Comentario al evangelio – Miércoles IV de Cuaresma

“Venid a la luz”. Todas las lecturas de los profetas de esta semana nos hablan de las bondades de la alianza de Dios con los hombres. Pero es preciso dar un paso adelante, e ir hacia la luz. Querer estar junto al buen Dios que nos llama. Que sigue llamando hoy, para que actuemos como corresponde. Porque hay muchas necesidades en el mundo.

Para estar con Dios, hay que optar. “Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo”. Las obras tienen que estar relacionadas con aquello en lo que creemos. Ser consecuentes, o, con palabras de san Pablo, “salir de la noche, y ser hijos de la luz”. Dar testimonio de Aquél en quien creemos. Con palabras, a veces, y otras veces, con obras.

El papa Francisco está insistiendo mucho en la cuestión de las obras. La “Iglesia en salida”. Todos somos parte de esa Iglesia, que no puedes quedarse dentro de los muros del templo parroquial. Una “conversión misionera”. También nos lo pide el Papa Francisco, para seguir actuando, pero con otros criterios. Porque no vale lo de antes. Buscar de qué modo, yo, allí donde me encuentro, puedo aportar mi granito de arena al crecimiento del Reino de Dios. El que puede llevar un grupo, haciéndolo. El que cuida de su familia, haciéndolo con amor. El que ya ha trabajado mucho, orando por los que continúan la labor evangelizadora.

Queramos o no, hay que decidir cómo vamos a vivir. Es que al final de la vida, nos examinarán del amor, y el amor se demuestra en las obras. “Los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una resurrección de juicio”. Todo lo que nos hace falta para la salvación, lo tenemos ya. Por lo menos, el conocimiento teórico. Eso nos lo ha dado el mismo Jesús. La parte práctica es la que depende de nosotros.

“¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré.” Dios  siempre está actuando, dispuesto a mostrarnos el camino. De nosotros depende responder como es debido, como Dios quiere.

Alejandro Carbajo, C.M.F.

Meditación – Miércoles IV de Cuaresma

Hoy es miércoles IV de Cuaresma.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 5, 17-30):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo» Por eso los judíos trataban con mayor empeño de matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios.

Jesús, pues, tomando la palabra, les decía: «En verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre: lo que hace Él, eso también lo hace igualmente el Hijo. Porque el Padre quiere al Hijo y le muestra todo lo que Él hace. Y le mostrará obras aún mayores que estas, para que os asombréis. Porque, como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere. Porque el Padre no juzga a nadie; sino que todo juicio lo ha entregado al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo ha enviado. En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida.

»En verdad, en verdad os digo: llega la hora (ya estamos en ella), en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán. Porque, como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo, y le ha dado poder para juzgar, porque es Hijo del hombre. No os extrañéis de esto: llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida, y los que hayan hecho el mal, para una resurrección de juicio. Y no puedo hacer nada por mi cuenta: juzgo según lo que oigo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado».

Hoy, el Evangelio nos habla de la respuesta que Jesús dio a algunos que veían mal que Él hubiese curado a un paralítico en sábado. Jesucristo aprovecha estas críticas para manifestar su condición de Hijo de Dios y, por tanto, Señor del sábado. Unas palabras que serán motivo de la sentencia condenatoria el día del juicio en casa de Caifás. En efecto, cuando Jesús se reconoció Hijo de Dios, el gran sacerdote exclamó: «¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia, ¿qué os parece?» (Mt 26,65).

Muchas veces, Jesús había hecho referencias al Padre, pero siempre marcando una distinción: la Paternidad de Dios es diferente si se trata de Cristo o de los hombres. Y los judíos que le escuchaban le entendían muy bien: no era Hijo de Dios como los otros, sino que la filiación que reclama para Él mismo es una filiación natural. Jesús afirma que su naturaleza y la del Padre son iguales, aun siendo personas distintas. Manifiesta de esta manera su divinidad. Es éste un fragmento del Evangelio muy interesante de cara a la revelación del misterio de la Santísima Trinidad.

Entre las cosas que hoy dice el Señor hay algunas que hacen especial referencia a todos aquellos que a lo largo de la historia creerán en Él: escuchar y creer a Jesús es tener ya la vida eterna (cf. Jn 5,24). Ciertamente, no es todavía la vida definitiva, pero ya es participar de la promesa. Conviene que lo tengamos muy presente, y que hagamos el esfuerzo de escuchar la palabra de Jesús, como lo que realmente es: la Palabra de Dios que salva. La lectura y la meditación del Evangelio ha de formar parte de nuestras prácticas religiosas habituales. En las páginas reveladas oiremos las palabras de Jesús, palabras inmortales que nos abren las puertas de la vida eterna. En fin, como enseñaba san Efrén, la Palabra de Dios es una fuente inagotable de vida.

Rev. D. Francesc PERARNAU i Cañellas

Liturgia – Miércoles IV de Cuaresma

MIÉRCOLES DE LA IV SEMANA DE CUARESMA, feria

Misa de la feria (morado)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Prefacio Cuaresma.

Leccionario: Vol. II

  • Is 49, 8-15. Te he constituido alianza del pueblo para restaurar el país.
  • Sal 144. El Señor es clemente y misericordioso.
  • Jn 5, 17-30. Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere.

Antífona de entrada          Sal 68, 14
Mi oración se dirige a ti, Señor, el día de tu favor; que me escuche tu gran bondad, que tu fidelidad me ayude.

Monición de entrada y acto penitencial
Hermanos, comencemos la celebración de la Eucaristía pidiendo humildemente perdón por nuestros pecados a Dios; y dirigiéndole nuestra oración, supliquemos que nos escuche su gran bondad, y que su fidelidad nos ayude.

  • Señor, ten misericordia de nosotros.
    — Porque hemos pecado contra Ti.
  • Muéstranos, Señor, tu misericordia.
    — Y danos tu salvación.

Oración colecta
OH, Dios,
que concedes a los justos el premio de sus méritos,
y a los pecadores, por la penitencia,
les perdonas sus pecados,
ten piedad de nosotros,
para que la humilde confesión de nuestras culpas
nos obtenga tu perdón.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Hermanos, oremos confiadamente a Dios Padre, que es clemente y misericordioso, para que venga en nuestro auxilio y nos dé su salvación.

1.- Para que todos los que formamos la Iglesia proclamemos la Palabra de Dios y atraigamos a todos a Jesucristo. Roguemos al Señor.

2.- Para que los hogares cristianos de nuestra diócesis se sientan testigos del Evangelio y fomenten la vocación cristiana, sacerdotal y religiosa de sus hijos. Roguemos al Señor.

3.- Para que el Señor conceda su paz a todos los pueblos, y surjan en todos los corazones los mismos sentimientos de Cristo que vino a salvarnos. Roguemos al Señor.

4.- Para que los difuntos escuchen la voz de Dios y resuciten el día del juicio para la vida eterna. Roguemos al Señor.

5.- Para que al partir el Pan y celebrar nuestra fe, se renueve en nuestras vidas el deseo y la decisión de cumplir la voluntad de Dios. Roguemos al Señor.

Dios todopoderoso y eterno, refugio en toda clase de peligro, a quien nos dirigimos en nuestra angustia; te pedimos con fe que mires compasivamente nuestra aflicción, líbranos de la pandemia que asola, concede descanso eterno a los que han muerto, consuela a los que lloran, sana a los enfermos, da paz a los moribundos, fuerza a los trabajadores sanitarios, sabiduría a nuestros gobernantes y valentía para llegar a todos con amor glorificando juntos tu santo nombre. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
TE pedimos, Señor,
que la eficacia de este sacrificio
borre nuestra condición antigua con la misericordia
y nos haga crecer en la novedad de la salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio de Cuaresma

Antífona de comunión          Jn 3, 17
Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

Oración después de la comunión
DESPUÉS de recibir los dones del cielo,
te pedimos, Señor,
que no sean motivo de juicio para nosotros,
pues los instituiste como medicina para tus fieles.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre el pueblo
QUE tus siervos, Señor,
se sientan protegidos por tu amor,
para que, haciendo el bien en este mundo,
logren llegar a ti, suma bondad.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Santoral 17 de marzo

SAN PATRICIO, Arzobispo de Armagh, Apóstol de Irlanda (461 d.C)

Si la virtud de los vastagos redunda en honor de sus padres, con cuánta mayor justicia el nombre de San Patricio ha dado el lustre y esplendor de su santidad con que la Iglesia de Irlanda ha brillado durante muchos años y ha poblado con santos muchos lugares del mundo”. Así habla Alban Butler de San Patricio y agrega que, los campos de sus trabajos tenían por límite los remotos confines del mundo conocido entonces. El mismo nació en aquellos confines. Ya fuese el lugar de su nacimiento la aldea de Bennavem Taberniae, las cercanías de Dumbarton del Clyde, las tierras de Cumberland, hacia el sur de Hadrian’s Wall, en la desembocadura del Severn o en cualquier otro sitio, la cuestión carece de importancia. Por lo que el santo dice de sí mismo, se puede suponer que era de origen romano-bretón. Su padre, Calpurnio, era diácono y funcionario municipal; su abuelo había sido sacerdote, ya que en aquellos tiempos no se había impuesto aún la ley estricta para el celibato sacerdotal en el occidente. El nombre romano del santo era, posiblemente, el de Patricius Magonos Sucatus. Según sus propios relatos, cuando tenía dieciséis años, “aún no conocía al verdadero Dios”, con lo cual quiso decir, probablemente, que hasta entonces había vivido con la misma indiferencia de los que le rodeaban hacia los consejos y advertencias de los hombres de la Iglesia que, como él dice, “nos exhortaban a procurar nuestra salvación”. Si afirmamos que vino al mundo alrededor del año 389 no andaremos muy descaminados y asimismo podemos afirmar que hacia el 403, cuando era un chiquillo, fue secuestrado por los invasores, junto con otros muchos jóvenes, para ser vendido como siervo a los paganos de Irlanda. Durante seis años sirvió ahí al amo que lo adquirió y, en ese lapso de rudo trabajo y de sufrimiento por su esclavitud, su alma se templó maravillosamente para la santidad. De acuerdo con la tradición que se acepta por lo general, aquellos años de prueba los pasó en las vecindades de Ballymena, en la región de Antrim, sobre las laderas de los montes que ahora se llaman Slemish; pero, según otro punto de vista, el lugar de su cautiverio se encontraba en las costas de Mayo, al borde del bosque de Fochlad (o Foclut). De ser cierta esta última suposición, resultaría que el monte de Crochan Aigli, que fue el escenario del famoso ayuno de San Patricio, sirvió también de teatro a los tristes años de su primera juventud, cuando vivía a solas con Dios mientras velaba por los rebaños de su amo. Mas, cualquiera que haya sido el sitio, lo que importa es que por entonces, como él lo dice, “oraba de continuo durante las horas del día. Fue así —agrega— como el amor de Dios y el temor ante su grandeza crecieron más y más dentro de mí, al tiempo que se afirmaba mi fe y mi espíritu se conmovía y se inquietaba, de suerte que me sentía impulsado a pronunciar hasta cien oraciones en el día y, por la noche, otras tantas. Con este fin, permanecía solo en los bosques y en la montaña. Y si acaso me quedaba dormido, desde antes de que despuntara el alba me despertaba para orar, en tiempos de neviscas y de heladas, de niebla y de lluvias. Por entonces estaba contento, porque lejos de sentir en mí la tibieza que ahora suele embargarme, el espíritu hervía en mi interior”.

Cuando habían transcurrido seis años de aquella existencia en tierras de Irlanda, oyó Patricio en sueños una voz que le incitaba a aprestarse para realizar un gran esfuerzo a fin de huir de aquel lugar, recuperar su independencia, regresar a su país y valerse por sí mismo. Atento a aquellos impulsos, cierto día huyó de las tierras de su amo y caminó más de 300 kilómetros hasta llegar a la costa en procura de alguna nave que le condujese a su patria. Encontró el navío, pero tuvo que vencer muchas dificultades para embarcarse. Sus reiteradas peticiones para que le dejasen viajar gratuitamente fueron rechazada muchas veces, hasta que al fin, como respuesta do sus plegarias al ciclo, los marineros accedieron a llevarlo consigo en el bureo. La travesía fue aventurada y peligrosa, puesto que las tormentas les retuvieron tres días en el mar y, cuando al fin tocaron tierra en un lugar deshabitado de la costa, el joven Patricio y los tripulantes de la nave tuvieron que internarse por el desierto territorio y caminar durante un mes sin encontrar alma viviente que les auxiliase, de suerte que sus provisiones se agotaron. El propio Patricio nos ha dejado una narración sobre los sufrimientos que el hambre les hizo padecer en aquella aventura. “Llegó el día”, dice el santo, “en que el capitán de la nave, angustiado por nuestra situación me instaba a pedir el auxilio del cielo. ‘¿Cómo es que nos sucede esto, cristiano? Dijiste que tu Dios era grande y todopoderoso, ¿por qué entonces no le diriges una plegaria por nosotros, que estamos amenazados de morir por hambre? Tal vez no volvamos a ver a un ser humano…’ A aquellas súplicas yo respondí francamente: ‘Poned toda vuestra confianza y volved vuestros corazones al Señor mi Dios, para quien nada es imposible, a fin de que en este día os envíe vuestro alimento en abundancia y también para los siguientes del viaje, hasta que estéis satisfechos puesto que El tiene de sobra en todas partes’. Fue entonces cuando vimos cruzar por el camino una piara de cerdos; mis compañeros los persiguieron y mataron a muchos. Ahí nos quedamos dos noches y, cuando todos estuvieron bien satisfechos y hasta los perros que aún sobrevivían, quedaron hartos, reanudamos la caminata. Después de aquella comilona todos mostraban su agradecimiento a Dios y yo me convertí en un ser muy honorable a sus ojos. Desde aquel día tuvimos alimento en abundancia. Más adelante, encontraron un depósito de miel silvestre, de la cual me ofrecieron un poco para que la probase. Pero uno de ellos dijo: ‘La miel es una de las ofrendas que se hacen a los ídolos’. Gracias a mi Dios, yo no la probé”.

Por fin, los peregrinos llegaron a lugares habitados —probablemente a las Galias—, el fugitivo Patricio quedó a salvo y así, a la edad de veintidós o veintitrés años, volvió a incorporarse a su hogar. Sus familiares le acogieron cariñosamente y permaneció con ellos una larga temporada y ninguno quería dejarlo partir de nuevo. Pero, con el correr del tiempo, durante las vigilias de Patricio en los campos, se reanudaron las visiones y, con frecuencia, oyó “las voces de los que moran más allá del bosque de Foclut, más allá del mar del oeste y así gritaban todas a un tiempo, como si salieran de una sola boca, estas palabras: ‘¡Clamamos a ti, oh joven lleno de virtudes, para que vengas entre nosotros nuevamente”. “Eternas gracias deben dársele a Dios, agrega, porque al cabo de algunos años el Señor les concedió aquello por lo que clamaban”.

No hay ninguna certeza respecto al orden de los acontecimientos que se produjeron a partir de entonces. Resulta difícil aceptar que San Patricio se haya decidido a emprender la conversión de Irlanda, sin estudio y preparación previa, sin haber recibido la ordenación sacerdotal y sin contar con alguna comisión que le hubiese encomendado una autoridad eclesiástica. Por lo tanto parece indiscutible y enteramente de acuerdo con las declaraciones de los primeros biógrafos del santo, que éste haya pasado varios años en Francia antes de hacer el intento de emprender su trabajo de evangelización en Irlanda. Existen pruebas muy firmes de que pasó una temporada bastante considerable en la isla de Lérins, frente a Cannes. También tienen solidez las evidencias de que estuvo en relaciones personales con el obispo San Germán de Auxerre. Algunos historiadores sostienen que, en aquella época, hizo un viaje a Roma y que, el Papa San Celestino I fue quien le envió desde la Ciudad Eterna a Irlanda con una misión especial. Desde que se dio a la publicidad el libro del profesor Bury “Vida de San Patricio”, se ha afirmado la opinión de que el santo permaneció tres años en Lérins, de 412 a 415 y después, se radicó en Auxerre durante quince años más. Durante este tiempo recibió la ordenación sacerdotal. Mientras tanto, el Papa San Celestino envió a Paladio a Irlanda, pero éste nunca llegó a su destino puesto que, a los doce meses de haber partido, murió entre los pictos del norte de Britania. A fin de reemplazar a Paladio y llevar a cabo la misión que el Pontífice le había encomendado, San Germán de Auxerre consagró obispo a Patricio y se le confió la tarea que aún no había empezado.

Es materialmente imposible seguir los pasos del santo y obtener detalles del heroico trabajo en las tierras donde antes había estado cautivo, puesto que, para ello, no dependemos sino de los datos confusos, legendarios y muchas veces contradictorios que nos suministran sus primeros biógrafos. La tradición afirma que trabajó ante todo en el norte, en la región de Slemish que, según el investigador Muirchu, fue la misma donde Patricio cuidaba el ganado y oraba a su Dios cuando era muy joven y estaba obligado a servir al amo que le había comprado. Se dice que tan pronto como aquel amo se enteró del arribo de su antiguo siervo transformado en un venerado predicador, tuvo un acceso de furia tan violento que prendió fuego a su propia casa y pereció en medio de las llamas. Semejante anécdota se puede aceptar o no, según el criterio de cada quien, pero no hay duda de que antiguamente se la tenía por auténtica en Irlanda. Para lo que sí parece haber un fundamento histórico es para el dato de que, a su arribo a tierras irlandesas, San Patricio permaneció una temporada en Ulster, donde fundó el monasterio de Saúl y emprendió, con su energía característica, la tarea de conquistar el favor del “Gran Rey” Laoghaire, que moraba con su corte en Tara de la región de Meath. Indudablemente que hay mucho de fábula en lo que se cuenta sobre el encuentro de San Patricio con los magos druidas, pero es imposible negar que, de aquel encuentro resultó una decisión trascendental y de que el santo, ya fuera por el poder de su carácter o por el don de obrar milagros, obtuvo una rotunda victoria sobre sus oponentes paganos y hechiceros y, aquel triunfo sirvió para ganar cierta tolerancia a la predicación del cristianismo entre los pobladores de Irlanda. En los textos del Senchus Mor (el antiguo código de las leyes irlandesas), no obstante que pertenecen a una época muy posterior a la de San Patricio, hacen referencias precisas a cierto acuerdo concertado en Tara con los paganos y vinculan al santo y a su discípulo San Benigno (Benen) a las gestiones para obtenerlo. Dicen esos textos que “Patricio convocó a los hombres del Erin para que se reunieran todos en un sitio a fin de conferenciar con él. Cuando estuvieron reunidos, se les predicó el Evangelio de Cristo para que todos lo escucharan. Y sucedió que, en cuanto los hombres del Erin se enteraron del exterminio de los seres vivientes y de la resurrección de los muertos, cuando conocieron el gran poder de Patricio, demostrado desde su arribo al Erin y, cuando vieron al rey Laoghaire y a sus druidas asombrados por las grandes maravillas y los milagros que se obraban en presencia de los hombres del Erin, todos se inclinaron para mostrar su obediencia a la voluntad de Dios y a Patricio”.

Parece ser que el propio rey Laoghaire no se convirtió al cristianismo, pero varios miembros de su familia adoptaron la nueva religión y, a partir de aquel momento, la tarea del gran apóstol, a pesar de las muchas dificultades que se le oponían y de los constantes peligros que la amenazaban, incluso el riesgo de perder la vida a cada instante en su trato con aquellos seres bárbaros y violentos que halaba de civilizar, se desenvolvió al amparo de muchos jefes poderosos. Los druidas, tenaces representantes del paganismo, fueron los más acérrimos opositores de Patricio. Aun antes del arribo de éste para predicar el cristianismo, circulaba entre los druidas un extraño vaticinio respecto al santo, que Muirchu, su historiador, nos ha conservado. Dice aquella profecía, textualmente: “Cabeza de azuela (referencia a la forma aplanada de la cabeza tonsurada) vendrá con sus seguidores de cabezas chatas, y su casa (casulla o casida, es decir casa pequeña) tendrá un agujero para que saque la cabeza. Desde su mesa clamará contra la impiedad hacía el oriente de su casa. Y todos sus familiares responderán. Amén, Amén”. Los augurios agregaban esto todavía: “Por lo tanto, cuando sucedan todas estas cosas, nuestro reino, que es un reinado de idolatría, se derrumbará”.

Caemos en la cuenta de los innumerables peligros que acechaban a la misión de San Patricio, por el incidente que le ocurrió a Odhran, el cochero del apóstol. Sucedió que cierta vez, quizá a impulsos de algún presentimiento, el cochero insistió para ocupar el asiento del pescante desde el cual Patricio manejaba las bridas. Aquella vez, Odhran condujo a los caballos que tiraban del coche y fue él quien recibió el golpe mortal de una lanza que arrojaron unos domines emboscados y que, sin duda, estaba destinada a quitarle la vida a San Pul lirio. Pero, no obstante los contratiempos, el trabajo de la evangelización de Irlanda, prosiguió firmemente. Desde Tara, San Patricio avanzó hacia el norte. En Leilrim derribó al ídolo de Crom Cruach y edificó ahí mismo una iglesia cristiana. Después pasó a la región de Connaught y, entre las diversas cosas notables que ahí realizó, la población de Tirechan ha conservado para la posteridad la historia de la conversión de Ethne y de Fedelm, las dos hijas del rey Laoghaire. Las prodigiosas narraciones sobre la heroica predicación de San Patricio en Ulster, lo mismo que en Leinster y en Munster, son demasiado extensas y minuciosas para que podamos reproducirlas aquí.

Cuando Patricio había reunido en torno suyo numerosos discípulos fieles, como por ejemplo Benigno, destinado a sucederle, la obra de evangelización progresó rápidamente. El santo se mantenía en contacto con Roma y los investigadores han sugerido que aquella “aprobación” de la que hablan sus biógrafos era, ni más ni menos, una comunicación oficial del Papa San León el Grande. En los “Anales de Ulster” está asentado el dato de que, en el año 444 quedó fundada la iglesia catedral de Armagh (hoy Armoc), la sede principal de Irlanda y es probable que no pasara mucho tiempo sin que Armagh se convirtiese en un gran centro de educación y de administración. Hay buenas razones para creer que San Patricio convocó a un sínodo —casi seguramente en Armagh, aunque no se haya mencionado el sitio— y, si bien es indudable que a varios se les hicieron añadiduras y enmiendas, muchos de los decretos emitidos en aquella asamblea, han llegado hasta nosotros tal como fueron redactados originalmente. Es probable que el sínodo haya tenido lugar cuando ya estaban contados los días de San Patricio y, hacia aquella época, el apóstol era ya un anciano con la salud quebrantada, puesto que, sin una milagrosa intervención de la Providencia, no es posible que el desgaste físico por sus austeridades y sus interminables viajes, hayan dejado de producir su efecto. Sin embargo el suceso de sus cuarenta días de ayuno en las alturas de Croagh Patrik (Crochan Aigli) y los privilegios que obtuvo de la misericordia divina con sus incesantes plegarias, tiene que haber ocurrido hacia el final de su existencia. Aquellos acontecimientos nos los relata escuetamente Tirechan de la siguiente manera: “Patricio subió a la cima del monte Aigli y allá permaneció cuarenta días y cuarenta noches. Las aves le molestaban, puesto que, a causa de ellas, no podía ver la faz de los cielos, la tierra o el mar. Pero Dios dijo a todos los santos del Erin, del pasado, del presente y del futuro, que acudiesen a la cima del monte —la montaña que señorea sobre todas las otras y es de mayor altura que todas las otras montañas del occidente— para bendecir a las tribus del Erin, con el objeto de que Patricio pudiese ver (por anticipado) el fruto de sus trabajos, ya que todo el coro de los santos del Erin subió allá a visitar al que era padre de todos ellos”.

Nennius, el cronista de Britania nos legó un relato similar, pero agrega que, “desde aquella colina, Patricio bendijo al pueblo de Irlanda y, el objeto que perseguía al subir a la cima, era el de orar por todos y el de ver el fruto de sus trabajos… Después, en edad bien avanzada, fue a recoger su recompensa y a gozar de ella eternamente. Amén”. Parece cosa cierta que Patricio murió y fue sepultado en el año 461, poco antes o poco después, en la localidad de Saúl de la región de Strangford Lough, donde había edificado su primera iglesia.

Huelga señalar que en todas las antiguas biografías de San Patricio, la presencia de lo maravilloso es constante y, a menudo, en su forma más extravagante. Si, para adquirir conocimientos sobre el personaje tuviésemos que depender de las informaciones que nos proporciona la Vita Tripartita por ejemplo, nunca llegaríamos a conocer su carácter. Por fortuna, en el caso del apóstol de Irlanda poseemos una colección bastante nutrida de sus propios escritos, que nos muestran algo del hombre mismo, tal como sentía y actuaba. Solamente por medio de un estudio detenido de las “Confesiones”, la Lorica y la carta a Coroticus de San Patricio, llegaremos a comprender el hondo sentimiento humano y el todavía más profundo amor a Dios que animaban a aquel santo, y que constituían el secreto de la extraordinaria impresión que causaba sobre los que tuvieron la ventura de conocerle en persona. De no haber poseído un carácter pronunciadamente afectuoso, no se hubiese referido tantas veces al inmenso dolor que le produjo tener que separarse de las gentes de su sangre y de su casa, a las que le ligaba un cariño tiernísimo. Era naturalmente sensible, como lo prueba el hecho de que haya insistido tanto en el desinterés de los móviles que le animaban: nada le hacía sufrir tanto como las insinuaciones de que buscaba el provecho propio en la misión que había emprendido. Lo que había de humano y de divino en San Patricio, surge en los párrafos de sus escritos, como el que sigue, tomado de sus “Confesiones”:

“Incontables dones me fueron concedidos con el llanto y con las lágrimas. Contrarié a mis gentes y también, contra mi voluntad, a no pocos de mis mayores; pero como Dios era mi guía, yo no consentí en ceder ante ellos de ninguna manera. No fue por mérito propio, sino porque Dios me había conquistado y reinaba en mí. Fue El quien se resistió a los ruegos de los que me amaban, de suerte que me aparté de ellos para morar entre los paganos de Irlanda, a fin de predicarles el Evangelio y soportar una cantidad grande de insultos por parte de los incrédulos, que me hacían continuos reproches y que aun desataban persecuciones contra mí, en tanto que yo sacrificaba mi libertad en su provecho. Pero si acaso se me considera digno, estoy pronto a dar hasta mi vida en nomine de Dios, sin vacilaciones y con gozo. Es mi vida la que me propongo pasar aquí hasta que se extinga, si el Señor me concede esa gracia”.

Por otra parte, el prodigio de la abundantísima cosecha que Dios le permitió recoger en Irlanda, estaba siempre presente ante Patricio y le colmaba de gratitud. Es positivamente cierto que, en el curso de treinta años de apostolado, San Patricio convirtió a “toda Irlanda” al cristianismo. Al decirlo así, no repetimos una frase hecha de alguno de sus biógrafos, puesto que el propio santo alude, más de una vez, a las “multitudes” (innúmeros), a los “muchos miles” que él había bautizado y confirmado. “Ahí”, dice San Patricio, “donde jamás se había tenido conocimiento de Dios; allá, en Irlanda, donde se adoraba a los ídolos y se cometían toda suerte de abominaciones, ¿cómo ha sido posible formar un pueblo del Señor, donde las gentes puedan llamarse hijos de Dios? Ahí se ha visto que hijos e hijas de los reyezuelos escoceses, se transformen en monjes y en vírgenes de Cristo”. Sin embargo, como es lógico pensarlo, el paganismo, la rapacidad y el vicio, no habían desaparecido por completo. En las mismas “Confesiones”, que fueron escritas hacia el fin de su vida, dice el santo: “A diario estoy a la espera de una muerte violenta, de ser robado, de que me secuestren para servir como esclavo, o de cualquier otra calamidad semejante”. Pero más adelante agrega: “Me he puesto en manos del Dios de misericordia, del Todopoderoso Señor que gobierna toda cosa y, como dijo el profeta: ‘Deja tus cuidados con el Señor y El proveerá la manera de aliviarlos”. En esta confianza radicaba, sin duda el inagotable valor y la firme decisión manifestados por San Patricio a lo largo de su heroica carrera.

Es muy vasta la literatura concerniente a San Patricio. Entre las diversas fuentes de información, la principal es, desde luego, la colección de escritos del propio santo. El mejor de los textos de su Confesión, aunque incompleto, se encuentra en el Libro de Armagh, un manuscrito que data de los principios del siglo IX y que contiene además las “memorias” de San Patricio, compiladas por Muirchu y Tirechan, así como otros documentos. El Dr. John Gwynn hizo, en 1913 una esmerada edición de todas esas piezas, para la Real Academia de Irlanda. Previamente, el P. Edmund Hogan había publicado documentos relacionados con San Patricio, en la Analecta Bollandiana, vols. I y II (1882- 1883). La edición de la Vita Tripartita preparada por W. Stokes (1887) para la Rolls Series, es manuable y fácil para leerse; además, comprende las compilaciones de Muirchu y Tirechan, así como otros documentos entre los que conviene señalar los himnos de Secundino (Sechanall) y de Fiacc, publicados también en el Liber Hymnorum de Irlanda que editó la Sociedad de Henry Bradshaw. Posteriormente se publicaron también otras biografías del santo, como la que apareció en Trias Thaumaturge (1647). Un pequeño libro, titulado St. Patrick, his Writings and Life (1920), escrito por el Dr. N. White, es cómodo para su lectura y bastante completo. Entre los modernos biógrafos del santo debemos mencionar a J. B. Bury (1905) y al arzobispo J. Healy (1905) que incluye en su obra una traducción de los documentos que escribió el mismo San Patricio. El trabajo del Dr. Bury es particularmente valioso porque investiga profundamente la teoría del Prof. Zimmer en el sentido de que Paladio y Patricio eran una misma persona y que, la historia de la vida de San Patricio era un mito. El mismo asunto, tratado en forma distinta, aparece en The Two Patricks (1942), de T. F. O’Rahilly. Véanse también las biografías de H. Concannon (1931), de K. Müller {Der hl. Patrick) (1931), la de E. MacNeil (1934), el artículo de J. Ryan en Irish Monasticism, pp. 59-96 y passim, los Códices Patriciani Latini (1942) y un catálogo descriptivo editado por L. Bieler con notas del editor, en Analecta Bollandiana, vol. LXIII (1945), pp. 242-256, así como el artículo Life and Legend of St. Patrick, escrito por el Dr. Bieler (1949) con notas de Fr. P. Grosjean, incluido en la Analecta Bollandiana, vol. LXIII, pp. 42-73. Sobre las discusiones en cuanto al lugar de nacimiento del santo y su visita a las Galias, véase la Analecta Bollandiana, vol. LXIII (1945), pp. 65-119.

Alan Butler

Laudes – Miércoles IV de Cuaresma

LAUDES

MIÉRCOLES IV DE CUARESMA

 

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Señor, ábreme los labios.
R/. Y mi boca proclamará tu alabanza

INVITATORIO

Se reza el invitatorio cuando laudes es la primera oración del día.

Ant. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón.»

SALMO 23: ENTRADA SOLEMNE DE DIOS EN SU TEMPLO

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

— ¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

— El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

— Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

— ¿Quién es ese Rey de la gloria?
— El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

— ¿Quién es ese Rey de la gloria?
— El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Llorando los pecados
tu pueblo está, Señor.
Vuélvenos tu mirada
y danos el perdón.

Seguiremos tus pasos,
camino de la cruz,
subiendo hasta la cumbre
de la Pascua de luz.

La Cuaresma es combate;
las armas: oración, 
limosnas y vigilias
por el reino de Dios.

«Convertid vuestra vida,
volved a vuestro Dios,
y volveré a vosotros»,
esto dice el Señor.

Tus palabras de vida
nos llevan hacia ti,
los días cuaresmales
nos las hacen sentir. Amén.

SALMO 107: ALABANZA AL SEÑOR Y PETICIÓN DE AUXILIO

Ant. Dios mío, mi corazón está firme +

Dios mío, mi corazón está firme,
+para ti cantaré y tocaré, gloria mía.
Despertad, cítara y arpa
despertaré a la aurora.

Te daré gracias ante los pueblos, Señor;
tocaré para ti ante las naciones:
por tu bondad, que es más grande que los cielos;
por tu fidelidad, que alcanza a las nubes.

Elévate sobre el cielo, Dios mío,
y llene la tierra tu gloria;
para que se salven tus predilectos,
que tu mano salvadora nos responda.

Dios habló en su santuario;
«Triunfaré, ocuparé Siquén,
parcelaré el valle de Sucot;

mío es Galaad, mío Manasés,
Efraín es yelmo de mi cabeza,
Judá es mi cetro;

Moab, una jofaina para lavarme;
sobre Edom echo mi sandalia,
sobre Filistea canto victoria.»

Pero, ¿quién me guiará a la plaza fuerte,
quién me conducirá a Edom,
si tú, oh Dios, nos has rechazado
y no sales ya con nuestras tropas?

Auxílianos contra el enemigo,
que la ayuda del hombre es inútil.
Con Dios haremos proezas,
él pisoteará a nuestros enemigos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dios mío, mi corazón está firme +

CÁNTICO de ISAÍAS: ALEGRÍA DEL PROFETA ANTE LA NUEVA JERUSALÉN

Ant. El Señor me ha vestido un traje de gala y de triunfo.

Desbordo de gozo con el Señor,
y me alegro con mi Dios:
porque me ha vestido un traje de gala
y me ha envuelto en un manto de triunfo,
como novio que se pone la corona,
o novia que se adorna con sus joyas.

Como el suelo echa sus brotes,
como un jardín hace brotar sus semillas,
así el Señor hará brotar la justicia
y los himnos ante todos los pueblos.

Por amor de Sión no callaré,
por amor de Jerusalén no descansaré,
hasta que rompa la aurora de su justicia,
y su salvación llamee como antorcha.

Los pueblos verán tu justicia,
y los reyes tu gloria;
te pondrán un nombre nuevo,
pronunciando por la boca del Señor.

Serás corona fúlgida en la mano del Señor
y diadema real en la palma de tu Dios.

Ya no te llamarán «Abandonada»,
ni a tu tierra «Devastada»;
a ti te llamarán «Mi favorita»,
y a tu tierra «Desposada»,
porque el Señor te prefiere a ti,
y tu tierra tendrá marido.

Como un joven se casa con su novia,
así te desposa el que te construyó;
la alegría que encuentra el marido con su esposa,
la encontrará tu Dios contigo.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor me ha vestido un traje de gala y de triunfo.

SALMO 145: FELICIDAD DE LOS QUE ESPERAN EN DIOS

Ant. Alabaré al Señor mientras viva.

Alaba, alma mía, al Señor:
alabaré al Señor mientras viva,
tañeré para mi Dios mientras exista.

No confiéis en los príncipes,
seres de polvo que no pueden salvar;
exhalan el espíritu y vuelven al polvo,
ese día perecen sus planes.

Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob,
el que espera en el Señor, su Dios,
que hizo el cielo y la tierra,
el mar y cuanto hay en él;

que mantiene su fidelidad perpetuamente,
que hace justicia a los oprimidos,
que da pan a los hambrientos.

El Señor liberta a los cautivos,
el Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos.

El Señor guarda a los peregrinos,
sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.

El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sión, de edad en edad.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Alabaré al Señor mientras viva.

LECTURA: Dt 7, 6-8-9

El Señor, tu Dios te eligió para que fueras, entre todos los pueblos de la tierra, el pueblo de su propiedad. Por puro amor vuestro, por mantener el juramento que había hecho a vuestros padres, os sacó de Egipto con mano fuerte y os rescató de la esclavitud, del dominio del Faraón, rey de Egipto. Así sabrás que el Señor, tu Dios, es Dios: el Dios fiel que mantiene su alianza y su favor con los que lo aman y guardan sus preceptos, por mil generaciones.

RESPONSORIO BREVE

R/ Él me librará de la red del cazador.
V/ Él me librará de la red del cazador.

R/ Me cubrirá con sus plumas.
V/ Él me librará

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Él me librará de la red del cazador.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna», dice el Señor.

Benedictus. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR. Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por la boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna», dice el Señor.

PRECES

Demos gracias a Dios, nuestro Padre, que por la acción de su Espíritu purifica nuestros corazones y los llena de su amor, y digámosle:

Danos, Señor, tu Espíritu Santo.

Concédenos, Señor, el espíritu de fe y de acción de gracias,
— para recibir siempre con gozo lo bueno y soportar con paciencia lo adverso.

Haz que busquemos la caridad no únicamente en los acontecimientos importantes,
— sino, constantemente, en la vida ordinaria.

Concédenos observar el ayuno que te agrada
— compartiendo nuestro pan con los hambrientos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Danos llevar en nuestros cuerpos la muerte de tu Hijo,
— tú que nos has vivificado en su cuerpo.

Ya que Dios nos ha adoptado como hijos, oremos al Padre como nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Oh, Dios, que concedes a los justos el premio de sus méritos, y a los pecadores, por la penitencia, les perdonas sus pecados, ten piedad de nosotros, para que la humilde confesión de nuestras culpas nos obtenga tu perdón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.