El pecado y la penitencia

1 – Este quinto domingo de Cuaresma es el último. El próximo es ya Domingo de Ramos y se inicia la Pasión del Señor es un tiempo que llamamos Semana Santa. Hemos subido toda la cuaresma camino de la Pascua, de la Resurrección y Gloria del Señor Jesús. Y en este camino de penitencia llegamos al perdón que Dios nos otorga. El Salmo 50, que acabamos de leer, se ha considerado a lo largo de la historia como una pieza importante de la liturgia penitencial. La petición no puede ser más adecuada para este tiempo “Oh Dios, crea en mi un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu fuerte. Devuélveme la alegría de la salvación”. Un corazón impuro es aquel que ve el mal por todas las partes y que no es capaz de contemplar la alegría de la salvación.

En los tiempos modernos el debate sobre el pecado ha sido muy importante. Ahora que terminamos con el Quinto Domingo de Cuaresma este ciclo para entrar después en la Semana Santa debemos saber si el tiempo fuerte de Cuaresma ha servido para la purificación del espíritu, el perdón de los pecados y el uso alegre del Sacramento de la Penitencia. Con la aparición de las técnicas de estudio sobre la mente y el espíritu apareció la doctrina del exculpamiento. Sigmund Freud, creador del psicoanálisis, analizó convenientemente el sentimiento de culpa y los traumas que dicho sentido de la culpabilidad ofrecía. Se quiso purificar la conciencia mediante la desdramatización posterior de ciertos efectos nocivos de las conciencias.

Pero se creó una nueva ley y, al igual, que San Pablo planteaba que la Ley mosaica mostraba el pecado y que sin el conocimiento de dicha ley no se sabría lo que era el pecado, el psicoanálisis y la psiquiatría comenzaron a dar una importancia inusitada al complejo de culpa manteniéndolo como zona indeleble y del espíritu y condicionador de las conciencias.

2 – La realidad natural es más sencilla. Los remordimientos por las malas acciones tienen una duración limitada porque el ser humano tiene tendencia al olvido y porque, asimismo, otras acciones buenas se sobreponen sobre las malas. Hay sucedidos que por su gravedad tienden a durar más sobre las conciencias pero tiene que existir una capacidad de somatización y olvido de lo coyuntural. Algunos tratadistas han comparado el Sacramento de la Penitencia con una especie de psicoanálisis por lo que ambos actos tienen de afloramiento de los males internos estancados. Eso, aunque es cierto, es quitarle importancia al acto de confesarse.

La Confesión pone a la persona frente a Dios, con la intermediación discreta del sacerdote. Nuestros males –y pecados– suponen en la mayoría de los casos un distanciamiento de la doctrina principal dada por Jesucristo. “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo” Y es que la mayoría de nuestros pecados son daños hechos a nuestros hermanos cuando nos olvidamos de Dios. Llama la atención que en relato evangélico del Juicio Final, Cristo pregunta –preguntará– por los actos buenos y malos realizados con y contra Él en los hermanos. Dar de comer, de beber, abrigo, visitas, etc. Es esa mala relación entre nosotros, Dios y los hermanos lo que produce el pecado. Ahí aparecen la violencia, la explotación, el culto al dinero, etc.

Parece, entonces, que queda en una esquina lejana otro tipo de pecados que son los relativos al sexo y suelen ser muy frecuentes. Hay, asimismo, una tendencia a disculparlos. Pero es un absurdo. En la prostitución, en la promiscuidad, en la pornografía hay fundamentalmente mucho de esos males violentos contra el prójimo y contra uno mismo. El sexo se desboca y hace mucho mal. Los adulterios rompen las familias y en muchos casos en el inicio de una crisis de esa naturaleza se ha iniciado por una aventura galante sin aparente importancia. El pecado es siempre igual. Es siempre lo mismo: la lejanía de Dios y el daño a los hermanos. Hay -claro- muchas formas de llevarlo a cabo. No debemos olvidar que hay pecado en nosotros. En estos días debemos volver a Dios. El premio inmediato es una paz que habla de Dios y ama. Y resulta necesario que en este umbral del próximo inicio de los sublimes misterios de la Semana Santa nuestras almas se purifiquen del pecado. Reflexionemos en estos días que nos quedan hasta el Domingo de Ramos sobre nuestras carencias y faltas.

3 – Nos vamos acercando a la Pascua y es un tiempo de explosión de gran alegría. Pero antes aparece la tristeza de la muerte de Jesús en un hecho aparentemente inexplicable y cruel. Jesús, en su condición humana, como nosotros, habla en el Evangelio de San Juan de que tiene el “alma agitada”, pero tiene que cumplir con su misión. Insistimos en que resulta muy difícil la comprensión completa del sacrificio de Jesús. Sus mismos discípulos no entendían que quien había venido a liberar a Israel tuviera que morir, en un tremendo fracaso personal y humano. Por eso, luego, fue tan grande la huella de la Resurrección de Cristo. Todo el dificilísimo rompecabezas se recomponía con un dibujo aún más sublime que el esperado. Verdaderamente, Jesús, era el Señor. Aunque, sin embargo, en sus mentes, aún con la presencia de Jesús Resucitado, se esperaba el triunfo temporal, el éxito político. Habría que esperar un poco más: hasta el día de Pentecostés. Es, entonces, cuando el Espíritu Santo enseñó todo a los discípulos.

Ángel Gómez Escorial