Predicar a Cristo crucificado

Desde hace tiempo, en diferentes reuniones y encuentros eclesiales, al constatar la difícil realidad que estamos viviendo en la Iglesia, en nuestras parroquias, asociaciones, movimientos, diócesis… y también en la sociedad, no faltan quienes, en un momento dado, dicen: “Hay que ser positivos, optimistas, dejemos de hablar en negativo”. Sin embargo, la realidad es la que es, y pretender disfrazarla u ocultarla con mensajes supuestamente “positivos” es no querer ver las cosas tal como son, porque nos sentimos impotentes ante ellas y preferimos no pensar y evadirnos.

Desde el Miércoles de Ceniza estamos diciendo que la Cuaresma, esta Cuaresma que estamos viviendo en la dura y difícil situación personal, familiar, laboral, eclesial, social, económica, sanitaria, política… es un tiempo favorable, de salvación, pero eso no significa que queramos “ser positivos y optimistas” hablando fácilmente de esperanza, de la alegría de la Pascua… porque la realidad es la que es y, como dijo el Papa Francisco, “la esperanza no es optimismo, no es esa capacidad de mirar las cosas con buen ánimo e ir adelante, y no es tampoco sencillamente una actitud positiva. Esto es algo bueno, pero no es la esperanza” (29 octubre 13).

La Cuaresma contiene un mensaje de esperanza porque su final es la Resurrección de Cristo, y “la esperanza se diferencia del mero optimismo, según el cual las cosas acaban siempre por arreglarse de alguna manera. La esperanza va mucho más lejos y es más profunda. Es la certeza de que la monotonía triste y el peso de la vida diaria, la desigualdad y la injusticia del mundo, la realidad del mal y del sufrimiento no van a tener la última palabra”.

Por eso, si queremos hacer llegar a las personas de hoy el mensaje de esperanza de la Cuaresma, de modo que resulte significativo para ellas, las palabras de Pablo en la 2ª lectura tienen que resonar con toda su fuerza: Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo… necedad… pero para los llamados… fuerza de Dios y sabiduría de Dios.

Pero como hemos dicho, predicar a Cristo crucificado sigue provocando escándalo y parece necedad, porque la cruz es algo malo y simboliza todo el mal del mundo y “hay que ser positivos y optimistas”., pero nosotros no predicamos “la cruz” sola: nosotros predicamos a Cristo crucificado. El Hijo de Dios hecho hombre clavado en la cruz es la manifestación plena del poder del amor que, “crucificado”, en esa aparente debilidad, es lo único capaz de triunfar sobre el mal en cualquiera de sus formas. La “sabiduría de la cruz” consiste en que, ahí donde sólo parece haber fracaso, dolor, derrota, precisamente allí está todo el poder del Amor de Dios, en medio de tanta negatividad.

Por eso, no hay que ocultar la cruz o evitar mirarla con la excusa de “ser positivos”: hay que predicar a Cristo crucificado, hay que mostrar que Cristo está ahí, en la cruz y con los crucificados, porque Cristo crucificado manifiesta de verdad quién es Dios y cómo es su amor que, por nosotros y por nuestra salvación, llega hasta la cruz.

La Cuaresma es un tiempo privilegiado para profundizar en la sabiduría de la Cruz, en Cristo Crucificado y, desde Él, desde la cruz, encontrar la verdadera esperanza. Y particularmente nuestros templos deberían ser el espacio adecuado para encontrarnos con el Señor crucificado. Por eso, “no convirtamos en un mercado la casa del Padre”, como ha denunciado Jesús en el Evangelio, olvidándonos de los “crucificados”, descuidando el ambiente de silencio y recogimiento. Que nuestros templos sean “casas de oración” para contemplar a Cristo crucificado y, en Él, a todos los crucificados, y así penetrar en el misterio y la sabiduría de la Cruz.

¿Soy pesimista, optimista o realista? ¿Qué experimento al contemplar a Cristo crucificado? ¿Me provoca escándalo, me parece necedad? ¿Entiendo la “sabiduría de la cruz”? ¿Mi templo parroquial es un espacio de silencio, recogimiento y oración, o lo hemos convertido “en un mercado”?

Cristo crucificado es la imagen del amor extremado de Dios hacia nosotros. Por eso, ante tantas cruces, nosotros predicamos a Cristo crucificado, fuerza de Dios y sabiduría de Dios, porque “la fe nos muestra a Dios que nos ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros la firme certeza de que realmente es verdad que Dios es amor. De este modo transforma nuestra impaciencia y nuestras dudas en la esperanza segura de que el mundo está en manos de Dios y que, no obstante las oscuridades, al final vencerá Él”. (Benedicto XVI, “Dios es amor”, 39).