Comentario – Viernes V de Cuaresma

(Jn 10, 31-42)

Intentan apedrearlo, intentan arrestarlo, pero no pueden detenerlo, se les escapa de las manos. Lo acosan con acusaciones, pero Jesús los domina con su palabra. Porque él no es uno más, él es el Señor.

Finalmente Jesús se aleja de Jerusalén, donde volverá más adelante para hacer su última entrada y entregarse a la pasión.

Ahora vuelve al otro lado del Jordán, allí donde Juan bautizaba. Allí mismo había comenzado la misión pública de Jesús cuando, gracias al testimonio de Juan el Bautista, muchos creyeron en él.

El texto muestra que, mientras muchos abren el corazón a Jesús, los fariseos ciegos están endurecidos y empecinados en destruirlo, decididos a eliminarlo de la escena. Así se ve hasta dónde puede llegar el endurecimiento del hombre cuando no quiere ver la luz, cuando prefiere salvar a toda costa sus propios proyectos y rechaza que otro, aunque sea Dios, se interponga en su camino y modifique sus planes.

Es cierto que nosotros no podemos eliminar a Dios, ni podemos destruir a Jesús resucitado, pero sí podemos cauterizar nuestra conciencia para no escuchar su voz, porque hay algo que no queremos modificar en nuestras vidas, aunque sabemos que eso nos está quitando la alegría, nos está envenenando, nos está destruyendo.

A veces se trata de un vicio, otras veces se trata de un rencor o de un plan que nos obsesiona. Y cuando esto sucede, tratamos de hacer desaparecer a las personas y a las cosas que nos hacen tomar conciencia de nuestro error. Ese también es un modo de eliminar a Dios de nuestras vidas, ya que él nos va hablando a través de los demás y a través de las cosas.

Oración:

“Señor, no permitas que cierre mi mente y mi vida a las novedades que tú tienes para mí, que rechace la aventura de la vida donde siempre aparecen nuevos desafíos que me ayudan a crecer. No dejes que me endurezca y cierre mis oídos a tu Palabra”

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día