Conversar

1.- La gente de hoy envía mensajes breves con su móvil, ha aprendido a expresarse con pocas palabras y hasta sabe reducir éstas a muy pocas letras, para que quepan en el aparatito telefónico. Organizar fiestas ya no es privativo de gente influyente, hasta los párvulos, aunque sea obra de las mamás, tienen ruidosas y animadas veladas. Hay quien escoge salir lejos, a comer con amigos. Comen, riegan con buen vino el plato y vuelven a su casa, pues las carreteras van muy llenas y hay que levantarse temprano al día siguiente. Entre tantas actividades, el hombre, si es sincero, reconoce que tiene compañeros, pero no auténticos amigos. Si un día, de repente, se hiciera total silencio, muchos constatarían que no tienen nada que decirse. Que no saben decirse nada. Que aun conociéndose de antiguo, son, en realidad, unos auténticos desconocidos. Se ha perdido el hábito del diálogo. En las relaciones personales abundan las palabras y conversaciones frívolas, y nadie se preocupa de cultivar la amistad.

No es este el sentir de Dios. En la primera lectura de la misa de hoy, se nos presenta al Señor de Israel como aquel que pretende ser su amigo Y se queja de que ha sido olvidado y traicionado. Los males que le vendrán al pueblo se derivarán de este abandono. Pero al final se nos dice que Dios, después de ver las desgracias que ha sufrido su pueblo, se decide a actuar de nuevo, a preocuparse por el bien de sus amigos, aunque ellos le hubiesen olvidado.

2.- Nicodemo, un maestro, que estudiaba y enseñaba, se interesa por Jesús y acude a su encuentro. Va de noche. No se trata, pues, de un fortuito encuentro, rápido y fugaz. Están los dos tranquilos, conversando largamente. Pregunta él y Jesús responde, y hasta le trata, en algún momento, con amable ironía.

Se adapta Jesús al lenguaje de Nicodemo, que no es el nuestro. Le habla de una serpiente, que para nosotros es enigmática. Resulta que muchos años antes, cuando los israelitas vagaban por el desierto, se rebelaron, hicieron una manifestación con violencia y algaradas, diríamos hoy. Moisés se disgustó y Dios también. El pueblo recibió el castigo de la mordedura de reptiles venenosos. Moisés intercedió y Dios se adaptó, para que pudiesen curarse, a la mentalidad de aquellos tiempos, que atribuía a las ofidios poderes mágicos. Le mandó que hiciese una serpiente de cobre, es un metal que abunda por aquella región y fácil de fundir, y que la pusiera en lo alto de una pértiga, y así todo el mundo la podría ver. Le prometió el Señor que aquellos que hubieran caído en la enfermedad y se fijaran en ella, se curarían.

3.- En el párrafo leído en la misa de hoy Jesús recuerda este episodio y le dice a Nicodemo que él también será levantado (se refería a que pronto lo crucificarían, pero en aquel momento Nicodemo no lo entendió) y que aquel que le mire con piedad será salvado. También se refiere a aquellos que obran a escondidas, que huyen de Dios, que rechazan a Dios, aquellos cuyo comportamiento es oscuro, que son fantasmas, tal vez diríamos en argot de ahora. Y les recuerda lo que les espera. Nos toca pues, examinarnos si somos como ellos, nos toca ser diáfanos, de mirada limpia, de inocente e ingenuo proceder.

Le impresionó tanto a Nicodemo esta conversación, esta acogida por el Maestro, como a un amigo fue recibido, que cuando al cabo de un tiempo sus compañeros, sus colegas, tramaban prender a Jesús, salió en su defensa, aunque no consiguió convencerles. Pero nunca olvidó el encuentro y, cuando llevaban a enterrar al Señor, se preocupó de aportar perfumes para embalsamar su cuerpo. Cuando uno se hace verdadero amigo de alguien, nunca se olvida de él. En este caso se trataba nada más y nada menos que el Hijo de Dios y, aunque él no le entendía, su amor no lo había olvidado.

Pedrojosé Ynaraja