Comentario – Domingo IV de Cuaresma

(Jn 3, 14-21)

Tenemos aquí una de las más grandes declaraciones de amor de la Palabra de Dios: amor del Padre a su Hijo, y sobre todo una declaración de amor a nosotros, ya que tanto nos amó que por nosotros entregó a su Hijo.

Ese Hijo entregado es salvación, no es juicio. Ese Hijo entregado hasta el fin es un insuperable espectáculo de amor, es la gloria del amor divino que se manifiesta en la entrega total y definitiva.

Basta mirarlo para ser salvado, así como Moisés levantaba la serpiente en el desierto para que con sólo mirarla se alcanzara la liberación.

Mirarlo, sacar los ojos por un instante de nuestra maraña de cansancios, resentimientos, orgullos lastimados, insatisfacciones. Mirarlo, levantando los ojos más allá de la miseria sabiendo que hay algo más, que existe la luz de sus ojos que quiere bañar y transformar las tinieblas donde estamos sumergidos. Sólo levantar los ojos, para descubrir que no todo es negro y oscuro, que existe la luz.

Pero nuestros ojos no se levantan por su propio poder. Es mucha la fuerza del pecado que nos ha ido lastimando y debilitando, como para pensar que con nuestro esfuerzo podemos levantar los ojos. Además, es tan grande la luz del amor de Dios, que los ojos del corazón humano no pueden percibirla si ese corazón no es elevado por la gracia de Dios.

Por eso, en medio de la oscuridad, podemos reconocer el secreto impulso del Espíritu que nos invita a clamar: “Señor, ayúdame con tu gracia, para que pueda levantar mis ojos y verte”.

Podemos preferir la oscuridad antes que su luz, cuando queremos ser los únicos señores de nuestra vida, cuando confiamos absolutamente en nuestra propia claridad y creemos conocer solos, sin ayuda de nadie, el camino que nos conviene para ser felices. Entonces sentimos que no necesitamos un salvador, y ni siquiera queremos levantar los ojos verlo. Por eso no podemos ser liberados por la fuerza sanadora de su inmenso amor.

Oración:

Señor Jesús, levanto mis ojos a ti para adorarte en tu entrega total, para contemplar el misterio deslumbrante de tu amor que se da hasta el fin. Y mirándote Señor, puedo saber que estoy ante un Dios que no juzga, sino que salva”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día