La hora de la gloria

1.- “He aquí que vienen días -dice Yahvé- en que yo concluiré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva ” (Jr 31, 31) Israel y Judá. Los dos reinos, al norte y al sur, que constituían el pueblo elegido de Dios. Fueron figura y tipo del pueblo definitivo que con Cristo se constituiría, la Iglesia católica en donde tendrían cabida los verdaderos hijos de Abrahán, los nacidos no de la sangre ni de la voluntad de varón, sino de Dios, los regenerados por las aguas del Bautismo, fueran o no judíos.

Algunos judíos habían despreciado al Señor que le libertó. Había roto el pacto, la alianza santa. Dios había permanecido siempre fiel, siempre leal a lo convenido. Y ahora, cuando la alianza ha sido rota, Yahvé deseó restablecerla. Pero entonces fue de manera distinta, mucho más estable, eterna.

Y en cada uno de nosotros se repite la historia. Hay una alianza por la que Dios nos ama por propia iniciativa y se nos entrega generosamente, como nuestro protector y Padre. Sin embargo, una serie de infidelidades por nuestra parte van debilitando esos lazos de amistad con Dios, que a pesar de todo sigue amándonos… Es necesario tomar conciencia de esta situación y rectificar a fondo: Estamos en el tiempo propicio para convertir nuestro corazón hacia Dios. Corregir nuestros errores y restablecer de nuevo la alianza que nos une con Dios. El mejor modo es acercarnos al Sacramento de la Reconciliación y, una vez perdonados, participar con el corazón contrito y humillado, con el alma limpia y en el banquete sacrificial de la santa Misa, comer el Cuerpo de Cristo, beber su Sangre, la que restablece y sella continuamente el pacto perenne del amor de Dios.

“Pondré mi ley en su interior, en su corazón la escribiré, y seré su Dios y ellos serán mi pueblo ” (Jr 31, 33.) También Ezequiel se refiere a los tiempos de la nueva alianza, los tiempos de Cristo: “Os rociaré con agua pura y os purificaré de todas vuestras inmundicias y de todos vuestros ídolos. Os daré un corazón nuevo y os infundiré un nuevo espíritu, quitaré de vuestro cuerpo el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi Espíritu en vosotros, y haré que viváis según mis preceptos, observando y guardando mis leyes”.

Una ley escrita en el corazón, una ley amada de tal modo que el cumplirla sea una fuente indecible de gozo. Una ley que salga del corazón, de lo más íntimo del hombre. La nueva ley, la de Cristo, la del amor. Poder obrar siempre por amor, que es lo mismo que actuar siempre con libertad y con alegría. Movidos por el Espíritu de Dios, el Santo, el que nos hace clamar sin poder reprimirlo: “Abba”, Padre. Así, con una gran paz y una gran confianza: Padre. Sin más. Y sin menos.

Si no somos buenos es porque no queremos, si no somos felices es porque no nos da la gana. Porque no ponemos el más mínimo esfuerzo para lograrlo. Es decir, cumplir gustoso el pequeño deber de cada momento, la generosidad en la entrega del sencillo detalle, del pequeño vencimiento. Las grandes tentaciones, las “irresistibles”, nunca vienen de improviso. Están precedidas de pequeñas derrotas, de pequeñas concesiones… Amor, amor es lo que hay que poner en la vida. Porque si no hay amor, no hay detalles, no hay finura, verdadera correspondencia a ese amor encendido de Dios por nosotros. Porque, no lo olvidemos, al amor sólo se le responde de una forma: amando.

2.- “Misericordia, Dios mío, por tu bondad…” (Sal 50, 3) El canto interleccional de hoy es una de las páginas más bellas y emotivas que han brotado del corazón arrepentido del hombre. El rey David ha cometido un terrible pecado: Ha hecho matar a Urías, su fiel soldado, para apoderarse de su esposa, la hermosa Betsabé. Cegado por la pasión, no veía la maldad de su crimen Y cuando Natán el profeta quita la venda de sus ojos, el rey de Israel, que a pesar de todo era noble y bueno, comprende horrorizado el mal que ha cometido y exclama lacónico y compungido: He pecado contra Dios.

Luego compone este famoso salmo llamado “Miserere”, con el que reconoce su pecado suplicando, humilde y profundamente apenado, el perdón divino: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad; por tu inmensa compasión borra mi culpa, lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu”.

Es una oración para que también nosotros la recitemos desde lo más íntimo de nuestro corazón. Ojalá comprendamos, ahondemos, como David, en nuestra personal miseria. Ojalá digamos a Dios que se apiade de nosotros y nos perdone, que tenga compasión de esta nuestra mezquindad.

“Devuélveme la alegría de tu salvación…” (Sal 50, 14) Quien ha probado el gozo de la amistad divina, el que ha sentido su inefable cercanía, ése podrá comprender el desconsuelo del rey pecador. Cuando se ha tenido a Dios como fuerza y como apoyo, como luz y como salvación, el perderlo es lo más doloroso que puede ocurrir, lo más triste. El optimismo se cambia entonces en desesperación y desaliento, el gozo en llanto, la paz en terrible zozobra.

Te lo pedimos, Señor. Concédenos el sentir hondamente la desdicha de haberte ofendido, o al menos permítenos saberlo de tal forma que ese mero conocimiento nos aparte del pecado, nos haga volver hacia ti con el corazón partido, y te digamos con David esas palabras tan llenas de dolor de amor. “Devuélveme la alegría de tu salvación, afianzándome con espíritu generoso. Enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti. Los sacrificios no te satisfacen. Si te ofreciera un holocausto no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado, un corazón quebrantado y humillado Tú no lo desprecias”.

3.- “Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer” (Hb 5,8) Jesús era el Hijo de Dios. Él no tenía que someterse a esa ley que es ley de vida, la del sufrimiento. Él estaba libre de todo pecado que purgar. Él es la inocencia misma. Y sin embargo se somete al dolor y a la muerte. Acepta hasta las últimas consecuencias el hecho de haberse encarnado.

Años de trabajo constante y agotador, sumergido en el anonimato de un oficio sencillo y humilde, duro y fatigoso. Años de penas y de alegrías, en el monótono transcurso de una vida ordinaria. Y luego el ir y venir de tantas correrías por tierras de Palestina, predicando el difícil mensaje de la renuncia y el olvido de sí mismo, hablando de entrega generosa y desinteresada a los demás, la necesidad de amar a todos hasta el heroísmo. Y por fin la pasión, la traición del amigo, la ingratitud del pueblo amado, la negación del elegido como propio vicario, el abandono de sus hombres de confianza. La cruz y los clavos rajando sus manos y pies ante la mirada dolorida de su madre. Si Jesús, a pesar de ser el Hijo, pasa por todo eso, cómo nos extrañamos que también nosotros pasemos en nuestro caminar terreno por el sendero del Calvario.

“Y llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna” (Hb 5, 9) El sacrificio de Cristo se consumó. En su caso no ocurrió como en el de Isaac. Abrahán cuando está a punto de sacrificar a su hijo, es detenido por el ángel de Dios. Con Cristo no sucede lo mismo y sus verdugos no son detenidos en el momento de azotarle hasta dejarlo medio muerto, ni se les impide clavar el cuerpo desnudo y exhausto de Cristo en el árbol de la Cruz.

Un desenlace trágico para la más bella historia que un día comenzó en Belén. Pero aquello no era el fin, aunque muchos pensaron que sí lo era. En realidad no era más que el comienzo. Sí, es entonces cuando se restablece realmente la amistad entre Dios y los hombres, cuando se inicia la redención de la pobre Humanidad.

4.- “Entre los que habían venido a celebrar la fiesta…” (Jn 12, 20) El Evangelio de hoy nos acerca al momento crucial en el que Jesús subió al patíbulo de la Cruz, para vencer con su vida a la muerte, para dar vida a los que estábamos muertos para Dios. Como los griegos de esta página evangélica, digamos también nosotros: Queremos ver a Jesús. Pero, mejor que a los apóstoles, vayamos a Santa María para manifestarle nuestro deseo de conocer más y mejor a nuestro Redentor, acerquémonos además a la Iglesia, pues en ella quiso Jesús mostrarse a los hombres como signo de salvación.

Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre; es decir, ha llegado el momento crucial en el que el Hijo de Dios hecho hombre llegue al culmen de su gloria, a la suprema victoria sobre las fuerzas del mal. Pero antes era precisa su inmolación, la sumisión humilde y serena a los planes divinos. Antes de la floración de las granadas espigas era necesario que la siembra se realizara; era preciso que el grano de trigo cayera en tierra y se transformara lenta y ocultamente entre los surcos. Con estas imágenes Jesús nos traza todo un programa de vida; ocultarse y desaparecer, perder la vida para ganarla, quemarnos en silencio para ser luz y calor de este nuestro mundo tan oscuro y tan frío.

“El que quiera servirme que me siga y donde esté yo, allí estará también mi servidor; a quien me sirva, el Padre le premiará”. Jesús nos abre un camino, sus palabras indican con claridad y con fuerza un itinerario a seguir, si realmente queremos alcanzar el glorioso destino para el que hemos sido creados. Una senda escarpada en ocasiones, pero que nos conduce con seguridad a las más bellas cumbres que el hombre no puede ni soñar.

Ante el recuerdo de lo que le espera en la Pasión, el Señor manifiesta sus íntimos temores, se agita interiormente. Agitación que cuando se acerque aún más la hora de la inmolación se convertirá en angustias de muerte, en sudor de sangre. Su naturaleza humana se resiente, lo mismo que se resiente la nuestra bajo el peso de la aflicción y del dolor. Porque aceptar la Cruz no supone vernos libres del sufrimiento que ella comporta, aunque es cierto que esa aceptación conlleva la serenidad y la reciedumbre, necesarias para llegar hasta el sacrificio supremo.

Como un rey vencedor es elevado sobre su propio escudo, así subió Jesús a la cruz convirtiéndola en trono de gloria. Desde entonces, elevado sobre la tierra, clavado en el madero, es foco de atracción para todos los hombres. Los que queremos seguirle y levantarlo en alto, para mostrarlo como en un elevado ostensorio, ante todos los hombres del mundo, hemos de “cristificar” nuestras vidas para que donde quiera que estemos, con nuestra entrega callada y gozosa, Cristo sea claramente manifestado como poderoso faro de atracción salvadora.

Antonio García Moreno