Comentario – Viernes IV de Cuaresma

(Jn 7, 1-2.10.25-30)

Los judíos creían saber de dónde venía Jesús, porque sabían que procedía de Galilea. Pero según sus tradiciones el Mesías vendría de un lugar secreto, nadie conocería su origen. Y con este argumento negaban que Jesús fuera el Mesías.

En realidad el origen de Jesús está más allá de Galilea, porque está más allá de este mundo. Jesús procede del Padre Dios, él es su Hijo único que desde toda la eternidad recibe su vida del Padre, que comparte todo con el Padre amado.

Por eso es Jesús el único que conoce al Padre, él único que capta toda la riqueza infinita del Padre Dios, el único que ha entrado en lo más profundo del Padre. Y por eso mismo, sólo Jesús puede revelarnos al Padre. Nosotros podemos conocer al Padre en la medida en que Cristo, el Hijo único, lo revela.

Pero hay que tener en cuenta también que en la Biblia la palabra “conocer” no indica sólo un conocimiento intelectual, sino una experiencia personal, un encuentro profundo, una intimidad. Jesús no quiere revelarnos datos sobre el Padre para satisfacer nuestra curiosidad, sino para llevarnos a un encuentro personal con el Padre amado, para que nos dejemos atraer por él y entremos en su abismo de misericordia y poder.

Y Jesús no nos revela al Padre solamente con sus palabras. Toda la vida de Jesús, todos sus gestos, todas sus acciones son un reflejo del amor del Padre, ese Padre que amó tanto al mundo que le entregó a su propio Hijo.

Es bueno recordar esta santa obsesión de Jesús: mostrarnos al Padre, llevarnos al Padre, compartir con nosotros la intimidad que él tiene con el Padre. Y es bello advertir que somos invitados a eso, a un encuentro íntimo y profundo, a entrar en las profundidades de Dios.

Oración:

Señor Jesús, que vienes de la intimidad con el Padre, tú que lo conoces profundamente, llévanos al Padre. Enséñanos a conocerlo, muéstranos su amor, llévanos contigo a su presencia para que podamos descansar en sus brazos de amor”.

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día