Comentario – Domingo IV de Cuaresma

El que realiza la verdad se acerca a la luz. Entre la verdad y la luz hay una íntima conexión. La luz pone al descubierto la verdad que esconden las tinieblas; y el hombre, de una manera instintiva, busca la verdad como busca la luz, porque en la luz encuentra la vida. Pero a veces se le hace duro y costoso admitir la verdad, y entonces acaba refugiándose en las tinieblas. Éstas, sin embargo, son un refugio engañoso. El que vive en la oscuridad vive en lo encubierto, vive en la mentira. La causa de la condenación está aquí: en la preferencia –contra toda lógica vital- por las tinieblas de los que no aceptan la luz porque no quieren que sus malas obras sean puestas al descubierto, salgan a la luz.

Pero unas cosas son consecuencia de las otras. Puestas las causas surgen los efectos. El que cree en aquel que Dios envió al mundo para salvarlo, no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha aceptado la mano salvadora del enviado por Dios para salvarlo, la mano del Hijo: la mano, o la luz o el socorro… que llegan con él. La fe es la puerta que nos da acceso a estos medios de salvación y de vida.

El libro de las Crónicas refiere el destierro de Babilonia como la consecuencia inevitable (porque ya no hubo remedio) de una conducta personal y colectiva: una suma de infidelidades, costumbres abominables, olvido de Dios, desprecio de sus mensajeros, indiferencia o insensibilidad ante las necesidades del prójimo. Tales son las causas de efectos tan nefastos, porque el destierro o exilio forzoso representa un cúmulo de desgracias que no es necesario describir. La más notable es la cautividad: De ser un pueblo libre, aquellos israelitas pasan a vivir una vida de esclavos, con todo lo que eso comporta: pérdidas, humillaciones, vejaciones, destrucción de la propia dignidad, etc.

Pero el Dios que permite o propicia el destierro es alguien que les ha advertido previamente del desastre inminente. Sin embargo, ellos no hicieron caso, y su sordera culpable les llevó a la ruina. Pero el mismo Dios que propició el destierro será también el que, una vez cumplido el tiempo de la purificación, lleve a cabo la obra de la liberación; porque las penas de este mundo son siempre temporales, es decir, tienen una duración limitada. Y para que este objetivo salvífico se haga realidad, Dios se sirve también de mediaciones humanas. Aquí es Ciro, el rey de Persia (lugar de la deportación), el que concederá la libertad a este pueblo esclavizado, permitiendo la vuelta a su patria de todos los israelitas que quisieran volver a esa tierra de la que se habían visto obligados a salir.

Durante el tiempo del destierro Dios había despertado en el pueblo judío la nostalgia de lo perdido: la propia patria (Sión), los propios cantos, la propia lengua, la propia ciudad con su templo y su culto (que se me pegue la lengua al paladar –decían- si no me acuerdo de ti). Esa nostalgia mantuvo vivo en el pueblo el deseo del retorno y del reencuentro con su Dios en su tierra (la tierra santa).

San Pablo también habla de un exilio, pero más íntimo que el anterior. Es el exilio en el que se encuentra el hombre, todo hombre, en su condición de desterrado (en este sentido, ya la tierra, en cualquier lugar del mundo, es destierro), esto es, de hombre muerto por el pecado: vivo, pero bajo los efectos del pecado: la contradicción, la falta de armonía, la sublevación de lo inferior a lo superior, la mortalidad como condición; vivo, pero mortal.

Aquí la esclavitud alcanza a lo más íntimo del hombre, a sus pensamientos, voliciones y sentimientos. Pues, estando así, en esta situación de muerte, Dios, rico en misericordia, por su gran amor, nos ha hecho vivir con Cristo. Esta vida con él nos permite recuperar libertad y vida. Es la salvación que nos llega con él por pura gracia (=don), por el gran amor con que nos ama. Pero para beneficiarnos de este don es necesaria la fe. Ella es la puerta que nos da acceso a estos bienes.

Esto es lo que declara con solemnidad san Juan en el evangelio: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. El Hijo tiene que ser elevado (en el árbol de la cruz) para ser visto y para ser creído como el Hijo de Dios entregado por amor. Es esta fe en el amor de Dios, manifestado en su Hijo, la que nos abre la puerta de la salvación.

Lo que en realidad salva es el amor, que es de Dios, porque Dios es amor. Pero el amor sólo se hace efectivo si se cree en él y se le acoge como la verdadera fuente de la vida. No creer en el amor es cerrarse a Dios y a los demás en una soledad infernal. Pero Dios –nos hace saber san Juan- no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

La condena, por tanto, no viene de Dios; pero es verdad que el que no se salva por él, se condena, ya que no hay término medio entre la salvación y la condenación. El que no cree en el amor de Dios en su Hijo se está excluyendo de la vida que nos viene de Dios por ese Hijo, se está cerrando a la salvación. Al rechazar (o menospreciar) al Hijo (con su vida y su enseñanza), está rechazando el don de esa vida que nos llega con él, esa vida que es experiencia del amor tal como se ha expresado en él; pues la vida eterna es una vida en el conocimiento (amoroso) de Dios y de su Hijo.

Se trata de una experiencia luminosa. La salvación es vida en la luz (algo que exige salir de las tinieblas, del ocultamiento y de la mentira), y vida en libertad (algo que exige salid de la esclavitud), y vida en la vida (algo que implica dejar atrás la muerte), y vida en el amor (algo que conlleva romper las cadenas de nuestro egoísmo o superar inclinaciones individualistas).

El problema es que a nosotros, esclavos del pecado, nos resulta imposible romper ciertas cadenas. Necesitamos del auxilio de ese Dios de quien viene la salvación que, para que sea eficaz, debe ser acogida. No somos nosotros los que nos salvamos (carecemos de capacidad para ello), pero la salvación (de Dios) requiere nuestra acogida, y ésta comienza con la fe, que es adhesión al Salvador, apertura a la luz. Y en la medida en que nos abrimos a la luz, desaparecen las tinieblas encubridoras de la verdad y de la maldad que hay en nosotros; y absorbemos la vida y florece un nuevo modo de vivir (o de obrar).

El buen obrar no es la causa, sino el efecto de la salvación, el fruto de esa absorción de luz y de amor (vida). Obramos bien porque somos iluminados y liberados para obrar bien. El fruto maduro de esa salvación es finalmente la vida eterna, vida en el amor imperecedero. Que Dios nos mantenga abiertos a este don inestimable.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística