Comentario al evangelio – Miércoles V de Cuaresma

La libertad verdadera

La Palabra de Dios está hoy centrada en la libertad. La primera lectura es un monumento a la libertad interior, la libertad de no inclinarse ante los ídolos, no importa si antiguos o modernos, la libertad de ser fiel a sí mismo, a la propia conciencia, de no ceder ni a halagos ni amenazas, incluso si ello supone pagar un alto precio, incluido el de la propia vida.

En el Evangelio Jesús nos enseña el núcleo y el sentido de la verdadera libertad. Ser libre es, por oposición, no ser esclavo. Esclavo es el dependiente, el que tiene secuestrada su libre voluntad y se reduce a ser la prolongación forzosa de la voluntad de otro. Hay formas directas y brutales de esclavitud, en las que el ser humano es reducido a objeto de posesión. Aunque sigue existiendo, por desgracia, hay hoy un amplio consenso que rechaza esta forma degradante de tratar al ser humano. Pero hay también formas sutiles de esclavitud que, además, se justifican no pocas veces en nombre de la libertad, una libertad degradada y corrompida. Se trata del sometimiento a los nuevos ídolos en forma de dependencias de sustancias como el alcohol o las drogas, o del juego, o de formas de comportamiento deshumanizantes, o de ideologías que prometen lo que no pueden dar, o, simplemente, de la presión ambiental (lo políticamente correcto, lo llaman hoy), a la que nos sometemos acríticamente.

“El que comete pecado es esclavo”, nos dice Jesús, y también, solo “la verdad os hará libres”. La verdadera libertad es, por un lado, un don de lo alto. Es un don porque consiste en la filiación: en ser hijos en el Hijo. El hijo no es esclavo: es sí mismo, en una identidad recibida por amor. Dios nos ha dado la libertad, que consiste en participar de la condición personal por la que somos imágenes suyas, y por la que estamos llamados a ser hijos en Cristo Jesús. Pero la libertad, además, es una conquista, porque supone resistir los cantos de sirena que tratan de seducirnos con falsos caminos de salvación; y es, también, una tarea, que requiere escuchar y acoger esa palabra verdadera que Dios nos comunica en Jesús.

Los tres jóvenes de la corte babilónica (símbolo del mundo y sus seducciones) no se inclinaron ante el ídolo de oro y fueron arrojados al horno siete veces más ardiente. Pero las llamas no les tocaron. Son las llamas de la tentación, que atrae con buenas (y falsas) palabras, o que amenaza, tratando de asustarnos. Si escuchamos la palabra de Jesús y la adoptamos como norma de nuestra vida, sentiremos con frecuencia crepitar en torno nuestro el fuego de la tentación (seductora o amenazante), pero esas llamas no nos quemarán, no nos reducirán a las cenizas de la esclavitud, porque estaremos asentados en la verdad que nos hace libres, en la libertad de los hijos. 

José M. Vegas cmf