Comentario – Domingo IV de Cuaresma

Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Hora de glorificación y, sin embargo, hora que produce en él agitación (ahora mi alma está agitada) y de la que pide ser librado: Padre, líbrame de esta hora. Pero también, hora para la que ha venido (si para esto he venido, para esta hora).

Luego si es la hora para la que ha venido, ella misma constituye la razón de ser de su vida, el objetivo y la culminación de su misión. Y si es así, entonces ¿para qué rehuirla? Sólo cabe decir: Padre, glorifica tu nombre; algo que se hace realidad en el cumplimiento de su designio, que es una glorificación, pero una glorificación que pasa por la muerte: la mayor humillación (porque nos deja reducidos a humus) y la mayor destrucción de vida.

No obstante, aquí se sigue cumpliendo esa ley que rige para el grano de trigo enterrado: que si no cae en tierra (lo que acontece con la siembra) y muerequeda infecundopero si muere, da mucho fruto. El fructificar es el resucitar del grano enterrado y muerto que se transforma en esa espiga que es multiplicación del grano sembrado y, por ello, vida renacida y sobreabundante de lo enterrado. Aquí nos encontramos con la vida que se obtiene de la renuncia a la propia vida, esa vida naturalmente poseída, pero que nace herida de muerte.

De esta manera se cumple el adagio evangélico: El que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. La vida renacida de la muerte se presenta, por tanto, como un premio divino. Es la recompensa que el Padre concede al que sirve y sigue a su Hijo y que no es sino una participación en su destino glorioso, también renacido de la muerte. Incorporados a Cristo, en cuanto cristianos, podremos participar de su propio destino glorioso, pero sin saltos ilegítimos, tras haber compartido antes su destino sufriente.

Pero no debe perderse de vista esta apreciación. Compartir su destino sufriente no es peor que sufrir nuestro destino mortal sin él. En ambos casos, con él o sin él, estamos obligados a pasar por la muerte; sin embargo, no es lo mismo hacer esta travesía dolorosa con él que sin él. Compartir su destino sufriente es pasar por el sufrimiento mortal, pero en su compañía y sostenidos por la esperanza de la gloria que nos espera. Porque no hay glorificación propiamente dicha sin muerte, esto es, sin destrucción y transformación del cuerpo mortal, del mismo modo que no hay espiga sin grano enterrado en el surco. Y la muerte nos está invitando sin pausa a la aceptación constante y sumisa de nuestra condición mortal.

Quizá sea éste el mayor acto de humillación para el ser humano orgulloso de su vitalidad, pero también es el mayor acto de obediencia o sometimiento a la voluntad de su Dueño y Señor. Por aquí pasó también Cristo en su condición mortal, pues El, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer, especialmente en esa hora de la humillación en la que se concentró todo el sufrimiento de su vida. Esa es la hora por excelencia del aprendizaje de la obediencia, entendida como aceptación de la voluntad del Padre manifestada en modo lacerante: no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú. ¿Hay mejor expresión de obediencia que ésta?

También a nosotros se nos va a exigir este acto de obediencia en nuestra hora; pero conviene que vayamos aprendiendo mientras nos acercamos a ella. Y la mejor escuela para este aprendizaje será siempre el sufrimiento en cualquiera de sus formas. Sólo sufriendo aprendemos realmente a obedecer. El sufrimiento, es cierto, provoca resistencias –se resiste nuestra sensibilidad y nuestra voluntad-, pero cuando se prolonga acaba de ordinario por derribar toda resistencia. Caen hasta las murallas más fortificadas y resistentes. Éste es sin duda uno de los principales valores del sufrimiento: que nos enseña humildad y obediencia. Y Cristo –lo leemos en la Escritura sagrada- es autor de salvación eterna para todos los que le obedecen.

Luego la salvación nos llega por la obediencia y ésta por el sufrimiento aceptado. Por eso la glorificación, que es enaltecimiento del humillado, se convierte en premio para la obediencia meritoria, es decir, la que en el sufrimiento hace méritos para obtener el premio. La hora de la glorificación y la hora de la humillación se superponen.

La elevación de Jesús en la cruz fue el momento más humillante o kenótico, aquel en el que la ignominia alcanzaba su punto más alto; pero simultáneamente se convertía en un momento exaltante; porque así, crucificado, empezaba a atraer a todos hacia él con esa atracción propia del héroe que ejerce el mártir, el testigo del amor que moría sin renunciar a ninguna de sus convicciones, que moría amando, perdonando, dando testimonio de su Padre, Dios.

Pero éste era sólo un momento previo a su expresa glorificación, que se hacía realidad gloriosa con la resurrección y entronización a la derecha del Padre. Es la resurrección la que pone de manifiesto el triunfo de Cristo sobre sus enemigos y su señorío sobre la muerte. Es la resurrección la que nos le muestra como Señor exaltado, ante el cual se dobla toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el abismo: todo para gloria de Dios Padre. Por tanto, también la glorificación del Hijo será para gloria de Dios Padre.

Tal es el fin de todo: la gloria de Dios. Nuestra propia glorificación será para gloria de Dios Padre. No hay otro fin que éste. En nuestro camino hacia este fin tendremos siempre el ejemplo y el acompañamiento de Cristo glorificado y la fuerza de su Espíritu renovador e impulsor.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística