Comentario – Jueves IV de Cuaresma

(Jn 5, 31-47)

Jesús quiere mostrar que él no es un loco perdido, uno que exige que todos lo escuchen y lo sigan sin motivo. Por eso dice: “Si yo diera testimonio de mí mismo mi testimonio no sería válido” (v. 31). Y entonces explica cuáles son los testimonios que muestran que su misión es auténtica, para que vean que no es irracional aceptar su Palabra y creer en él.

El “testimonio” es un tema muy presente en todo el evangelio de Juan.

El primer testimonio que presenta Jesús a su favor es el de Juan el Bautista, que había sido un profeta reconocido y admirado por todo el pueblo. El segundo testimonio son sus obras, los prodigios que realiza y que son signos de la obra más grande que él viene a cumplir. Y el tercer testimonio es lo que el Padre ha enseñado en las Sagradas Escrituras, porque todo lo que había sido anunciado se estaba cumpliendo en su persona.

Sin embargo, estos testimonios no son suficientes para los incrédulos, porque el testimonio no obliga a creer, no avasalla, no exige; es sólo una invitación respetuosa y delicada. Los corazones cerrados sólo aceptaban alabanzas y reconocimientos, pero no desafíos: “¿Cómo pueden creer si están rindiéndose honores unos a otros y ya no buscan la gloria que sólo viene de Dios?” (v. 44).

En esos corazones, enfermos de vanidad, ningún testimonio era suficiente, porque en el fondo no les interesaba lo que Dios pudiera decir, sino lo que sirviera para acariciar esa vanidad enfermiza. Por eso Jesús reprocha: “ustedes no tienen el amor de Dios” (v. 42).

Este texto nos invita a preguntarnos qué es lo que estamos buscando en la vida, qué es lo que queremos conseguir, qué es lo que nos preocupa desde que nos levantamos por la mañana hasta que nos vamos a dormir, cuáles son nuestros verdaderos intereses. ¿Nos mueve el amor de Dios o nos mueve el orgullo, la vanidad o el egoísmo?

Oración:

“Dios mío, toca mi corazón con tu amor para que deje de preocuparme por cosas vanas y superficiales; sácame de los intereses torcidos, de las vanidades que me llevan a estar pendiente sólo de mí mismo. Habita en mí con la fuerza de tu amor, y enséñame a vivir por ese amor”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día