La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

1.- PARÁBOLA DEL SEMBRADOR

Mt 13, 1-23; Mc 4, 1-20; Lc 8, 4-15

San Mateo nos dice que aquel día Jesús se sentó junto al mar y se le acercó tanta gente para oír su palabra que hubo de subirse a una barca, mientras la multitud le escuchaba desde la orilla. Estas parábolas, por su homogeneidad y por el contexto mismo en el que fueron expuestas, debieron de ser pronunciadas el mismo día.

El Señor, sentado ya en la pequeña embarcación, comenzó a enseñarles: He aquí que salió el sembrador a sembrar…, y la semilla cayó en tierra muy desigual.

En Galilea, terreno accidentado y lleno de colinas, se destinaban a la siembra pequeñas extensiones de terreno en valles y riberas; la parábola reproduce la situación agrícola de aquellas tierras. El sembrador esparce a voleo su semilla con generosidad, y así se explica que una parte caiga en el camino. La semilla caída en estos senderos era pronto comida por los pájaros o pisoteada por los transeúntes. El detalle del suelo pedregoso, cubierto solo por una delgada capa de tierra, correspondía también a la realidad. A causa de su poca profundidad, brota la semilla con más rapidez, pero el calor la seca con la misma prontitud por carecer de raíces más hondas.

El terreno donde cae la semilla es el mundo entero, cada hombre. Y, aunque la siembra es realizada con los cuidados necesarios, el fruto depende en buena parte del estado de la tierra donde cae. Las palabras de Jesús nos muestran la responsabilidad que tiene el hombre de disponerse para aceptar y corresponder a la gracia de Dios, que siembra en todos con largueza.

Parte cayó junto al camino y vinieron los pájaros y se la comieron. Todo el que oye la palabra del Reino y no entiende, viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón. El camino es la tierra pisada, endurecida; son las almas disipadas, vacías, abiertas por completo a lo externo…; son también las almas sin cultivo alguno, nunca roturadas, acostumbradas a vivir de espaldas a la verdadera interioridad. Son corazones duros, como esos viejos caminos continuamente transitados. Escuchan la palabra divina, pero con suma facilidad el diablo la arranca de sus almas.

Parte cayó en pedregal, donde no había mucha tierra y brotó pronto por no ser hondo el suelo; pero, al salir el sol, se agostó y se secó porque no tenía raíz. Este pedregal representa a las almas superficiales, con poca hondura interior, inconstantes, incapaces de perseverar. Tienen buenas disposiciones, incluso reciben la gracia con alegría, pero, llegado el momento de hacer frente a las dificultades, retroceden; no son capaces de sacrificarse por llevar a cabo los propósitos que un día hicieron, y estos mueren sin dar fruto.

Otra parte cayó entre espinos; crecieron los espinos y la sofocaron. Es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas sofocan la palabra y queda estéril. El amor a las riquezas, la ambición desordenada de influencia o de poder, una excesiva preocupación por el bienestar y el confort, y la vida cómoda son duros espinos que impiden la unión con Dios. Son almas volcadas en lo material.

Lo sembrado en buena tierra es el que oye la palabra y la entiende, y fructifica y produce el ciento o el sesenta o el treinta. Dios espera de nosotros que seamos un buen terreno que acoja la gracia y dé frutos; más y mejores frutos produciremos cuanto mayor sea nuestra generosidad con Dios. Supuesta la gracia, el fruto solo depende del hombre, que es libre de corresponder o no.

El sentido universal de la parábola enseña que la llegada del Reino no iba a significar una elevación en masa del pueblo elegido; dependería de la respuesta personal de cada uno a la verdad a él revelada: los que dieran una respuesta clara darían fruto espiritual por encima de toda medida; los demás, no. Con todo, la cosecha sería abundante.

Hay almas que son buena tierra, y en ellas la palabra de Dios crece y se multiplica. Pero aun entre esta tierra hay clases de fecundidad; unos producen el treinta por uno, otros el cincuenta, llegan algunos hasta el ciento por uno. Para los palestinos, una gran cosecha era la que daba el cincuenta por uno. Estas almas no son muchas; pero no faltarán. Son los santos.

Así pues, el pueblo elegido no iba a entrar en el Reino en masa, como los judíos esperaban. Es necesaria la correspondencia personal.