Comentario al evangelio – Sábado IV de Cuaresma

“Yo, como manso cordero, era llevado al matadero”. Ayer vimos cómo Jesús sabía lo que iba a pasar con Él y, sin embargo, fue capaz de ir hasta el final. Es la actitud de muchos mártires, a lo largo de toda la historia. Personas capaces de morir por un ideal, por su Dios.

La persona de Jesús suscitaba muchas dudas. Nadie había hablado como Él. Nadie había realizado los milagros que Él realizó. La gente estaba desconcertada. Algunos querían creer, pero tenían miedo del “qué dirán”. Otros, quizá, no querían romper con todo lo que habían vivido hasta entonces. Es muy difícil hacer cambios tan radicales en la vida personal. Siempre se pueden encontrar excusas (¿de Galilea va a venir el Mesías?) para seguir como hasta ahora. Y estaban los peores, los que sabían la verdad, y por eso querían matar a Jesús.

Los guardias del Templo reflejan el desconcierto general. “Nadie ha hablado jamás como este Hombre”. No saben qué hacer. Los protagonistas de este fragmento del Evangelio de hoy se fueron cada uno a su casa, esperando mejor ocasión.

Estas historias nos pueden resultar más o menos interesantes, y relacionadas o no con nosotros. ¿Qué pasa con cada uno de los que escuchamos hoy esta Palabra? ¿Cómo actuamos (o no) en nuestra vida? Podemos ser de los que quieren seguir a Jesús, pero nos asusta lo que pueden pensar los demás. Y eso nos limita bastante. Somos cristianos, católicos practicantes, cuando nos viene bien o cuando no nos complica la vida. Si confesar nuestra fe supone problemas, entonces, como Nicodemo, nos escondemos.

Puede ser que vivamos muy bien como hasta ahora. Con nuestros “pecadillos”, que no son tan “gordísimos”, porque no robamos millones ni matamos a nadie. Pero nos hemos acostumbrado a vivir con esos pecados domésticos, y eso es peligroso. Porque esos “pecadillos” van a más. Y se acaban convirtiendo en “pecadotes”. Es que no ir hacia delante en el camino espiritual es retroceder.

Se trata de no rendirse nunca. Tenemos que pensar no en lo que nosotros podemos hacer, sino de pensar en lo que Dios puede hacer en nosotros. Ser como mansos corderos, llevados de la mano de Dios. Que, (a diferencia del diablo, que nos quiere llevar por caminos desviados) siempre nos va a llevar hacia la salvación. Porque nos ama. Y quiere nuestro bien. Eso no significa que vaya a ser fácil, pero es posible. Hay que hacer la opción por Dios. Y ser fieles.

Alejandro Carbajo, C.M.F.