Comentario al evangelio – Martes IV de Cuaresma

Estar enfermo no le gusta a nadie. Un simple catarro nos altera el ritmo de vida, no nos deja respirar, no podemos hablar y no apetece rezar. A veces ni dormir podemos. Yo mismo tuve que estar casi cinco meses en la cama, después de un accidente en Siberia. No puedo siquiera imaginarme treinta y ocho años paralizado.

Por supuesto que yo quería quedar sano. Y muchas veces me imaginaba a mí mismo, volviendo a casa, subiendo por las escaleras, andando. Muchos rosarios recé, mientras yacía. No podía hacer más que eso. No quedaba más que confiar en Dios. Y todo salió bien.

El paralítico del Evangelio de hoy tuvo un encuentro con Jesús que le cambió la vida. Pero no todo fue fácil. Recuperó la salud, y se tuvo que enfrentar con las autoridades religiosas. Se levantó y anduvo con la dignidad de un verdadero hijo de Dios, pero le pusieron en el centro de atención. No fue fácil.

Había muchos enfermos en esa piscina, pero Jesús miró al paralítico en particular. Y éste respondió rápidamente. Con el ansia acumulada durante treinta y ocho años. Consiguió ser sanado. Comenzó una nueva vida.

Jesús sabía que ese hombre llevaba mucho tiempo allí, esperando la sanación. Le miró con ojos llenos de amor, y le tendió la mano. Con esa mirada nos mira a cada uno de nosotros. Sabe que nos hace falta una sanación radical, para liberarnos de nuestras parálisis, que desde hace poco o mucho tiempo nos impiden seguirle con libertad.

De ti depende aceptar o no esa sanación. En esta Cuaresma, acércate al sacramento de la Reconciliación, y siente que, de nuevo, puedes caminar con total libertad. Será para ti más fácil que para el paralítico del Evangelio. Nadie te va a mirar mal, y tú te sentirás mejor. Como nuevo. Como Dios quiere.

Alejandro Carbajo, C.M.F.