Jesús en la paz de nuestras conciencias

1.- Parece interesante adentrarme un tanto en el comentario más personal de los textos de la Misa de este Domingo Tercero de Cuaresma. Y así se destaca por sí sola la frase: “Porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre”, tal como dice el evangelista San Juan. Nosotros mismos, muchas veces, no sabemos bien lo que circula en nuestro interior. Nos sorprenden en ocasiones actitudes –incluso aptitudes– inesperadas. Pero Jesús nos conoce y por eso pone las cosas en su sitio. El Evangelio de esta semana podría parecer duro. Podría pensarse que Jesús promueve un gran escándalo en el templo. Y no es así. No se produjo ningún escándalo que habría traído la intervención militar de los romanos.

2.- Y Jesucristo –que es pacífico y manso– se fabrica un zurriago y arrea contra vendedores de animales y cambistas. Las actividades de esos mercaderes eran necesarias porque los sacrificios de animales formaban parte de Ley y, a su vez, el Templo de Jerusalén tenía su propia moneda, virtual símbolo de independencia frente al poder romano que imponía la circulación de su dinero en Israel. Jesús expulsa a los mercaderes porque leyó en el interior de aquellos hombres que no había otra cosa que avaricia y lejanía del amor divino. No actuaban como un instrumento de Dios, sino más bien en unos especuladores del hecho religioso. Y a veces ese tipo de exceso relacionado con la religión no tiene un afloramiento claro en la relación habitual de unos hombres con otros. Pero si es perfectamente sabida por quien conoce al hombre profundamente: por Dios. Y es obvio que todo creyente sabe –o, al menos, sospecha– que sus pensamientos fluyen hacia arriba y que Dios los conoce. Incluso, muchas veces llegan impresiones a nuestro interior de que Él nos conoce mejor que nosotros mismos.

3.- Será, precisamente, esa comunión de pensamientos con Dios la que explique mejor el texto de la Carta del Apóstol San Pablo a los Corintios. La muerte de Jesucristo en la cruz fue escándalo para los judíos y necedad para los griegos. Morir en el suplicio, por “delitos” de contenido religioso era un gran escándalo para el pueblo judío. Para el racionalismo de los occidentales, de los griegos y romanos, parecía una gran necedad. Y, sin embargo, es nuestra comunicación personal con Dios, la que da sentido –y significado exacto– al sacrificio de la Cruz. Pero sin Dios no se puede entender la Cruz, porque esa no es una muerte ritual, ni tampoco la culminación de un comportamiento masoquista; se trata de un ofrecimiento por los demás y de un mensaje eterno para interpretar convenientemente el sufrimiento y el dolor que alguna vez puede llegarnos.

El aludido fragmento de la Carta de San Pablo es muy actual, porque en estos tiempos hay muchos ejemplos de creyentes escandalizados por actitudes cristianas sublimes, las cuales son interpretadas como autenticas tonterías por aquellos que viven fuera de la fe. Y siempre será igual. Pero para los que seguimos a Jesús nos ayuda precisamente su presencia fehaciente, la cual comienza por la “sospecha” de que el ya está en nuestros pensamientos mucho antes de que nosotros los hayamos dado curso.

Ángel Gómez Escorial