El Templo

1.- Para entender el pasaje del evangelio de hoy, es preciso tener unas nociones previas. Un templo, al contrario de lo que pensamos comúnmente, no es un edificio con paredes y techo. Un templo es un lugar de encuentro con Dios. Esta idea la realizaban los antiguos cananeos levantando una explanada un poco elevada sobre el terreno. Se trataba de que al dios que estaba en lo alto, se le facilitase el camino. Se solicitaba su presencia y, para que fuera mas corto su trecho, el hombre se subía un poco. Templos de estos se conservan bastantes por aquellas tierras bíblicas. Son simples superficies donde existía un altar y junto al cual se situaba el sacerdote del lugar, que era quien recibía los sacrificios. Claro que, después del éxodo por el desierto, se le añadió otra idea: que el templo era la morada de Dios entre los hombres. Lo fue así el que tuvo el pueblo de Israel, mientras peregrinaba. Se trataba de un sencillo cercado de cortinas finas y, en su interior, en el centro, estaba la morada o santuario o tienda del encuentro, como quiera llamársele. En ella se guardaba el Arca de la Alianza con el propiciatorio, encima del cual lucían las dos preciosas figuras angelicales de oro.

Estaban allí las lápidas con la Ley escrita, la vara de Aarón y un poco de Maná. También el altarcillo de oro y la Menorá. El periodo de vida nómada se acabó, se perdieron algunos objetos y se preparó en Jerusalén, ahora ya de manera permanente y fija, una gran superficie donde, en su centro, se alzaba el Santuario, una mansión completamente vacía, que expresaba así la naturaleza espiritual del Dios de Israel. Que no por espiritual dejaba por ello de ser real.

2.- Delante del Santuario de este templo, se levantaba un enorme altar, donde los israelitas ofrecían sacrificios, un almacén para la leña, otro para el aceite otro para el dinero etc. Alrededor de este conjunto arquitectónico había una balaustrada que señalaba la frontera entre este lugar sagrado, y exclusivo de los judíos, y el resto de la gran explanada, superficie esta mayor que 4 campos de fútbol de los de hoy. ¿Para qué servía todo ese espacio? Para diversos fines. En primer lugar era una escuela de doctrina bíblica, Jesús a los doce años se quedó allí con los rabinos, Pablo estudió a los pies de Gamaliel, hizo lo que hoy llamaríamos un master. Otras finalidades al canto. Hay que tener en cuenta que resultaba prácticamente imposible trasportar un cordero a Jerusalén, para ofrecerlo en sacrificio, desde una gran distancia. Los israelitas, pues, llevaban dinero y lo compraban allí, en el gran escampado. Otros, gente pobre, vendían pichones o tórtolas, que los podían haber cazado en el campo, donde abundaban y así obtener algo para su sustento. Las limosnas que se daban en el Templo debían ser en moneda de curso legal del lugar y los que llegaban podían venir con dinero acuñado en el extranjero, que era necesario cambiar. Así que lo que empezó como un trueque muy honesto, se fue convirtiendo, poco a poco, en un ventajoso negocio, amparado por la costumbre permisiva, en el lugar sagrado, morada predilecta de Dios.

3.- Purificar el lugar, y que fuera de uso exclusivamente sagrado, era necesario. La acción del Señor la realizó en esta gran explanada. Su actitud radical era una demostración de que no quería para nada que lo que era lugar sagrado, se convirtiese en negocio abusivo. Tal vez hoy debería plantearse algo semejante Su violencia fue controlada, así que a la pobre gente de las avecillas, que lo hacía para ganarse un poco la vida, sin aprovecharse injustamente del lugar, se limitó a decirles que debían marcharse. Y cuando le preguntaron porque lo hacía, recordó su autoridad, recurriendo a la prueba de que era señor del Templo, símbolo de su cuerpo, que destruido por la muerte, en tres días, sería capaz de resucitar.

¿Sentimos un celo igual por nuestros signos sagrados y nuestras iglesias? ¿Nos indignan las profanaciones que se hacen de ellos? Nuestras respuestas deberán ser acordes con los tiempos, pero la indiferencia no es, a menudo, tolerancia, sino simple cobardía, pereza y miedo

Pedrojosé Ynaraja