Dios no recuerda los pecados

1. – Anthony de Mello en uno de sus libros cuenta que un sacerdote estaba harto de una beata que día tras día venía a contarle las revelaciones que Dios personalmente le hacía. La buena señora entraba en comunicación directa con el cielo y recibía mensaje tras mensaje. El cura, queriendo descubrir lo que había de superstición en aquellas supuestas revelaciones, dijo a la mujer:

— Mira, la próxima vez que veas a Dios dile, para que yo esté seguro de que es El quien te habla, que te diga cuáles son mis pecados, esos que sólo yo conozco.

El cura pensó que así la mujer callaría para siempre. Pero a los pocos días apareció de nuevo la beata.

— ¿Hablaste con Dios?

— Sí.

— ¿Y te dijo mis pecados?

— Me dijo que no me los podía decir porque los había olvidado.

Al oír esta respuesta el sacerdote no pudo concluir si las apariciones eran verdaderas o eran falsas. Pero descubrió que la teología de aquella buena mujer era buena y profunda; porque la verdad es que Dios no sólo perdona los pecados de los hombres, sino que una vez perdonados los olvida, es decir los perdona del todo.

2.- Viene esto a cuento de la conclusión con la que termina la primera lectura del profeta Jeremías que dice que el Señor perdona los crímenes del pueblo y “no recuerda sus pecados”. Dios oye las súplicas del pecador arrepentido que pide en el salmo 50 le conceda “un corazón nuevo”. Hemos de confiar siempre en la misericordia y la bondad de Dios que es compasivo y borra nuestras culpas. Muchas personas cargan toda su vida con un fardo pesado, creyendo que hay que aplacar la ira de Dios por el pecado cometido. Recuerdo una escena de la película “La Misión” cuando el ex capitán Mendoza sube a lo más alto de la catarata con toda su armadura, hasta que viéndole extenuado el P. Gabriel le corta sus amarras. ¿Cuál es la muestra de arrepentimiento que Dios espera de nosotros? Que sepamos negarnos a nosotros mismo, es decir morir a nosotros mismos, a nuestro egoísmo, como el grano de trigo que cae en tierra y muere para dar vida. Así se cumple aquello de que “el que pierde su vida por mí, la encontrará”.

3. – Jesús, llegada su hora, demostró que aceptaba cumplir la voluntad de Dios. Hacer la voluntad de Dios significa “hacer lo que agrada a Dios, hacer lo que Dios desea” No se trata de obedecer una ley abstracta e impersonal, sino de vivir las consecuencias de una relación personal con Dios como la que tenía Jesús con el Padre. En efecto, cuando amamos a alguien buscamos espontáneamente hacer lo que le agrada, actuar en pos de su felicidad. Pero, al mismo tiempo, si Dios nos ama, su felicidad es que nosotros descubramos la vida en plenitud, que seamos felices, no una felicidad superficial, sino la que experimenta el ser humano que se convierte en el hombre que está llamado a ser. Respetando nuestra libertad, Dios nos invita a realizar plenamente el ser que somos, desarrollando todos los dones depositados en nosotros. Su designio no es una cadena que suprima nuestra libertad sino una llamada a utilizarla plenamente para ser cada vez más capaces, a imagen suya, de amar y servir. Jesús, el hombre más libre que podemos imaginarnos, hizo la voluntad de Padre, “aprendió sufriendo a obedecer” (Carta a los Hebreos). Hay personas que al rezar el Padrenuestro dicen con vacilación “hágase tu voluntad”, como si se tratase de algo difícil de cumplir o algo malo que nos va a suceder. No han llegado a darse cuenta que todo es para nuestro bien, es un Dios que está a favor nuestro, cuya voluntad es nuestra felicidad, aunque tengamos que morir a nosotros mismos. La voluntad de Dios para nuestro mundo es que se haga realidad el Reino de Dios, un reino donde haya justicia, misericordia y perdón como condimentos para que estalle la paz. Todos somos corresponsables de que la voluntad de Dios para nuestro mundo comience aquí y ahora…

4. -Jesús nos propone negarnos a nosotros mismos, aborrecernos en este mundo para guardarnos para la vida eterna. Es decir, adquirir la libertad interior que nos permita servirle a El. ¿Qué es servir a Cristo? simplemente… seguirle. San Agustín, comentando este texto nos dice que sirven a Cristo los que no buscan sus propios intereses, sino los de Jesucristo. Quien dice que permanece en Cristo debe caminar como El caminó. Para servir a Cristo hay que hacer sus mismos servicios: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, hospedar al forastero, visitar al enfermo y al que está en la cárcel. Y ésta es una tarea que podemos realizar todos, no solo a los obispos o sacerdotes. Y a quien sirva a Cristo de este modo, concluye San Agustín, “el Padre le honrará con el extraordinario honor de estar con su Hijo y su felicidad será inagotable” (Comentarios al evangelio de San Juan 51, 9-13)

José María Martín, OSA