Meditación – Viernes III de Cuaresma

Hoy es viernes III de Cuaresma.

La lectura de hoy es del evangelio Marcos (Mc 12, 28b-34):

En aquel tiempo, uno de los maestros de la Ley se acercó a Jesús y le hizo esta pregunta: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». Jesús le contestó: «El primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que éstos».

Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.

Hoy, a la pregunta fundamental sobre el «primer mandamiento», Jesucristo responde «Ley en mano». En Lc 10,26, el Señor responde preguntando al escriba «¿qué está escrito en la Ley?». Éste dio la respuesta exacta. Sin embargo, Cristo, desvelando paulatinamente su propio misterio, llevó «la respuesta» hacia horizontes insospechados.

Un tema característico de los escritos de san Juan es el amor. 1º La Fuente del amor es Dios: «Dios es amor» (1Jn 4,8) (Juan es el único autor neotestamentario que da esta «definición» de Dios). 2º Dios —mediante la encarnación y muerte de su Hijo Jesucristo— ha demostrado su amor: no se limitó a declaraciones orales, sino que se comprometió de verdad y «pagó» personalmente. 3º Contemplando este «exceso» de amor, el cristiano se ve llamado a una respuesta activa, sintetizada en el «nuevo mandamiento».

—En el Antiguo Testamento el criterio normativo estaba tomado del hombre («como a ti mismo»). En el Nuevo Testamento Jesús presenta como motivo y norma de nuestro amor su misma persona: «Como yo os he amado».

REDACCIÓN evangeli.net

Liturgia – Viernes III de Cuaresma

VIERNES DE LA III SEMANA DE CUARESMA, feria

Misa de la feria (morado)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Prefacio Cuaresma.

Leccionario: Vol. II

  • Os 14, 2-10. No llamaremos ya “nuestro Dios” a la obra de nuestras manos.
  • Sal 80. Yo soy el Señor, Dios tuyo; escucha mi voz.
  • Mc 12, 28b-34. El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y lo amarás.

Antífona de entrada          Sal 86, 8.10
No tienes igual entre los dioses, Señor: grande eres tú y haces maravillas, tú eres el único Dios.

Monición de entrada y acto penitencial
Hermanos, comencemos la celebración de la Eucaristía proclamando que el Señor no tiene igual, que es grande y hace maravillas; y ya que es el único Dios, acudamos a Él pidiéndole que nos purifique de nuestros pecados.

  • Señor, ten misericordia de nosotros.
    — Porque hemos pecado contra Ti.
  • Muéstranos, Señor, tu misericordia.
    — Y danos tu salvación.

Oración colecta
INFUNDE bondadosamente, Señor,
tu gracia en nuestros corazones,
para que sepamos apartarnos de los errores humanos
y secundar las inspiraciones
que, por tu generosidad, nos vienen del cielo.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Oremos confiadamente, hermanos, al Señor nuestro Dios, que es el único Dios, a quien hemos de amar con todo el corazón y con toda el alma.

1.- Para que todos los que formamos la Iglesia tengamos un corazón que haga todo por amor de Dios. Roguemos al Señor.

2.- Para que las familias cristianas vivan en el amor, la armonía y la paz con Dios y en cada uno de sus miembros, y sean sementero de vocaciones sacerdotales y religiosas. Roguemos al Señor.

3.- Para que entre todas las naciones del mundo se esfuercen por construir un mundo en paz, progreso, justicia y bienestar. Roguemos al Señor.

4.- Para que Dios auxilie con su gracia a los que sufren, y sus hermanos les ayuden con amor y disponibilidad. Roguemos al Señor.

5.- Para que nuestro amor ilumine la vida de los que nos rodean y sea un canto de alabanza al Dios Creador, roguemos al Señor.

Dios todopoderoso y eterno, refugio en toda clase de peligro, a quien nos dirigimos en nuestra angustia; te pedimos con fe que mires compasivamente nuestra aflicción, líbranos de la pandemia que nos asola, concede descanso eterno a los que han muerto, consuela a los que lloran, sana a los enfermos, da paz a los moribundos, fuerza a los trabajadores sanitarios, sabiduría a nuestros gobernantes y valentía para llegar a todos con amor glorificando juntos tu santo nombre. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
MIRA Señor, con bondad
los dones que te dedicamos,
para que sean gratos a tus ojos
y nos alcancen siempre la salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio de Cuaresma

Antífona de comunión          Cfr. Mc 12, 33
Amar a Dios con todo el corazón, y al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los sacrificios.

Oración después de la comunión
LA acción de tu poder, Señor,
penetre nuestros cuerpos y almas,
para que poseamos en la plenitud de la salvación
lo que en esta participación hemos recibido.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre el pueblo
SEÑOR, mira a los fieles
que imploran tu misericordia,
para que puedan difundir por todas partes
los dones de tu amor
quienes han puesto en ti su confianza.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Santoral 12 de marzo

SAN GREGORIO MAGNO, Papa, Doctor de la Iglesia (604 d.C)

El papa Gregorio I, con más justicia llamado «Magno», el primer Papa que fue monje, ascendió a la silla apostólica cuando Italia se hallaba en una condición deplorable, como consecuencia de las luchas entre los ostrogodos y el emperador Justiniano, que terminaron con la derrota y muerte de Totila, en el año 562. Roma era la que más había sufrido: en siglo y medio fue saqueada cuatro veces y conquistada otras tantas en veinte años, sin que nadie se hubiera ocupado en restaurar los daños ocasionados por el pillaje, el fuego y los terremotos. San Gregorio escribió sobre esta situación, hacia el año 593: «Nosotros vemos lo que ha llegado a ser aquélla que antes fue señora del mundo. Abatida por las inmensas y múltiples desgracias que ha sufrido… ruinas sobre ruinas por doquier… ¿Dónde está el Senado?… ¿Dónde está el pueblo?… Nosotros, los pocos que hemos quedado, estamos amenazados cada día por la espada e incontables pruebas… Roma desierta está en llamas…»

La familia que ya había dado a la iglesia dos Papas, Agapito I y Félix III, tatarabuelo de Gregorio, era una de las pocas familias patricias que aún quedaban en Roma. Poco se sabe de Gordiano, el padre de Gregorio, aparte de que poseía extensas propiedades en Sicilia, así como una casa en la colina Coeli; a su esposa Silvia se le reconoce como santa en el Martirologio Romano. Gregorio parece haber recibido la mejor educación de ese tiempo, y haber escogido la carrera de funcionario. En el año 568, una nueva calamidad cayó sobre Italia: la primera invasión lombarda. Tres años después, las hordas bárbaras se acercaron a Roma y cundió la alarma. Gregorio, a los treinta años de edad y con mucha de la prudencia y energía que le caracterizaron, ejerció el cargo civil más encumbrado: el de prefecto de la ciudad, un puesto en el que se ganó el respeto y estimación de los romanos, desarrollando su aprecio por el orden en la administración de los negocios. Aunque Gregorio cumplía fiel y honrosamente sus funciones, desde hacía tiempo se sentía llamado a una vocación superior, hasta que por fin resolvió apartarse del mundo y consagrarse al servicio de Dios. Era uno de los hombres más ricos en Roma, pero lo dejó todo para recluirse en su casa del distrito de Clivius Scauri, convirtiéndola en monasterio bajo el patrocinio de San Andrés y poniéndola al cargo de un monje llamado Valentius, a quien Gregorio calificó en sus escritos como «el superior de mi monasterio y de mí mismo». Los pocos años que el santo pasó en su retiro fueron los más felices de su vida, aunque el exceso de sus ayunos le acarreó complicaciones gástricas, que originaron la dolencia que lo atormentó por el resto de su vida.

No era posible que un hombre con el prestigio y el talento de San Gregorio permaneciera en la obscuridad en aquellos tiempos agitados, y no tardaron en ordenarle séptimo diácono de la Iglesia Romana para enviarle corno «apocrisiarius» papal o embajador ante la corte bizantina. El contraste entre la magnificencia de Constantinopla y la condición miserable de Roma no podía dejar de impresionar al santo; pero encontró la etiqueta de la corte fatigosa y las intrigas repugnantes. Tuvo la gran desventaja de no saber griego y cada vez más se entregó a una vida de retiro junto con varios monjes de San Andrés que la acompañaban. En Constantinopla conoció a San Leandro, obispo de Sevilla, con quien trabó una amistad de por vida y, a cuya petición comenzó un comentario sobre el Libro de Job, que más tarde terminó en Roma y que generalmente se conoce como su «Moraba». La mayoría de las fechas en la vida de San Gregorio son inciertas, pero probablemente fue a principios del año 586 cuando le llamó a Roma Pelagio II. Se reinstaló inmediatamente en su puesto de diácono en su monasterio de San Andrés, del cual pronto se convirtió en abad; paren ser que este período es al que se refiere la famosa historia que cuenta el Venerable Beda, basado en una vieja tradición inglesa.

San Gregorio caminaba un día por el mercado, cuando advirtió a tres niños de pelo rubio y tez blanca que se exhibían para ser vendidos como esclavos. El santo se interesó por su nacionalidad. «Son anglos (o angli)» fue la respuesta. «Su nombre es apropiado», dijo el santo, «porque tienen rostros de ángel y se necesita ser así para gozar de la compañía de los ángeles en el cielo». Cuando supo que eran paganos, preguntó de qué provincia venían. «Deira», le respondieron —»¡De ira!» exclamó San Gregorio. «Sí; ciertamente han sido salvados de la ira de Dios y llamados a la misericordia de Cristo. ¿Cómo se llama el rey de ese país?» —»Aella» —»Entonces el aleluya debe cantarse en la tierra de Aella». Quedó tan fuertemente impresionado por la belleza de las criaturas y tan conmovido por su ignorancia de Cristo, que resolvió predicar el Evangelio en Bretaña y partió en seguida con varios de sus monjes. Sin embargo, cuando el pueblo romano supo de su partida, elevó tales protestas, que el Papa Pelagio mandó enviados para hacerlo regresar.

Todo el episodio ha sido declarado apócrifio por los historiadores modernos, pues no se ha comprobado su evidencia. Señalan que Gregorio nunca mencionó el incidente y, además, que aun en sus escritos más triviales no se muestra afecto a juegos de palabras. Sin embargo, la primera parte de la historia —la escena en el mercado— puede ser cierta; la gente a veces hace juego de palabras en conversaciones familiares, absteniéndose de esta práctica cuando escribe y, parece lógica la admiración de San Gregorio por la tez blanca y el pelo rubio de los niños ingleses. En lo que sí no puede haber discusión es en que Gregorio se interesó profundamente por la misión de San Agustín en Inglaterra.

Las Misas Gregorianas para difuntos tienen su origen en este período. Justus, uno de los monjes que estaba enfermo, confesó haber guardado tres coronas de oro y el abad prohibió severamente a los hermanos tener contacto con él y visitarlo en su lecho de muerte. Cuando murió, fue excluido del cementerio de los monjes y enterrado en un muladar junto con las piezas de oro. Sin embargo, como murió arrepentido, el abad ordenó que se ofrecieran misas durante treinta días para el reposo de su alma y se tiene el propio testimonio de San Gregorio de que, al término de ese período, el alma del difunto se le apareció a Copiosus, su hermano natural, asegurándole que había estado atormentado, pero que ahora se encontraba libre. Entre tanto, en Roma se sucedían las calamidades: a las frecuentes inundaciones causadas por el desbordamiento del Tiber, siguió una terrible epidemia de peste que diezmó a la población y, en el año 590, arrebatóla vida al Papa Pelagio. El pueblo escogió a Gregorio como nuevo Pontífice y el santo, como primera medida para acabar con la peste, organizó una grandiosa procesión litúrgica por las calles de Roma. De siete iglesias de la ciudad salieron las gentes para reunirse en Santa María Mayor. San Gregorio de Tours, basado en los informes de un testigo, describió así la procesión: «Había sido organizada para que durara el día miércoles, pero se prolongó durante tres días sucesivos: las columnas caminaban por las calles, cantando el «Kyrie eleison», en tanto que la peste seguía en su apogeo; mientras caminaba la gente había unos que caían muertos. Gregorio les infundía valor, hablándoles sin cesar para pedirles que no dejaran de orar». La fe de la población se vio recompensada, porque después de aquel acto, la plaga disminuyó rápidamente, hasta desaparecer. Así nos lo informan los escritores contemporáneos, pero ningún historiador menciona la aparición del arcángel Miguel blandiendo su espada en la cima del mausoleo de Adrián, mientras pasaba la procesión, como lo afirma la leyenda. Sin embargo, esta fábula fue tomando fuerza creciente y el pueblo llegó a aceptar el hecho como real, hasta el punto de que para conmemorarlo, erigieron sobre el mausoleo de Adrián, la estatua del Arcángel que, hasta nuestros días remata la torre del castillo de Sant’Angelo, nombrado así en honor de San Miguel, desde el siglo X.

Aunque Gregorio desde entonces se dedicó a asistir a sus conciudadanos, sus inclinaciones seguían la dirección de una vida de contemplación y no tenía ninguna intención de ser Papa, si lo podía evitar: le escribió al emperador Mauricio pidiéndole que no confirmara la elección; pero según nos cuenta Gregorio de Tours: «Mientras estaba preparándose para huir y esconderse, fue detenido y llevado a la Basílica de San Pedro y allí se le consagró para el cargo pontificio; fue presentado como Papa al público que lo aclamaba». Lo anterior tuvo lugar el 3 de septiembre de 590.

La correspondencia cruzada con Juan, arzobispo de Ravena, quien modestamente lo censuró por tratar de evadir el cargo, originó que Gregorio escribiera la Regula Pastoralis, un libro sobre las funciones episcopales. En él reconoce al obispo como el primero y principal doctor de almas, cuyas obligaciones primordiales son las de catequizar y hacer cumplir la disciplina. La obra obtuvo éxito inmediato y el emperador Mauricio mandó que fuera traducida al griego por Anastasio, patriarca de Antioquía. Más tarde, San Agustín la llevó a Inglaterra, donde 300 años después fue traducida por el rey Alfredo; en los concilios convocados por Carlomagno, el estudio del libro se hizo obligatorio para todos los obispos, quienes recibían un ejemplar al ser consagrados. Los ideales de Gregorio fueron en adelante los del clero de occidente y han seguido inculcándose a los obispos en los tiempos modernos.

Desde el momento en que asumió el cargo de Papa, se impuso el doble deber de catequizar y cumplir con la disciplina. Rápidamente destituyó al archidiácono Laurencio, el eclesiástico más importante de Roma, «cuyo orgullo y mal comportamiento sería mejor mantener en silencio», como dice la antigua crónica. En su lugar, designó un «vice dominus» para vigilar los asuntos seculares de la casa papal, ordenó que sólo se designaran clérigos para el servicio del Papa, prohibió el cobro injusto de primas por entierros en iglesias, por ordenaciones o por conferir el palio y no permitió a los diáconos dirigir la parte cantada de la misa, a menos que fueran escogidos por sus voces más que por su carácter. También como predicador se destacó San Gregorio. Gustaba de predicar durante la misa, escogiendo de preferencia temas del Evangelio del día y, hasta nosotros han llegado algunas de sus homilías, llenas de elocuencia y sentido común, terminadas con una enseñanza moral que podía adaptarse a cada caso.

En las instrucciones a su vicario en Sicilia y a los supervisores de su patrimonio, Gregorio insistía constantemente en un trato más liberal hacia sus vasallos y campesinos; aconsejaba que se les facilitara dinero a los que estuvieran en dificultades. Por cierto que fue un excelente administrador de la Sede Pontificia: todos los súbditos estaban contentos con lo que les tocaba en la distribución de bienes y aún entraba dinero a la tesorería. Después de su muerte, lo culparon de haber dejado las arcas vacías a sus sucesores, pero sus generosas caridades —que llegaron a tomar la forma de una asistencia estatal— salvaron tal vez del hambre a miles en aquel período de tanta pobreza. Utilizó fuertes sumas para rescatar prisioneros de los lombardos; alabó la actitud del obispo de Fano que arrancó las láminas de oro de los altares para venderlas y obtener dinero para los rescates y recomendó a los demás prelados que hicieran lo mismo. Ante la amenaza de escasez de trigo, llenó los graneros de Roma y llevó una lista regular de los pobres a quienes se les entregaba periódicamente el grano. A las «damas en decadencia» les dispensaba una consideración especial. Su sentido de justicia se mostró en su trato suave hacia los judíos, a quienes protegía de los ataques personales o contra sus sinagogas. Declaró que no debía obligárseles, sino ganárselos por la humildad y la caridad. Cuando los hebreos de Caglian, en Cerdeña, se quejaron de que su sinagoga había sido ocupada por un judío converso que la transformó en iglesia, San Gregorio ordenó que fuera restituida a sus legítimos propietarios.

Desde el comienzo de su pontificado, el santo tuvo que enfrentarse a las agresiones de los lombardos, quienes desde Pavía, Spoleto y Benevento hicieron incursiones a diversas partes de Italia. No podía obtenerse ayuda alguna de Constantinopla o del exarca de Ravena y recayó sobre Gregorio, el hombre fuerte, no solamente organizar la defensa de Roma, sino prestar ayuda a otras ciudades. Cuando en 593 Agilulfo apareció ante los muros de Roma con un ejército lombardo, provocando el pánico general, no salió a entrevistar al rey lombardo únicamente el prefecto civil o el jefe militar, sino también el Vicario de Cristo. Tanto por su personalidad y prestigio, como por la promesa que hizo de pagar un tributo anual, Gregorio indujo al rey lombardo a retirar su ejército y dejar en paz a la ciudad. Durante nueve años luchó en vano para llegar a un arreglo entre el emperador bizantino y los lombardos; Gregorio pro- cedió entonces por su cuenta a negociar un tratado con el rey Agilulfo, y obtuvo un armisticio especial para Roma y sus distritos circundantes. Pero solamente los últimos días en la vida de San Gregorio fueron alegrados por las noticias del restablecimiento de la paz. Sin duda que fue un alivio para el santo poder apartar su pensamiento del ajetreado mundo para concentrarlo en sus escritos. Hacia fines de 593, publicó sus célebres Diálogos, uno de los libros más leídos en la Edad Media. Es una colección de relatos, profecías y milagros, extraídos de la tradición y expuestos en tal forma, que muestran los esfuerzos de los fieles italianos por alcanzar la santidad. Las historias eran las que transmitían de boca en boca las gentes que, en muchos casos, fueron testigos de los hechos ocurridos. Los métodos de San Gregorio no son críticos y el lector actual frecuentemente se siente desilusionado por lo que respecta a credibilidad de los informes. Los escritores modernos se han preguntado si los Diálogos podrían ser obra de una persona tan equilibrada como San Gregorio, pero la evidencia en favor del autor parece concluyente; además debemos recordar que era aquella una época de credulidad y que cualquier cosa extraordinaria era inmediatamente elevada al nivel sobrenatural.

De toda su labor religiosa en occidente, la que estaba más cercana a su corazón era la conversión de Inglaterra y el éxito que coronó sus esfuerzos, encaminados hacia esta dirección fue para él, como necesariamente lo es para los ingleses, el mayor triunfo de su vida. Cualquiera que sea la verdad de los anglos y su historia, parece más probable que el primer intento de enviar una misión provino de Inglaterra misma. Esto se infiere en las dos cartas de San Gregorio que aún se conservan. Al escribir a los reyes franceses Thierry y Teodeberto, dice: «Tenemos noticias de que la nación de los anglos desea ardientemente ser convertida a la fe; pero los obispos de las comarcas vecinas no hacen caso (a su deseo piadoso) y se niegan a secundarlo enviando sacerdotes». A Brunilda le escribió casi en los mismos términos. Los obispos aludidos eran probablemente los del norte de Francia y no los ingleses galeses o escoceses. Respecto a este problema, la primera medida del Papa fue la de ordenar la compra de varios esclavos ingleses, sobre todo, jóvenes de 17 ó 18 años, con objeto de educarlos cristianamente para el servicio de Dios. Aún así, no eran ellos a quienes quería encomendar en principio la labor de conversión. De su propio monasterio de San Andrés, seleccionó un grupo de cuarenta misioneros, a quienes puso a las órdenes de Agustín. No es necesario volver a referirnos a la historia de esta misión, pues se tratará de ella el 26 de mayo. Podemos decir, junto con el Venerable Beda: «Si Gregorio no es apóstol de los demás, lo es para nosotros, puesto que somos su sello de apostolado ante el Señor».

Durante casi todo su pontificado, San Gregorio estuvo en conflicto con Constantinopla, a veces con el emperador, otras con el patriarca y ocasionalmente con ambos. Protestó siempre contra los tributos injustos de los funcionarios bizantinos, cuyas despiadadas extorsiones redujeron a los campesinos italianos a la miseria; protestó también ante el emperador, por un edicto que prohibía a los soldados abrazar la vida religiosa. Con Juan el Abstemio, patriarca de Constantinopla, sostuvo una correspondencia mordaz sobre el título de ecuménico o universal que se había otorgado el jerarca. Sólo significaba una autoridad general o superior de un arzobispo sobre muchos, pero el uso del título «Patriarca Euménico» parecía dar lugar a la arrogancia y Gregorio lo resentía. Por su parte, aunque era uno de los más activos defensores de la dignidad papal, prefería asignarse el orgullosamente humilde título de «Servus Servorum Dei» (Siervo de los siervos de Dios, un título que aún ostentan sus sucesores). En 602, el emperador Mauricio fue depuesto por una revuelta militar capitaneada por Focas, quien asesinó al anciano emperador y a su familia. Haber escrito una carta, en términos diplomáticos a este cruel usurpador, fue el único acto que expuso al Papa a críticas hostiles.

La carta habla principalmente de la esperanza de que la paz quede asegurada. Por el interés de su pueblo indefenso, a Gregorio no le convenía lanzar acusaciones. En sus trece años de pontificado, Gregorio realizó el trabajo de toda una vida. Su diácono, Pedro, aseguró que nunca descansaba y por cierto que no se cuidaba, aunque sufría de una gastritis crónica que le hacía padecer mucho y le dejó en los huesos; pero el Papa no se concedía reposo y, pese a sus males, siguió dictando cartas y atendiendo los asuntos de la Iglesia hasta el fin. Una de sus últimas acciones fue la de enviar una gruesa cobija a un obispo pobre que sufría de un catarro. San Gregorio fue enterrado en San Pedro y el epitafio en su tumba dice así: «Después de haber llevado al cabo sus acciones, conforme a sus doctrinas, el gran cónsul de Dios fue a gozar de sus triunfos eternos».

Se le reconoce a San Gregorio la compilación del Antiphonario, la revisión y reestructuración del sistema de música sacra, la fundación de la famosa Schola cantorum de Roma y la composición de varios himnos muy conocidos. Aunque esos derechos le han sido discutidos, ciertamente que tuvo una influencia considerable en la liturgia romana. Pero su verdadera obra se proyecta en otras direcciones. Se le venera como el cuarto Doctor de la Iglesia Latina, por haber dado una clara expresión a ciertas doctrinas religiosas que aún no habían sido bien definidas. Por varios siglos, la última palabra en teología era la suya, aunque más que teólogo era un predicador popular, catequista y moralista. Quizá su mayor labor fue el fortalecimiento de la Sede Romana. Como escribe el anglicano Milman en su «History of Latín Christianity»: «Es imposible concebir cuál sería la confusión, la falta de leyes, el estado caótico de la Edad Media sin el papado de esa época y, de éste, el verdadero padre es Gregorio Magno». No sin razón la Iglesia le asignó el título, raras veces otorgado, de Magnus, «Magno».

Como ya se dijo, el rey Alfredo Magno hizo una traducción de la Regula Pastoralis y dio un ejemplar a cada uno de sus obispos; le agregó un prefacio y un epílogo escritos por él, así como unos versos anglo-sajones de los cuales puede darse una idea con la siguiente traducción en prosa:

Este mensaje lo trajo Agustín a través del salado mar, desde el sur a las islas, tal como el Papa de Roma, el Campeón del Señor, lo decretó previamente. El sabio Gregorio era versado en muchas doctrinas verdaderas, mediante la sabiduría de su mente y su tesoro de meditaciones continuas. Porque sobresalió de entre los hombres hasta alcanzar al guardián del cielo (San Pedro); fue el mejor de los romanos, el más sabio de todos, el más gloriosamente famoso. Posteriormente, el rey Alfredo tradujo cada palabra al inglés y me envió a sus amanuenses del sur y del norte, y ordenó traer aun más ejemplares, después del primero, para enviárselos a sus obispos, pues muchos que sabían poco latín lo necesitaban.

Las propias cartas y escritos de San Gregorio son las fuentes de información más fidedignas para la historia de su vida, pero además tenemos una breve biografía en latín de un monje de Whitby, que probablemente data de principios del siglo VIII; otra del diácono Paulo, de fines del mismo siglo y una tercera del diácono Juan, escrita entre el 872 y el 882. Tenemos también noticias valiosas en Gregorio de Tours, Beda y otros historiadores, especialmente en el Líber Pontificalis. Para las cartas de San Gregorio debe consultarse la edición del P. Ewald y L. M. Hartmann en MGH.Una biografía moderna y valiosa, dentro de una pequeña edición es la de Mons. Batiffol en la serie Les Saints. Ver también el Acta Sanctorum, marzo, vol. II; Lives of the Popes, vol. I, de Mann; Life of St. Gregory the Great, de Snow; Histoire de l’Eglise, vol. V, (1938), de Fliche y Martín; y, entre los escritores anglicanos, el cuidadoso trabajo del Dr. J. H. Dudden St. Gregory the Great (1905). La literatura sobre el particular es muy vasta. Ver bibliografías en DAC y DTC.

Alan Butler

Laudes – Viernes III de Cuaresma

LAUDES

VIERNES III CUARESMA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Señor, ábreme los labios.
R/. Y mi boca proclamará tu alabanza

INVITATORIO

Se reza el invitatorio cuando laudes es la primera oración del día.

Ant. Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.

SALMO 94: INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Entrad, postrémonos por tierra,
bendición al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
«Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso».»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

En tierra extraña peregrinos,
con esperanza caminamos,
que, si arduos son nuestros caminos,
sabemos bien a dónde vamos.

En el desierto un alto hacemos,
es el Señor quien nos convida,
aquí comemos y bebemos
el pan y el vino de la Vida.

Para el camino se nos queda
entre las manos, guiadora,
la cruz, bordón, que es la venera
y es la bandera triunfadora.

Entre el dolor y la alegría,
con Cristo avanza en su andadura
un hombre, un pobre que confía
y busca la Ciudad futura. Amén.

SALMO 50: MISERICORDIA, DIOS MÍO

Ant. Contra ti, contra ti solo pequé, Señor, ten misericordia de mí.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
contra ti, contra ti sólo pequé,
cometí la maldad que aborreces.

En la sentencia tendrás razón,
en el juicio resultarás inocente.
Mira, en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre.

Te gusta un corazón sincero,
y en mi interior me inculcas sabiduría.
Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve.

Hazme oír el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso:
enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti.

¡Líbrame de la sangre, oh Dios,
Dios, Salvador mío!,
y cantará mi lengua tu justicia.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.

Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú no lo desprecias.

Señor, por tu bondad, favorece a Sión,
reconstruye las murallas de Jerusalén:
entonces aceptarás los sacrificios rituales,
ofrendas y holocaustos,
sobre tu altar se inmolarán novillos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Contra ti, contra ti solo pequé, Señor, ten misericordia de mí.

CÁNTICO de JEREMÍAS: LAMENTACIÓN DEL PUEBLO EN TIEMPO DE HAMBRE Y GUERRA

Ant. Reconocemos, Señor, nuestra impiedad; hemos pecado contra ti.

Mis ojos se deshacen en lágrimas,
día y noche no cesan:
por la terrible desgracia de la doncella de mi pueblo,
una herida de fuertes dolores.

Salgo al campo: muertos a espada;
entro en la ciudad: desfallecidos de hambre;
tanto el profeta como el sacerdote
vagan sin sentido por el país.

¿Por qué has rechazado del todo a Judá?
¿Tiene asco tu garganta de Sión?
¿Por qué nos has herido sin remedio?
Se espera la paz y no hay bienestar,
al tiempo de la cura sucede la turbación.

Señor, reconocemos nuestra impiedad,
la culpa de nuestros padres,
porque pecamos contra ti.

No nos rechaces nuestra impiedad,
la culpa de nuestros padres,
porque pecamos contra ti.

No nos rechaces, por tu nombre,
no desprestigies tu trono glorioso;
recuerda y no rompas tu alianza con nosotros.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Reconocemos, Señor, nuestra impiedad; hemos pecado contra ti.

SALMO 99: ALEGRÍA DE LOS QUE ENTRAN EN EL TEMPLO

Ant. El Señor es Dios, y nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con vítores.

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor es Dios, y nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

LECTURA: Is 53, 11b-12

Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos. Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores.

RESPONSORIO BREVE

R/ Él me librará de la red del cazador.
V/ Él me librará de la red del cazador.

R/ Me cubrirá con sus plumas.
V/ Él me librará

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Él me librará de la red del cazador.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?» Jesús le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón.»

Benedictus. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR. Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por la boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?» Jesús le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón.»

PRECES

Demos gracias a Cristo, el Señor, que al morir en la cruz nos dio la vida, y digámosle con fe:

Tú que has muerto por nosotros, escúchanos, Señor.

Maestro y Salvador nuestro, tú que nos revelaste con tu palabra el designio de Dios y nos renovaste con tu gloriosa pasión,
— aleja de nuestra vida toda maldad.

Que sepamos, Señor, abstenernos hoy de los manjares del cuerpo,
— para ayudar con nuestra abstinencia a los hambrientos y necesitados.

Que vivamos santamente este día de penitencia cuaresmal
— y lo consagremos a tu servicio, mediante obras de misericordia.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Sana, Señor, nuestras voluntades rebeldes
— y llénanos de tu gracia y de tus dones.

Ya que somos hijos de Dios, oremos a nuestro Padre como Cristo nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Infunde bondadosamente, Señor, tu gracia en nuestros corazones para que sepamos dominar nuestro egoísmo y secundar las inspiraciones que nos vienen del cielo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.