Lectio Divina – Domingo V de Cuaresma

INTRODUCCIÓN

Nuestra muerte para siempre es totalmente impensable desde el amor que Dios nos tiene. Un Padre quiere vivir siempre con sus hijos y desea que éstos vivan siempre felices. Me parece totalmente fuera de lógica que Dios Padre nos entregue a su propio Hijo, viva con nosotros, sufra con nosotros, muera en una Cruz y después se vaya al cielo dejando   las cosas tan mal como antes de venir. La lógica del amor pide que vivamos con Dios para siempre. Nos ha comprado con un precio demasiado caro. A nosotros sólo nos queda acepar de corazón el regalo de Dios y agradecerlo.

TEXTOS BÍBLICOS

1ª Lectura: Jer. 31,31-34.     2ª Lectura: Heb. 5,7-9

EVANGELIO

Jn. 12,20-33

Entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; 21estos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: «Señor, queremos ver a Jesús». 22Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. 23Jesús les contestó: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. 24En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. 25El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. 26El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará. 27Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si por esto he venido, para esta hora: 28Padre, glorifica tu nombre». Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo». 29La gente que estaba allí y lo oyó, decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. 30Jesús tomó la palabra y dijo: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. 31Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. 32Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí». 33Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.

REFLEXIÓN

Las tres lecturas de la liturgia de este domingo nos dan buenas enseñanzas:

Primera lectura: La ley del corazón.

El pueblo judío siempre ha estado muy pendiente de las leyes de Dios. Pero, a veces, ha olvidado que las leyes de Dios son caminos hacia el amor. Por eso ha sido necesario que los profetas nos interpretaran su sentido. Hoy, el profeta Jeremías se adelanta al Nuevo Testamento y nos habla de una “alianza nueva”. Y es que una alianza sin amor es un contrasentido. Y las   leyes antiguas se habían vaciado de aquello que las sostenían: el amor. Sin amor, todas las leyes de Dios se deterioran, envejecen. Esta ley la pone Dios en el lugar de donde nunca debieron salir: el corazón. Estonos hace pensar que las leyes de Dios, cumplidas sin amor, son un cumplimiento. Un cumplo y miento. Por eso Jesús fue tan crítico contra los judíos de su tiempo. En realidad eran unos hipócritas. Antes de cumplir cualquier norma debemos reflexionar “desde donde” las cumplimos. Si no vienen del corazón están mal situadas.

Según lectura: Jesús aprende algo que no sabía como Dios: obedecer.

Jesús vive en una obediencia total al Padre. Esto le costará “gritos y lágrimas”. Así aprende a obedecer, es decir, aprende lo que significa ser hombre. Y asume la Encarnación con todas sus consecuencias. ¿Quién es hombre y no sufre? ¿Quién es hombre y no llora? ¿Quién es hombre y no muere? Jesús quiso ser hombre con todas sus consecuencias. Y así se hace verdaderamente “nuestro hermano”.

Tercera lectura: Jesús tiene una ley: la del grano de trigo. Tiene que morir para dar fruto.

Bello y grandioso el deseo de aquellos “griegos” que se acercan a Felipe y le dicen: “Queremos ver a Jesús”. No eran judíos, pero han entendido que Jesús es patrimonio de toda la humanidad. Todos, judíos y no judíos, tenemos necesidad de Jesús. Jesús no es un lujo sino una necesidad. Y como tenemos necesidad de comer, de beber, de dormir, de respirar, así también tenemos necesidad de Jesús.

“El grano de trigo, si no muere, no da fruto”.  Si el labrador se lamentara de tirar la semilla en el campo y prefiriera guardarla en el granero, mantendría la semilla, pero no podría obtener fruto. Dar la vida, entregar la vida, gastar la vida por los demás, a todos nos cuesta. También a Jesús. Pero Jesús no mira lo que tira, sino el fruto que va a recoger. Y si yo hoy soy cristiano, si yo puedo salvarme, si yo puedo enriquecerme con los tesoros de Dios, ha sido porque Jesús, como buena semilla, se enterró en el campo, murió, pero después resucitó. La resurrección de Jesús fue la gran cosecha para todos. Es cierto que Dios no quiere el dolor ni el sufrimiento. Ni para su Hijo ni para nadie. Pero sabe que sólo a través del sufrimiento puede quitar el sufrimiento. Sólo muriendo, puede dar la vida a todos. Una vida gastada, entregada a los demás, es la mejor manera de encontrarla en plenitud.

PREGUNTAS

1.- ¿Me gusta llevar la Ley de Dios en el corazón? ¿Me encanta obrar siempre por amor?

2.- ¿Entiendo la obediencia como el mejor modo de hacer lo que a Dios le agrada?

3.- ¿Estoy convencido de que sólo los egoístas, los que no arriesgan su vida son los que la pierden?

ESTE EVANGELIO, EN VERSO, SUENA ASÍ:

Con la intención de vivir
en actitud de servicio,
queremos «verte», Señor,
y ser tus fieles testigos.

Muchas veces te miramos
con ojos tristes, sin brillo.
No anda nuestro corazón
al compás de tus latidos.

Hoy, nos recuerdas, Señor,
tu modo de ser, tu estilo
de morir y dar la vida
como fiel «grano de trigo».

Señor, si no muere el grano,
se queda solo y vacío.
Pero si muere en la tierra,
en el fruto, sigue vivo.

Al morir, Señor, en cruz,
por amor, has florecido
en una espiga, que ofrece
los «nombres» de tus amigos.

Nosotros, con fe, queremos
seguir, Señor, tu camino.
Nunca le pesa la cruz
al que está de amor herido.

Del trigo sale la harina
Al molerlo en el molino.
Haznos, Señor, pan de amor
Para pobres y mendigos.

(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí).

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén