Comentario – Miércoles IV de Cuaresma

El evangelista san Juan nos ayuda a penetrar en el corazón de Cristo ofreciéndonos el testimonio que él da de sí mismo y de su relación con el Padre. Es precisamente esta manera de hablar de Dios la que más escandalizó a los judíos que, a consecuencia de ello, empezaron a concebir planes homicidas contra él. San Juan ya adelanta que a aquellos judíos les entraron ganas de matarlo, no sólo porque violaba el sábado, sino sobre todo porque llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios.

Esa manera de hablar de Dios como su Padre, en singular, fue interpretada por aquellos contemporáneos de Jesús como un ‘igualarse’ con el mismo Dios. Y esto, o se aceptaba como una realidad misteriosa e inexplicable o se rechazaba como un intento blasfemo de equiparse a Dios siendo un simple hombre. Ellos vieron aquí una proclamación blasfema merecedora de condena. Ni siquiera se plantearon la posibilidad de que pudiera ser la confesión verídica de una identidad. Resultaba demasiado evidente que se encontraban ante un hombre que había dado peligrosas muestras de irreverencia por la tradición de sus mayores.

Pero a Jesús esta actitud de los que se posicionan contra él no le hace vacilar y prosigue con su testimonio sin amilanarse: Os lo aseguro; el Hijo no puede hacer por su cuenta nada que no vea hacer al Padre. Lo que hace éste, eso mismo hace también el Hijo, pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace, y le mostrará obras mayores que ésta para vuestro asombro.

Jesús presenta su actividad como un quehacer en total dependencia del Padre: hace lo que ve hacer al Padre y no puede hacer nada que no vea hacer al Padre; pero sí puede hacer lo que puede hacer el Padre, es decir, esas obras que, por su grandeza, resultan asombrosas al ser humano. El Padre puede resucitar a los muertos, dándoles vida. Esa misma capacidad vivificadora la tiene también el Hijo. En virtud de esta comunión operativa, que presupone una unidad de naturaleza, entre el Padre y el Hijo, éste dispone de la suprema facultad de juzgar a todos los hombres, de modo que de todos pueda recibir honra.

Escuchar su palabra con aceptación es creer al Padre que le envió; y el que cree posee la vida eterna, porque ha pasado ya de la muerte a la vida. Sólo Dios, el que es dueño de la vida, puede disponer de ella. Pues bien, dice Jesús, igual que el Padre dispone de la vida, así ha dado también al Hijo el disponer de la vida. Por eso, en su momento, cuando llegue la hora, hará oír su voz incluso a los que yacen en el sepulcro, de modo que salgan de él, los que hayan hecho el biena una resurrección de vidalos que hayan hecho el mala una resurrección de condena.

El juicio se traducirá, pues, en un doble destino, al que se accederá trámite la resurrección. Se trata de un juicio justo, que no busca satisfacer una voluntad humana –particular o parcial-, sino únicamente la voluntad de Dios que es conforme a la verdad y la justicia.

Jesús presenta, pues, sus credenciales. En cuanto Hijo, obra en comunión con su Padre, y reproduce en sus acciones humano-divinas la bondad, la sabiduría y la justicia del mismo Dios. También en cuanto Hijo se le ha confiado el juicio universal, que supone la resurrección previa de cuantos han de pasar por él para recibir lo que les corresponda en verdad y justicia. Desatender estas palabras es exponer la propia vida a un fiasco irremediable.

Por otro lado, no debe extrañarnos que a personas responsables, es decir, con capacidad para responder de nuestros actos, se nos someta a juicio. Aquí el juicio realza nuestra dignidad, pues se aplica a seres dotados de moralidad. Si mantenemos la conciencia de nuestra dignidad, veremos con naturalidad el hecho de tener que dar cuenta de nuestros actos. Puede que no nos guste, pero es lo que corresponde a nuestra condición de seres creados y libres, de seres dotados de entendimiento y voluntad. Ojalá que el Hijo nos encuentre bien dispuestos para el juicio.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística