Agitar alegremente nuestros ramos

La reunión litúrgica de hoy tiene dos orígenes, también tiene dos tonos. La primera parte deriva de la Iglesia madre de todas las Iglesias, la de Jerusalén. Cada año renueva la tradición de sus mayores, también nuestros mayores. Y se reúne en un lugar llamado Bet-Fagé, a pocos kilómetros de la capital. Allí empezó aquella entrada triunfal de Jesús, allí encontró el borrico y acompañado de sus amigos empezó el descenso. Es un camino corto, durante unos diez minutos se sube una suave cuesta, para descender a continuación hasta llegar al torrente de Cedrón, que hoy pasa por un conducto subterráneo, y adentrarse en la Ciudad. La ladera actual todavía está cubierta de olivos, pero son ejemplares jóvenes, a cada lado del camino no pueden verse a niños ni muchedumbres que aclamen al Señor, hay santuarios que, de alguna manera, perpetúan el clamor de aquel día. En total el camino no puede durar más de tres cuartos de hora.

La gente, aquel día, estaba de fiesta y muchos ni sabrían quien era Jesús. Venía de Galilea, una región poco apreciada y bastante ignorada de la gente judía. Pero el Maestro había hecho buenas migas con algunos de la comarca, gente conocida y notable, y para colmo eran centros de las comidillas, pues, precisamente había obrado allí uno de los prodigios más fabulosos de su historia. De Betania nadie hablaba hasta entonces, pero la resurrección de Lázaro les había hecho el centro de la atención de las autoridades del Templo, que no les había hecho ninguna gracia y consideraban al milagro una provocación en sus mismas narices. Aquellas gentes sencillas se sentían felices por ser sus parajes noticia. En estas circunstancias agitaban ramos tradicionales de sauce, mirto y palmera, en esta ocasión parece que tenían ramos de olivo y se aprovecharon de ello. Se lo pasaron bien y a los apóstoles les gustó que aclamaran a su Señor.

Nosotros también debemos alegrarnos y agitar alegremente nuestros ramos para que se enteren en el Cielo que estamos contentos de que Jesús esté entre nosotros, agitarlos mirando al firmamento y después a nuestras casas pidiendo que Cristo entre en nuestras poblaciones, en nuestros domicilios.

En la iglesia todo cambia. Es como cuando nos avisan que ha nacido una criatura y poco después nos dicen que ha muerto un familiar suyo. Un mazazo. La liturgia celebrada en el interior deriva de la Iglesia de Roma, cabeza de la Cristiandad y de todas las otras Iglesias. Es austera, hierática como le es tan propio. Nos debemos adaptar al cambio. Los próximos días nos tocará celebrar y meditar cosas muy serias. Besa al empezar la semana una cruz cualquiera y deposítala, donde la veas con frecuencia. Antes de que se inventaran los calmantes enérgicos y las psicoterapias, los cristianos pedían que les leyeran el relato de la Pasión para soportar con devoción sus sufrimientos.

Pedrojosé Ynaraja