Comentario – Martes V de Cuaresma

(Jn 8, 21-30)

Poco a poco Jesús va mostrando quién es él, va revelando lo más profundo de su ser, aunque en los oyentes reinaba la confusión, la incomprensión y el rechazo. Jesús nos invita a descubrir que él no es un simple ser humano; que, sin dejar de ser verdadero hombre, él es «de arriba», él no es «de este mundo».

Pero las palabras más importantes de este texto son las del versículo 28: «Cuando levanten al Hijo del Hombre, comprenderán que Yo soy». Porque esta expresión «Yo soy», a secas, era el nombre de Dios en el Antiguo Testamento (Éx 3, 14; Is 43, 10-12), y al expresarse así Jesús está hablando de su divinidad.

En este capítulo Jesús usa tres veces este nombre divino («Yo soy»), y cuando lo usa por tercera vez las autoridades judías toman conciencia de la seriedad de lo que estaba diciendo. Por eso reaccionan bruscamente tratando de apedrearlo (v. 59). Lo mismo sucede en 5, 18, donde se dice que querían matarlo porque «se hacía a sí mismo igual a Dios». Y si vamos a 20, 28, vemos que Tomás reconoce la divinidad de Jesús diciéndole: «Señor mío y Dios mío».

Estos textos del evangelio de Juan nos muestran que Jesús no se presentaba sólo como una criatura celestial, como un «ser divino» creado por Dios. Así lo entendían los herejes llamados «arríanos», y así lo entienden hoy los «Testigos de Jehová», por ejemplo. Estos textos nos muestran que Jesús se presentaba como Dios igual que el Padre, como el Hijo que recibe del Padre su misma perfección divina. Así lo entendían claramente los

judíos que querían matarlo por blasfemia, porque se hacía a sí mismo «igual» a Dios. Y así lo reconoce Tomás al decirle «Dios mío». Es más, el texto griego original del evangelio dice exactamente «el Dios mío», y al usar el artículo «el» está aplicando a Jesús la expresión que se usaba para hablar del Padre Dios en Juan 1,1.

Oración:

Adoro tu divinidad Jesús, te reconozco como verdadero hombre, pero también como mi Dios perfecto, Hijo único del Padre que compartes su misma gloria y su perfección divina. Gloria y alabanza a ti, Jesús, Dios verdadero».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día