Jesús entrega todo su ser

1 Jesús, el Hijo de Dios, sin dejar de serlo, por amor nuestro se rebaja, se vacía de sí mismo y toma la condición de esclavo. Entrega todo su ser, entrega toda su vida hasta la muerte y muerte de Cruz. Así cantaba el himno cristológico de la carta de Pablo a los cristianos de Éfeso. Cristo sin dejar de ser Dios se hace obediente hasta la muerte; por eso Dios lo exaltó. Es un descendimiento hasta nosotros tomando forma de siervo, y una vuelta a donde salió, una vuelta a su origen, una exaltación junto a la diestra del Padre: “Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre”.

2. En este domingo, la liturgia nos invita a que contemplemos a Jesús en su dolor, pasión y muerte de cruz que se entrega por nosotros; a que descubramos ese misterio de amor de Dios por cada uno y por toda la humanidad.

Cristo salva al hombre, a todo hombre, incluso aunque él no lo sepa. Cristo ha traído la salvación al género humano, a los hombres de todos los tiempos. “El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará”, dice el texto bíblico. Nosotros profesamos nuestra fe y nuestro amor a Jesucristo. Nuestra fe como nuestro único Salvador y Señor, que nos salva con su muerte y resurrección. Esa es la gran noticia y la gran victoria de Cristo, la gran noticia para todo hombre, la gran gesta que el Hijo de Dios ha realizado para todos nosotros.

3. La Pascua para los judíos era sinónimo de fiesta, de alegría, de celebración de la liberación de Israel al salir de Egipto, de gozo por la liberación de la esclavitud; incluso una anticipación de la liberación futura escatológica. El texto de Marcos nos presenta la última Cena, la última Pascua judía celebrada por Jesús con sus discípulos. Para Él esa Pascua es preludio de su Pascua real; para Él esa Pascua es una Pascua de entrega, de renuncia, de traición por parte de sus amigos, de rechazo homicida por parte de los demás. Los mismos sumos sacerdotes y los escribas lo buscaban para prenderlo y matarlo. La Pascua es el paso: Cristo pasa de la muerte a la vida, de la muerte a la resurrección.

4. En vísperas de la Pascua, en una comida que se hace en Betania, en casa de Simón el leproso, una mujer unge a Jesús con un frasco perfumado carísimo. Y este gesto, que es un preludio de la Pascua, este gesto que es una unción de quien es el “ungido”, el Mesías, este gesto es mal interpretado. Los mismos discípulos que están allí, Judas el traidor y también los que no creen, piensan que es un gesto superfluo y protestan porque creen que es un derroche derramar este frasco. Ese dinero se podía haber gastado con los pobres, dicen.

Tal vez para nosotros un gesto de tal género hubiera sido también motivo de crítica. Nosotros medimos mucho el tiempo y las energías que damos a Dios y a los demás; buscamos la utilidad y la eficacia; nos cuesta darnos más allá de lo que pide la ley, o de lo que nos parece razonable; nos cuesta entregarnos y solemos dar, a veces, a Dios y a los demás los mínimos. Sin embargo, hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios Creador, cuyo amor se ha prodigado infinitamente a todas las criaturas. El amor que una madre tiene por su hijo no ahorra esfuerzos, no se da bajo mínimos, no es calculador. La madre se da totalmente a su hijo. ¡Cuánto más Dios, que es amor se da totalmente a nosotros! La cruz de Cristo es el derroche más absoluto y más santo de su amor. El gesto que podía ser un derroche simboliza el gran derroche de amor de Cristo por nosotros.

5. Jesús interpreta el gesto de la mujer, el frasco de perfume derramado, como es un gesto que anticipa su sepultura y les da a sus amigos tres advertencias: Primera, a los pobres los tendréis siempre con vosotros, a mí no siempre me tendréis. Segunda, esta mujer ha hecho lo que podía, se ha adelantado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura, es un gesto profético, un gesto de futuro. Y tercera advertencia, en cualquier parte del mundo donde se proclame el Evangelio se recordará también lo que ésta ha hecho.

El cuerpo de Cristo no puede quedar enterrado en la sepultura, no puede quedar corrupto en la tierra; tiene que resucitar. Este gesto de la mujer está expresando el mismo gesto de derroche de amor de Cristo en la cruz, cuyo misterio hemos contemplado. Este gesto está pidiendo de nosotros que muramos con Cristo; que nos demos a él y a los demás, no bajo mínimos, no lo que nos pide la ley, no sólo lo que nos parece razonable, sino en medida absoluta, total, que muramos con Él. Por ello mismo nos invita también a resucitar con Él. Con este gesto de la cruz nos invita el Señor a servir al prójimo.

6. “Pobres los tendréis siempre entre vosotros” y son imagen mía, nos dice Jesús: “Lo que hagáis a uno de estos pequeñuelos a mí lo hacéis”. La mujer derrama un precioso perfume sobre la cabeza de Cristo, porque Cristo es cabeza de la humanidad, Cristo es cabeza de la Iglesia, Cristo es nuestra cabeza y nosotros miembros de su cuerpo. Por tanto, atender a un miembro, a los miembros, es hacerlo a la cabeza; cuidar de los pequeñuelos, cuidar de los necesitados, es cuidar de la cabeza. Todo lo que hagamos a los demás es hacerlo al mismo Cristo. Y Él nos invita a realizar obras de misericordia y de amor al prójimo.

Finalmente, Cristo nos invita a ser testigos de su evangelio. Donde se proclame el evangelio se proclamará lo que esta mujer ha hecho. El Señor nos invita a ser testigos de su evangelio, a proclamar al mundo la buena noticia de que Cristo ha resucitado, de que la muerte no tiene ya dominio sobre el hombre, de que no temamos ante la muerte, porque es el último enemigo que Cristo ha vencido; que no nos asuste, pues, la muerte. Ya no es nuestra enemiga. Alguien ha podido con ella.

Profesar la fe en Cristo, en su muerte y en su resurrección, es tener la alegría del triunfo sobre el pecado, sobre la enfermedad, sobre la muerte. La fe no puede quedar celebrada y cerrada dentro de un templo. Debemos vivirla fuera en la vida social, en la vida pública, en el trabajo, en la familia. Seamos testigos de que Cristo ha muerto, pero de que Cristo ha resucitado y vive por nosotros.

Antonio Díaz Tortajada