El tatuaje de Dios

Hasta hace unos años, los tatuajes eran algo excepcional y se consideraban propios de grupos marginales. Pero hoy en día se han convertido en algo muy común. Para hacerlos, un tatuador introduce tinta en la piel a través de agujas o de una máquina eléctrica, por lo que el proceso conlleva dolor, incluso algo de sangre; a pesar de esto, hay quien decide hacerlo. Algunos vemos los tatuajes pero no sabemos o entendemos lo que significan para esa persona. Los motivos para tatuarse son muy variados: unas veces por simple moda o como un adorno, otras veces como un signo de hermandad o pertenencia a un grupo… Y es muy común que el tatuaje vaya asociado a algo muy significativo o a alguien querido, y así encontramos tatuajes de fechas, rostros, iniciales…

Estamos en el último domingo de Cuaresma, a punto de iniciar la Semana Santa, en la que celebramos y actualizamos los misterios centrales de nuestra fe: la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Aunque este año no habrá actos o celebraciones en la vía pública, en estos días son muchos los que, como hemos escuchado en el Evangelio, “quisieran ver a Jesús”.

Los motivos para “querer ver a Jesús” pueden ser muy diversos: tradición, curiosidad, simple interés cultural… pero estas motivaciones generalmente se quedan “en la piel”, se ven las celebraciones pero no transforma a quienes las están viviendo como meros espectadores, no tocan lo profundo de las personas y, cuando pasa la Semana Santa, no vuelven a acercarse a la Iglesia.

En este domingo el Señor nos invita a que estos misterios que nos disponemos a celebrar nos lleguen a lo profundo, nos marquen, y por eso quiere “tatuarse” en nosotros, como hemos escuchado en la 1ª lectura: Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones.

El “tatuador” que el Padre nos envía es su propio Hijo, que en sí mismo, en su Corazón, ya lleva “tatuada” la ley de Dios: he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado (Jn 6, 38), y por eso hoy ha dicho: Por esto he venido, para esta hora.

Jesús se dejó “tatuar” por el Padre porque quiere “atraer a todos hacia Él”, y por eso no quiere que nos quedemos como espectadores, sólo “viendo” los misterios de su Pasión, Muerte y Resurrección de un modo superficial: quiere que resulten significativos para nosotros y para nuestra vida, quiere que también recibamos el “tatuaje de Dios” en nuestro corazón.

Y este “tatuaje de Dios”, como los otros tatuajes, no se realiza de la noche a la mañana. Supone un proceso, como Él ha dicho: El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. Un proceso que conlleva dolor: a gritos y con lágrimas (2ª lectura) y, a veces, también sangre: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo, pero si muere, da mucho fruto. Porque para llevar en nuestro corazón el tatuaje de Dios tenemos que aprender a “morir” a todo lo que nos aparta de Él, para poder dar mucho fruto.

Así es como el “tatuaje de Dios” será visible, para nosotros y para los demás. Quizá muchos no entiendan por qué lo llevamos, pero para nosotros será algo significativo, un recordatorio de la presencia de Aquél que nos ha amado hasta el extremo, hasta la muerte de Cruz”.

¿Qué pienso de los tatuajes? ¿Entiendo la motivación que alguien pueda tener para hacérselo? ¿Llevo algún tatuaje en mi cuerpo? ¿Por qué me lo hice, qué significa para mí?

Llevar el tatuaje de Dios no es un adorno, no es algo superficial: debe estar escrito en nuestro corazón, debe resultar significativo para nosotros, debe influir en nuestra vida.

Cuando lo “veamos”, nos debe recordar y revivir el misterio del amor de Dios manifestado en la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús.

Sobre todo, el tatuaje de Dios hará que no sintamos hermanados con Jesús, porque se cumplirá lo que ha dicho: donde esté yo, allí también estará mi servidor. Y por esto merece la pena asumir el dolor, las renuncias y las “muertes” que debemos ir realizando cada día para que nuestra vida no quede infecunda, sino que dé mucho fruto, como lo dio la muerte de Jesús en la Cruz.