La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

5.- SU MADRE QUIERE VERLE
Mt 12, 46-50; Mc 3, 31-35; Lc 8, 19-24

Mientras así hablaba a la muchedumbre, agolpada a su alrededor, se presentaron su Madre y sus parientes para verle y conversar con Él. Pero tan apiñados estaban los que habían invadido la casa que no les fue posible acercarse a Él. Entonces le dijeron: Mira, tu Madre, tus hermanos y tus hermanas te buscan fuera.

Esta visita es distinta de aquella otra que, poco antes, hicieron a Jesús algunos de sus parientes o de sus discípulos. San Marcos, único que refiere ambos incidentes, distingue con claridad uno de otro. En la primera no intervino María. ¿Qué motivo especial la traía ahora cerca de su Hijo? No lo dicen los evangelistas. Quizá no le había visto desde que inició el viaje a Jerusalén.

Llegó, pues, María con los parientes hasta la casa. Es probable que los recién llegados hicieran algunas preguntas nada más llegar: ¿cuánto tiempo lleva enseñando el Maestro?, ¿cuánto durará esto todavía? Muchos conocían a María, y quizá alguno de los parientes se diera a conocer. Algo querían de Él; o quizá solo verle.

San Mateo refiere que Él extendió sus manos sobre sus discípulos. A la vez, escribe san Marcos, dirigió una mirada a quienes estaban sentados en círculo a su alrededor. Y, puesto en pie en medio de la concurrencia, declaró solemnemente: Ved aquí a mi madre y mis hermanos. Porque quien haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre.

Cuanto más procura el discípulo cumplir la voluntad del Padre, tanto más cerca de Jesús se encuentra. El Señor colocó este parentesco espiritual por encima del de la tierra, porque tenía su origen en Dios mismo. Jesús no despreció los lazos de la sangre; por el contrario, los ennobleció. Como hijos de Dios, sus parientes subían en la escala de los valores.

La respuesta de Jesús fue una sorpresa para María, como para los demás. Pero esta sorpresa encontró un especial eco en su interior. En lo que hace referencia al cumplimiento de la voluntad de Dios, María era una misma cosa con Jesús; la diferencia estaba en que Ella no conocía en cada momento, con la misma clarividencia que Él, lo que la voluntad divina le señalaba. Pero, apenas averiguaba la voluntad de Jesús, deseaba Ella lo que quería Él. De todos los que oyeron sus palabras, Ella debió de ser la única que las comprendió, porque se daba cuenta de la profunda verdad que contenían. No tenía que esperar a que san Agustín le dijera que era más bienaventurada por haber recibido a Dios en su alma que por haberle concebido en la carne[1]. Si por la naturaleza era la que estaba más cerca de Él, por la gracia nadie la igualaba en el más alto parentesco, pues nadie como Ella había cumplido, ni jamás lo haría, la voluntad del Padre.


[1] Cfr. Sobre la virginidad, 3.