cerca de él había una fuente; pero el borde era bastante alto, de suerte que Dinócrates tuvo que ponerse de puntas para poder beber. Pero ni en esa forma logró alcanzar el agua, porque el borde era demasiado alto para él; al despertarme, comprendí que mi hermano se hallaba en un sitio de sufrimientos. Sin embargo, sentí una gran confianza en que podía ayudarle y pedí a Dios por él hasta el día en que nos transladaron a la prisión del cuartel, pues estábamos destinados a luchar con las fieras, durante las fiestas que iban a celebrarse en el cuartel en honor del cesar Geta. Yo seguí pidiendo día y noche por mi hermano, con muchas lágrimas. Cuando se acercaba el día del martirio tuve una visión. Vi el mismo sitio en que antes se hallaba mi hermano, pero ahora estaba lleno de luz. Dinócrates estaba limpio, bien vestido y muy fresco; donde antes estaba la herida del rostro, sólo había ahora una cicatriz; y el borde de la fuente le que- daba ahora a la altura del pecho; el agua brotaba constantemente y sobre el borde había una vasija de oro llena de agua. Dinócrates se acercó y empezó a beber y el agua de la vasija no se agotaba. Dinócrates bebió hasta saciarse y después se alejó, jugando como un niño. Yo desperté, segura de que ya no sufría.

«Unos cuantos días después, Pudente, el jefe de la prisión, empezó a mostrarnos cierta consideración y a permitir que nos visitasen, pues se había dado cuenta de nuestro gran poder. Poco antes del día de las fiestas, mi padre vino a verme, abrumado de dolor, y comenzó a mesarse la barba, a echarse al suelo, a maldecir su ancianidad y a decir cosas que habrían conmovido al más duro de los hombres. Yo sentí una gran compasión por él.

«La víspera del día del martirio tuve otra visión. Vi al diácono Pomponio aproximarse y llamar estruendosamente a la puerta de la prisión. Fui a abrirle y le encontré vestido con una túnica sin ceñidor y calzado con unos zapatos muy extraños. Pomponio me dijo: ‘Perpetua, te estamos esperando; ven conmigo’. Entonces me tomó por la mano y echamos a andar penosamente por un sendero áspero y desagradable, hasta que llegamos al anfiteatro. Pomponio me condujo hasta el centro del circo y me dijo: ‘No tengas miedo; yo estoy contigo y sufriré contigo: Después se alejó. Yo levanté los ojos y vi una inmensa multitud. Como yo sabía que estaba condenada a las fieras, me extrañó no ver ninguna en la arena. Entonces apareció un desagradable egipcio con sus servidores para luchar contra mí. Pero al mismo tiempo, apareció una tropa de jóvenes que venían a defenderme. Cambiaron mis vestidos por los de un hombre y me ungieron con aceite para el combate; y vi que el egipcio mordía el polvo delante de mí entonces apareció un hombre tan alto, que su cabeza sobresalía por encima del anfiteatro; estaba vestido con una túnica de púrpura sin ceñidor y en el centro de su pecho colgaban dos listones; sus sandalias estaban curiosamente tejidas con oro y plata; tenía un bastón como el de los jefes de los atletas y en las manos llevaba una bandeja verde con manzanas de oro. Ordenó a la multitud que se callara y dijo: ‘Si el egipcio vence a Perpetua, tendrá derecho a da pitarla con la espada; y si Perpetua vence al egipcio, recibirá en premio esta bandeja.’ Después de decir esto, se retiró. Y el egipcio y yo empezamos a golpearnos. El egipcio trataba de cogerme por los pies, pero yo no dejaba de golpearle el rostro con los talones; y empecé a volar y a darle golpes por arriba. Viendo que la lucha iba decayendo, me froté las manos. Logré cogerle la cabeza y hacerle caer de bruces; entonces puse el pie sobre su rostro. La multitud lanzó grandes gritos, en tanto que mis acompañantes cantaban salmos. Y yo me acerqué al jefe de los atletas, quien me entregó la charola, me besó y me dijo: ‘La paz sea contigo, hija mía.’ Y yo me aproximé triunfalmente a la Puerta de la vida.[1] En ese mismo instante desperté. Entonces comprendí que mi combate no iba a ser contra las fieras, sino contra el demonio, pero que saldría victoriosa. Esto lo escribí hasta la víspera de los juegos; lo que sucedió en los juegos lo escribirá quien se sienta llamado a ello.»

San Saturo nos dejó también escrita una visión que tuvo. Los ángeles le condujeron junto con sus compañeros a un hermoso huerto, donde encontramos los mártires Jocundo, Saturnino y Artaxio, que habían perecido recientemente en la hoguera, y a Quinto, que había muerto en la prisión. Después los llevaran los ángeles a un palacio luminoso, donde se hallaba sentado un anciano de cabellos blancos y rostro de joven, «cuyos pies no veíamos»; a la diestra y a la siniestra del Anciano estaban otros muchos ancianos que cantaban al unisón: “Santo, Santo, Santo.” Saturo y sus compañeros se detuvieron ante el trono besamos al Anciano, quien pasó su mano sobre nuestros rostros.[2] Y los otros ancianos nos dijeron: «Levantaos». Y nos levantamos y les dimos el beso de la paz. Entonces los ancianos nos dijeron: «Id a luchar». Saturo dijo a Perpetua: “Ya tienes todo lo que puedes desear”. Perpetua replicó: «Alabado sea Dios, que me dio la felicidad en el mundo y me ha dado aquí una felicidad todavía mayor”. Sáturo añade que al salir, encontraron delante de la puerta a su obispo Optato y a un sacerdote llamado Aspasio, que estaban solos y tristes. Ambos se postraron a los pies de los mártires y les rogaron que les reconciliasen, pues habían tenido un pleito. Cuando Perpetua se hallaba conversando con ellos, «bajo un árbol de rosas», los ángeles ordenaron a los dos clérigos que se reconciliasen y dijeron a Optato que acabase con los partidos en su iglesia. Sáturo añade: Entonces empezamos a reconocer a muchos mártires y nos dio fuerza un perfume indescriptible y delicioso. Desperté con el alma llena de gozo.»

Probablemente un testigo presencial completó las actas. Felicitas tea miedo de que se la privase del martirio, porque generalmente no se condenaban a pena capital a las mujeres embarazadas. Todos los mártires oraron por ella y así dio a luz a una hija en la prisión; uno de los cristianos adoptó a la niña. El alcalde de la prisión, temiendo que los cautivos empleasen algún conjuro mágico para escapar, les trataba rudamente y había prohibido todas las visitas; pero Perpetua habló con él y a raíz de esa conversación, empezó a tratar mejor a los prisioneros y permitió que recibiesen la visita de algunos de sus amigos. Por otra parte, el carcelero Pudente, «que había llegado a la fe», hacía cuanto podía por los mártires. La víspera del martirio se les ofreció, según la costumbre, una comida pública llamada «la fiesta gratuita»; los prisioneros se esforzaron por convertirla en un ágape o «fiesta de amor» y hablaron a todos del juicio de Dios y del gozo con que iban al martirio. Su valor asombró a los paganos y produjo numerosas conversiones.

El día del martirio, los prisioneros salieron de la cárcel como si fuesen al cielo. Abrían la marcha los hombres; detrás de ellos iba Perpetua «cuyos ojos brillaban de tal modo, que hacían bajar las miradas de los circunstantes», junto con Felicitas, «la cual se sentía muy dichosa al pasar de manos de la partera a las del verdugo para recibir, después de sus dolores, la purificación de un segundo martirio». A las puertas del anfiteatro, los guardias intentaron hacer que los hombres revistiesen las túnicas de los sacerdotes de Saturno y las mujeres el vestido consagrado a Ceres; pero Perpetua se resistió tan vigorosamente, que los guardias acabaron por dejarles entrar en la arena con sus propios vestidos. La multitud, furiosa al ver la valentía de los mártires, pidió a gritos que les azotaran; así pues, cada uno de ellos recibió un latigazo al pasar frente a los gladiadores. Saturnino había pedido que le echasen encima diferentes fieras para que su corona fuese más gloriosa; de acuerdo con su deseo, él y Revocato tuvieron que hacer frente primero a un leopardo y luego a un oso. Por su parte, Saturo, que tenía mucho miedo a los osos, hubiese querido que un leopardo acabase rápidamente con él. Le echaron un jabalí, que se volvió contra el domanor y le mordió, de suerte que éste murió pocos días después, en cambio, a Saturo sólo le arrastró por la arena. Entonces los guardias ataron al mártir y le pusieron frente a un oso; pero éste no quiso salir de su jaula y hubo que dejar el martirio de Saturo para más tarde. Esto le proporcionó la oportunidad de hablar con Pudente, el carcelero, que se había convertido. Saturo le animó, diciéndole: «Y a ves que, como lo había yo deseado y predicho, ninguna fiera se ha atrevido a tocarme. Cree firmemente. Mira: la próxima vez me van a echar a un leopardo que acabará conmigo de una sola mordida.» Así sucedió; un leopardo saltó sobre él y le dejó cubierto de sangre en un instante. La multitud daba alaridos y gritaba: «¡Ahora sí está bien bautizado!» El mártir, ya agonizante, dijo a Pudente: «¡Adiós! Conserva la fe, acuérdate de mí, y que esto sirva para confirmarte y no para confundirte.» Y . tomando el anillo del carcelero, lo mojó en su propia sangre, lo devolvió a Pudente y murió. Así fue a esperar a Perpetua, como ésta lo había predicho.

Perpetua y Felicitas fueron arrojadas a una vaca salvaje. La fiera atacó primero a Perpetua, quien cayó de espaldas; pero la mártir se sentó inmediatamente, se cubrió con su túnica desgarrada y se arregló un poco los cabellos para que la multitud no creyese que tenía miedo. Después fue a reunirse con Felicitas, que yacía también por tierra. Juntas esperaron el siguiente ataque de la fiera; pero la multitud gritó que con eso bastaba; los guardias las hicieron salir por la Puerta Sanavivaria, que era por donde salían los gladiadores victoriosos. Al pasar por ahí, Perpetua volvió en sí de una especie de éxtasis y preguntó si pronto iba a enfrentarse a las fieras. Cuando le dijeron lo que había

sucedido, la santa no podía creerlo, hasta que vio sobre su cuerpo y sus vestidos las señales de la lucha. Entonces llamó a su hermano y al catecúmeno Rústico y les dijo: «Permaneced firmes en la fe y guardad la caridad entre vosotros; no dejéis que los sufrimientos se conviertan en piedra de escándalo.» Entre tanto, la veleidosa muchedumbre pidió que las mártires compareciesen nuevamente; así se hizo, con gran gozo de las dos santas. Después de haberse dado el beso de paz, Felicitas fue decapitada por los gladiadores. El verdugo de Perpetua, que estaba m u y nervioso, erró el primer golpe, arrancando u n grito a la mártir; ella misma tendió el cuello para el segundo golpe. » Tal vez porque una mujer tan grande… sólo podía morir voluntariamente.»

En 1907, el P. Delattre descubrió y restauró una antigua inscripción en la basílica Majorum de Cartago. En dicha basílica habían sido enterrados los cuerpos de los mártires, según lo dice expresamente Víctor Vitense, un obispo africano del siglo V que había visitado la tumba. El contenido de la inscripción es el siguiente: «Aquí reposan los mártires Sáturo, Saturnino, Revocato, Secúnilulo, Felicitas y Perpetua, quienes sufrieron en las nonas de marzo.» Sin embargo, no es posible afirmar con toda certeza que esa inscripción sea precisamente la de la losa sepulcral de los mártires. El día en que se conmemora su martirio es el de las nonas de marzo (7 de marzo) ; pero su fiesta ha sido trasladada al 6 del mismo mes para evitar que coincida con la de Santo Tomás de Aquino. Estos mártires aparecen en todos los calendarios y martirologios antiguos, como por ejemplo en el calendario filocaliano de Roma (354 d.C.) y en el calendario sirio, redactado probablemente en Antioquía, a fines del siglo IV.

Naturalmente existe una literatura muy amplia sobre las actas de las santas Felicitas y Perpetua. Los principales textos griegos y latinos se encuentran en la edición de Armilage Robinson, Texis and Studies, vol. I, pte. 2. Entre las traducciones inglesas, citaremos la de R. W. Muncey, The Passion of St. Perpetua, (1927), y E. C. E. Owen, Some lets of the Early Martyrs (1927). Pero la mejor obra es la de W. H. Shewring, The Passion of Perpetua and Felicity (1931), con un texto latino y una introducción excelente. Actualmente se ha abandonado casi del todo la teoría de que el texto primitivo era en griego, traducido posteriormente al latín. Ningún autor admite la curiosa hipótesis de Hilgenfeld de que las actas fueron originalmente redactadas en lengua púnica. Muchos historiadores, entre los que se cuenta el P. Adhémar d’Ales, se inclinan a creer que Tertuliano fue el editor de las actas. Una de las razones en que se apoya esta teoría es que en las actas aparecen las huellas de las doctrinas y la fraseología montañistas; pero, como lo ha demostrado Delehaye, esas huellas son ligerísimas y no bastan para identificar las actas con cualquier especie de doctrinas heréticas. Ver Delehaye. Les Passions des martyrs et les genres littéraires (1921), pp. 63-72, Cf. Monceaux, Histoire Iittéraire de l’Afrique chrétienne I, pp. 70-96, y A. J. Masón, Historie Martyrs, (1905), pp. 77-106.

Alan Butler


[1] «Porta sanavivaria». Ver el penúltimo párrafo de este artículo.

[2] Cf. Apocalipsis, VII, 17: “Y Dios secará las lágrimas de sus ojos”.

Laudes – Sábado II de Cuaresma

LAUDES

SÁBADO II CUARESMA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Señor, ábreme los labios.
R/. Y mi boca proclamará tu alabanza

INVITATORIO

Se reza el invitatorio cuando laudes es la primera oración del día.

SALMO 66: QUE TODOS LOS PUEBLOS ALABEN AL SEÑOR

Ant. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Dame tu mano, María,
la de las toscas moradas;
clávame tus siete espadas
en esta carne baldía.
Quiero ir contigo en la impía
tarde negra y amarilla.
Aquí, en mi torpe mejilla,
quiero ver si se retrata
esa lividez de plata,
esa lágrima que brilla.

¿Dónde está ya el mediodía
luminoso en que Gabriel,
desde el marco del dintel,
te saludó: «Ave, María»?
Virgen ya de la agonía,
tu Hijo es el que cruza ahí.
Déjame hacer junto a ti
ese augusto itinerario.
Para ir al monte Calvario,
cítame en Getsemaní.

A ti doncella graciosa,
hoy maestra de dolores,
playa de los pecadores,
nido en que el alma reposa,
a ti, ofrezco, pulcra rosa,
las jornadas de esta vía.
A ti, Madre, a quien quería
cumplir mi humilde promesa.
A ti, celestial princesa,
Virgen sagrada María. Amén.

SALMO 91: ALABANZA DEL DIOS CREADOR

Ant. Por la mañana proclamamos, Señor, tu misericordia y de noche tu fidelidad.

Es bueno dar gracias al Señor
y tocar para tu nombre, oh Altísimo,
proclamar por la mañana tu misericordia
y de noche tu fidelidad,
con arpas de diez cuerdas y laúdes,
sobre arpegios de cítaras.

Tus acciones, Señor, son mi alegría,
y mi júbilo, las obras de tus manos.
¡Qué magníficas son tus obras, Señor,
qué profundos tus designios!
El ignorante no los entiende
ni el necio se da cuenta.

Aunque germinen como hierba los malvados
y florezcan los malhechores,
serán destruidos para siempre.
Tú, en cambio, Señor,
eres excelso por los siglos.

Porque tus enemigos, Señor, perecerán,
los malhechores serán dispersados;
pero a mí me das la fuerza de un búfalo
y me unges con aceite nuevo.
Mis ojos despreciarán a mis enemigos,
mis oídos escucharán su derrota.

El justo crecerá como una palmera,
se alzará como un cedro del Líbano:
plantado en la casa del Señor,
crecerá en los atrios de nuestro Dios;

en la vejez seguirá dando fruto
y estará lozano y frondoso,
para proclamar que el Señor es justo,
que en mi Roca no existe la maldad.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Por la mañana proclamamos, Señor, tu misericordia y de noche tu fidelidad.

CÁNTICO del DEUTERONOMIO: BENEFICIOS DE DIOS PARA CON SU PUEBLO

Ant. Dad gloria a nuestro Dios.

Escuchad, cielos, y hablaré;
oye, tierra, los dichos de mi boca;
descienda como lluvia mi doctrina,
destilo como rocío mi palabra;
como llovizna sobre la hierba,
como orvallo sobre el césped.

Voy a proclamar el nombre del Señor:
dad gloria a Dios nuestro.
Él es la Roca, sus obras son perfectas,
sus caminos son justos,
es un Dios fiel, sin maldad;
es justo y recto.

Hijos degenerados, se portaron mal con él,
generación malvada y pervertida.
¿Así le pagas al Señor,
pueblo necio e insensato?
¿No es él tu padre y tu creador,
el que te hizo y te constituyó?

Acuérdate de los días remotos,
considera las edades pretéritas,
pregunta a tu pobre, y te lo contará,
a tus ancianos, y te lo dirán:

Cuando el Altísimo daba a cada pueblo su heredad
y distribuía a los hijos de Adán,
trazando las fronteras de las naciones,
según el número de los hijos de Dios,
la porción del Señor fue su pueblo,
Jacob fue el lote de su heredad.

Lo encontró en una tierra desierta,
en una soledad poblada de aullidos:
lo rodeó cuidando de él,
lo guardó como a las niñas de sus ojos.

Como el águila incita a su nidada,
revolando sobre los polluelos,
así extendió sus alas, los tomó
y los llevó sobre sus plumas.

El Señor solo los condujo,
no hubo dioses extraños con él.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dad gloria a nuestro Dios.

SALMO 8: MAJESTAD DEL SEÑOR Y DIGNIDAD DEL HOMBRE

Ant. ¡Qué admirable es tu nombre, Señor, en toda la tierra!

Señor, dueño nuestro,
¡qué admirable es tu nombre
en toda la tierra!

Ensalzaste tu majestad sobre los cielos.
De la boca de los niños de pecho
has sacado una alabanza contra tus enemigos,
para reprimir al adversario y al rebelde.

Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que has creado,
¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él,
el ser humano, para darle poder?

Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad,
le diste el mando sobre las obras de tus manos,
todo lo sometiste bajo sus pies:

rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar,
que trazan sendas por el mar.

Señor, dueño nuestro,
¡qué admirable es tu nombre
en toda la tierra!

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. ¡Qué admirable es tu nombre, Señor, en toda la tierra!

LECTURA: Is 1, 16-18

«Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien; buscad el derecho, enderezad al oprimido; defended al huérfano, proteged a la viuda. Entonces, venid, y litigaremos —dice el Señor—. Aunque vuestros pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve; aunque sea rojos como escarlata, quedarán como lana.»

RESPONSORIO BREVE

R/ Él me librará de la red del cazador.
V/ Él me librará de la red del cazador.

R/ Me cubrirá con sus plumas.
V/ Él me librará

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Él me librará de la red del cazador.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.

Benedictus. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR. Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por la boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.

PRECES

Demos gracias, siempre y en todo lugar, a Cristo, nuestro Salvador, y supliquémosle, diciendo:

Ayúdanos, Señor, con tu gracia.

Concédenos guardar sin mancha nuestros cuerpos,
— para que el Espíritu Santo pueda habitar en ellos.

Desde el comienzo del día acrecienta en nosotros el amor a nuestros hermanos
— y el deseo de cumplir tu voluntad durante toda la jornada.

Danos hambre del alimento que perdura y da vida eterna,
— y que tú diariamente nos proporcionas.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Que tu Madre, refugio de pecadores, interceda por nosotros,
— para que obtengamos el perdón de nuestros pecados.

Con la misma confianza que nos da nuestra fe, acudamos ahora al Padre, diciendo, como nos enseñó Cristo:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, Dios nuestro, que, por medio de los sacramentos, nos permites participar de los bienes de tu reino ya en nuestra vida mortal, dirígenos tú mismo en el camino de la vida, para que lleguemos a alcanzar la luz en la que habitas con tus santos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.